Lagrimas de amor

Hoy de repente al ver a mi hijo llorando vino a mi memoria aquel día un 04 de enero del año 1989. Tenia 24 años, un novio, y todas las ilusiones de irme a vivir lejos se habían desvanecido. No me quería ir, quería quedarme, casarme, tener muchos hijos y ser feliz. Pero tenia una beca para estudiar fuera del país y la realidad era que me iba, me tenia que ir.

La historia había sido sencilla, mas bien cómica. Durante mis años de colegio no había conseguido que ningún chico se fijara en mi. El día de la graduación solo quería alejarme de aquella gente y aquella vida, tanto así, que ni siquiera quise ir a la fiesta de graduación, recogí mi diploma, me saqué unas fotos con mi toga blanca, y me fui a mi casa. Para mi, terminaba una etapa de la vida, en un colegio en el que no quería estar y del cual renegué durante 5 años.

Decidí inscribirme a la universidad publica, allí estaba mi lugar, no era una riquita de la ciudad, era una chica de clase media y debía codearme con gente de mi clase. Había pasado los últimos años de mi vida con aquellos chicos que pasaban las vacaciones en Disney, mientras ellos disfrutaban en sus parques de diversiones, yo aprendí a comer libros, a jugar con los chicos del barrio, me iba en los veranos a la finca de los abuelos y montaba caballo, me bañaba en el rio y escuchaba a chicho hacer cuentos a la luz del fogón de la cocina.  Cada fin de verano y regreso a las clases estaba mas encerrada en mi misma y me sentía cada vez más lejos de aquella clase a la cual sentía que no pertenecía.

Cuando llegó el momento de barajar universidades, yo me planté firme y dije: la universidad pública. No valieron las quejas y llantos de mi madre, que si tiraban piedras, que si se armaban líos, que si mataban estudiantes. Al final le dije que mi padre, mis tíos y mis primos también habían estudiado allí, y aun seguían vivos. Mi tía que era profesora en ese entonces me ayudó a reunir los papeles y en agosto comenzó mi vida de estudiante. A los chicos nuevos que entrabamos, nos llamaban bachilleres y nos hacían bromas, vendiéndonos el economato y haciéndonos recorrer de un extremo al otro de la la universidad, enviándonos a aulas que no existían como el sótano 305, cuando ningún edificio tenia tres pisos bajo la tierra.

Pero después de unos meses me di cuenta de que la universidad pública no era lo que yo esperaba, allí estudiaban los chicos de clase baja y a sus ojos yo tampoco encajaba en aquel mundo. Para ellos era la chica “rica” de la facultad, porque tenia cuadernos decorados, usaba lapiceros de varios colores y lápiz de mina, y compraba libros en el economato en lugar de sacar fotocopias y, para agravar el asunto, de vez en cuando llegaba en el carro de mi casa, el parqueo estaba vacío siempre porque nadie tenía carro. Tampoco allí conseguí ningún chico que me hiciera caso, porque tenían miedo de acercarse a una chica a la cual pensaban que no podrían darle lo que ya tenia en su casa.

Viendo que nada saldría en el plano sentimental me enfoque en estudiar y trabajar y así pase los cinco años de universidad, fueron buenos años claro, pero lo único que quería era terminar y salir de allí, lo tenia decidido, me iría de mi casa, del país y lejos de esa vida, conseguiría un compañero que calzara conmigo, un intelectual, con intereses sociales, con el cual pudiera conversar de todos los temas, que le gustara escuchar música, ir al cine, leer y discutir de los libros que leyéramos juntos, ir a cenar, que me escribiera poesías y me mandara cartas y tarjetas decoradas con muñequitos, conversador, cariñoso. Y eso definitivamente no existía en este país.

Terminé la universidad y conseguí trabajo. Algunos chicos aparecieron por el camino, pero después de un mes de salir con ellos los deseché y así estuve tocando las puertas a todas las embajadas del país en busca de una beca para estudiar una maestría, cuando la gente me preguntaba dónde, mi respuesta era a cualquier lado, donde me la den, lo que necesitaba en el fondo de mi corazón era irme.

Pero después de unos meses me sentía frustrada, conseguir beca no era tan fácil como había planeado, todas mis amigas se iban casando y yo ya tenia 24 años, para aquella época eso era casi ser jamona. Ni beca, ni novio, no entendía como era que funcionaban las cosas en este mundo.

Un día un amigo me invitó a un retiro espiritual y allí estaba sentada en una mecedora en la casa de retiros, meditando sobre mi vida, y que haría si no conseguía la beca que tanto soñaba, cuando apareció aquel chico. Medio desgarbado con una barbita de comunista, lentes y pelo negro, los dientes de adelante separados como los de un conejo y me preguntó si era hermana de una chica que trabajaba en no recuerdo que lugar. Lo miré con desdén, preguntándome en mi interior que quería aquel tipo, y le dije que no con la cabeza, porque no se podía hablar. Y continúe divagando por mis sueños e ilusiones.

Una semana después volví a verlo en un paseo a la playa y estuvimos conversando, ya no se le veían tan feos los dientes de adelante y la barbita estaba mas arreglada. Me di cuenta de que el “tipo” era interesante y además me pareció medio loco porque me dijo que seria presidente de la república. Cuando regresé a casa mi hermana me preguntó donde estaba y le conté que había conocido a un chico que estaba medio tostado de la cabeza. Me llamó una semana después para invitarme al cine y así comenzamos a salir. Desde el primer día le aclaré que solo seriamos amigos, estaba buscando una beca para irme a estudiar fuera del país, (y aunque lo omití, por razones obvias, y para conseguir un novio acorde a mis intereses) y no quería compromisos a largo plazos. Su comentario fue que no me preocupara porque el tampoco quería compromisos formales, estaba buscando una chica liberal para pasar el rato.

En ese momento no sabía que el amor no te pide permiso, llega con el sigilo de un ladrón que intenta entrar a tu casa sin que te des cuentas, rompe y desarma todas las cerraduras que has puesto, se quita los zapatos para no hacer ruido y va entrando despacito, hasta llegar a la bóveda donde tienes bien guardado tu corazón y sin importar las consecuencias la abre y lo roba, y te deja totalmente desprovisto de cordura. Cuando eso ocurre dejas de ser tu y te transformas en ese que te ha robado el corazón.

Pronto me di cuenta de que de repente era feliz, ya trabajar, ni estudiar era tan importante, y me fui olvidando un poco de mis deseos de irme a estudiar a fuera y buscar un novio, finalmente lo primero solo era una excusa para lo segundo, y lo segundo parecía que ya había aparecido ¿para qué irme? estaba bien en mi país, no era tan malo como había pensado.

Pero un 15 de diciembre llegó la noticia, un telegrama que decía que había sido aceptada en la universidad y que debía presentarme el 04 de enero para comenzar las clases. No entendía nada, ahora tenia novio y beca. ¿Pero es que el destino no se podía poner de acuerdo para hacer las cosas de una manera coherente?  ¡Que ya tenia novio! es que yo no me quiero ir.  Y mientras yo estaba en modo negación, todos a mi alrededor comenzaron un proceso de organizar mi viaje: la maleta, el pasaje, la ropa, las despedidas, los anuncios, coordinar quien me recoja en el aeropuerto, la celebración de la navidad, el año nuevo y finalmente llegó el 04 de enero el viaje.

A las cuatro de la mañana estaba recogiendo las ultimas cosas que quedaban, pasamos a recoger al novio, que nos acompañaba al aeropuerto, y las lagrimas corrían por los laterales de mi cara como una catarata que no se puede contener. Mi mano aferrada a lo único que no quería dejar. Y allí frente a la puerta de salida, aquella que me conducía a mi otra vida, la que anhelé por tanto tiempo y ahora ya no quería mas. Vi como dos lagrimas, solo dos, rodaban por las mejillas de él. Fue la única vez que lo vi llorar en mi vida, y supe que nunca mas podría sacarlo de mi corazón.

 

 

Ponerse en el lugar del otro

Hace unos días que vengo pensando lo difícil que es andar por el mundo tratando de entender el comportamiento de los demás. Generalmente lo que hago es que me enojo porque yo actuaria de una forma distinta. Esta semana encontré una reflexión el libro de Oraizola que me hizo pensar mas en esto:

“Ponerse en el lugar del otro, y aprender a reconocerse, es un camino para un encuentro diferente. Pero no es nada fácil. Es mas fácil interpretar, juzgar y rechazar desde una distancia aséptica, que aprender a descubrirse uno mismo en muchas cosas que condenamos en los demás”

Ponernos en el lugar de los demás, no es nada fácil terminamos juzgándolos y queriendo que actúen distinto. Pero ¿Cómo transitamos por el mundo sin juzgar?  Es como parte de la naturaleza humana. Así que pensaba que tal vez no se trata de no juzgar, sino de no condenar. Porque juicios seguro que tendremos y es casi inevitable expresarlo, o incluso pensarlo, pero de lo que se trata es de tratar de entender al otro y no condenar.

“Si cada uno fuera capaz de ponerse en el lugar del otro y pudiera, por un solo instante, entender sus circunstancias, sus motivos y como está viviendo el otro, lo que ocurre…es mucho mas tentador construir barreras y encerrarse en un fuerte desde el cual tiramos piedras al otro, que tratar de entender sus motivos, su perspectiva y lo que en realidad nos une”

Eso me recuerda algo que le he escuchado a mi papa. El siempre decía que cuando alguien venia a pedirle un consejo, trataba de, no decirle lo que el haría si estuviera en su lugar, sino, intentaba ponerse en la piel del otro, imaginar que era esa otra persona, y entonces decirle lo que haría.

Y tal vez eso es lo que me toca en este momento de mi vida, un momento de muchos cambios, uno siente que la hay demasiadas variables nuevas que no sabe como te van a afectar y algo nuevo y diferente te va a toca hacer. Pero entonces, alrededor de ti hay muchas personas, cada una con sus vidas, sus realidades y sus circunstancias y debo tratar de ponerme en la piel de ellos y entenderlos, intentar no juzgarlos y sobre todo no condenarlos.

Le pido al creador que me ayude en ese camino

Abrazar aquello por lo que apuestas

“Decidir es elegir entre varias alternativas y entonces abrazar algo por lo que apuestas. Pero al tiempo es renunciar, dejando atrás otras posibilidades y opciones. Y lejos de ser una frustración o motivo de tristeza, es en realidad una música que libera. Porque supone aceptar los limites como parte de la vida. Supone desechar la música engañosa que tararea que todo es posible, para dejar que suene una melodía mas sútil y llena de matices: la que enseña a aceptar y valorar lo que tienes porque sabes que es escaso (el tiempo, los días y los medios)” Bailar con la soledad.

A veces, es tan difícil elegir, andamos por la vida y cada dos por tres se nos presenta la situación de tener que tomar una decisión y aunque en ocasiones tenemos claro hacia donde nos dirigimos, otras nos dan pavor decantarnos para un lado o para el otro. Dice Oraizola, que es parte de aceptar los límites de nuestra vida, y aprendemos a valorar lo que tenemos porque sabemos que es escaso. Muchas veces solo comprendemos lo escaso que son las cosas cuando estas nos faltan.

La mayoría de las veces no podemos volver a atrás cuando hemos tomado una decisión, y “al decidir renunciamos a otras posibilidades u opciones”, me ocurre que en ocasiones al volver la vista atrás me pregunto ¿Qué hubiera ocurrido si en lugar de esto hubiera decidido lo otro?

Hace unos años leí en un libro esta frase: “Lo que siento no es el pesar de no haber partido sino la nostalgia de algo que mi ilusión creyó verdadera y que si lograra alcanzar me daría cuenta de que no era lo que pensaba”, no puedo recordar el libro, pero la frase siempre ha quedado grabada. Y muchas veces cuando tengo la tentación de lamentarme por alguna decisión que ahora me parece errada,  me gusta pensar que es solo la nostalgia de la ilusión.

Los límites son parte de nuestra vida y aceptar que no podemos hacer todo lo que queremos, es parte del crecimiento, unas veces ganamos y otras sentimos que no tanto, pero fue lo que decidimos en ese momento y la mayoría de las veces no hay marcha atrás. Solo nos queda seguir adelante y abrazar aquello por lo que hemos apostado.

 

 

 

 

 

 

La perspectiva del final, llena de hondura nuestro presente

Esta mañana leí una reflexión del libro de Oraizola, Bailar con la soledad: “Cuando tenemos la perspectiva de que la vida se acaba, el mundo cambia de golpe, la perspectiva de un final repentino, llena de hondura el presente. La trampa de ocultar la muerte nos hace perder esa perspectiva…. Hemos perdido la perspectiva de priorizar lo que de veras es importante, de relativizar muchas cosas en esta vida fugaz y asumir que la vida es una sola y que nuestros pasos y decisiones son en verdad importantes. Hemos encerrado en una habitación inaccesible nuestra finitud, perdiendo la oportunidad de mirar la vida con una sabiduría distinta”

Siempre es difícil pensar en la muerte de nuestros seres queridos ya viejos, y mas aún de nosotros mismos, sin embargo, esta mañana pensaba que lo único que teníamos seguro era la muerte, la vida es finita, con ese pensamiento me fui a caminar. Volví a pensar en el libro de Ann Roberson Brown: “Lo que de veras importa”, porque sentí, al leer las palabras de Oraizola, que últimamente he perdido la perspectiva de lo realmente es importante en mi vida, y le he dado prioridad a cosas que no valen la pena.

Con esa sensación salí para mi trabajo esta mañana. Lo siguiente fue pasarme todo el día en una reunión desgastante sin sentido, poniéndome cada vez mas enojada, ansiosa y estresada, a las 5 de la tarde, con la cabeza a punto de explotar, decidí soltar todo e irme a mi sección de Yoga. Fue entonces cuando de golpe volvieron a mi mente las palabras que había leído en la mañana.

Mientras meditaba, me repetí: nada de esto es importante, nada de esto es importante, nada de esto es importante, si llegara mi momento en este mismo instante, nada de eso sería importante, así lo dejé ir… La perspectiva de un final de golpe, llenó de hondura mi presente y decidí enfocarme en aquellas cosas que son de veras importante en mi vida.

“La hora que nunca brilla”

Estoy leyendo un libro de Orairola, si otro, la verdad es que debo confesar que me gusta mucho como escribe. Se llama “Bailar con la Soledad”. Lo comencé a leer con la expectativa de ver si logro hacer las paces con este momento de la vida que me ha tocado vivir, que muchas veces me resulta cuesta arriba.

Citaba unos versos de José Martí que me sonaron a los de alguna canción que había escuchado alguna vez, y resultó, ¡como no imaginarlo! que es una canción de Silvio Rodriguez: “Debes amar el tiempo de los intentos/debes amar la hora que nunca brilla/y si no, no pretendas tocar lo cierto” eso dicen los versos y la canción de Silvio. Dice Oraizola que la hora que nunca brilla es el momento de lo cotidiano. Y afirma: “Y aprender a amarlo, no es solo tolerarlo porque no queda mas remedio… es que hay tanto de nuestra vida y nuestras relaciones que se expresa, se vive, se construye en las horas grises, que es necesario aprender a valorarlo”

La reflexión iba por lo siguiente, con esto de las redes sociales, nos encontramos que las personas suben un montón de fotos maravillosas, en las cuales todos están felices, y esto va generando la sensación de que todos los demás tienen una vida fantástica, y que la de nosotros no parece tan feliz como la fachada de los otros, que vemos en las redes sociales. “Porque la parte menos brillantes, las heridas… eso, generalmente no lo ponemos en las redes sociales” yo soy de la opinión de que, si voy a compartir algo, que sea agradable, porque, para qué voy a andar amargando a los otros, cada cual tiene sus problemas, y tampoco soy de las que sube cosas para que la gente se compadezca de mi, porque eso en verdad no me va a ayudar a resolver los míos.

Pensaba esta mañana que debo aprenderá a valorar más mi vida cotidiana, porque finalmente lo que soy, lo he ido construyendo con las experiencias, los golpes, las alegrías de cada uno de los días sencillos y cotidianos de mi vida; he aprendido más con “esos días”, que con aquellos donde el sol brilla y todo es maravilloso.

Dice Oraizola: “Probablemente todos somos mas o menos conscientes de que cada persona tiene sus propias batallas y sus desvelos, sus días cálidos, pero también sus noches heladoras. Solo que una cosa es saberlo y otra comprenderlo, a un nivel profundo”

Pues ese es mi reto de estos días, aprender a valorar mi vida cotidiana, comprender a un nivel profundo, que esos días son los que me darán la fortaleza para seguir adelante.

LO QUE DEBES AMAR

Debes amar
la arcilla que va en tus manos;
debes amar
su arena hasta la locura
y si no,
no la emprendas que será en vano;
sólo el amor
alumbra lo que perdura…
sólo el amor
convierte en milagro el barro…
Debes amar
el tiempo de los intentos;
debes amar
la hora que nunca brilla;
y si no,
no pretendas tocar lo cierto…
sólo el amor
engendra la maravilla
sólo el amor
consigue encender lo muerto…

José Martí ( La Habana, 1853-1895 )

De alguna forma hay que empezar

Llovía mucho, por un momento pensé que la actividad se cancelaria, al fin y al cabo somos un país de supersticiones: “Las mujeres embarazadas no deben salir cuando está lloviendo”. Pero Loraine nos llamó y nos dijo que en San Cristóbal había salido el sol, así que, aunque en Santo Domingo aún llovía decidimos salir a por nuestro proyecto.

Recogimos a Lía y después de sortear unos cuantos tapones logramos llegar a la carretera y tomar rumbo.  Llegamos retrasados, pero allí, en la rotonda de la Constitución estaban Loraine y Paula con sus camisetas de la pastoral, esperándonos bajo una sombrilla, porque volvía a llover.

Nos adentramos entre calles, dobla aquí, sigue derecho, ahora a la izquierda y luego a la derecha, y luego las calles se hicieron pequeñas callejuelas por las que solo transitaba un vehículo, aunque las calles estaban asfaltadas eran callejones. Finalmente, después de algunas vueltas y desvíos forzados, en el medio de la calle una tarima de alguna actividad que se celebraría en la noche, nos parqueamos frente a la escuelita.

Allí nos estaban esperando la hermana encargada de la escuela y las voluntarias. “Vamos a ver si vienen las mujeres, nos aclaró sor, porque cuando está lloviendo las mujeres no les gusta salir”.

Los chicos estaban nerviosos, sobre todo Fernando, pero fuimos organizando las cosas, dónde poner la cámara, mejor fuera porque hay más luz, y llevamos una silla. Debemos llenar los papeles, le pedimos a la única madre que había llegado si nos dejaba entrevistarla. Y así comenzamos.

Las mujeres fueron llegando poco a poco, de repente una de ellas llegaba y volvía a salir en busca de otra y así reunimos un grupo de unas ocho. Entrevistamos un par sin mucho éxito, porque estaban tímidas y no hablaban mucho, hasta que dimos con una dicharachera que nos contó muchas cosas sobre su experiencia.

Luego entrevistamos a dos voluntarias, una de ellas nos cantó una salve y a Fer por poco se le saltan las lágrimas.

Al final Paola sugirió que fuéramos a una casa a entrevistar a una de las chicas que había dado a luz y había participado en los encuentros anteriores. Nos dejó entrar a su casa y nos enseñó su hermoso bebé de 6 meses, al que cargamos e hicimos gracias.

Mientras los chicos entrevistaban a la mamá, yo me fui a ver el rio que se asomaba por detrás de las casas, Paola me contó que cuando llovía el rio crecía y se metía en las casas y se había llevado el puente. En la orilla se veía la basura de todo tipo: “nosotros tenemos la culpa de que esas cosas pasen, dijo Paola, mire toda la basura que tiramos, no cuidamos el medio ambiente” y pensé que sus palabras eran ciertas.

Observé alrededor toda esa realidad a la que somos ajenos, vivimos en nuestro mundo, en nuestra burbuja de trabajo, estrés y preocupaciones y la mayoría de las veces nos olvidamos, y preferimos ignorar que junto a nosotros convive esa realidad. Mientras miraba el rio me encontré con una niña, tendría unos 6 años, jugaba con unas canicas y se habían caído dentro de un agua que estaba asentada y muy sucia y ella intentaba sacar las con un palo.

  • ¿Qué haces? — le pregunté
  • Buscando las bolitas.
  • Y ¿qué pasó, se cayeron dentro del agua?
  • Si
  • Bueno, pero tienes que buscar un palo más fuerte y grande para poder sacarlas, no es bueno que metas las manos en esa agua tan sucia, ven vamos a ver si encontramos uno.

Y así fue como mi amiguita y yo conseguimos un pedazo de madera y por unos minutos me olvidé de mi otra vida, de mis problemas, mis preocupaciones y mi estrés y fui de nuevo una niña intentando sacar dos “bolitas” del agua.

2018-02-27-PHOTO-00000068

La tarde terminó y volvimos, con la triste sensación de que hacemos muy poco, pero al mismo tiempo el sentimiento de que por algún lado hay que empezar.

Ultimo acto a la bandera

Hacía años que no entraba en aquel edificio. Por una extraña razón, después que me gradué me había negado a poner un solo pie allí dentro. Muchas veces me habían invitado por diferentes circunstancias que tenían que ver con mi trabajo, pero siempre me las había arreglado para escabullirme.

Hoy me había citado el director, no lo conocía, era alguien que no era de la época en la que estudié en el colegio. Subí los escalones de la recepción, aquellos que había recorrido cada mañana, todos los días de mi niñez y adolescencia durante 12 años de mi vida. Pregunté a la recepcionista por el director y después de exponer quien era y las razones de mi visita me dijo que debía esperar un rato en la sala, al Director se le había presentado un contratiempo. ¿Tendría algún inconveniente en esperarle una media hora? Suspiré un poco resignado y con la sonrisa más amable que pude sacar, respondí que sí.

Me senté en unos sillones cómodos, que se encontraban al lado de la recepción, no recordaba que fueran tan cómodos en mi época, aunque tal vez pensándolo mejor, tal vez no había tenido muchas oportunidades de sentarme en ellos. Después de un rato cambiando los pies de un lado para otro, decidí levantarme y al darme vuelta observé los retratos de la última promoción. Recordaba que las promociones pasadas estaban en un salón grande que se encontraba al otro lado del patio. Me entraron unos deseos enorme de cruzar el patio y volver a ver aquellos cuadros de los exalumnos.

Mire por el rabillo del ojo a la chica de la recepción, y en un momento en que se levantó y entró a la oficina por algo, me escabullí por la puerta que estaba abierta y me encontré con el pasillo y las dos escaleras y con el patio central.  Seguí caminando por instinto y me recordé allí recorriendo el patio con mis amigos. De repente volvieron a mi recuerdo tantos momentos vividos.

El colegio estaba en completo silencio, porque aún no era época de clases, solo algunas personas aquí y allá se afanaban en tareas de mantenimiento, así que seguí caminando descuidadamente, tratando de no llamar mucho la atención, me encontré en el medio del patio y entonces volví a recordar…

Ella había pasado toda la semana en una reunión en una ciudad del interior, la reunión terminaba el viernes, pero había decidido regresar antes, porque era mi último acto a la bandera, a pesar de que insistí, que no tenía que preocuparse.  Aquel día nos había cogido el sueño, se había olvidado poner el reloj despertador y a las 7:10 de la mañana había abierto la puerta de mi habitación asustada, porque íbamos a llegar tarde. Yo, con una calma poco habitual en mí, me había apresurado a ponerme la ropa, le dije que no se preocupara y a pesar del atraso llegamos justos para el acto.

Ella me dejó en la puerta del colegio, mientras encontraba parqueo, y desde ese momento la perdí de vista. El acto comenzó y se desarrolló tal y como estaba previsto, sin contratiempos. Nosotros por ser el último año, nos tocaba marchar de último. La verdad es que odiaba marchar, me la había pasado renegando del acto desde que tomé conciencia, me parecía el último reducto de la herencia de la dictadura.

Estaba un poco nervioso porque me tocaban los últimos versos de la poesía coreada y pensaba en eso cuando estábamos colocándonos en posición para empezar a marchar, fue entonces cuando la vi desde el otro extremo del patio. Todos se había retirado de allí porque el sol daba de frente y hacía un calor infernal, pero ella se mantenía firme, se había puesto unos lentes oscuros y las gotas de sudor le recorrían el rostro,  en la columna sobre la cual se apoyaba había tres globos: rojo, azul y blanco, y ella esperaba paciente que llegara mi turno. 

Cuando comenzamos yo decidí que marcharía con honor, que lo haría bien y que levantaría mi pecho, no por la bandera, ni por la patria, sino por ella. Me acercaba a pasos acompasado escuchaba los tambores redoblando y la tuba de la banda de música y yo marchaba, y ella estaba allí, esperando, cuando pasé a su lado la miré, vi lágrimas que recorrían su rostro y levante mi mano y me la puse en el pecho, era la señal que teníamos que hacer al pasar frente a la bandera. Mi amigo que estaba a mi lado, murmuró:  “todavía no, tonto”. Y yo lo ignoré, sonreí a mi madre y sentí que algo se encendió dentro de mí, me alegré de que estuviera allí, viendo mi último acto a la bandera.

Una voz que me gritaba, me sacó de los recuerdos. Vi la secretaria del colegio y dirigí nuevamente mis pasos hacia la recepción y cuando me disponía a subir las escaleras giré una vez más y volví a ver a mi madre en aquella columna, hace tiempo ya no estaba a mi lado, pero yo seguía recordando cada uno de los momentos vividos y compartidos con ella a través de los años. Pensé en ella con nostalgia y entonces comprendí, cuando ella afirmaba, que lo único que podemos dejar en la memoria de los que se quedan son los momentos vividos.