¿Cómo quiero ser recordada?

El 31 de diciembre del 2016 pasé el año viejo en casa de mi hermano, no es que tuviera muchas expectativas de esperar el 2017, pero mi hermano, mi cuñada y yo no queríamos matarles a los papas la ilusión de la tradicional espera de las 12 de la noche, y las concebidas felicitaciones y buenos deseos entre nosotros mismos; deseos de que las cosas malas del 2016 se quedaran por ahí perdidas y que las buenas se repitieran y que el nuevo año trajera solo otras buenas.

Después de cenar, no recuerdo cómo vino el tema de “que el tiempo pasado siempre fue mejor” y de otros tiempos en los que las tradiciones eran importantes, y Don Jafet comenzó a acordarse de las canciones que cantaba en el colegio, resultó que eran las mismas que yo había aprendido a pesar de la diferencia de más de 30 años. Nos pusimos a cantar a buena voz: papi, mami, Guillermo, Don Jafet y yo, y él estaba contento recordando y cantando conmigo.

¿Quién nos podía decir que cuatro meses después… lo perderíamos? El viernes en la mañana cuando me enteré de que había muerto, en medio del llanto, me puse a cantar las canciones que unos meses atrás había coreado con él.

¿Qué más podemos darles a nuestros viejos queridos, que la alegría de estar con ellos cuando todavía es posible? Visitarlos, aunque sea una tarde lluviosa, llamarlos cada día para escucharlos al otro lado del teléfono y saber que están ahí, para que nos cuenten las mismas historias o las dolamas del momento, pero poder escucharlos cuando todavía es posible. Celebrar con ellos el cumpleaños, las navidades, las madres porque nunca sabremos cual será la última.

Creo que nunca estaremos preparados para que nuestros seres queridos se marchen, ni siquiera los que decimos tener fe nos consuela, que va a “Brillar para ellos la Luz Eterna”. Pero mientras pasaban las últimas horas de despedidas en esas conversaciones de funeraria, donde queremos hablar de otras cosas para olvidar un poco el dolor, Memo comentaba que en su opinión Don Jafet había vivido una vida feliz: había disfrutado de sus hijas y de sus nietos, los había visto nacer y crecer, incluso a las más pequeñas, había visto a sus hijas progresar, vivía una vida tranquila, visitaba a sus hijas y compartía con ellas, era feliz, escuchaba música, cocinaba, qué más puede pedir uno al final de sus días.

Tal vez escribo y repito esta reflexión para pensar un poco en mis padres y en su vida. Sé que más temprano que tarde estaré ahí, viviendo lo que las chicas vivieron este fin de semana y como dijo Ara, comprenderé lo duro que es estar sentado en ese mueble negro de la funeraria. Y no es que quiera ser pesimista ni pensar en estas cosas antes de tiempo… sino que por el contrario quiero pensar que mis padres viven una vida maravillosa, han visto crecer a sus cuatro hijos y a sus nietos, Dios les ha dado una vida larga dentro de lo posible llenos de salud y yo me siento más que agradecida, y doy gracias a Dios cada día.

Dentro de toda la tristeza en la que se revistió el fin de semana, fue maravilloso saber que a Don Jafet todos lo podrán recordar como un hombre bueno y como describió su yerno: “lleno de ternura”.

Finalmente, pensé que era un buen momento para pensar en mi vida, y en qué cosas debo cambiar, porque creo que lo único que deberíamos hacer durante el transitar por este mundo es intentar hacer el bien, llevar paz y amor a los que nos rodean y que el día en que nos toque, porque es lo único seguro que tenemos en esta vida, los demás, los que se quedan quieran recordarnos por la bondad y la ternura que esparcimos por el mundo.

Recuerdos

Cuando lo conocí la primera vez me asusté. ¿Tendría que compartir oficina con aquel gordo con esa cara tan seria? Pensé incluso que me parecía odioso. Por una circunstancia descubrimos que teníamos varios amigos comunes y entre conversaciones y cruces fortuitos, cuando yo entraba y él salía de su oficina, descubrimos cada vez mas coincidencias. Fue entonces cuando su cara seria comenzó a transformarse, primero en una sonrisa agradable, luego hermosa, y al final en aquella carcajadas escandalosas que le ahogaban la voz, siempre en medio de alguna historia que contar.

Recuerdo cuando le pedí que me enseñara a usar la computadora y me anotó en un papel todos los comandos. Logré aprenderlos de tanto repetirlos y luego perdí el papel. Cuando no me acordaba de alguno, me levantaba del escritorio, caminaba veinte pasos hacia el suyo y con mi carita de niña buena, le preguntaba: ¿Cómo es que se pone la eñe? Y el lleno de paciencia y con su sonrisa, volvía a decirme, amenazándome con no repetírmelos jamás.

Le gustaba cocinar, sabía preparar las mejores hamburguesas hechas en casa. Y me enseñó que el espagueti se debe comer al dente: “la olla más grande que tengas en la casa, sal, nueve a once minutos y luego agua fría”

Un día le dije que me iba, el trabajo por el cual había llegado allí se había terminado. Se alegró por mi y con su optimismo me dijo que había llegado el momento de que nuestras vidas tomaran caminos diferentes. Echaría de menos su alegría, le dije; encontraras alguien más que te haga reír, me respondió.

Unos años después volví a encontrarlo, fue la última vez que lo recuerdo. Usaba unos breteles para retener sus pantalones. Había perdido peso. La nueva imagen le sentaba bien, siempre había sido bien parecido, pero ya no estaba tan alegre como siempre.

Han pasado algunos años y no había vuelto a saber de él. Así es la vida, tienes los amigos, cada uno toma su rumbo. Personajes que significaron muchas cosas, que permanecen en el subconsciente y nunca desaparecen.

Es un sábado de una noche cualquiera de octubre. Estoy sola en casa y pienso que la vida es demasiado frágil. Que nos afanamos tanto por muchas cosas y no sabemos que tal vez nuestro último día está al doblar de la esquina. No es pesimismo, pero tal vez es un buen momento para repensar la vida y darle un giro: Tomar decisiones que nunca hemos tomado, decirle a los demás que los queremos, dejar ese trabajo que nos hastía la vida, olvidarnos de una vez por todas de ese amor lejano, imposible y sin sentido, irnos a ese viaje soñado que nunca nos hemos atrevido, dedicar el resto de nuestras vidas a ese anhelo del corazón.

…Ayer me enteré que había hecho su ultima broma, que con su alegría, que siempre le caracterizó, se burló de todo y se marchó antes de tiempo. Nos dejó de este lado, solos con todas nuestras miserias, alegrías y tristezas. Quiero volver a imaginarlo detrás del montón de papeles de su oficina y con aquella risa escandalosa que me alegró aquellos días.

¿Porque la Prisa? :(

Hoy dos situaciones me han hecho pensar que definitivamente debo bajarle el acelerador a mi vida.

Esta mañana leía en el libro de Pagola, (que finalmente he logrado retomar después de varias semanas sin sacar el tiempo para esto) que a veces podemos trabajar con sentido aunque parezca que no hay resultados. Vivimos tan acostumbrados a que todo tiene que tener un fin, ser productivo, que en el fondo nos negamos a nosotros mismos tiempo para aquellas cosas que parecen no tener fruto. A veces debemos aprender a esperar resultados a mas largo plazo y no tan inmediatos… Lo dejo ahí y paso a narrar los incidentes del día.

Primera historia

Para poder darme a entender debo comenzar por el jueves de la semana pasada. Iba atrasada a una reunión y cuando subo al carro me doy cuenta que no tengo gasolina, iba lejos, no había opción, debía pasar por la estación de gasolina. Al llegar a la estación me doy cuenta que dejé mi cartera en la oficina. El bombero, que me conoce porque es la estación donde echo gasolina siempre, me dice: “No se preocupe le echo la gasolina y usted busca la cartera y regresa” y así lo hice. Encendí el carro, regresé a mi oficina, llamé para que me bajaran la cartera y no perder tiempo (recuerden que iba tarde) y después de eso, no puedo recordar absolutamente nada… Sé que fui a la reunión y regresé a mi casa. (no se preocupen no fue un golpe… ni amnesia… ni un asalto… ni un accidente, ojala hubiera sido)

Esta tarde estaba sentada en mi oficina cuando recibo una llamada, ¿me llaman de la estación de gasolina?

—   Señora la estamos llamando porque el jueves pasado usted vino y le echamos gasolina y se le había quedado la cartera y nunca regresó a pagarnos…

—   ¿Como va a ser? Claro que regresé!!

—   No, nosotros la vimos que llegó en el carro, se detuvo frente a la estación y volvió y salió pero no nos dio la tarjeta para pagar. Solo la vimos marcharse.

—   Mire — le respondo — yo voy para allá de inmediato.

En el camino trate de recordar qué había hecho después de buscar mi cartera y no lo recuerdo… el bombero dice que fui a la estación, entré y salí, yo no me acuerdo de nada… me sentí horriblemente mal con el pobre bombero, que le deben haber reclamado por despachar casi 3000 pesos de gasolina y dejar ir a la loca esa sin pagar. Pasé la tarjeta, le pedí 500 millones de excusas y me fui.

Fin de la primera historia…

 

Segunda historia

Hace una semana exactamente llegué de viaje, estaba en New York con unos amigos. El sábado, mientras conocíamos New York, uno de mis amigos recibió un correo donde le informaban que su abuela (su mamá, porque fue quien lo crió) le había dado un derrame. No podíamos hacer nada, pasamos el día recorriendo la ciudad , imagino que él, algo preocupado por no tener noticias. Nos despedimos el domingo. Cada uno regresó a su casa… Hoy recibí un correo de mi amigo diciendo que su abuelita había fallecido. Y entonces pensé que había transcurrido una semana completa desde que regresé de NY y yo ni siquiera había tomado el tiempo para preguntarle como seguía su abuelita. Me sentí entonces miserable.

Fin de la segunda historia.

¿Porque nos dejamos envolver tanto con el trabajo y no dedicamos tiempo a las cosas realmente importantes? ¿Cuanta angustia puede haber sentido ese bombero, pensando que le iban a descontar ese dinero porque yo me fui sin pagar? ¿Cuanta tristeza debe haber sentido mi amigo y yo ni siquiera me enteré y no lo acompañe en un momento triste y difícil de su vida?

Siempre intento que, con cada cosa que me ocurre en la vida, pueda aprender algo… y hoy con dolor he aprendido que debo bajar el acelerador de mi vida y poner atención a los detalles que ocurren a mi alrededor.

Hoy quiero como dice Pagola, saber que la vida puede tener un sentido, aunque parezca que lo que hacemos no es tan productivo… y que debo desacelerar porque los resultados de nuestra vida se verán aunque sea a mas largo plazo… entonces ¿Por qué la prisa?

 

Tres razones… la última la mas importante

Hace unos años tuve una conversación con una chica joven que se había ido a estudiar a los Estados Unidos y quería quedarse a vivir allá. Estaba de visita por Dominicana y cuando hablamos me hizo la siguiente pregunta: ¿Por qué yo con el potencial que tenía, según ella, insistía en seguir viviendo en Dominicana?

No tuve que pensar mucho la respuesta y le dije: “tengo tres razones”. La primera es que en dos ocasiones he vivido fuera de mi país y no me gusta el sentimiento de ser extranjero,  en mi país soy alguien, y he logrado que me valoren por lo que hago, en otro país y sobre todo en Estados Unidos sería una más, una latina, una dominicana, una extranjera.

La segunda razón es que a pesar de todo creo que mi país me necesita, si todos salimos arrancados de aquí ¿Quién va a echar la batalla? Creo que aún tengo mucho que darle a mi país, así que yo aquí me quedo, aquí fue que Dios me puso, así que creo que aquí es que Él quiere que yo viva, el último que salga que me deje la llave.

La tercera razón y tal vez la mas importante, y es la razón de este escrito de hoy, es que el día que mis papas estén en sus últimas quiero estar allí a su lado, no quiero que nadie me llame y me diga que tengo que tomar un avión para ir a verlos, quiero sentir que le he dado todo lo que pude mientras estaban vivos y quiero poderle decir todo lo que los quiero y demostrárselo hasta el último día de sus vidas.

Pero el hombre propone y Dios dispone. Hoy solo quiero reiterarle a Dios que la tercera es la razón mas fuerte. Que sé que los papás están viejos, pero que quisiera tenerlos por unos cuantos años mas a mi lado, y quiero pedirle  a Dios que me permita estar a su lado, en los últimos días de sus vidas. El y yo sabemos de que estoy hablando.

Adios a Tio René de “Caroca”

Cada quien expresa lo que siente de diversas formas.. yo lo escribo…

Hace unos días traté de sentarme a escribir algo sobre tío y lo dejé abandonado, pensaba que si estaba escribiendo algo sobre él era como aceptar que se nos estaba yendo. Aunque sabía que estaba muy mal y que no duraría mucho, en el fondo de mi corazón me negaba a aceptarlo. ¿por qué es tan difícil separarnos de los que queremos?

De pequeña no tuve mucha relación con tío Rene, por razones que no vienen en cuenta ahora, solo lo recuerdo acercarse aceleradamente a casa de vez en cuando y en mi recuerdo de niña ir a la casa que tenía en la Agustina, donde mi memoria solo registra su cría de conejos y un juego de Monopolio que era un lujo. Otra cosa que recuerdo con mucha claridad fue cuando llegó a presentarnos a su nueva novia: una mujer muy linda, rubia, santiaguera, con la cual vivió los últimos 37 años de su vida: Alexandra.

Después de ahí, volví a conocer o mas bien descubrí a mi tío René cuando iba a entrar en la universidad. Andaba decidiendo que carrera estudiar y fui a hacerle una consulta, no podía decidirme si estudiar Licenciatura en Química o Ingeniería Química, su respuesta fue igual que todas sus ocurrencias: los Ingenieros químicos, ni son ingenieros, ni son químicos, mejor estudia Licenciatura, y terminé haciéndole caso.

Luego Tío René pasó a ser el tío admirado, recuerdo que viajaba mucho, sabía italiano, porque había estudiado en Italia y  tocaba el acordeón. Aunque también tenía sus vainas: tomaba mucho, y manejaba como un loco, pero todos lo querían. Era experto de la FAO en el área de leche y quesos y fue el fundador del Centro de Adiestramiento Lechero de la UASD, en Engombe,  haciendo allí una labor loable con todos los queseros del país.

En el área de los alimentos, donde quiera que iba y decía mi apellido, la gente me preguntaba si era familia del Dr. Mueses, siempre me sentí orgullosa de decir que era su sobrina y nunca encontré a nadie que hablara mal de él todos lo recordaban por su alegría, su sinvergüencerías y por ser un excelente profesional, “si eres sobrina de Mueses, debes ser muy buena”. Me tocaba entonces ponerme las pilas para no hacerlo quedar mal.

Cuando iba a terminar mi carrera y me llegó el momento de hacer mi tesis, Tío René me entusiasmó para que hiciéramos una tesis sobre quesos, y mi mejor amiga y yo nos vimos envueltas en aquel mundo de los alimentos, que terminó siendo mi pasión y me llevó a decidirme por hacer una maestría en alimentos.

Hacer la tesis con él , no fue fácil, mas bien fue un calvario, porque era muy exigente. En aquella época en la que no había computadoras, después de pasar el texto a maquinillas y llevárselo para que nos lo revisara lo devolvía todo rallado con lapicero rojo, y yo me enojaba muchísimo y le decía que porque no podía ser mas benevolente corrigiendo, pero él quería sacar lo mejor de mi. Hicimos un excelente trabajo, pero los examinadores de la tesis, fueron unos profesores que no tenían idea de lo que estábamos haciendo. Cuando él vio que el promedio de las notas fue un 85, entró echo una fiera donde el comité evaluador y les dijo: “que eso le pasaba a él por haberle echado margaritas a los cerdos”.  Mi amiga y yo casi gritábamos: Hurra!!! Para nuestro tío que nos defendió con uñas y dientes. Ese era Tío René.

Me fui a hacer mi maestría y el día que se enteró que había regresado después de dos años fuera del país, fue a casa y me dijo que me fuera a trabajar con él, “mientras encontraba que hacer”, sabía lo difícil que era volver a insertarse en el mercado laborar después de tanto tiempo fuera.

Él ya tenia LADILAC, y muchos proyectos en la cabeza para mi. Aún recuerdo con el cariño que me llamaba: “Caroca!!!”, el olor de su colonia eterna, sus abrazos cariñosos, su sonrisa  escandalosa y su hablar enredado que aprendí a querer y a aceptar. Estuve trabajando 1 año y meses con él, pero los proyectos no cuajaban con la velocidad que yo quería, además soy hija de mi padre y el orden era fundamental para mi existencia, y convivir con Tío era vivir en el caos y no estaba preparada para eso.

Un día entré a su oficina y le dije: “te quiero demasiado y no quiero perder al  tío maravilloso que he descubierto, prefiero perder un jefe, no puedo trabajar contigo, antes que terminemos peleados me voy de aquí” y así mi vida laborar tomó un rumbo distinto, nunca me guardó rencor, y seguimos teniendo una relación hermosa de tio-sobrina.

En todos estos día he pensado tanto en él y en todas las cosas que compartimos. Me hizo leer un libro en italiano con un diccionario para buscar material para la tesis; recuerdo cuando llegábamos a Rica, con el cariño que todos lo trataban; y en Emgombe cuando entrabamos en el carro, se paraba cada esquina a saludar a alguien o hablar con alguien, llegar a la oficina era eterno porque era un hombre lleno de carisma.

Hoy en la mañana se nos fue tío René. Sin temor a que nadie se ofenda, puedo decir que era el tío mas querido para mi, y me siento triste por su partida. Solo me conforta saber que está con Dios, que ya descansó y que un día podré volver a encontrarme con él. Te quiero mucho Tío René.

Unas vacaciones inolvidables

Los viajes a Don Juan eran lo mejor de las vacaciones. Después que terminaban las clases esperábamos con gran expectación esa semana en que nos íbamos a la finca de los abuelos.

Los preparativos duraban varios días, aunque en la finca no faltaba la comida muchas de las cosas a las que estábamos acostumbrados en la ciudad no se encontraban en los negocios del lugar. Uno de los productos obligados eran las tablas de chocolate amargo, el aroma del chocolate caliente preparado con leche recién ordeñada y hervida me hacían levantar de la cama, imaginaba que era como llegar a las puertas del paraíso.

Tenía unos 15 años y ese verano fue el mas memorable de mi vida por la forma en la que terminó. Partimos a las cinco de la mañana, en medio de la oscuridad. El viaje eran aproximadamente dos horas de camino por carreteras infernales, en las que no era posible esquivar los hoyos. Si estaba lloviendo, como era el caso de esa mañana, resultaba todavía peor, había que ir con las manos firmes a los asientos para no pegarse la cabeza contra el techo del auto. Era como andar en un safari en medio de África, sin carreteras andando a campo traviesa. Salimos bajo un gran aguacero y dos horas y medias después cuando llegamos al lugar no había dejado de caer ni una gota de agua ni un solo instante.

Como pudimos, fuimos bajando las cosas del vehículo con ayuda de varios paraguas que fueron apareciendo de las mujeres que trabajaban en la finca. Terminamos todos ensopados y llenos de lodo desde los zapatos hasta la ropa. Luego de descargar todo cerraron todas las puertas de la casa para evitar que el agua entrara, y parecía que eran las ocho de la noche aunque apenas eran las nueve de la mañana.  Y así comenzaron nuestras vacaciones, con no muy buenos augurios.

La casa de Don Juan tenía una gran sala con cuatro mecedoras y una mesita pequeña en el medio donde se encontraba un florero con flores de plástico, a cada lado de las mecedoras había un revistero y en el se podían encontrar los libros de lectura que se usaban en las escuelas en esa época, la razón era que la Tia Carmita, la tía abuela, era la alfabetizadora oficial del lugar. Desde que los chicos tenían edad de aprender a leer eran enviados a la Gran Casa, ella tenía una pizarra que abarcaba toda una pared de la cocina, y en medio de los fogones y la leña, los calderos negros de hollín, los pilones de arroz y cacao iba impartiendo sus clases y enseñando a leer a los chicos. Hacía su labor de profesora mientras cocinaba y hacía los diversos oficios de la casa. La tiza se mezclaba con la ceniza de los carbones.

La Tía Carmita era la matrona de la casa, una mujer bajita, con una joroba pequeña que la hacía ver mas baja aún de lo que era. Aunque no era tan vieja, tenía la cara llena de arrugas que parecían los surcos trazador por el arado de un buey en la tierra. De estar tanto parada en la cocina y haciendo oficios e impartiendo clases, tenía las piernas llenas de gruesas varices que cubría con unas medias de nylon, pero que se brotaban por encima de las mismas. Era una mujer enojona, que se pasaba el día peleando por todo, con la misma mano que te pegaba un coscorrón en la cabeza o te daba un jalón fuerte de orejas, en segundos sin uno esperarlo te pegaba unos tremendos abrazos tan fuertes que parecía que nos faltaba el aire. A pesar de su carácter fuerte todos en la finca la adoraban porque había sido la educadora de cientos de chiquillos que vivían por los alrededores.

Ese domingo pasamos todo el día encerrados en la casa continuaba lloviendo a torrenciales. Lo único alegre del día fue cuando llegó la hora de bañarnos porque mi madre nos dio permiso para hacerlo bajo la lluvia, todos nos pusimos los trajes de baños y salimos a correr por la inmensa plazoleta de grama que estaba en el frente e la casa. La lluvia había hecho charcos inmensos y comenzamos a saltar de un charco a otro.  El techo de la casa era de zinc y del mismo caían unos caños de agua con tal fuerza que parecían una ducha a presión y nos turnábamos para colocarnos debajo de ellos.  Después de dos horas de corretear por la plazoleta y cuando nuestros dedos ya estaban morados y arrugados del frio recibimos la orden de la Tia Carmita de entrar a la casa a cambiarnos, a regañadientes sin atrevernos a contradecir la orden regresamos al aburrimiento de la casa.

Esa noche nos fuimos todos a la cocina a calentarnos con el calor de los fogones de leña. Las mujeres asaron mazorcas de maíz. Estábamos todos en silencio, solo se escuchaba la lluvia caer golpeando fuertemente el techo de zinc mientras los leños estallaban bajo el fuego. En eso llegó uno de los trabajadores de la finca al cual teníamos mucho aprecio: Julito, era un señor muy feo, negro retinto, con unos labios gruesos y una nariz ancha, era extremadamente bajito y tenía los brazos cortos, como si de pequeño hubiera sufrido alguna enfermedad y no se le hubieran desarrollado completamente. Al mirarle a los ojos el blanco de los mismos, en contraste con su piel tan negra, parecía mas blanco de lo normal.

Julito era famoso por sus cuentos de terror en medio de las noches, tenía dos personajes que eran los protagonistas  de sus historias que se llamaban Juan Bobo y Pedro Animal. Los chicos pidieron a Julito que nos hiciera uno de sus cuentos pero a mi la idea no me agradó nada. La lluvia a torrenciales que había caído todo el día me había dejado una sensación extraña, tal vez había leído últimamente muchos libros de aventura, pero todo de repente me hacía pensar que el verano no sería tan divertido como lo había deseado y una sensación de aprensión comenzó a instalarse dentro de mi. La historia de miedo de Julito me iba poniendo cada vez mas nerviosa y terriblemente asustada así que decidí dar las buenas noches e irme a la cama.

Llovió toda la noche, asustada por las historias de terror que escuché antes, cada ruido que sentía en la casa me hacía saltar de la cama. De repente comenzaron a caer truenos y relámpagos, parecía que el cielo se desarmaba y que las piezas caían sobre el techo de zinc, haciendo ruidos ensordecedores. Me arropé hasta la cabeza y apreté los ojos tan fuerte que me dolían, poco a poco los truenos y relámpagos comenzaron a disminuir y solo sentí la lluvia que amainó como un arrullo que me fue dejando dormida.

Cuando desperté aún continuaba lloviendo, y al salir de la habitación encontré a los mayores con sus ceños arrugados y con cara de pocos amigos muy preocupados por la situación.  Habían encendido la radio para escuchar las noticias y se enteraron de que se aproximaba un huracán a la isla.

Escuchábamos a los mayores dilucidar sobre el asunto, y tomar una decisión sobre lo que se debía hacer. Los pequeños ya sospechábamos que las vacaciones tan ansiadas habían llegado a su fin y que tendríamos que regresar a casa. No imaginábamos que las cosas se pondrían aún peor. Fue entonces cuando vimos llegar a Julito, el trabajador de la casa. Se asomó por el umbral de una de las puertas con sus ropas todo mojado, pero lo que mas nos impactó era que venía completamente cubierto de sangre. Todos corrieron a su encuentro, pero a mi las tripas se me revoltearon ante la visión y me quedé clavada en el piso sin poder gesticular una palabra. Sentía que me venían las nauseas y la vista se me fue nublando, mientras el tropel de voces se confundían todos preguntando al mismo tiempo que había ocurrido o intentando descubrir donde era la herida que había provocado tal cantidad de sangre.

Finalmente logré tomar asiento en una de las mecedoras de la casa y escuché como un trueno la voz de mi padre que se impuso para hacer callar a todos y tratar de escuchar la historia o entender que había ocurrido. Desde mi asiento escuché la historia de Julito. En realidad él estaba sano y salvo y la sangre provenía de otro obrero que se había dado un machetazo mientras se encontraban cortando cacao en la montaña. Había tratado de bajarlo cargado,  pero era un hombre pequeño y el compañero era muy pesado para él, después de muchos intensos había tenido que dejarlo a mitad del camino debido a la lluvia y el lodo. Habían decidido que él continuara solo y bajara a pedir ayuda.

En segundos mi padre tomó la decisión de que un equipo de cinco hombres, los mas fuertes, subieran de nuevo a la montaña y trajeran al hombre herido. No había tiempo que perder, el obrero se desangraba y había que actuar rápido.  Según lo que había dicho Julito era una herida tan profunda que casi le había cortado la pierna en dos. La tía Carmita mandó a uno de los niños a avisarle a la mujer para que estuviera en la casa cuando llegaran con el herido, también que trajeran ropa limpia porque probablemente tendrían que ir hacía el pueblo mas cerca a algún hospital.

A partir de ese momento la situación que había en la casa era una mezcla de sensaciones: frustración, rabia, preocupación y tristeza. Los chiquitos habíamos pasado todo el año escolar soñando con las anheladas vacaciones: correr por la plazoleta, ir al rio a bañarnos, subir a la montaña a ver las mazorcas de cacao, levantarnos temprano a ver ordeñar a las vacas, subirnos a los árboles a tumbar mangos y chinolas, todo vilmente arruinado, primero por una lluvia incontrolable que no había cesado ni un segundo y ahora con esa tragedia que se vislumbraba en el horizonte. Los grandes estaban preocupados por la situación del huracán y la suerte que corría el obrero herido. La mujer había llegado hace un rato y lloraba en silencio en una ventana donde esperaba que llegaran los hombres trayendo a su marido herido, su mirada se perdía hacía la montaña y el camino entre la cortina de lluvia. No teníamos deseos ni de mirarnos las caras, mi hermana terminó llorando a mares porque una gallina le había pisado un pie. Mis hermanos se pelaron porque el grande estaba mirando mal al pequeño. Yo me sentía con fiebre y el estómago aún revuelto, y ni siquiera el aroma del delicioso chocolate caliente que preparó la tía Carmita, que era el manjar mas preciado de las visitas a la finca, lograron reanimarnos.

Pasadas algunas horas, durante las cuales la lluvia no cesó ni un segundo, el aburrimiento se encontraba en su máxima expresión, habíamos repasado todos los juegos de palabras imaginados, mi hermano se había ensayado con adivinanzas y sus cuentos que al principio nos hicieron reír, pero luego nos provocaban largos bostezos y por mas que le rogábamos que se callara se esmeraba en continuar repitiéndolos, habíamos explorado todos los escondites posibles de la casa, habían pasado dos tandas mas de chocolate y meriendas.  Desde la cocina un grupo de mujeres se afanaban en los quehaceres de la comida y comenzaban a llegar el aroma inconfundible de las carnes sazonadas y víveres hervidos que anunciaban la preparación del tradicional sancocho, propio de los días de lluvia y propicio para alimentar la gran multitud de personas que se habían acercado a la gran casa.

El incidente de la montaña había corrido de boca en boca por todas las casas de los alrededores y todos los vecinos y curiosos se iban acercando en busca de noticias. En la finca la vida normalmente transcurría tranquila, ocurrían pocos incidentes o actividades, así que cualquier cosa, aunque oliera a tragedia, era motivo de excitación entre la gente de la vecindad.  Por otro lado la posibilidad de un plato caliente de comida en medio de la pobreza que normalmente abundaba en el lugar hizo que la gente se fuera agolpando en los alrededores, a pesar de la lluvia.

Finalmente alguien grito que se acercaban los hombres. Al asomarnos por la ventana los vimos rodeados del tumulto de gente, venían completamente mojados y con el hombre a cuestas. De repente un silencio de sepulcro se hizo en la gran casa como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo para callar al mismo tiempo. El miedo que había sentido la noche anterior volvió a instalarse en mi pecho, el mareo y las nauseas volvieron a mi estómago y entonces vi las caras de los cinco hombres y supe que había ocurrido lo peor.

Colocaron el cuerpo del obrero en el suelo, y desde donde me encontraba pude ver la mujer, se había quedado con la espalda pegada en la ventana donde había estado esperando toda la mañana, sus ojos miraban desde lejos a su marido, las lagrimas no paraban de rodar por su rostro, en silencio sin sollozo. Aunque todos la mirábamos nadie se atrevía a acercársele, a abrazarla o a consolarla, como si esperáramos a que estallase en llantos de un momento a otro, para entonces justificar el consuelo.

De repente se separó de la ventana, y el gentío le fue abriendo paso hasta que llegó al cuerpo, se arrodilló a su lado, le acarició la cara y siguió llorando, sin que nadie se atreviera a hablar o a consolarla.

Después de ese momento, todo transcurrió tan rápido que apenas logro recordar el hilo de cómo ocurrieron las cosas. Sé que de repente la Tia Carmita comenzó a recoger a todos los chicos y a quitarnos del medio, nos llevó a su cuarto y allí permanecimos hasta que se llevaron el cuerpo y la casa estuvo en orden de nuevo. Casi al mismo tiempo nos dimos cuenta de que las cosas ya estaban instaladas en el vehículo y bajo la lluvia partimos hacia la ciudad. Nunca pasó el huracán por la isla, pero estuvo lloviendo una semana más, se desbordaron los ríos y hubo derrumbes, deslizamientos de tierras y personas que se quedaron sin casa. Pero en mi mente el final de esas vacaciones se terminó ante la imagen desgarradora de aquella mujer que lloraba en silencio arrodillada frente a su marido. Fueron unas vacaciones que nunca en mi larga vida podré olvidar.

Don Augusto y su padre

Don Augusto era un hombre de un carácter fuerte. Siempre mantenía la calma y no era fácil hacerle perder la paciencia. Tenía un temperamento frío como un tempano de hielo.

Era periodista, trabajaba en el diario mas prestigioso de la ciudad y escribía artículos de opinión. No le gustaba salir a la calle porque pensaba que ser periodista era estar en un escritorio dándole a las teclas de la maquinilla y no perdiendo el tiempo en la calle buscando noticias sensacionalistas . Tenía una columna fija en el periódico y dedicaba el resto de su tiempo a revisar los textos que escribían los demás, porque redactaba de forma excelente y conocía la ortografía a la perfección.

Lo conocí cuando era estudiante de comunicación. Había conseguido un trabajo de pasante en el periódico y desde el principio le caí bien, porque decía que no tenía que revisar mucho los textos que yo escribía. Tres veces por semana iba a su casa a almorzar al medio día y algunas veces cuando se acercaba el fin de mes y sabía que  yo no tenía dinero para comer me invitaba a ir a su casa. Por eso llegué a conocer también a su familia.

Tenía cuatro hijos pequeños, con diferencias de edades entre los 14 a los 5 años que lo trataban con mucho respeto. Cuando llegaba a la casa, uno a uno iban desfilando a pedirle la bendición y él con su carácter agrio le iba respondiendo, diciéndole su respectiva reprimenda por cualquier motivo. Yo siempre pensaba que lo hacía solo para hacer sentir su autoridad.

Después del almuerzo y mientras él se echaba una siesta antes de regresar a la oficina, yo le ayudaba a su esposa a lavar los trastes y entonces conversábamos, siempre ella hablaba de él. Me contaba las historias de cómo lo había conocido, en principio estaba muy enamorada, era un hombre muy galán y educado, pero luego que se casaron salió a relucir ese temperamento tan rígido, que no aceptaba bajo ninguna circunstancia que nadie se desviara de las reglas que él imponía en la casa. No era un hombre cariñoso, mas bien tosco en sus formas y ella echaba de menos esos gestos de ternura que tanto había soñado alguna vez.

Un día llegué al periódico y me enteré que había muerto el padre de Don Augusto. Decidí pasar por la funeraria a darle mis condolencias y lo encontré con su traje negro y corbata, inalterable como siempre. Se observaban en la sala las mujeres llorando a moco tendido cada vez que se acercaba un nuevo amigo o familiar, él simplemente se mantenía serio y aceptaba las condolencias sin decir una palabra. Durante todo el rato que estuve allí no lo vi ni un momento perder la compostura.  En el momento en que terminó todo y se dispusieron a llevar el féretro al cementerio, nuevamente los llantos no se hicieron esperar pero Don Augusto mantuvo la calma completamente.

Un mes después se celebraba el día de los padres y decidí comprarle un obsequio y llevárselo a su casa. Me sentía muy agradecida con él por la forma deferente en que me trataba. Pasé temprano porque tenía que viajar al interior a pasar el día con mi padre. Ya me disponía a partir cuando de repente salió una de sus hijas que se acababa de levantar y le entregó una cajita de regalo a don Augusto. Al abrirla, miró unos pañuelos que la niña le había bordado con una A grande en punto de cruz y en ese momento un llanto desgarrador salió desde lo mas profundo de su ser. Nunca antes en mi vida había escuchado a un hombre llorar de esa forma. De ese llanto brotó todo el sentimiento reprimido y todo el amor que una persona puede tener hacia un padre, sentí al escuchar sus lamentos lo que significa extrañar a alguien, no poder hablarle, sus lagrimas al brotar parecía decir “te quiero papa” y expresaban ese deseo de llegar a lo mas profundo de su tumba en aquel día de los padres.

Don Augusto lloró durante unos minutos que parecieron eternos, todos lo mirábamos sin saber como consolarlo, yo pensaba que debía marcharme, pero mis pies se negaban a moverse. Los hijos lo miraban con llanto en los ojos, con mirada acusadora  hacia la hermana por haber desatado esos sentimientos profundos y con la impotencia de ver un hombre fuerte, que no se doblaba ante nada, llorando de esa forma. Al final se secó las lagrimas con uno de los pañuelos. Atrajo a la niña hacia sí en un abrazo fuerte, se levantó de la silla lentamente y se marchó. En ese momento mis pies al fin respondieron y me despedí rápidamente de la señora y los chicos.

Estuve trabajando unos meses más en el periódico, Don Augusto nunca volvió a invitarme a su casa a almorzar. Aunque me saludaba y nos tratábamos, a partir de ese día fue indiferente conmigo, creo que no me perdonó  que fuera testigo de sus sentimientos y que descubriera que debajo de ese traje de frialdad que siempre llevaba puesto, había un hombre de carne y hueso capaz de conmoverse hasta el llanto al recordar a su padre muerto.