Ultimo acto a la bandera

Hacía años que no entraba en aquel edificio. Por una extraña razón, después que me gradué me había negado a poner un solo pie allí dentro. Muchas veces me habían invitado por diferentes circunstancias que tenían que ver con mi trabajo, pero siempre me las había arreglado para escabullirme.

Hoy me había citado el director, no lo conocía, era alguien que no era de la época en la que estudié en el colegio. Subí los escalones de la recepción, aquellos que había recorrido cada mañana, todos los días de mi niñez y adolescencia durante 12 años de mi vida. Pregunté a la recepcionista por el director y después de exponer quien era y las razones de mi visita me dijo que debía esperar un rato en la sala, al Director se le había presentado un contratiempo. ¿Tendría algún inconveniente en esperarle una media hora? Suspiré un poco resignado y con la sonrisa más amable que pude sacar, respondí que sí.

Me senté en unos sillones cómodos, que se encontraban al lado de la recepción, no recordaba que fueran tan cómodos en mi época, aunque tal vez pensándolo mejor, tal vez no había tenido muchas oportunidades de sentarme en ellos. Después de un rato cambiando los pies de un lado para otro, decidí levantarme y al darme vuelta observé los retratos de la última promoción. Recordaba que las promociones pasadas estaban en un salón grande que se encontraba al otro lado del patio. Me entraron unos deseos enorme de cruzar el patio y volver a ver aquellos cuadros de los exalumnos.

Mire por el rabillo del ojo a la chica de la recepción, y en un momento en que se levantó y entró a la oficina por algo, me escabullí por la puerta que estaba abierta y me encontré con el pasillo y las dos escaleras y con el patio central.  Seguí caminando por instinto y me recordé allí recorriendo el patio con mis amigos. De repente volvieron a mi recuerdo tantos momentos vividos.

El colegio estaba en completo silencio, porque aún no era época de clases, solo algunas personas aquí y allá se afanaban en tareas de mantenimiento, así que seguí caminando descuidadamente, tratando de no llamar mucho la atención, me encontré en el medio del patio y entonces volví a recordar…

Ella había pasado toda la semana en una reunión en una ciudad del interior, la reunión terminaba el viernes, pero había decidido regresar antes, porque era mi último acto a la bandera, a pesar de que insistí, que no tenía que preocuparse.  Aquel día nos había cogido el sueño, se había olvidado poner el reloj despertador y a las 7:10 de la mañana había abierto la puerta de mi habitación asustada, porque íbamos a llegar tarde. Yo, con una calma poco habitual en mí, me había apresurado a ponerme la ropa, le dije que no se preocupara y a pesar del atraso llegamos justos para el acto.

Ella me dejó en la puerta del colegio, mientras encontraba parqueo, y desde ese momento la perdí de vista. El acto comenzó y se desarrolló tal y como estaba previsto, sin contratiempos. Nosotros por ser el último año, nos tocaba marchar de último. La verdad es que odiaba marchar, me la había pasado renegando del acto desde que tomé conciencia, me parecía el último reducto de la herencia de la dictadura.

Estaba un poco nervioso porque me tocaban los últimos versos de la poesía coreada y pensaba en eso cuando estábamos colocándonos en posición para empezar a marchar, fue entonces cuando la vi desde el otro extremo del patio. Todos se había retirado de allí porque el sol daba de frente y hacía un calor infernal, pero ella se mantenía firme, se había puesto unos lentes oscuros y las gotas de sudor le recorrían el rostro,  en la columna sobre la cual se apoyaba había tres globos: rojo, azul y blanco, y ella esperaba paciente que llegara mi turno. 

Cuando comenzamos yo decidí que marcharía con honor, que lo haría bien y que levantaría mi pecho, no por la bandera, ni por la patria, sino por ella. Me acercaba a pasos acompasado escuchaba los tambores redoblando y la tuba de la banda de música y yo marchaba, y ella estaba allí, esperando, cuando pasé a su lado la miré, vi lágrimas que recorrían su rostro y levante mi mano y me la puse en el pecho, era la señal que teníamos que hacer al pasar frente a la bandera. Mi amigo que estaba a mi lado, murmuró:  “todavía no, tonto”. Y yo lo ignoré, sonreí a mi madre y sentí que algo se encendió dentro de mí, me alegré de que estuviera allí, viendo mi último acto a la bandera.

Una voz que me gritaba, me sacó de los recuerdos. Vi la secretaria del colegio y dirigí nuevamente mis pasos hacia la recepción y cuando me disponía a subir las escaleras giré una vez más y volví a ver a mi madre en aquella columna, hace tiempo ya no estaba a mi lado, pero yo seguía recordando cada uno de los momentos vividos y compartidos con ella a través de los años. Pensé en ella con nostalgia y entonces comprendí, cuando ella afirmaba, que lo único que podemos dejar en la memoria de los que se quedan son los momentos vividos.

Una Botella de Cerveza

Abrió los ojos y tuvo que hacer un esfuerzo para descubrir donde estaba y recordar lo qué había ocurrido. Se encontró en su cuartucho pequeño, sucio, mal oliente. Lentamente se incorporó y descubrió que la cama estaba llena de sus propias inmundicias. Regadas en la sábana blanca se observaban los restos de la comida, procesados y descompuestos, sometidos a la acción de los jugos gástricos.  Vio las botellas de cerveza vacías regadas por todos lados. Aguantó la respiración para no devolver la arcada que sentía venir desde su interior.

Bajó de la cama y se dirigió a la parte atrás de la casa, abrió la llave común que compartía con el resto de los vecinos de la cuartería donde vivía. Al salir, el sol se asomaba apenas por el horizonte. Una brisa extraña fría se le metía por los huesos. Una vez llena la cubeta de agua se dirigió al baño y sin mucho esmero se aseo para sacarse de arriba el mal olor y la resaca.

Salió de la casa y recogió del piso una botella plástica. El cuerpo volvía a exigirle su veneno. No sabía qué día era, pero seguramente habían pasado más de veinticuatro horas desde aquel momento fatal.

Lo tenía claro, sabía dónde proporcionarse una dosis suficiente para enfrentar el día y decidir cuál sería el próximo paso. Caminó con paso seguro hacia el malecón, sin dar rodeos llegó al parque, era el recorrido que hacía cada día de regreso de su casa, comenzó su búsqueda mientras volvían a su cabeza los hechos desafortunados.

Ramón había venido en busca de una mejor vida desde su campo de Monte Plata, la cosa se había puesto difícil en el pueblo y un amigo le dijo que le iba a dar trabajo en un colmado. A partir de las ocho de la noche, el colmado se convertía en una discoteca, se sacaban las mesas a la acera y llegaban los empleados que salían de los trabajos, a tomarse una cerveza. Él nunca había tomado, así que se limitaba a abrirlas y mantenerlas “cenizas”, “como un velo de novia”, como decían los comensales. ¿Cómo fue que cayó en eso? Definitivamente aquella mujer había sido la causa de todas sus desgracias.

Se acercó al primer basurero, metió la cabeza y comenzó a sacar los restos de la basura, hasta que dio con la primera botella, al menos estaba limpia, le quedaba un pequeño fondo de cerveza unos diez mililitros. Abrió la botella plástica y vació el contenido… con otras seis como esta sería suficiente.

La primera vez que la vio tenía unos pantalones negros apretados, y unos zapatos de plataforma rojos, pensó que era una diva que no estaba al alcance de sus manos, solo de algunos sueños húmedos y peligrosos. No podía apartar la mirada de la mesa donde ella estaba, y de pronto las miradas se encontraron, la de ella fue picara, mal intencionada, se le hacía un pequeño agujero en la mejilla y tenía un lunar encima del labio, aunque en ese momento no sospechó que era tan ficticio como todo en ella. Le pareció “una mujerona” pero, en definitiva, fuera del alcance de sus manos.

A partir de ese día, todas las tardes llegaba al colmado con unas amigas a tomar cerveza, y siempre era ella la que se acercaba al mostrador a pedirlas.  Y él, que no era para nada tímido, al notar cierto interés, entró en confianza y le pidió el número. Si, definitivamente ese fue su primer error.

Al lado del puesto de pizzas siempre había muchas. Tenía que pensar con claridad cuál sería el próximo paso, regresarse al pueblo o buscar otro trabajo en la capital, aunque ahora, al pensar en todo lo ocurrido, no estaba seguro de que podría volver a conseguir trabajo en la ciudad. Su mente estaba nublada, ofuscado, como si aún no lograra despertar del sueño.  Rebuscó en el basurero y encontró tres botellas más, las fue vertiendo una a una y consiguió unos cincuenta mililitros, se vio tentado a tomarlos, pero sabía que eso no sería suficiente para aclarar la cabeza, debía aguantar un poco aún.

Después de tres semanas saliendo con Zaira, y ante la insistencia de ella, decidieron mudarse, resultó que quienes le pagaban las cervezas eran las amigas porque ella no estaba trabajando y estaba desesperada por salir de su casa, según decía, su mamá era una vieja con muchos recatos que la obligaba a estar metida en la iglesia. Y él, que se le salía la baba por ella, no lo pensó dos veces, le pidió un préstamo al dueño del colmado para arreglar el cuartito donde vivía. Al principio todo fue color de rosas, ella se levantaba temprano y le preparaba desayuno antes de que saliera para el colmado, al medio día le llevaba una cantina con comida y se sentaba con él, y entre un cliente y otro conversaban. Cuando ella se marchaba él se quedaba embelesado mirándola a lo lejos, se pellizcaba, porque no podía crear que aquella mujer le pertenecía. Llegaba a la casa tarde cansado del trabajo y ella lo estaba esperando, le decía que él trabajaba demasiado, pero él le respondía que, para poder pagar los gastos y todos los antojos de ella, era necesario.

Continuó caminando por los basureros, fue recuperando más botellas y completado la suya. ¿Por qué las personas no se tomaban la cerveza completa y siempre dejaban un fondo? Ese descubrimiento lo había hecho mientras trabajaba en el colmado. ¡Su trabajo! ¡Tanto que le había costado, tenía que pensar pronto que hacer!

La mayoría de los clientes devolvía la botella con un poco menos de la mitad de la cerveza, alegaban que se había calentado. Un día se le ocurrió ir llenando botellas plásticas con lo que dejaban los clientes. Hizo el experimento solo por curiosidad, para ver cuantas botellas lograba completar, reunió cinco botellas. Había quedado esa noche de salir temprano para ir a bailar con Zaira, y entonces recibió la llamada, ella le decía que se sentía mal y le dolía la cabeza, era la tercera vez que le barajaba la salida, se enojó tanto que se fue tomando una a una las botellas de cerveza. Llegó a la casa mareado danto tumbos, y fue la primera vez que no encontró a Zaira, estaba seguro de que no estaba cuando llegó, pero al otro día ella le dijo que él había llegado tan borracho que ni siquiera le había hecho caso, y el no pudo contestar porque no se acordaba de nada.

En el basurero que estaba al lado de uno de los puestos de comida, encontró una botella casi llena y un hot dog casi entero, de repente sintió hambre, no podía recordar qué día era, ni cuánto tiempo llevaba en el cuartito inconsciente. Limpio un poco la basura que tenía el hot dog y comenzó a comérselo, mejor echaba algo en estómago antes de tomarse la cerveza.

Desde esa noche intentó estar más alerta cuando llegaba a su casa, pero después que se había dado la primera borrachera, ya no podía parar, era una locura, un vicio que había estado escondido en su cuerpo. Durante el día se dedicaba a llenar botellas de cerveza vacías con las sobras de los clientes. Al principio se las tomaba al final del día, pero luego comenzó a tomar durante el día. El dueño del colmado comenzó a mirarlo con cuidado, y un día hasta le preguntó si estaba tomando, pero él lo negó, después de tomar se metía una menta en la boca para disimular el tufo. El trabajo, el alcohol y las dudas de la mujer lo tenían fuera de sus casillas. Ella, ya no se levantaba temprano para despedirlo, dejó de llevarle comida al medio día y por las noches, él estaba tan borracho que no podía darse cuenta de que ocurría.

Pero ese día se enfermó. Llego al trabajo con dolor de cabeza y creía que era de la resaca, después fue sintiendo todo el cuerpo cortado y al medio día comenzó la fiebre. Llamó al dueño y le dijo que viniera a relevarlo, porque él se encontraba muy mal. Al llegar a la casa en el momento que iba a   introducir la llave en la cerradura escucho las voces y no se atrevió a entrar. Se devolvió sigiloso por donde había venido. Se paró en una esquina desde donde podía ver la puerta de la casa y al rato lo vio salir, caminar por la acera en dirección contraria a la que él estaba. Cuando lo vio doblar, dejo que pasara un rato y entonces regresó a la casa. Ella estaba en ropa interior tirada en la cama y entonces no pudo más, la miró con ojos de odio y la golpeo, ella gritaba y le decía que se detuviera y él le gritaba:

— Puta, puta, no eres más que una puta — trataba de darle puñetazos en la cara hasta que ella cayó al suelo y entonces se dio cuenta de la locura que estaba haciendo.

Cuando logró reaccionar vio que tenía un golpe en la cara. Ella lloraba en el piso, la vio levantarse dando tumbos, se lavó la cara y llorando fue recogiendo su ropa y sus cosas. El la miraba con los brazos derrotados a los lados, los hombros caídos, sentía que ardía de la fiebre y se creía delirando y de repente ella abrió la puerta para salir, lo miró con odio y le dijo:

— Me la vas a pagar, no eres más que un estúpido borracho miserable, que me tiene pasando miseria en este cuartucho, te voy a poner una querella en la policía. Voy a hacer que pierdas tu trabajo y te manden a la cárcel. — dando un portazo se fue.

Entonces abrió el refrigerador y vio todas las botellas de cerveza que tenía y comenzó a tomar. Fue dejando las botellas vacías, hasta quedar completamente inconsciente en la cama.

Tenía que ir hasta el colmado, para ver qué tan grave era su situación, si la policía aún no había ido a buscarlo, era una señal alentadora. Ella tenía la culpa, pero era la palabra de ella contra la suya. Se tomó la botella de cerveza que había ido recolectando de la basura y sintió como le atravesaba  el cuerpo a través de sus vena, y se armó de valor para enfrentar su realidad cualquiera que fuera. De lejos divisó el colmado y todo estaba en calma, pero cuando llego al frente vio en el interior: la policía, su amigo el dueño del colmado y a Zaira, un escalofrió le recorrió por todo el cuerpo y comprendió que no tendría escapatoria.

—Buenos días — escucho su voz que temblaba y se dirigió a los policías y a su amigo porque no se atrevía a mirar a la mujer.

— Buenos días — escuchó que le respondían

— ¿El Sr. Ramón Núñez?

— Si, ese soy yo.

— Queremos hacerle unas preguntas.

Ramón sentía como las gotas de sudor le corrían debajo de sus brazos en el interior de su camisa. Y en ese momento se atrevió a mirar a Zaira y cayó en la cuenta de que tenía esposas puestas en las manos, también se percató que a su lado había otro hombre que no conocía que también estaba esposado. Solo cuando el policía comenzó a hablar todas las piezas del rompe-cabeza comenzaron a encajar. Dos horas después caminaba nuevamente hasta su cuartucho intentando procesar toda la información que había recibido.

Zaira pertenecía a una banda que se dedicaban a asaltar colmados. El modus operandis era que una chica bonita engatusaba a una persona de las que trabajaban en el colmado, se mudaba con él unas semanas, le sacaba información y le robaba una copia de la llave del colmado. Luego ejecutaban el robo e inculpaban a la víctima. La policía le tenía el ojo encima y cuando Zaira fue a poner la denuncia por maltrato la atraparon, la obligaron a seguir con el plan del asalto para atrapar al resto de la banda en plena operación. Todo había ocurrido durante el día anterior y la noche mientras Ramón estaba inconsciente en su casa por todas las cervezas que se había tomado.

Volvió a hacer el recorrido de vuelta a su casa. Hubiera preferido que lo acusaran de ladrón ¿Cómo había pensado que una mujer así podría enamorarse de un hombre como él? Aun recordaba la sonrisa de desprecio y burla de la cara de Zaira cuando se la llevaba la policía.  Se detuvo frente al mar y miró hacia el horizonte, miró el acantilado que se le ofrecía delante de él.

Nostalgias de la niñez

Era sábado, podía hacer lo que se le viniera en ganas. No tenía tareas, así que había decidido dedicarlo a su juego preferido. Su padre estaba en su escritorio organizando sellos. Nunca entendía bien lo que hacía, con una pinza los sacaba del clasificador y los cambiaba de un lugar para otro. Los ordenaba sobrepuestos uno sobre otro. No le importaba solo quería pedirle algo.

— ¿Puedo tomar prestadas algunas cosas de tu escritorio pa’?

— Sabes cuál es la condición ¿Cierto?

— Si claro, poner todo de nuevo en orden tal y como lo encontré.

— Buena chica — Dijo mientras le desarreglaba el pelo — adelante toma lo que quieras.

Miró el escritorio y pensó que jugaría a ser una secretaria. Necesitaría: papel en blanco, una libreta, lápices y lapiceros de tres colores, un sello pre-tintado de cancelado, sobres…

—¿Puedo tomar también la maquinilla de escribir?, te prometo solo usar la cita negra, no usaré la roja.

—Bien, pero ten cuidado al cárgala, recuerda que pesa un poco, no vaya a resbalarse.

— Si… ya sé.

Armó una caja de madera grande a modo de escritorio, buscó la sillita de su habitación y fue colocando uno por uno los objetos. En el centro, la maquinilla, una caja de cartón seria el porta-papeles, una cajita más pequeña el portalápiz y luego los sobre y la libreta. Ahora solo faltaba el último detalle. Fue al cuarto de los objetos inservibles y tomó el teléfono negro que estaba en desuso porque estaba arruinado.

Ring, ring, ring… escuchaba el teléfono sonar.

—Si, habla con la Srta. Margarita, soy la secretaria del Sr. Conde. Él no se encuentra, pero si gusta puede dejarle un mensaje. Muy bien si desea puede dejarme un número de teléfono y él le devolverá la llamada. Como no, muchas gracias Sr. García.

Iba anotando los recados, inventaba los cheques, llenaba informes, organizaba y clasificaba los sobres. Hacia y recibía llamadas de los clientes imaginarios que, con el ring, ring del teléfono iban dejando mensajes al Sr. Conde y así transcurrían sus sábados en medio de la alegría de sentirse útil y ser la secretaria perfecta de su jefe.

Lejos estaba de imaginar que un día no tan lejano, esa sería su vida. Su maldita vida; que odiaría, cada vez que el teléfono sonara, porque eso seguro significaba más trabajo que no podía evadir, sino que debía cumplir por obligación. Que miraría desesperada la bandeja llena de papeles que organizar, la misma que cada tarde antes de partir clasificaba y organizaba y lograba dejar completamente vacía, pero cada mañana como por arte de magia amanecía nuevamente repleta de papeles. Envidiaría los cheques, que en esta ocasión, solo podía limitarse a anotar y entregarlos y ver cómo le pasaban una y otra vez entre sus dedos, sabiendo que su sueldo apenas le alcanzaba para cubrir mínimamente sus gastos. Que estaría aburrida cada semana de hacer los informes que su jefe tenía que entregar el lunes a la junta directiva y siempre se había olvidado de terminar y “no tengo tiempo Margarita, que este fin de semana tengo un compromiso de trabajo” aunque sabía, porque lo había escuchado detrás de la puerta que solo iba a encontrarse con la novia de turno en cualquier lugar.

Cada viernes cuando llegaban las 5:00 de la tarde miraría con nostalgia su escritorio, intentaría recordar aquellos sábados felices de su niñez solo para darse cuenta de que se habían perdido en el tiempo y en su memoria.

La Caja de Alegrias.

Dice Grum, que “Lo más bonito que hay en el mundo es infundir alegría a los demás”, pero al leer esto no sé porque me dio por pensar que eso ocurre siempre y cuando los demás estén dispuestos a recibir la alegría que queremos compartir.

“Si giramos únicamente en torno a nuestras necesidades, no estaremos nunca contentos… Pertenece esencialmente a la alegría el gesto de abrirse, de abarcar también al otro, de entregarse. La buena disposición para alegrar a los otros repercute positivamente en nosotros” Anselm Grum

Pero pienso que, si nosotros queremos entregar alegría a los demás, pero los otros no quieren recibirla, debemos agarrar nuestra caja de alegrías e irnos a otra parte donde alguien quiera recibirla. Es triste entregarse por completo y que el otro no valore esa entrega. Uno tiende a decepcionarse un poco de los demás. Y tal vez hoy me mueve todo esto a pensar que por ahí, allá fuera en el mundo hay muchas personas necesitadas de nuestro amor y nuestro cariño, solo debemos elegir la persona adecuada para entregarlo.

Llegó con su caja llena de alegrías y se instaló en una esquina de la calle. Cada vez que se acercaba alguien a preguntarle que vendía, él le regalaba una pequeña dosis de alegría. Las personas lo miraban, primero escépticos de que alguien estuviera regalando algo sin esperar nada a cambio, pero respondía que su paga era ver a otros sonreír. Las personas aceptaban la pequeña dosis de alegría y después se alejaban con una sonrisa en los labios y con deseos de llevar también su alegría a otros lugares. Y así estuvo por muchas semanas entregando su alegría a los que habitualmente pasaban por aquella calle. Pero al cabo de un tiempo las personas se cansaron de recibir cada día la alegría que él les regalaba, primero dejaron de detenerse, y luego cuando el insistía en regalarles su alegría decidieron cruzar al otro lado de la calle, desviaban la mirada y lo ignoraban. Entonces comenzó a sentirse triste, y se dio cuenta que su caja comenzaba a llenarse de tristezas, entonces comprendió que había llegado el momento de partir. Limpió su caja, sacó de ella todas las tristezas y volvió a llenarla de alegrías, la cerró nuevamente y partió con ella a otro lugar donde alguien quisiera recibir sus alegrías.

El rio… la corriente… la Paz

“El agua fluye y tranquiliza. Nos muestra que todo pasa y todo se lo lleva la corriente. Dios, sin embargo, es vida que corre a torrentes amor que fluye sin cesar… El agua fluye, pero el rio sigue siendo el mismo… lo transitorio y lo eterno coinciden en una sola cosa” Anselm Grum

Nos preocupamos demasiado por los problemas que llegan a cada momento. Cada día trae su afán, pero aunque quisiéramos, aunque lo decidiéramos como un propósito, seguimos preocupados por todo. A veces quisiera no tener problemas, pero cuando lo pienso bien, ¿qué vida podría existir sin los conflictos que nos llegan a cada momento? Pensar que al final todo pasa, la corriente de la vida se lleva todo lo que ocurre; esa imagen del rio que fluye, da tranquilidad.

Todo pasa… pero Dios, el rio, sigue siendo el mismo. Si dejamos que todo fluya a través de EL, también tendremos tranquilidad.

Quisiera de verdad armarme de una coraza y dejar que las cosas me resbalaran y no me afectaran tanto. Pero, cuesta mucho, es más fácil decirlo que hacerlo, llegado el momento, cuando se presenta la situación, nos olvidamos del propósito y nos angustiamos, nos preocupamos, y no recordamos que “eso” también pasará y que luego solo lo recordaremos como “otro” momento difícil de nuestra vida.

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Salió de su casa con la cabeza a punto de explotar como una olla de presión, sentía las orejas rojas y caliente y le faltaba la respiración, tenía una gran cólera por dentro. Sintió los pies como plomo mientras avanzaba por el sendero, le costaba levantarlos y dar los pasos, parecía arrastrase más que levantarse, pero hizo un esfuerzo por avanzar hasta encontrar lo que buscaba. Separó los troncos de madera unidos con alambres  que hacían las veces de puerta, solo lo suficiente para que su cuerpo pudiera atravesarlo. A partir de ese punto el camino era de piedra y los árboles se unían arriba en la copa formando una sombra agradable que ocultaba completamente el sol. Al avanzar por sendero sintió que podía moverse con más facilidad, y trató de apartar de su mente “aquella situación” y se concentró en los sonidos. Primero escuchó sus pasos sobre las hojas secas y se adentró aún más por la ruta. De repente comenzó a escuchar el trinar de los pájaros, los sonidos llegaban de todas partes aunque no podía verlos y entonces, sin esperarlo escuchó lo que buscaba: el rio, estaba cerca. Al llegar observó el agua que corría y rodaba sobre las piedras. Se descalzó los pies y los introdujo en el agua fresca que se escurría entre sus dedos y arrastraba las piedras más pequeñas, las grandes se resistían a la corriente, pero el agua continuaba su curso, imparable, sin detenerse ni siquiera a reparar en ella, en las piedras, la orilla o las raíces de los árboles que reptaban buscando calmar su sed. Cerró los ojos y dejó que la corriente se llevara también sus pensamientos, la rabia, la tristeza y el desconsuelo, los problemas. Entonces sintió como su alma se fue calmando poco a poco, la respiración cabalgaba al ritmo de la corriente y la paz volvió a su corazón. Al abrir los ojos observó cómo iban allá lejos corriente abajo todos sus preocupaciones y levantó su mano y les dijo adiós.

Oregano Poleo

Vicente era el chico más buenmozo del pueblo, pero era el más tímido que había parido la tierra. Cuando estaba frente a una mujer se convertía en el sexo débil. No le salía absolutamente ninguna palabra ni para decir los buenos días. Marisa era una chica hermosa, la más codiciada de todos en el pueblo, pero estaba perdidamente enamorada, precisamente de Vicente.

Era una pueblo aburrido y cada tarde la diversión obligada de las chicas era la visita al parque. Tenían que pasar por el lugar donde se juntaba el coro de los varones, y cuando esto ocurría, todos soltaban sus respectivos piropos, sin dirigirlos a ninguna en particular. Ellas se sonrojaban y se apropiaban de los halagos: “anda que melena”, “ cuantas curvas y yo si freno”, “quien fuera bizco para verte dos veces”, “Dime cómo te llamas y te pido para los reyes”, “¿Qué hace una estrella volando tan bajito?”. Vicente, mientras tanto, no abría la boca ni para respirar, bajaba la vista y se iba poniendo colorado casi morado, como si los piropos fueran dirigidos a él. Luego se convertía en el hazmerreír del grupo de amigos, que no paraban de burlarse de el por ser tan tímido.

Marisa por su parte, le clavaba la vista desde que doblaba la esquina, y no dejaba de mirarlo hasta que pasaban el grupo.  Ella solo suspiraba y se resignaba, le daban unos deseos inmensos de hablarle, pero eran los tiempos en que la chicas no tenían independencia y era impensable que alguna abordara a un hombre, eso sería lo peor visto en un pueblo tan pequeño y tradicional como aquel.

Fueron pasando así los años y le llegó a los muchachos la edad de casarse y formar familia. Uno a uno fueron abordando a la chica que les gustaba y se enamoraron, y luego se comprometieron y de pronto se casaron.  Marisa seguía en su casa sin conseguir pretendiente, porque aunque era un buen partido, todos sabían que ella estaba enamorada de Vicente y viceversa, y como un acuerdo tácito todos habían decidido respetar aquel amor platónico.  Pero iban pasando los años y no ocurría nada y ya los padres de ella estaban preocupados porque se iba quedando para vestir santos.

Un día estaban todos los amigos tomando tragos en el colmado de la esquina. La mayoría ya estaba casado o comprometido y comenzaron a acosar a Vicente incitándolo a que se decidiera finalmente a declararle su amor a Marisa. Él se negaba rotundamente explicando que cuando estuviera frente a ella, no podría articular ni una palabra como siempre le pasaba. Todos los amigos comenzaron a darle consejos de cómo debía comenzar la conversación: “Lo que tienes es que decirle que has estado siempre enamorado de ella y que quieres que seas tu novia”, “no, tienes que decirle de una vez que quieres casarte con ella”, y así cada uno daba su opinión.

Finalmente uno de los amigos tomó la palabra y dijo: “Lo que vamos a hacer es lo siguiente: nosotros  vamos a escribirle una carta a Marisa de parte de Vicente diciéndole que quiere ir a visitarla para hablarle, y una vez él esté frente a ella va a verse obligado a hablar, y que sea lo que Dios quiera, estoy seguro de que después de que logre romper el hielo, las palabras seguirán fluyendo” Y aunque Vicente no estaba muy de acuerdo con aquella solución salomónica, nadie le pidió voz ni voto y él no tuvo nada que reclamar. Los amigos escribieron la carta y Marisa respondió que lo recibiría el próximo viernes.

Llegada la hora de la cita, los amigos de Vicente, temerosos de que no acudiera y pusiera los pies en polvorosa, antes de que en casa de Marisa, se presentaron en su casa para “ayudarlo a vestir” y darle las últimas palabras de aliento, lo acompañaron luego todo el camino y lo dejaron justo en la esquina de la casa de Marisa y allí se plantaron para que no se le ocurriera devolverse.

El trayecto que faltaba hasta la casa de Marisa era relativamente corto, pero Vicente estaba extremadamente nervioso y caminó despacio. Intentando distraerse hizo lo que siempre le pasaba cuando estaba en ese estado, su mente comenzó a divagar por los más recónditos pasajes de su existencia y de repente se trasladó a cuando era un chiquillo en casa de su abuela, le encantaba meterse a la cocina y verla preparar los suculentos platos que desprendían unos olores afrodisiacos con sus especias, uno de sus entretenimientos preferido era ir preguntándole uno por uno por los ingredientes que ella iba agregando: aceite, sal, pimienta, comino, y había uno que le encantaba el olor, era una ramita seca que ella siempre agregaba  a los guisos  y caldos pero no lograba recordar cómo se llamaba… en esas estaba cuando finalmente se encontró de narices frente a la casa de Marisa, y en la galería sentados en unas mecedoras se encontraban la mamá, el papá y la hermosa Marisa, ya no había marcha atrás, se vio en la obligación de entrar a la casa.

Allí se inició una conversación con los saludos de rutina, donde no había mayores contratiempos para hablar:

— Buenas noches, Sr. Vicente como está usted — preguntó el padre de Marisa

— Muy bien y usted don Rogelio.

— Bien, mirando que la luna parece que tiene agua.

— Sí, eso parece. Y usted doña María como se siente.

— Ay muy bien “mijo”, como está la familia.

— Mis papas bien, gracias a Dios, en los afanes de siempre.

Y así siguió la conversación entre los papas de Marisa y Vicente, mientras que los ojos de Marisa iban de uno a otro sin atreverse a abrir la boca. Pasado un rato y viendo los señores que la conversación no pasaba de hablar del tiempo, la familia, la finca y los caballos, el Sr. Rogelio se levantó de repente de la mecedora y con una excusa entró a la casa, y no habían pasado cinco minutos, cuando la señora se levantó y dijo que iba a revisar una cosa que tenía puesto en un caldero en la cocina, y en un hecho sin precedentes dejaron a Vicente con Marisa, con la esperanza de que una vez solo con ella terminara finalmente de declararse.

Vicente miró a Marisa y se quedó completamente paralizado, no sabía que decir, trataba de pensar como comenzar la conversación, de recordar todos los consejos que le habían dado sus amigos, tenía que decir algo, solo debia abrir la boca y decir la primera frase y seguro que las palabras continuaran saliendo. Las manos estaban frías, sentía como el sudor iba rodando a cántaros desde la frente por los lados de la cara y las gotas caían en el piso como la lluvia que vaticina la luna. Sabía que no podía levantarse de aquella mecedora sin cumplir su cometido, y finalmente cuando logró abrir la boca, recordó de repente como se llamaba la especie que su abuela agregaba a los caldos y dijo entonces:

— ¡Orégano poleo!

— ¡ACEPTO! — se oyó de repente la voz de la bella Marisa.

Un sueño de un 02 de junio de 1988

02 de junio de 1988. Llegué a su casa a recogerlo, pensé que iríamos al cine como siempre y toqué bocina para avisar que estaba allí. Desde la ventana del auto lo vi por el balcón, haciéndome señas para que apagara y subiera a la casa. Suspiré, no estaba en ánimos de saludar a la familia. Resignada, apagué el auto y tomé la llave. Subí lentamente las escaleras y al levantar la vista lo vi, con su típica camisa de cuadros y sus pantalones caqui y su hermosa barba, pero además con una canasta en la mano. ¿Qué diablos es eso? Pregunté sin hablar, una sorpresa me respondió con mímicas. Me dio la canasta y entrando a la casa volvió con una botella de vino. Subimos todo al auto y le pregunté ¿dónde vamos?. Al parque. ¿Al parque, pero es de noche? Si, vamos a un picnic nocturno.  Llegamos y caminamos hasta un lugar no tan claro y abrió su canasta. Sacó un mantel de cuadros y lo tendió sobre la grama, un florero con rosas rojas, un candil con una vela, fósforos, una tabla de cortar, un cuchillo,  dos copas, quesos y un saca corchos. Abrió la botella de vino y después de servirla, levantó la copa y me dijo: Brindemos. ¿por qué brindamos? Por nosotros. ¿Por nosotros? Pero somos solo amigos… no desde hoy ya no. ¿Y que seremos? Uno solo, yo seré tuyo para toda la vida y tu serás mía para el resto de mis días. Y yo sonreí. Por primera vez fui feliz y por un momento lo creí real… hasta que un día desperté… un sueño que duró 21 años…y me encontré sola, sin parque, ni canasta, sin mantel, sin flores rojas o la vela, sin vino, sin copa y sin tenerlo a él, con quien brindar … un 02 de junio veinte y un años después.