Ponerse en el lugar del otro

Hace unos días que vengo pensando lo difícil que es andar por el mundo tratando de entender el comportamiento de los demás. Generalmente lo que hago es que me enojo porque yo actuaria de una forma distinta. Esta semana encontré una reflexión el libro de Oraizola que me hizo pensar mas en esto:

“Ponerse en el lugar del otro, y aprender a reconocerse, es un camino para un encuentro diferente. Pero no es nada fácil. Es mas fácil interpretar, juzgar y rechazar desde una distancia aséptica, que aprender a descubrirse uno mismo en muchas cosas que condenamos en los demás”

Ponernos en el lugar de los demás, no es nada fácil terminamos juzgándolos y queriendo que actúen distinto. Pero ¿Cómo transitamos por el mundo sin juzgar?  Es como parte de la naturaleza humana. Así que pensaba que tal vez no se trata de no juzgar, sino de no condenar. Porque juicios seguro que tendremos y es casi inevitable expresarlo, o incluso pensarlo, pero de lo que se trata es de tratar de entender al otro y no condenar.

“Si cada uno fuera capaz de ponerse en el lugar del otro y pudiera, por un solo instante, entender sus circunstancias, sus motivos y como está viviendo el otro, lo que ocurre…es mucho mas tentador construir barreras y encerrarse en un fuerte desde el cual tiramos piedras al otro, que tratar de entender sus motivos, su perspectiva y lo que en realidad nos une”

Eso me recuerda algo que le he escuchado a mi papa. El siempre decía que cuando alguien venia a pedirle un consejo, trataba de, no decirle lo que el haría si estuviera en su lugar, sino, intentaba ponerse en la piel del otro, imaginar que era esa otra persona, y entonces decirle lo que haría.

Y tal vez eso es lo que me toca en este momento de mi vida, un momento de muchos cambios, uno siente que la hay demasiadas variables nuevas que no sabe como te van a afectar y algo nuevo y diferente te va a toca hacer. Pero entonces, alrededor de ti hay muchas personas, cada una con sus vidas, sus realidades y sus circunstancias y debo tratar de ponerme en la piel de ellos y entenderlos, intentar no juzgarlos y sobre todo no condenarlos.

Le pido al creador que me ayude en ese camino

De alguna forma hay que empezar

Llovía mucho, por un momento pensé que la actividad se cancelaria, al fin y al cabo somos un país de supersticiones: “Las mujeres embarazadas no deben salir cuando está lloviendo”. Pero Loraine nos llamó y nos dijo que en San Cristóbal había salido el sol, así que, aunque en Santo Domingo aún llovía decidimos salir a por nuestro proyecto.

Recogimos a Lía y después de sortear unos cuantos tapones logramos llegar a la carretera y tomar rumbo.  Llegamos retrasados, pero allí, en la rotonda de la Constitución estaban Loraine y Paula con sus camisetas de la pastoral, esperándonos bajo una sombrilla, porque volvía a llover.

Nos adentramos entre calles, dobla aquí, sigue derecho, ahora a la izquierda y luego a la derecha, y luego las calles se hicieron pequeñas callejuelas por las que solo transitaba un vehículo, aunque las calles estaban asfaltadas eran callejones. Finalmente, después de algunas vueltas y desvíos forzados, en el medio de la calle una tarima de alguna actividad que se celebraría en la noche, nos parqueamos frente a la escuelita.

Allí nos estaban esperando la hermana encargada de la escuela y las voluntarias. “Vamos a ver si vienen las mujeres, nos aclaró sor, porque cuando está lloviendo las mujeres no les gusta salir”.

Los chicos estaban nerviosos, sobre todo Fernando, pero fuimos organizando las cosas, dónde poner la cámara, mejor fuera porque hay más luz, y llevamos una silla. Debemos llenar los papeles, le pedimos a la única madre que había llegado si nos dejaba entrevistarla. Y así comenzamos.

Las mujeres fueron llegando poco a poco, de repente una de ellas llegaba y volvía a salir en busca de otra y así reunimos un grupo de unas ocho. Entrevistamos un par sin mucho éxito, porque estaban tímidas y no hablaban mucho, hasta que dimos con una dicharachera que nos contó muchas cosas sobre su experiencia.

Luego entrevistamos a dos voluntarias, una de ellas nos cantó una salve y a Fer por poco se le saltan las lágrimas.

Al final Paola sugirió que fuéramos a una casa a entrevistar a una de las chicas que había dado a luz y había participado en los encuentros anteriores. Nos dejó entrar a su casa y nos enseñó su hermoso bebé de 6 meses, al que cargamos e hicimos gracias.

Mientras los chicos entrevistaban a la mamá, yo me fui a ver el rio que se asomaba por detrás de las casas, Paola me contó que cuando llovía el rio crecía y se metía en las casas y se había llevado el puente. En la orilla se veía la basura de todo tipo: “nosotros tenemos la culpa de que esas cosas pasen, dijo Paola, mire toda la basura que tiramos, no cuidamos el medio ambiente” y pensé que sus palabras eran ciertas.

Observé alrededor toda esa realidad a la que somos ajenos, vivimos en nuestro mundo, en nuestra burbuja de trabajo, estrés y preocupaciones y la mayoría de las veces nos olvidamos, y preferimos ignorar que junto a nosotros convive esa realidad. Mientras miraba el rio me encontré con una niña, tendría unos 6 años, jugaba con unas canicas y se habían caído dentro de un agua que estaba asentada y muy sucia y ella intentaba sacar las con un palo.

  • ¿Qué haces? — le pregunté
  • Buscando las bolitas.
  • Y ¿qué pasó, se cayeron dentro del agua?
  • Si
  • Bueno, pero tienes que buscar un palo más fuerte y grande para poder sacarlas, no es bueno que metas las manos en esa agua tan sucia, ven vamos a ver si encontramos uno.

Y así fue como mi amiguita y yo conseguimos un pedazo de madera y por unos minutos me olvidé de mi otra vida, de mis problemas, mis preocupaciones y mi estrés y fui de nuevo una niña intentando sacar dos “bolitas” del agua.

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La tarde terminó y volvimos, con la triste sensación de que hacemos muy poco, pero al mismo tiempo el sentimiento de que por algún lado hay que empezar.

Perspectiva…

La semana pasada salí de viaje. Viví una experiencia que me ha dejado muy impresionada, porque tuve la oportunidad de compartir con un par de jóvenes realmente admirables. La historia, me la reservo, he pensado que puede ser caldo para uno de esos cuentos que se me ocurren, pero creo que tengo que dejarla madurar.

Mientras vivía esta experiencia encontré, en el libro de Oraizola, una reflexión muy acorde a la situación.

“Lo que había cambiado era el poder ver mi historia en la perspectiva de otras historias. Y aceptar que la vida tenía sus luces y sus sombras, sus días radiantes y sus noches oscuras, y hasta en los días radiantes había nubes, y en las noches oscuras destellos para hablar de esperanza” “… Necesitamos poner nuestras vidas en un horizonte amplio. Y necesitamos ordenar el deseo, para que nuestras urgencias no se conviertan en un absoluto que borre de un plumazo toda realidad ajena…”

Y lo que tengo en mi cabeza estos días, en los cuales aun andamos estrenando año, y yo me siento como si los días los estuvieran empujando a presión, porque no entiendo como es que ya estamos en febrero y yo tengo lleno mi calendario casi hasta julio… lo que tengo en mi cabeza, repito, es que muchas veces olvido que debo aprender a poner mi vida en perspectiva y en un horizonte mas amplio. Que si logro ver las historias de los demás y abro bien los ojos, podre aceptar las sombras de mi vida, los día nublados, las noches oscuras, pero también descubrir y disfrutar con intensidad los días radiantes, las noches despejadas y el sol  que nos ilumina muchos días.

¿Será que lograre llenarme de optimismo? Eso pido para mi en esta semana ver la vida en la perspectiva de otras historias… poner mi vida en un horizonte mas amplio.

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Deseo

“Sería maravilloso decir que todos somos perfectamente equilibrados y que sabemos acoger las alegrías y sobrellevar las penas con dignidad, que aprendemos de los golpes y salimos de ellos más fortalecidos. Sería maravilloso, pero no es verdad. La verdad es que las heridas no siempre se curan. A menudo cierran en falso y a veces siguen supurando durante más tiempo del que sería normal” Contemplaciones en papel. Jose M. Oraizola

Cuando uno está en medio de la vida normal y corriente y no ocurre nada más que la rutina de cada día, a uno le gusta filosofar. Decir que somos fuertes y podemos enfrentar cualquier viento fuerte o huracán que nos llegue, porque tenemos fe y confiamos en Dios. Pero cuando estamos en medio del huracán, nos damos cuenta que es más fácil hablar que actuar. Sobre todo, cuando a la tormenta le da por tocar a seres que queremos y son muy cercanos.

En esos momentos es cuando nos toca demostrar que de verdad somos personas de Fe. Por eso hoy pensé en esta reflexión de Oraizola. Sería maravilloso decir que todos somos capaces de sobrellevar las penas con dignidad, pero la verdad es que no es fácil, de hecho, a veces es muy difícil.

A uno le cuesta entonces andar por ahí diciendo: “Que se haga la voluntad de Dios” porque uno quiere que la voluntad de Dios sea, que nuestros seres que tanto queremos milagrosamente se sanen, uno no puede pensar o imaginar cómo es posible que la voluntad de Dios sea que yo sufra o que la persona a la que yo quiero sufra. Así que uno va por ahí pidiendo que sea haga la voluntad de Dios, pero queriendo que, en el fondo, también sea la nuestra.

Por eso en los últimos tiempos he cambiado mis oraciones, y lo único que pido a Dios es que me dé la fortaleza para enfrentar todo lo que pueda llegar a mi vida que me haga sufrir, que me dé fortaleza para apartar de mi vida todo lo que me aleja de EL. Hoy quiero también pedir que me ayude a sobrellevar las penas con dignidad y que de los golpes pueda salir fortalecida. Confío en que, esta vez,  la voluntad de Dios sea la mía y que Don Henry pueda salir de esta enfermedad y podamos disfrutar de un hombre maravilloso por un rato más. Como dice mi hijo que podamos volver a escuchar su voz una vez más. AMEN

La familia

Ayer pensé mucho en mi abuela. Murió hace algunos años, pero siempre la recuerdo con cariño.

Me acorde que todos los años quería que le pusiera el arbolito de navidad en su casa, que para reyes les compraba regalos a todos los nietos y luego cuando estos fueron grandes, les compraba a los biznietos, yo iba con ella a la tienda de juguetes a elegir los regalos. También recuerdo que me encantaba ir los sábados a su casa y ella me guardaba la comida del medio día y plátanos sancochados, que me gustaba mezclarlo con arroz. Luego me sentaba a escuchar el tocadiscos y ella me decía que cuando ella se muriera me lo iba a dejar en herencia. Todos los años me regalaba unos zapatos para mi cumpleaños que se lo compraba a una señora que los traía de New York, pero ella nunca podía esperar que llegara el día del cumpleaños y me llamaba unos días antes para que me los probara, “necesitaba confirmar si me servían”. Cuando yo me los probaba, ponía una cara de que estaban preciosos, y entonces ella me decía; “¿Tú te lo quieres llevar ahora? Si quieres llévatelo, pero el día del cumpleaños no te doy nada”. Entonces cuando llegaba mi cumple ella les decía a todos: “Yo el mío hace días que se lo di”

Tal vez he contado esta historia muchas veces, pero esta semana la recordé particularmente porque ayer mi hijo pequeño me dijo que: “uno no sabía lo que tenía hasta que lo perdía”, se refería a su abuelo, y se lamentaba de aquellas veces en las que no fue a visitarlo, o no conversó con él. Hoy, el está en cama, no puede hablar y lo único que anhela es poder escuchar su voz una vez más.

El día en que mi abuela se murió, pensé que en el fondo, me sentía feliz porque todo lo que había podido darle, lo hice mientras ella estaba viva. La quería muchísimo y se lo demostré cada día que compartimos.

Esta mañana leyendo a Oraizola él decía: “La familia es tu gente, tu raíz, a la que siempre puedes volver porque siempre está ahí”.

Hoy quiero darle gracias a Dios por la familia en la que me ha tocado vivir, por mis hijos, mi familia pequeña; mis padres, hermanos, cuñados, sobrinos, la familia ampliada porque siempre han estado ahí cuando los he necesitado. Hoy en un buen momento para decir: “Los quiero muchísimo a todos”, y que sepan que pueden contar conmigo para lo que necesiten.

Dios en el centro de nuestro corazón

“Ojalá todo mi interior, particularmente el corazón, de tal manera cediera al entrar Cristo en el que se abriera dejándole un lugar en el centro del corazón. Así todos mis vicios e imperfecciones desaparecerían de su presencia como se derrite la cera en presencia del fuego” Pedro Fabro.

A veces la vida se ensaña dándonos lecciones, unas tras otras. Y en estos días he tenido que aprender con mucho dolor que la vida a veces es muy frágil, y que nada de lo que tenemos sobre esta tierra es seguro, en un instante lo podemos perder.

En medio de estos sentimientos cada mañana he intentado encontrar las palabras para entender, pero al final he terminado aceptando que Dios solo puede darnos la fortaleza para sobrellevar los momentos difíciles que se presentan en nuestra vida.

Reflexionando sobre la fe y mis creencias, creo firmemente que Dios es esa fuerza interior que llevamos dentro, que nos mueve, nos transforma y da fortaleza a nuestra vida.  Esta mañana al escuchar las palabras de Pedro Fabro pensé que no debemos conformarnos con que Dios ocupe un lugar en nuestro corazón, deberíamos tratar de que cada día el lugar que El ocupara fuera cada vez mayor y en el centro del corazón.

Pensaba en la oración del Padre Nuestro, en especial en su última frase: “Líbranos Señor del Mal” … Sé que sonará a herejía, pero me cuesta pedirle a Dios que me libre del mal.

No estoy escribiendo incoherencias, hoy simplemente quiero decir que, cuando el destino se dispone a darnos una lección y arrebatarnos sin piedad nuestra vida, es cuando más nuestra fe debe salir fortalecida, debemos lograr que Dios ocupe completamente el centro de nuestro corazón y nos llene de fortalezas para poder enfrentar el mal que pueda llegar a nuestras vidas

¿Cómo quiero ser recordada?

El 31 de diciembre del 2016 pasé el año viejo en casa de mi hermano, no es que tuviera muchas expectativas de esperar el 2017, pero mi hermano, mi cuñada y yo no queríamos matarles a los papas la ilusión de la tradicional espera de las 12 de la noche, y las concebidas felicitaciones y buenos deseos entre nosotros mismos; deseos de que las cosas malas del 2016 se quedaran por ahí perdidas y que las buenas se repitieran y que el nuevo año trajera solo otras buenas.

Después de cenar, no recuerdo cómo vino el tema de “que el tiempo pasado siempre fue mejor” y de otros tiempos en los que las tradiciones eran importantes, y Don Jafet comenzó a acordarse de las canciones que cantaba en el colegio, resultó que eran las mismas que yo había aprendido a pesar de la diferencia de más de 30 años. Nos pusimos a cantar a buena voz: papi, mami, Guillermo, Don Jafet y yo, y él estaba contento recordando y cantando conmigo.

¿Quién nos podía decir que cuatro meses después… lo perderíamos? El viernes en la mañana cuando me enteré de que había muerto, en medio del llanto, me puse a cantar las canciones que unos meses atrás había coreado con él.

¿Qué más podemos darles a nuestros viejos queridos, que la alegría de estar con ellos cuando todavía es posible? Visitarlos, aunque sea una tarde lluviosa, llamarlos cada día para escucharlos al otro lado del teléfono y saber que están ahí, para que nos cuenten las mismas historias o las dolamas del momento, pero poder escucharlos cuando todavía es posible. Celebrar con ellos el cumpleaños, las navidades, las madres porque nunca sabremos cual será la última.

Creo que nunca estaremos preparados para que nuestros seres queridos se marchen, ni siquiera los que decimos tener fe nos consuela, que va a “Brillar para ellos la Luz Eterna”. Pero mientras pasaban las últimas horas de despedidas en esas conversaciones de funeraria, donde queremos hablar de otras cosas para olvidar un poco el dolor, Memo comentaba que en su opinión Don Jafet había vivido una vida feliz: había disfrutado de sus hijas y de sus nietos, los había visto nacer y crecer, incluso a las más pequeñas, había visto a sus hijas progresar, vivía una vida tranquila, visitaba a sus hijas y compartía con ellas, era feliz, escuchaba música, cocinaba, qué más puede pedir uno al final de sus días.

Tal vez escribo y repito esta reflexión para pensar un poco en mis padres y en su vida. Sé que más temprano que tarde estaré ahí, viviendo lo que las chicas vivieron este fin de semana y como dijo Ara, comprenderé lo duro que es estar sentado en ese mueble negro de la funeraria. Y no es que quiera ser pesimista ni pensar en estas cosas antes de tiempo… sino que por el contrario quiero pensar que mis padres viven una vida maravillosa, han visto crecer a sus cuatro hijos y a sus nietos, Dios les ha dado una vida larga dentro de lo posible llenos de salud y yo me siento más que agradecida, y doy gracias a Dios cada día.

Dentro de toda la tristeza en la que se revistió el fin de semana, fue maravilloso saber que a Don Jafet todos lo podrán recordar como un hombre bueno y como describió su yerno: “lleno de ternura”.

Finalmente, pensé que era un buen momento para pensar en mi vida, y en qué cosas debo cambiar, porque creo que lo único que deberíamos hacer durante el transitar por este mundo es intentar hacer el bien, llevar paz y amor a los que nos rodean y que el día en que nos toque, porque es lo único seguro que tenemos en esta vida, los demás, los que se quedan quieran recordarnos por la bondad y la ternura que esparcimos por el mundo.