Santa Catalina protectora de los gatos de la calle.

Dedicado a: Momo, Bigotes, El gordo, la gata de tres colores y todos los gatos callejeros… y a mis hijos: Guillermo y Fernando por creer en mi y en mis sueños.

La historia que me ocupa el día de hoy ocurrió hace unos años. Hoy al ver un gato merodeando frente a mi puerta ha vuelto a mi memoria. No sé si con el paso de los años mi memoria me traiciona y estaré inventado algo, pero está es la historia que recuerdo.

Catalina era una señora de unos 65 años, de mediana estatura y pelo ya canoso, vivía sola porque su único hijo se había marchado del país, hacía tiempo, en busca de mejores condiciones de vida. No le gustaba la soledad, pero no le quedaba alternativa. Ya estaba jubilada y se levantaba de madrugada para hacer sus caminatas. Un día al salir escuchó en la casa del frente un gatito maullando. Catalina tenía un gran corazón, y aunque no era muy amante de los gatos decidió cruzar solo para ver, era un gatito de pequeño pero que ya se valía por sí solo. Regresó a su casa y trajo un platito con leche que el gatito apuró con avidez. Ella se dio por satisfecha con esa buena acción y procedió a continuar con su rutina diaria.

Al regresar el gatito la esperaba en el frente de la casa, cuando ella abrió, se escabulló por la puerta y por más que ella intentó razonarle, él no escuchó argumentos y se instaló cual invitado, había decidido que a partir de ese momento ese sería su nuevo hogar.  Catalina lo pensó un rato y concluyó que un gato no la molestaría, le compró una caja de arena y una bolsa de comida. Al tiempo decidió castrarlo, y Pocho, como había decidido llamarlo no volvió nunca a salir de la casa, las pocas semanas que había vivido a la intemperie habían sido aventura suficiente en su vida.

La vida de Catalina y Pocho, transcurría tranquila, se acompañaron a partir de ese momento. Por las mañanas cuando Catalina salía a caminar, él la esperaba tras la puerta, salía un rato a hacer una ronda de rutina por el parqueo, comía unas cuantas ramas o yerba para purgarse, mientras ella al pie del peldaño solitario de la puerta revisaba las noticias del periódico. Cuando ella se daba por satisfecha con las noticias, Pocho entraba tras ella sin protestar. Catalina entonces le abría la ventana que daba a la calle y él se subía y desde allí miraba los pajaritos y todo lo que ocurría en la calle. Esa actividad se repetía en la mañana y en la tarde cuando ella se preparaba el café vespertino.

Al cabo de un tiempo comenzaron a aparecer algunos gatos que se detenían frente a la ventana y conversaban con Pocho. Le preguntaban qué hacía en aquella ventana y por qué no salía a callejear igual que como hacían todos los gatos. Él les respondía que no tenía nada que buscar allá afuera. Mirando por la ventana había terminado de convencerse de que la vida en la calle no era muy segura. Estaban los perros, que le ladraban desde abajo, pero no podían alcanzarlo, luego los carros que pasaban a toda velocidad y el observaba a los otros gatos escaparse a veces por un pelo. Era cierto que le hubiera gustado atrapar los pajaritos que estaban en los árboles, pero la verdad es que subir hasta allá le producía una sensación de vertigo y por demás ellos podían volar y él no, después de estudiar bien toda la situación había llegado a la conclusión de que una vez que lograra trepar el árbol, los pajaritos ya se habrían percatado de sus intenciones y habrían volado antes de que él lograr su propósito. En casa de Catalina tenia comida, arena y cariño, un sillón donde dormir de noche, no tenía que preocuparse de la lluvia, o de los gatos que solo andaban buscando peleas a todas horas.

El que llegaba con más frecuencia a visitarle era Bigote. Un día en que Catalina había salido, la ventana se había quedado abierta por accidente, Bigotes saltó y se metió en la casa, se encontró de frente con Pocho y le dijo: “quiero ver porque dices que estas mejor que yo”.  Pocho crispó los pelos, saco las uñas, le dijo que se saliera de la casa, pero al ver que Bigotes no le hizo caso y lo amenazó con arañarlo, salió disparado y se escondió en el closet de Catalina.

Cuando Catalina llegó se dio cuenta de que algo andaba mal. Las cortinas estaban maltratadas, la comida y arena de Pocho desordenada, creyó que era Pocho quien había hecho todo ese desorden hasta que lo encontró escondido en lo más profundo de su closet, asustado y maullando, al ver la ventana abierta comprendió que otro gato se había metido en la casa.

Bigotes se dio cuenta de que en la casa de Catalina siempre había comida, y que podía escabullirse por el patio y comerse la comida de Pocho. Entraba varias veces al día. Creía que Pocho nunca lo enfrentaría porque lo consideraba un cobarde. Hasta que un día Pocho se armó de valor, enfrentó a bigotes, pelearon y gracias a Dios que en ese momento Catalina llegó y pudo separarlos.

Unos días después cuando bigote se acercó a comer, encontró una malla que le impedía la entrada y a Pocho burlándose de él desde adentro; pero entonces ocurrió algo, Catalina llegó en ese momento y Bigotes vio como abría la puerta que daba al patio, pensó que le iba a tocar una tremenda paliza y estaba calentando los motores para poner los pies en polvorosa cuando vio que se acercaba con un plato con comida. Se había alejado unos pasos pero al ver la situación se detuvo a evaluarla, ella dejo el plato y volvió a cerrar la puerta. Su instinto le decía que debía huir, por si era una trampa, pero el hambre tiene cara de sacrificio y decidió arriesgarse, se acercó y comenzó a comer, primero con temor y luego al darse cuenta de que no ocurría nada, con confianza y luego con glotonería.

Desde aquel día cada mañana y cada tarde Bigotes se acercaba por el patio y esperaba a que Catalina apareciera, cuando la veía le maullaba cariñosamente y ella abría la puerta y le daba comida. Después de un tiempo ella se atrevió a pasarle la mano, y cuando llegaba maltrecho de sus peleas nocturnas le ponía una medicina que le aliviaba bastante y le secaba las heridas, también de vez en cuando le echaba algo para las pulgas. Bigote se sentía feliz, podía disfrutar de su libertad y tener comida segura. Pocho al principio echaba pestes de la rabia, pero después de un tiempo se acostumbró y cuando Bigote llegaba maullaba para avisarle a Catalina, y mientras comía,  conversaban animadamente. Bigote le contaba de sus andadas y él se reía con las historias.

Un día el gato gordo con el que Bigote peleaba, descubrió su secreto, el gato se escondió y lo siguió sigilosamente hasta descubrir donde iba todas las mañanas y las tardes. La mañana siguiente se le adelantó a Bigotes y se paró en la puerta a maullar, cuando Bigotes llegó y lo encontró allí,  montó en cólera. Catalina viendo la situación intentó levantar la bandera de paz poniéndole comida a los dos. Todo hubiera salido de maravilla, si el gordo no hubiera sido el ser más egoísta de los alrededores, se comió su comida y no dejó que Bigotes se acercara. Eso ocurrió por unos cuantos días, hasta que un día bigotes ya no regresó más. Cuando Pocho le preguntó al gato gordo por Bigotes, le dijo que no sabía lo que le había ocurrido. A partir de entonces era el Gordo quien llegaba dos veces al día a maullar en la puerta. Descubrió que Catalina se levantaba temprano a caminar y comenzó a esperarla en la puerta de la casa, ella abría la puerta del patio, le daba comida y lo curaba igual que como había hecho con Bigotes.

Pronto en el submundo del barrio, comenzó a correr la voz de que en la casa No. 16 vivía la mujer más noble del barrio, la protectora de los gatos. Cuando salía a caminar los gatos salían a la acera y la miraban pasar y hacían una especie de reverencia a su paso, ninguno de los gatos callejero le tenía miedo, porque sabían que ella no les haría daño, se acercaban y se dejaban mimar por ella. Los gatos llegaban por el patio y maullaban y ella siempre salía a darles comida. Cuando tenían sus peleas nocturnas y llegaban maltrechos se dejaban cuidar de ella. Así fueron desfilando por casa de Catalina todos los gatos del barrio: El gordo, la gata de tres colores, el gato negro, el gris, La máscara, ella les iba asignando nombres y los conocía, pero nunca los dejaba entrar en la casa.

Pocho, se fue haciendo amigo de todos, ellos pasaban a saludarlo por la ventana en la mañana y en la tarde y ya no se burlaban de él. El se contentaba con escuchar las historias del barrio de boca de sus amigos y ellos comprendía porque el prefería la seguridad de la casa de Catalina.

Pero toda esta historia seria solo una anécdota si no hubiera ocurrido aquel hecho extraordinario.

Un día Catalina se enfermó. Estuvo en cama por unos días con una neumonía, ya no podía salir a caminar y apenas podía levantarse a darle comida a los gatos. El médico llegaba cada tarde y Pocho siempre estaba acostado en la esquina de la cama, velando por Catalina. Los gatos se acercaban a la ventaba y le preguntaban por Catalina y así se fueron enterando uno a uno de que estaba enferma. Pocho les iba actualizando con las noticias informándoles de la situación. Un día escuchó que el medico decía que Catalina estaba muy grave y le quedaban pocos días de vida. Pocho entonces informó la noticia a los gatos que se acercaban.

El día que Catalina murió, yo estaba en casa, por la ventana vi cómo fueron llegando los gatos, se fueron colocando en la pared en silencio, al rato un centenar de gatos rondaba por la casa de Catalina y como un coro de ángeles, maullaron con la entonación más triste que jamás he escuchado.

¿Educar con el ejemplo es suficiente?

Cuando era adolescente, mi mamá me peleaba mucho, ella siempre se ha caracterizado por ser un poco más peleona de lo normal. Pero después que crecí debo darle el crédito, que en algunos casos, tal vez tenía razón. Peleaba porque yo era desordenada. Yo casi no puedo creer que alguna vez en la vida me hubieran peleado por eso, porque los que me conocen saben que soy una persona extremadamente organizada.

Muchos podrán afirmar que mi madre lo hizo bien, me inculcó la organización a su manera y ahora no puedo convivir con el desorden. Lo que ocurre es que su forma de enseñar dejo demasiadas huellas en mi vida no tan agradables, cuando han pasado los años recuerdo más a mi madre peleándome, así que cuando me tocó educar a mis hijos no quise replicarla. Preferí que mis hijos se acordaran de mi siendo cariñosa. Eso lo decidí un día que mi hijo mayor me dijo que yo me pasaba el día peleando, estaba repitiendo un comportamiento aprendido, me prometí entonces a mí misma que iba a dejar de hacerlo.

Aunque escandalice a muchos, mi casa está organizada de la puerta de mis hijos para afuera, hemos llegado a un pacto, ellos pueden tener su desorden donde yo no lo vea. De vez en cuando yo hago una incursión en sus habitaciones y las organizo y ellos se sienten bien cuando ven las ventajas de que el cuarto este organizado.

¿Porque he pensado en esto en el día de hoy? Porque yo había creído que uno puede educar simplemente con el ejemplo. Pensaba que el hecho de que los hijos vieran a uno trabajando, estudiando y sacrificado, era suficiente para que aprendieran lo mucho que le ha costado a uno llegar hasta aquí. Sin embargo, hoy no estoy tan segura de que sea así. Lamentablemente no hay ningún curso donde uno se inscriba para aprender a ser papá y mamá y la única forma de aprender es equivocándonos y volviendo a deshacer el camino y comenzando de nuevo una y otra vez. Cuando uno tiene más de un hijo, entonces intenta no cometer los mismos errores que cometió con el primero.

Uno mira a los hijos y reconoce en ellos muchos de nuestros defectos, a veces hasta de forma irreverente te sacan en cara que son de una u otra forma porque lo han aprendido de nosotros. Y yo pregunto, ¿porque no aprenden más pronto nuestras virtudes y no nuestros defectos? y digo más pronto, porque igual como yo aprendí a ser organizada no pierdo las esperanzas de que cuando ellos vivan lejos y tengan su espacio recuerden que en casa todo estaba organizado y quiera repetir eso que vivieron.

Hoy tal vez mis escritos no terminen tan optimistas como otras veces, porque pienso que hay algo que de repente debo hacer diferente, ¿ser más estricta quizás? , y lograr que un adolescente comprenda que a pesar de que muchas personas en la sociedad quieren hacernos creer que hay caminos fáciles para conseguir las cosas que uno aspira en la vida, lograr la meta sostenida solo es posible: estudiando, con sacrificios y mucho trabajo, el que lo logra de una manera distinta, solo consigue un éxito que se puede esfumar con un abrir y cerrar de ojos.

Quiero ser una viejita alegre

El arte de llegar a ser uno mismo como ser humano consiste en transformar lo que sobreviene de afuera en un acto de entrega y amor… Cada día sobrevienen cosas desde afuera. Puedo enfadarme por eso, irritarme, o puedo aceptarlo y transformarlo. Anseln Grum

En esto días he recordado a mi tía Josefita,  le tenía un cariño bien especial. Era la viejita más alegre que jamás haya conocido, nunca se quejaba, cuando uno llegaba y le preguntaba cómo estaba, ella siempre decía BIEN. Un día Luis Henry le preguntó que ella hacía para estar siempre tan jovial, y ella le dijo que no se juntaba con viejos, tenía 85 años, decía que los viejos se pasaban el día entero quejándose de sus achaques.

Siempre dije que cuando fuera vieja quería parecerme a Tía Josefita, pero resulta que, al pasar balance a los días de mi vida, también yo me paso la vida quejándome, y eso que no soy vieja: que si tengo mucho trabajo, que si es un trabajo que no me gusta hacer, que si los calores de la menopausia, que si hay muchos tapones, que si el idiota que está delante de mí es un imprudente y me lo quiero tragar desde mi carro, aunque él ni siquiera se va enterar de todos los insultos que le lanzo. Ante esta realidad todo apunta a que no me voy a parecerme en nada a mi tía.

Así que este año entre mis propósitos he incluido dejar de quejarme. A mi favor, porque sé que Dios siempre me manda los mensajes que necesito escuchar, encontré esta frase de Grum. Llegar a ser uno mismo como ser humano, es transformar lo que sobreviene de afuera y no está bajo mi control; aceptarlo y transformarlo; no se trata de un acto pasivo: aceptarlo y quedarme sin hacer nada, eso es conformarse, se trata de transformarlo en un acto de amor. Yo decido que, lo que viene de afuera no me va a quitar la paz, simplemente voy a tratar de resolverlo sin irritarme, alterarme o enojarme.

Debemos aprender a transformar esas cosas que le causan amargura a nuestra vida. Quiero que mis hijos y mis nietos, cuando los tenga, me recuerden como una viejita alegre igual que mi tía Josefita.

Una Botella de Cerveza

Abrió los ojos y tuvo que hacer un esfuerzo para descubrir donde estaba y recordar lo qué había ocurrido. Se encontró en su cuartucho pequeño, sucio, mal oliente. Lentamente se incorporó y descubrió que la cama estaba llena de sus propias inmundicias. Regadas en la sábana blanca se observaban los restos de la comida, procesados y descompuestos, sometidos a la acción de los jugos gástricos.  Vio las botellas de cerveza vacías regadas por todos lados. Aguantó la respiración para no devolver la arcada que sentía venir desde su interior.

Bajó de la cama y se dirigió a la parte atrás de la casa, abrió la llave común que compartía con el resto de los vecinos de la cuartería donde vivía. Al salir, el sol se asomaba apenas por el horizonte. Una brisa extraña fría se le metía por los huesos. Una vez llena la cubeta de agua se dirigió al baño y sin mucho esmero se aseo para sacarse de arriba el mal olor y la resaca.

Salió de la casa y recogió del piso una botella plástica. El cuerpo volvía a exigirle su veneno. No sabía qué día era, pero seguramente habían pasado más de veinticuatro horas desde aquel momento fatal.

Lo tenía claro, sabía dónde proporcionarse una dosis suficiente para enfrentar el día y decidir cuál sería el próximo paso. Caminó con paso seguro hacia el malecón, sin dar rodeos llegó al parque, era el recorrido que hacía cada día de regreso de su casa, comenzó su búsqueda mientras volvían a su cabeza los hechos desafortunados.

Ramón había venido en busca de una mejor vida desde su campo de Monte Plata, la cosa se había puesto difícil en el pueblo y un amigo le dijo que le iba a dar trabajo en un colmado. A partir de las ocho de la noche, el colmado se convertía en una discoteca, se sacaban las mesas a la acera y llegaban los empleados que salían de los trabajos, a tomarse una cerveza. Él nunca había tomado, así que se limitaba a abrirlas y mantenerlas “cenizas”, “como un velo de novia”, como decían los comensales. ¿Cómo fue que cayó en eso? Definitivamente aquella mujer había sido la causa de todas sus desgracias.

Se acercó al primer basurero, metió la cabeza y comenzó a sacar los restos de la basura, hasta que dio con la primera botella, al menos estaba limpia, le quedaba un pequeño fondo de cerveza unos diez mililitros. Abrió la botella plástica y vació el contenido… con otras seis como esta sería suficiente.

La primera vez que la vio tenía unos pantalones negros apretados, y unos zapatos de plataforma rojos, pensó que era una diva que no estaba al alcance de sus manos, solo de algunos sueños húmedos y peligrosos. No podía apartar la mirada de la mesa donde ella estaba, y de pronto las miradas se encontraron, la de ella fue picara, mal intencionada, se le hacía un pequeño agujero en la mejilla y tenía un lunar encima del labio, aunque en ese momento no sospechó que era tan ficticio como todo en ella. Le pareció “una mujerona” pero, en definitiva, fuera del alcance de sus manos.

A partir de ese día, todas las tardes llegaba al colmado con unas amigas a tomar cerveza, y siempre era ella la que se acercaba al mostrador a pedirlas.  Y él, que no era para nada tímido, al notar cierto interés, entró en confianza y le pidió el número. Si, definitivamente ese fue su primer error.

Al lado del puesto de pizzas siempre había muchas. Tenía que pensar con claridad cuál sería el próximo paso, regresarse al pueblo o buscar otro trabajo en la capital, aunque ahora, al pensar en todo lo ocurrido, no estaba seguro de que podría volver a conseguir trabajo en la ciudad. Su mente estaba nublada, ofuscado, como si aún no lograra despertar del sueño.  Rebuscó en el basurero y encontró tres botellas más, las fue vertiendo una a una y consiguió unos cincuenta mililitros, se vio tentado a tomarlos, pero sabía que eso no sería suficiente para aclarar la cabeza, debía aguantar un poco aún.

Después de tres semanas saliendo con Zaira, y ante la insistencia de ella, decidieron mudarse, resultó que quienes le pagaban las cervezas eran las amigas porque ella no estaba trabajando y estaba desesperada por salir de su casa, según decía, su mamá era una vieja con muchos recatos que la obligaba a estar metida en la iglesia. Y él, que se le salía la baba por ella, no lo pensó dos veces, le pidió un préstamo al dueño del colmado para arreglar el cuartito donde vivía. Al principio todo fue color de rosas, ella se levantaba temprano y le preparaba desayuno antes de que saliera para el colmado, al medio día le llevaba una cantina con comida y se sentaba con él, y entre un cliente y otro conversaban. Cuando ella se marchaba él se quedaba embelesado mirándola a lo lejos, se pellizcaba, porque no podía crear que aquella mujer le pertenecía. Llegaba a la casa tarde cansado del trabajo y ella lo estaba esperando, le decía que él trabajaba demasiado, pero él le respondía que, para poder pagar los gastos y todos los antojos de ella, era necesario.

Continuó caminando por los basureros, fue recuperando más botellas y completado la suya. ¿Por qué las personas no se tomaban la cerveza completa y siempre dejaban un fondo? Ese descubrimiento lo había hecho mientras trabajaba en el colmado. ¡Su trabajo! ¡Tanto que le había costado, tenía que pensar pronto que hacer!

La mayoría de los clientes devolvía la botella con un poco menos de la mitad de la cerveza, alegaban que se había calentado. Un día se le ocurrió ir llenando botellas plásticas con lo que dejaban los clientes. Hizo el experimento solo por curiosidad, para ver cuantas botellas lograba completar, reunió cinco botellas. Había quedado esa noche de salir temprano para ir a bailar con Zaira, y entonces recibió la llamada, ella le decía que se sentía mal y le dolía la cabeza, era la tercera vez que le barajaba la salida, se enojó tanto que se fue tomando una a una las botellas de cerveza. Llegó a la casa mareado danto tumbos, y fue la primera vez que no encontró a Zaira, estaba seguro de que no estaba cuando llegó, pero al otro día ella le dijo que él había llegado tan borracho que ni siquiera le había hecho caso, y el no pudo contestar porque no se acordaba de nada.

En el basurero que estaba al lado de uno de los puestos de comida, encontró una botella casi llena y un hot dog casi entero, de repente sintió hambre, no podía recordar qué día era, ni cuánto tiempo llevaba en el cuartito inconsciente. Limpio un poco la basura que tenía el hot dog y comenzó a comérselo, mejor echaba algo en estómago antes de tomarse la cerveza.

Desde esa noche intentó estar más alerta cuando llegaba a su casa, pero después que se había dado la primera borrachera, ya no podía parar, era una locura, un vicio que había estado escondido en su cuerpo. Durante el día se dedicaba a llenar botellas de cerveza vacías con las sobras de los clientes. Al principio se las tomaba al final del día, pero luego comenzó a tomar durante el día. El dueño del colmado comenzó a mirarlo con cuidado, y un día hasta le preguntó si estaba tomando, pero él lo negó, después de tomar se metía una menta en la boca para disimular el tufo. El trabajo, el alcohol y las dudas de la mujer lo tenían fuera de sus casillas. Ella, ya no se levantaba temprano para despedirlo, dejó de llevarle comida al medio día y por las noches, él estaba tan borracho que no podía darse cuenta de que ocurría.

Pero ese día se enfermó. Llego al trabajo con dolor de cabeza y creía que era de la resaca, después fue sintiendo todo el cuerpo cortado y al medio día comenzó la fiebre. Llamó al dueño y le dijo que viniera a relevarlo, porque él se encontraba muy mal. Al llegar a la casa en el momento que iba a   introducir la llave en la cerradura escucho las voces y no se atrevió a entrar. Se devolvió sigiloso por donde había venido. Se paró en una esquina desde donde podía ver la puerta de la casa y al rato lo vio salir, caminar por la acera en dirección contraria a la que él estaba. Cuando lo vio doblar, dejo que pasara un rato y entonces regresó a la casa. Ella estaba en ropa interior tirada en la cama y entonces no pudo más, la miró con ojos de odio y la golpeo, ella gritaba y le decía que se detuviera y él le gritaba:

— Puta, puta, no eres más que una puta — trataba de darle puñetazos en la cara hasta que ella cayó al suelo y entonces se dio cuenta de la locura que estaba haciendo.

Cuando logró reaccionar vio que tenía un golpe en la cara. Ella lloraba en el piso, la vio levantarse dando tumbos, se lavó la cara y llorando fue recogiendo su ropa y sus cosas. El la miraba con los brazos derrotados a los lados, los hombros caídos, sentía que ardía de la fiebre y se creía delirando y de repente ella abrió la puerta para salir, lo miró con odio y le dijo:

— Me la vas a pagar, no eres más que un estúpido borracho miserable, que me tiene pasando miseria en este cuartucho, te voy a poner una querella en la policía. Voy a hacer que pierdas tu trabajo y te manden a la cárcel. — dando un portazo se fue.

Entonces abrió el refrigerador y vio todas las botellas de cerveza que tenía y comenzó a tomar. Fue dejando las botellas vacías, hasta quedar completamente inconsciente en la cama.

Tenía que ir hasta el colmado, para ver qué tan grave era su situación, si la policía aún no había ido a buscarlo, era una señal alentadora. Ella tenía la culpa, pero era la palabra de ella contra la suya. Se tomó la botella de cerveza que había ido recolectando de la basura y sintió como le atravesaba  el cuerpo a través de sus vena, y se armó de valor para enfrentar su realidad cualquiera que fuera. De lejos divisó el colmado y todo estaba en calma, pero cuando llego al frente vio en el interior: la policía, su amigo el dueño del colmado y a Zaira, un escalofrió le recorrió por todo el cuerpo y comprendió que no tendría escapatoria.

—Buenos días — escucho su voz que temblaba y se dirigió a los policías y a su amigo porque no se atrevía a mirar a la mujer.

— Buenos días — escuchó que le respondían

— ¿El Sr. Ramón Núñez?

— Si, ese soy yo.

— Queremos hacerle unas preguntas.

Ramón sentía como las gotas de sudor le corrían debajo de sus brazos en el interior de su camisa. Y en ese momento se atrevió a mirar a Zaira y cayó en la cuenta de que tenía esposas puestas en las manos, también se percató que a su lado había otro hombre que no conocía que también estaba esposado. Solo cuando el policía comenzó a hablar todas las piezas del rompe-cabeza comenzaron a encajar. Dos horas después caminaba nuevamente hasta su cuartucho intentando procesar toda la información que había recibido.

Zaira pertenecía a una banda que se dedicaban a asaltar colmados. El modus operandis era que una chica bonita engatusaba a una persona de las que trabajaban en el colmado, se mudaba con él unas semanas, le sacaba información y le robaba una copia de la llave del colmado. Luego ejecutaban el robo e inculpaban a la víctima. La policía le tenía el ojo encima y cuando Zaira fue a poner la denuncia por maltrato la atraparon, la obligaron a seguir con el plan del asalto para atrapar al resto de la banda en plena operación. Todo había ocurrido durante el día anterior y la noche mientras Ramón estaba inconsciente en su casa por todas las cervezas que se había tomado.

Volvió a hacer el recorrido de vuelta a su casa. Hubiera preferido que lo acusaran de ladrón ¿Cómo había pensado que una mujer así podría enamorarse de un hombre como él? Aun recordaba la sonrisa de desprecio y burla de la cara de Zaira cuando se la llevaba la policía.  Se detuvo frente al mar y miró hacia el horizonte, miró el acantilado que se le ofrecía delante de él.

Enfrentar las debilidades

“… Nosotros no debemos esperar ninguna transformación que nos libera de nuestras debilidades y fallas, de nuestras susceptibilidades y heridas… pero esto no es un impedimento para nuestra vida… la meta de nuestro camino espiritual no es estar exentos de pasiones. Sino la transformación de nuestras pasiones de modo que sirvan a la vida, de mono que anuncien apasionadamente a Dios” Anselm Grum

Comenzó un nuevo año. Siempre con la ilusión de 365 días por delante que queremos aprovechar. Esta mañana mientras hacia la reflexión me encontré con estas frases. Y pensé que cuando comienza el año queremos hacer borrón y cuenta nueva y arrancar de raíz todo aquello con lo que no nos sentimos tan cómodos.

Leer esta reflexión me ha hecho pensar que en realidad es muy difícil arrancar de raíz todas nuestras debilidades y fallas, Grum nos invita por el contrario a aprender a vivir con ella, transformarlas, actuando con perseverancia y disciplina, firmeza ante las decepciones y resistencias que nos encontremos en el camino.

Así que intentaré en estos días, identificar mis debilidades y fallas, y ver de qué forma logro transformarlas, y con ellas de la mano trataré de emprender en camino hacia este nuevo año que se me presenta por delante.

Navidad: Bendición y Promesa

Tengo la sensación que este año transcurrió tan de prisa. Hace un tiempo que ando deseando que se acabe porque… han ocurrido tantas cosas y todo ha estado tan complicado, que en mi interior tengo el sentimiento de que si termina tendré la oportunidad de comenzar algo nuevo y de una manera distinta.

Decía Grum en la lectura de esta semana: “La piedra que hay en nuestro camino nos obliga a volvernos hacia nuestro interior… ahí es donde Dios nos muestra el verdadero camino de nuestra vida; el camino de la bendición y de la promesa, el camino en el que el mismo nos acompaña y conduce”

Bendición y Promesa, esas palabras me hacen pensar en la navidad… la bendición de un niño que nace para traernos la promesa de Paz a la tierra. Esa Paz que tanto necesitamos y cada día nos parece tan lejana. Cuando miramos alrededor del mundo y vemos a tantas personas que sufren, tantas guerras, tantos inmigrantes sufriendo, en busca de una vida mejor, la palabra Paz resultan tan extraña, tan necesaria, pero como dije antes …tan lejana.

Que esta Navidad podamos tomar en tiempo para reflexionar sobre esas piedras que hemos encontrado en nuestro camino a lo largo del año y entonces podamos volvernos a nuestro interior, y encontrar allí a Dios para que nos guíe por el verdadero camino, ese de bendición y promesas… expresadas en un niño en un pesebre, para recordarnos que la Paz debe ir a los más vulnerables de la sociedad, a todos esos que sufren, con ellos debemos solidarizarnos en estos tiempos.

Feliz Navidad decimos, Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, y a todas las personas que hoy más que nunca necesitan de esa paz.

Emociones al libre albedrío

Hace días que no escribia  en mi blog. Dice Virgina Woof que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir… la habitación es lo único que tengo y mucho trabajo, así que esa es la razón por la que a veces desaparezco y no escribo todo lo que me gustaría.

El año va llegando a su terminó, pero creo que aun puedo recuperar el tiempo y tratar de cumplir con algunas de mis metas que andan rezagas.

Hace unos días comencé a leer un nuevo libro, otro de Anselm Grum, “Atrévete a Ser”. Esta mañana encontré lo siguiente: “Algunas veces nuestras emociones se independizan, y se establecen como insectos en todas las rendijas de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Ya no podemos pensar con claridad, pues nuestro pensamiento se ha infiltrado por todas partes, productos perversos de la imaginación y sentimientos de amargura”

Me hizo pensar de nuevo como las emociones se dan a la tarea de controlar nuestras vidas… “Las emociones valoran los sucesos, depende de mí como valoro y controlo las emociones”… cuanto más si a “ellas les da por independizarse y querer hacer con nosotros lo que les venga en gana”

Lo que quiero es simplemente recordarme a mi misma, que tal vez muchos de los propósitos de este año no han sido cumplidos en un 100%, pero la vida no es perfecta y muchas circunstancias hacen que las cosas no salgan como la hemos planeado. Eso no debe hacerme sentir frustrada o triste, muchos otros logros he tenido.

Hoy escuchaba con Fer la canción de Cat Stevens Moonshadow y me hizo pensar las tantas cosas por las que debo dar cada día gracias a Dios, recordar nuevamente que debo contar las bendiciones y no los problemas o la lista infinita de cosas pendientes.

Asi que nada a retomar mi blog como si no hubieran transcurrido casi dos meses desde la última vez que escribi… aun tengo mucho que reflexionar, mucho que pensar y mucho que decir.