Creer aunque no lo vea

Esta mañana escuchaba la lectura de Tomas. Le dijo a sus compañeros que si no metía sus manos en las llagas de Jesus no creería nada. “Dichosos los que creen sin haber visto” le dijo Jesus una semana mas tarde. La reflexión de Rezando Voy, mencionaba, como muchas veces nosotros teníamos la necesidad de utilizar nuestros propios sentidos y experiencia para decidir por nosotros mismos lo que es verdad y lo que no lo es, sin dar crédito a las experiencias de los demás. A veces las cosas de Dios se ven en la vida de los demás.

Pensaba que aveces es difícil tener Fe cuando vivimos momentos difíciles en nuestra vida. Creer que las cosas ocurrirán y tener que esperar el tiempo que no tenemos o que creemos no tener. Tal vez hoy es el día de seguir el ejemplo de tantos que han aprendido a creer sin ver. Hoy le pido a Dios que me ayude a creer sin ver.

Mis deseos son que esta semana Dios me de la fortaleza para seguir adelante en esta dura cuesta que nos ha tocado subir. Debo recordar que no debo mirar la cima de la montaña, aquella para la que no se cuanto  me falta, que debo seguir caminando y enfocarme en el camino.

El valor de la verdadera amistad.

Hace un tiempo que descubrí que escribir es mi forma de desahogarme y sacarme de la cabeza y del corazón ciertas cosas. Cuando plasmo mis ideas en el papel, parece como si me las sacara de adentro y dejaran de preocuparme.

Siempre he valorado la amistad, pero  en los últimos tiempos de mi vida pasando balance he llegado a la conclusión de que los amigos son circunstanciales. Llegan a nuestras vidas para cumplir un propósito y luego salen de ella dejándonos la triste sensación de que una parte de nosotros se ha muerto. Cuando se van, lo hacen poco a poco, apenas nos damos cuenta, hasta que llega un día en el cual decimos, es mi amigo o ¿Era mi amigo? Claro, siguen siéndolo, nos encontramos con ellos y cuando eso ocurre hablamos y nos ponemos al día en las cosas que han pasado. O cuando nos necesitan o los necesitamos suelen estar ahí “para lo que sea necesario”. Pero te das cuenta cuando se ha cumplido la etapa de un amigo cuando te ocurren cosas trascendentales y ya no tienes esos deseos inmensos de llamarlo o llamarla, para contarle.

¿Será que la vida se ha vuelto tan complicada que ya no tenemos tiempo ni siquiera para dedicarlo a los amigos? No lo digo por reclamar, tal vez, me reclamo a mí misma, por estar lejos y no sacar tiempo para eso… la amistad. Yo siempre he dicho que soy una amiga no exigente, en el sentido de que no importa el tiempo que haya pasado, nunca me encontraré con alguien y le diré: “Estas perdida o, ya no me llamas ¿Es que ya no somos amigos?”, pero no sé porque en estos días siento la culpa de que tal vez lo hago para que a su vez nadie me reclame a mí por lo mismo.

Hay amigos que se han marchado lejos de nosotros y con todas las nuevas tecnologías podríamos estar más comunicados, sin embargo, cada cual vive en su mundo y no pasamos de darle a un corazoncito o a un “me gusta”, con la esperanza de que los demás lo vean y que sepan que al menos los seguimos por las redes sociales. ¡Qué triste y deprimente se ha vuelto la vida! ¿Dónde quedaron aquellos tiempos donde cada mes o cada semana nos juntábamos los amigos y compartíamos nuestras alegrías y nuestras penas? Los días en los que estar con los amigos era motivo de alegría.

Por supuesto hay personas en nuestras vidas que parece que están y nunca pasan, que no importa el tiempo, la distancia, los años siempre podremos contar con ellos, y cuando estoy triste y quiero desahogarme siempre estará ahí.

Como dice mi papá, estos son reflexiones baratas de un viernes por la tarde, en los que la soledad suele pegarle un poco a uno y recordamos con nostalgia otros tiempos, no sé si mejores o peores, pero al menos, las penas se pasaban entre “amigos”.

¿Cómo quiero ser recordada?

El 31 de diciembre del 2016 pasé el año viejo en casa de mi hermano, no es que tuviera muchas expectativas de esperar el 2017, pero mi hermano, mi cuñada y yo no queríamos matarles a los papas la ilusión de la tradicional espera de las 12 de la noche, y las concebidas felicitaciones y buenos deseos entre nosotros mismos; deseos de que las cosas malas del 2016 se quedaran por ahí perdidas y que las buenas se repitieran y que el nuevo año trajera solo otras buenas.

Después de cenar, no recuerdo cómo vino el tema de “que el tiempo pasado siempre fue mejor” y de otros tiempos en los que las tradiciones eran importantes, y Don Jafet comenzó a acordarse de las canciones que cantaba en el colegio, resultó que eran las mismas que yo había aprendido a pesar de la diferencia de más de 30 años. Nos pusimos a cantar a buena voz: papi, mami, Guillermo, Don Jafet y yo, y él estaba contento recordando y cantando conmigo.

¿Quién nos podía decir que cuatro meses después… lo perderíamos? El viernes en la mañana cuando me enteré de que había muerto, en medio del llanto, me puse a cantar las canciones que unos meses atrás había coreado con él.

¿Qué más podemos darles a nuestros viejos queridos, que la alegría de estar con ellos cuando todavía es posible? Visitarlos, aunque sea una tarde lluviosa, llamarlos cada día para escucharlos al otro lado del teléfono y saber que están ahí, para que nos cuenten las mismas historias o las dolamas del momento, pero poder escucharlos cuando todavía es posible. Celebrar con ellos el cumpleaños, las navidades, las madres porque nunca sabremos cual será la última.

Creo que nunca estaremos preparados para que nuestros seres queridos se marchen, ni siquiera los que decimos tener fe nos consuela, que va a “Brillar para ellos la Luz Eterna”. Pero mientras pasaban las últimas horas de despedidas en esas conversaciones de funeraria, donde queremos hablar de otras cosas para olvidar un poco el dolor, Memo comentaba que en su opinión Don Jafet había vivido una vida feliz: había disfrutado de sus hijas y de sus nietos, los había visto nacer y crecer, incluso a las más pequeñas, había visto a sus hijas progresar, vivía una vida tranquila, visitaba a sus hijas y compartía con ellas, era feliz, escuchaba música, cocinaba, qué más puede pedir uno al final de sus días.

Tal vez escribo y repito esta reflexión para pensar un poco en mis padres y en su vida. Sé que más temprano que tarde estaré ahí, viviendo lo que las chicas vivieron este fin de semana y como dijo Ara, comprenderé lo duro que es estar sentado en ese mueble negro de la funeraria. Y no es que quiera ser pesimista ni pensar en estas cosas antes de tiempo… sino que por el contrario quiero pensar que mis padres viven una vida maravillosa, han visto crecer a sus cuatro hijos y a sus nietos, Dios les ha dado una vida larga dentro de lo posible llenos de salud y yo me siento más que agradecida, y doy gracias a Dios cada día.

Dentro de toda la tristeza en la que se revistió el fin de semana, fue maravilloso saber que a Don Jafet todos lo podrán recordar como un hombre bueno y como describió su yerno: “lleno de ternura”.

Finalmente, pensé que era un buen momento para pensar en mi vida, y en qué cosas debo cambiar, porque creo que lo único que deberíamos hacer durante el transitar por este mundo es intentar hacer el bien, llevar paz y amor a los que nos rodean y que el día en que nos toque, porque es lo único seguro que tenemos en esta vida, los demás, los que se quedan quieran recordarnos por la bondad y la ternura que esparcimos por el mundo.

La alegria se vive en medio de las pequeñas cosas cotidianas

“En otras épocas cuando las utopías nos parecían al alcance de la mano, insistimos más bien en el sacrificio de la propia vida, y de las vidas ajenas, por ese horizonte que parecían tan cercano. Hoy miramos más el ahora y sabemos que la alegría del reino ya llena del sabor de  una vida buena nuestro presente, y que desde esta experiencia se construirán las utopías posibles… No podemos situar el sentido y alegría solo al final de la vida, cuando triunfen los procesos que pretenden cambiar la realidad… la alegría se vive en medio de las pequeñas cosas cotidianas” La letra pequeña. Benjamin Gonzales Buelta

Me encantó esta reflexión de Benjamín: “No podemos situar el sentido y alegría solo al final de la vida, cuando triunfen los procesos que pretenden cambiar la realidad… la alegría se vive en medio de las pequeñas cosas cotidianas.

Hace una semana compartíamos la alegría de Jesus resucitado, sin embargo siento que en el fondo estamos tristes, nos arrastran las situaciones que tenemos que vivir cada día, nos deprimimos por el trabajo, la angustia, la ansiedad, por la inseguridad que se vive en estos tiempo… Benjamín nos recuerda otras épocas donde las útopias nos parecían al alcance de la mano, entonces estábamos dispuestos a hacer sacrificios hasta que ese momento llegaran, pero el afirma: Los tiempos han cambiado, no podemos pasar la vida esperando que mejores tiempos lleguen, debemos aprender a encontrar el sentido y la alegría en nuestro día, en la vida cotidiana.

Para mí las palabras de Benjamín son una invitación a mirar la vida con más optimismo. No debemos estar ajenos a la realidad en la que vivimos, pero no podemos dejarnos envolver por los miedos. Y afirma: “Una de las tareas más urgentes de nuestra teología es sacar a la luz y articular una propuesta de vida feliz en los nuevos contextos sociales”

Y por último término con una reflexión de  Fonfo Alonso-Lasheras, sj que tomo de la pagina de la pastoral SJ.

“Lo cierto es que conozco gente que vive resucitada, sin esperar a la muerte ni haber vivido ningún milagro. Gente que entrega su vida cada día a los demás de muy diferentes maneras, sin enfadarse porque no les consideran héroes, y con la alegría profunda de no temer gastar la vida, porque saben que no hay que morir para resucitar, sino que basta con entrar en esa “nueva vida”, en esa “más vida”, que nos trajo Cristo. Es gente que sigue luchando por resucitar cada día, y que tienen un “extra” de vida que se les escapa por los ojos, por la sonrisa, y puede convertirse en algo contagioso.

Ojalá formásemos parte de esta gente resucitada, y que nos mirase a la cara por la calle diciendo: “este tipo cree en la resurrección”; y que podamos vivir repartiendo eso que creemos.”

Como siempre con la esperanza de que estas palabras lleguen a lo mas profundo de mi ser y pueda aplicarlas y vivir con alegría mi realidad.

Crecer… es empezar de nuevo.

“Crecer significa experimentar el no saber y movernos hacia lo desconocido. Necesitamos ayuda, aprendizaje y experimentación. Eso significa aceptar el límite, el acierto y el error en los que se van asentando en nosotros saberes, relaciones y destrezas” La letra pequeña, Benjamín Gonzalez Buelta

¿Cuánto terminamos de crecer? Esta mañana pensaba que nunca, porque el día que dejemos de crecer eso significará que estamos cerca del final de nuestra vida… las palabras de Benjamín me hicieron pensar en esto, cuando reflexiona que crecer significa “experimentar el no saber y movernos hacia lo desconocido”. Cuántas veces a lo largo de nuestra vida nos toca volver a comenzar, hacer algo nuevo, no saber y movernos hacia lo desconocido. A mí en lo particular me ha tocado muchas, y en cada proceso he sentido que he necesitado aprender y al final es un asunto de prueba y error, pero como bien dice la reflexión, también he tenido que aprender a encontrarme con los límites, hacerlo bien pero también equivocarme y en ese camino y ese proceso dejar que poco a poco se asiente en mi, el conocimiento, las relaciones y las habilidades.

“Crecer, dice Benjamín, es surgir siempre desde lo más hondo de sí mismo y empezar en cada etapa una trayectoria que nunca antes había sido recorrida”

Sacar de adentro y volver a empezar con inquietud de que esto no lo habíamos hecho antes y la incertidumbre de lo que vendrá. ¿Será bueno? ¿lo haré bien? ¿Podré hacerlo? Y en el trayecto aprender a discernir.

“Necesitamos la conexión con nuestra propia interioridad para que el espíritu transforme nuestro misterio en un dialogo con nosotros, y necesitamos encontrarnos con otras originalidades auténticas que apuesten a nosotros y ofrezcan el apoyo que nunca encontraremos en nuestro propio narcisismo”

Hoy en medio de esta semana santa, quiero pedirle a Dios que me siga acompañando en el discernimiento y las decisiones de mi realidad. Y que me permita seguir siendo referente para mis hijos, que mi ejemplo pueda servir para transformar su ingenio y creatividad.

 

 

Perdida de Memoria a Corto Plazo

Hace unos años leí el libro de Eduardo Punset: “El viaje a la felicidad”. En su momento el libro me pareció muy acertado en muchos de sus planteamientos. Pero una de las partes que más me impacto, se trataba de cómo los humanos interpretábamos los recuerdos.

“El planteaba que, en cierto modo, cada vez que se recuerda algo se vuelve a revivir lo recordado. Cada vez que se reaviva un recuerdo se reconstruye biológicamente

Esa es la razón por la cual algo que nos ocurrió en el pasado, que nos produjo miedo, tristeza, alegría, al recordarlo volvemos a revivir y las emociones de aquel momento vuelve a reconstruirse en nosotros.

Muchas veces perdemos la paz cuando ciertas situaciones ocurren en nuestra vida. Alguien nos agrede verbalmente, nos sentimos mal y a lo largo del día al recordar el incidente, volvemos a sentir una y otra vez el enojo o la impotencia; igual pasa si se trata de algo que nos ocasiona ira, nos pasamos todo el día enojados con cualquiera que se pare frente a nosotros y nos diga: “va a llover”.

¿Porque tan fácil alguien te quita la paz de tus días? O tal vez la pregunta sería: ¿Por qué dejamos que otro nos quite la felicidad de una forma tan fácil?

Recuerdo que en aquella época cuando leí el libro me hubiera gustado tener la memoria selectiva de Doris, la pececita de Buscando a Nemo, creo que nuestra vida fuera más grata, si fuéramos capaces de dejar las cosas que nos perturban de lado cuando ocurren y seguir adelante, pero por el contrario, vamos rumeando como las vacas una y otra vez, contándole  a todo el que nos viene de encuentro, en lugar de olvidar el incidente y no pensar más en eso.

No quiero pasar el resto de mi vida triste o deprimida o dejarme llevar por la ira y el enojo, quiero hacerme el firme propósito de que las cosas ocurran y dejarlas pasar, dejarlas ir, que se queden dónde están y no arrastrarlas a lo largo del día, o de la semana o el mes, o del año, o del resto de mi vida. De hoy en adelante a todo aquel que intente perturbar mi paz, le aplicaré la memoria a corto plazo de Doris…. ¿Quieres algo? … aunque me digan: “Lo tuyo no es normal!!!”

Doris memoria a corto plazo

Sincronizar con el tiempo de Dios

En nuestra experiencia, podemos pedirle a Dios que se manifieste antes de que las situaciones humanas maduren. Necesitamos sincronizar con el tiempo de Dios, que respeta los ritmos de nuestro propio devenir. Desde la ansiedad inscrita en las entrañas de nuestro mundo acelerado o de nuestra propia historia personal.

Ayer leía estas palabras del libro de Benjamín: “La letra pequeña” y pensaba lo difícil que resultaba a veces sincronizar con el tiempo de Dios. Sin embargo, Él tiene la paciencia de respetar nuestros ritmos y llegar a nuestra vida cuando estamos listos. No se impone… espera. Nosotros no, siempre queremos que las cosas ocurran antes, ya, de inmediato, hemos perdido la capacidad de tener paciencia y esperar.

Hace unos años estaba en un parque de diversiones de esos de agua y nos metimos en un juego que eran unos “rápidos”, la corriente nos iba llevando sin que tuviéramos control de hacia dónde íbamos, después de dar un par devueltas cuando mi hermana y yo con los chicos intentamos salirnos, no pudimos, seguimos girando y girando por un par de vueltas más hasta que logramos asirnos a algo y entre todos lo logramos.  Así siento que andamos por la vida, en una corriente de rápidos en la que por más que intentamos salir no lo conseguimos

Estamos a mitad de la cuaresma… y he pensado mucho en el camino que quiero seguir hasta llegar a la pascua, en mi compromiso, en el giro que quiero dar a la vida. En lo que debo transformar, cada domingo en misa Juan Manuel nos pregunta ¿Cómo vamos? Y yo me pregunto a su vez ¿cómo voy? Se por dónde va la cosa y lo que debo hacer, lo difícil es pasar del pensamiento a la acción.

Hoy, comprometerme a sincronizar con el tiempo de Dios, que respeta los ritmos de mi propio devenir.