Una Botella de Cerveza

Abrió los ojos y tuvo que hacer un esfuerzo para descubrir donde estaba y recordar lo qué había ocurrido. Se encontró en su cuartucho pequeño, sucio, mal oliente. Lentamente se incorporó y descubrió que la cama estaba llena de sus propias inmundicias. Regadas en la sábana blanca se observaban los restos de la comida, procesados y descompuestos, sometidos a la acción de los jugos gástricos.  Vio las botellas de cerveza vacías regadas por todos lados. Aguantó la respiración para no devolver la arcada que sentía venir desde su interior.

Bajó de la cama y se dirigió a la parte atrás de la casa, abrió la llave común que compartía con el resto de los vecinos de la cuartería donde vivía. Al salir, el sol se asomaba apenas por el horizonte. Una brisa extraña fría se le metía por los huesos. Una vez llena la cubeta de agua se dirigió al baño y sin mucho esmero se aseo para sacarse de arriba el mal olor y la resaca.

Salió de la casa y recogió del piso una botella plástica. El cuerpo volvía a exigirle su veneno. No sabía qué día era, pero seguramente habían pasado más de veinticuatro horas desde aquel momento fatal.

Lo tenía claro, sabía dónde proporcionarse una dosis suficiente para enfrentar el día y decidir cuál sería el próximo paso. Caminó con paso seguro hacia el malecón, sin dar rodeos llegó al parque, era el recorrido que hacía cada día de regreso de su casa, comenzó su búsqueda mientras volvían a su cabeza los hechos desafortunados.

Ramón había venido en busca de una mejor vida desde su campo de Monte Plata, la cosa se había puesto difícil en el pueblo y un amigo le dijo que le iba a dar trabajo en un colmado. A partir de las ocho de la noche, el colmado se convertía en una discoteca, se sacaban las mesas a la acera y llegaban los empleados que salían de los trabajos, a tomarse una cerveza. Él nunca había tomado, así que se limitaba a abrirlas y mantenerlas “cenizas”, “como un velo de novia”, como decían los comensales. ¿Cómo fue que cayó en eso? Definitivamente aquella mujer había sido la causa de todas sus desgracias.

Se acercó al primer basurero, metió la cabeza y comenzó a sacar los restos de la basura, hasta que dio con la primera botella, al menos estaba limpia, le quedaba un pequeño fondo de cerveza unos diez mililitros. Abrió la botella plástica y vació el contenido… con otras seis como esta sería suficiente.

La primera vez que la vio tenía unos pantalones negros apretados, y unos zapatos de plataforma rojos, pensó que era una diva que no estaba al alcance de sus manos, solo de algunos sueños húmedos y peligrosos. No podía apartar la mirada de la mesa donde ella estaba, y de pronto las miradas se encontraron, la de ella fue picara, mal intencionada, se le hacía un pequeño agujero en la mejilla y tenía un lunar encima del labio, aunque en ese momento no sospechó que era tan ficticio como todo en ella. Le pareció “una mujerona” pero, en definitiva, fuera del alcance de sus manos.

A partir de ese día, todas las tardes llegaba al colmado con unas amigas a tomar cerveza, y siempre era ella la que se acercaba al mostrador a pedirlas.  Y él, que no era para nada tímido, al notar cierto interés, entró en confianza y le pidió el número. Si, definitivamente ese fue su primer error.

Al lado del puesto de pizzas siempre había muchas. Tenía que pensar con claridad cuál sería el próximo paso, regresarse al pueblo o buscar otro trabajo en la capital, aunque ahora, al pensar en todo lo ocurrido, no estaba seguro de que podría volver a conseguir trabajo en la ciudad. Su mente estaba nublada, ofuscado, como si aún no lograra despertar del sueño.  Rebuscó en el basurero y encontró tres botellas más, las fue vertiendo una a una y consiguió unos cincuenta mililitros, se vio tentado a tomarlos, pero sabía que eso no sería suficiente para aclarar la cabeza, debía aguantar un poco aún.

Después de tres semanas saliendo con Zaira, y ante la insistencia de ella, decidieron mudarse, resultó que quienes le pagaban las cervezas eran las amigas porque ella no estaba trabajando y estaba desesperada por salir de su casa, según decía, su mamá era una vieja con muchos recatos que la obligaba a estar metida en la iglesia. Y él, que se le salía la baba por ella, no lo pensó dos veces, le pidió un préstamo al dueño del colmado para arreglar el cuartito donde vivía. Al principio todo fue color de rosas, ella se levantaba temprano y le preparaba desayuno antes de que saliera para el colmado, al medio día le llevaba una cantina con comida y se sentaba con él, y entre un cliente y otro conversaban. Cuando ella se marchaba él se quedaba embelesado mirándola a lo lejos, se pellizcaba, porque no podía crear que aquella mujer le pertenecía. Llegaba a la casa tarde cansado del trabajo y ella lo estaba esperando, le decía que él trabajaba demasiado, pero él le respondía que, para poder pagar los gastos y todos los antojos de ella, era necesario.

Continuó caminando por los basureros, fue recuperando más botellas y completado la suya. ¿Por qué las personas no se tomaban la cerveza completa y siempre dejaban un fondo? Ese descubrimiento lo había hecho mientras trabajaba en el colmado. ¡Su trabajo! ¡Tanto que le había costado, tenía que pensar pronto que hacer!

La mayoría de los clientes devolvía la botella con un poco menos de la mitad de la cerveza, alegaban que se había calentado. Un día se le ocurrió ir llenando botellas plásticas con lo que dejaban los clientes. Hizo el experimento solo por curiosidad, para ver cuantas botellas lograba completar, reunió cinco botellas. Había quedado esa noche de salir temprano para ir a bailar con Zaira, y entonces recibió la llamada, ella le decía que se sentía mal y le dolía la cabeza, era la tercera vez que le barajaba la salida, se enojó tanto que se fue tomando una a una las botellas de cerveza. Llegó a la casa mareado danto tumbos, y fue la primera vez que no encontró a Zaira, estaba seguro de que no estaba cuando llegó, pero al otro día ella le dijo que él había llegado tan borracho que ni siquiera le había hecho caso, y el no pudo contestar porque no se acordaba de nada.

En el basurero que estaba al lado de uno de los puestos de comida, encontró una botella casi llena y un hot dog casi entero, de repente sintió hambre, no podía recordar qué día era, ni cuánto tiempo llevaba en el cuartito inconsciente. Limpio un poco la basura que tenía el hot dog y comenzó a comérselo, mejor echaba algo en estómago antes de tomarse la cerveza.

Desde esa noche intentó estar más alerta cuando llegaba a su casa, pero después que se había dado la primera borrachera, ya no podía parar, era una locura, un vicio que había estado escondido en su cuerpo. Durante el día se dedicaba a llenar botellas de cerveza vacías con las sobras de los clientes. Al principio se las tomaba al final del día, pero luego comenzó a tomar durante el día. El dueño del colmado comenzó a mirarlo con cuidado, y un día hasta le preguntó si estaba tomando, pero él lo negó, después de tomar se metía una menta en la boca para disimular el tufo. El trabajo, el alcohol y las dudas de la mujer lo tenían fuera de sus casillas. Ella, ya no se levantaba temprano para despedirlo, dejó de llevarle comida al medio día y por las noches, él estaba tan borracho que no podía darse cuenta de que ocurría.

Pero ese día se enfermó. Llego al trabajo con dolor de cabeza y creía que era de la resaca, después fue sintiendo todo el cuerpo cortado y al medio día comenzó la fiebre. Llamó al dueño y le dijo que viniera a relevarlo, porque él se encontraba muy mal. Al llegar a la casa en el momento que iba a   introducir la llave en la cerradura escucho las voces y no se atrevió a entrar. Se devolvió sigiloso por donde había venido. Se paró en una esquina desde donde podía ver la puerta de la casa y al rato lo vio salir, caminar por la acera en dirección contraria a la que él estaba. Cuando lo vio doblar, dejo que pasara un rato y entonces regresó a la casa. Ella estaba en ropa interior tirada en la cama y entonces no pudo más, la miró con ojos de odio y la golpeo, ella gritaba y le decía que se detuviera y él le gritaba:

— Puta, puta, no eres más que una puta — trataba de darle puñetazos en la cara hasta que ella cayó al suelo y entonces se dio cuenta de la locura que estaba haciendo.

Cuando logró reaccionar vio que tenía un golpe en la cara. Ella lloraba en el piso, la vio levantarse dando tumbos, se lavó la cara y llorando fue recogiendo su ropa y sus cosas. El la miraba con los brazos derrotados a los lados, los hombros caídos, sentía que ardía de la fiebre y se creía delirando y de repente ella abrió la puerta para salir, lo miró con odio y le dijo:

— Me la vas a pagar, no eres más que un estúpido borracho miserable, que me tiene pasando miseria en este cuartucho, te voy a poner una querella en la policía. Voy a hacer que pierdas tu trabajo y te manden a la cárcel. — dando un portazo se fue.

Entonces abrió el refrigerador y vio todas las botellas de cerveza que tenía y comenzó a tomar. Fue dejando las botellas vacías, hasta quedar completamente inconsciente en la cama.

Tenía que ir hasta el colmado, para ver qué tan grave era su situación, si la policía aún no había ido a buscarlo, era una señal alentadora. Ella tenía la culpa, pero era la palabra de ella contra la suya. Se tomó la botella de cerveza que había ido recolectando de la basura y sintió como le atravesaba  el cuerpo a través de sus vena, y se armó de valor para enfrentar su realidad cualquiera que fuera. De lejos divisó el colmado y todo estaba en calma, pero cuando llego al frente vio en el interior: la policía, su amigo el dueño del colmado y a Zaira, un escalofrió le recorrió por todo el cuerpo y comprendió que no tendría escapatoria.

—Buenos días — escucho su voz que temblaba y se dirigió a los policías y a su amigo porque no se atrevía a mirar a la mujer.

— Buenos días — escuchó que le respondían

— ¿El Sr. Ramón Núñez?

— Si, ese soy yo.

— Queremos hacerle unas preguntas.

Ramón sentía como las gotas de sudor le corrían debajo de sus brazos en el interior de su camisa. Y en ese momento se atrevió a mirar a Zaira y cayó en la cuenta de que tenía esposas puestas en las manos, también se percató que a su lado había otro hombre que no conocía que también estaba esposado. Solo cuando el policía comenzó a hablar todas las piezas del rompe-cabeza comenzaron a encajar. Dos horas después caminaba nuevamente hasta su cuartucho intentando procesar toda la información que había recibido.

Zaira pertenecía a una banda que se dedicaban a asaltar colmados. El modus operandis era que una chica bonita engatusaba a una persona de las que trabajaban en el colmado, se mudaba con él unas semanas, le sacaba información y le robaba una copia de la llave del colmado. Luego ejecutaban el robo e inculpaban a la víctima. La policía le tenía el ojo encima y cuando Zaira fue a poner la denuncia por maltrato la atraparon, la obligaron a seguir con el plan del asalto para atrapar al resto de la banda en plena operación. Todo había ocurrido durante el día anterior y la noche mientras Ramón estaba inconsciente en su casa por todas las cervezas que se había tomado.

Volvió a hacer el recorrido de vuelta a su casa. Hubiera preferido que lo acusaran de ladrón ¿Cómo había pensado que una mujer así podría enamorarse de un hombre como él? Aun recordaba la sonrisa de desprecio y burla de la cara de Zaira cuando se la llevaba la policía.  Se detuvo frente al mar y miró hacia el horizonte, miró el acantilado que se le ofrecía delante de él.

Nostalgias de la niñez

Era sábado, podía hacer lo que se le viniera en ganas. No tenía tareas, así que había decidido dedicarlo a su juego preferido. Su padre estaba en su escritorio organizando sellos. Nunca entendía bien lo que hacía, con una pinza los sacaba del clasificador y los cambiaba de un lugar para otro. Los ordenaba sobrepuestos uno sobre otro. No le importaba solo quería pedirle algo.

— ¿Puedo tomar prestadas algunas cosas de tu escritorio pa’?

— Sabes cuál es la condición ¿Cierto?

— Si claro, poner todo de nuevo en orden tal y como lo encontré.

— Buena chica — Dijo mientras le desarreglaba el pelo — adelante toma lo que quieras.

Miró el escritorio y pensó que jugaría a ser una secretaria. Necesitaría: papel en blanco, una libreta, lápices y lapiceros de tres colores, un sello pre-tintado de cancelado, sobres…

—¿Puedo tomar también la maquinilla de escribir?, te prometo solo usar la cita negra, no usaré la roja.

—Bien, pero ten cuidado al cárgala, recuerda que pesa un poco, no vaya a resbalarse.

— Si… ya sé.

Armó una caja de madera grande a modo de escritorio, buscó la sillita de su habitación y fue colocando uno por uno los objetos. En el centro, la maquinilla, una caja de cartón seria el porta-papeles, una cajita más pequeña el portalápiz y luego los sobre y la libreta. Ahora solo faltaba el último detalle. Fue al cuarto de los objetos inservibles y tomó el teléfono negro que estaba en desuso porque estaba arruinado.

Ring, ring, ring… escuchaba el teléfono sonar.

—Si, habla con la Srta. Margarita, soy la secretaria del Sr. Conde. Él no se encuentra, pero si gusta puede dejarle un mensaje. Muy bien si desea puede dejarme un número de teléfono y él le devolverá la llamada. Como no, muchas gracias Sr. García.

Iba anotando los recados, inventaba los cheques, llenaba informes, organizaba y clasificaba los sobres. Hacia y recibía llamadas de los clientes imaginarios que, con el ring, ring del teléfono iban dejando mensajes al Sr. Conde y así transcurrían sus sábados en medio de la alegría de sentirse útil y ser la secretaria perfecta de su jefe.

Lejos estaba de imaginar que un día no tan lejano, esa sería su vida. Su maldita vida; que odiaría, cada vez que el teléfono sonara, porque eso seguro significaba más trabajo que no podía evadir, sino que debía cumplir por obligación. Que miraría desesperada la bandeja llena de papeles que organizar, la misma que cada tarde antes de partir clasificaba y organizaba y lograba dejar completamente vacía, pero cada mañana como por arte de magia amanecía nuevamente repleta de papeles. Envidiaría los cheques, que en esta ocasión, solo podía limitarse a anotar y entregarlos y ver cómo le pasaban una y otra vez entre sus dedos, sabiendo que su sueldo apenas le alcanzaba para cubrir mínimamente sus gastos. Que estaría aburrida cada semana de hacer los informes que su jefe tenía que entregar el lunes a la junta directiva y siempre se había olvidado de terminar y “no tengo tiempo Margarita, que este fin de semana tengo un compromiso de trabajo” aunque sabía, porque lo había escuchado detrás de la puerta que solo iba a encontrarse con la novia de turno en cualquier lugar.

Cada viernes cuando llegaban las 5:00 de la tarde miraría con nostalgia su escritorio, intentaría recordar aquellos sábados felices de su niñez solo para darse cuenta de que se habían perdido en el tiempo y en su memoria.

La Caja de Alegrias.

Dice Grum, que “Lo más bonito que hay en el mundo es infundir alegría a los demás”, pero al leer esto no sé porque me dio por pensar que eso ocurre siempre y cuando los demás estén dispuestos a recibir la alegría que queremos compartir.

“Si giramos únicamente en torno a nuestras necesidades, no estaremos nunca contentos… Pertenece esencialmente a la alegría el gesto de abrirse, de abarcar también al otro, de entregarse. La buena disposición para alegrar a los otros repercute positivamente en nosotros” Anselm Grum

Pero pienso que, si nosotros queremos entregar alegría a los demás, pero los otros no quieren recibirla, debemos agarrar nuestra caja de alegrías e irnos a otra parte donde alguien quiera recibirla. Es triste entregarse por completo y que el otro no valore esa entrega. Uno tiende a decepcionarse un poco de los demás. Y tal vez hoy me mueve todo esto a pensar que por ahí, allá fuera en el mundo hay muchas personas necesitadas de nuestro amor y nuestro cariño, solo debemos elegir la persona adecuada para entregarlo.

Llegó con su caja llena de alegrías y se instaló en una esquina de la calle. Cada vez que se acercaba alguien a preguntarle que vendía, él le regalaba una pequeña dosis de alegría. Las personas lo miraban, primero escépticos de que alguien estuviera regalando algo sin esperar nada a cambio, pero respondía que su paga era ver a otros sonreír. Las personas aceptaban la pequeña dosis de alegría y después se alejaban con una sonrisa en los labios y con deseos de llevar también su alegría a otros lugares. Y así estuvo por muchas semanas entregando su alegría a los que habitualmente pasaban por aquella calle. Pero al cabo de un tiempo las personas se cansaron de recibir cada día la alegría que él les regalaba, primero dejaron de detenerse, y luego cuando el insistía en regalarles su alegría decidieron cruzar al otro lado de la calle, desviaban la mirada y lo ignoraban. Entonces comenzó a sentirse triste, y se dio cuenta que su caja comenzaba a llenarse de tristezas, entonces comprendió que había llegado el momento de partir. Limpió su caja, sacó de ella todas las tristezas y volvió a llenarla de alegrías, la cerró nuevamente y partió con ella a otro lugar donde alguien quisiera recibir sus alegrías.

El rio… la corriente… la Paz

“El agua fluye y tranquiliza. Nos muestra que todo pasa y todo se lo lleva la corriente. Dios, sin embargo, es vida que corre a torrentes amor que fluye sin cesar… El agua fluye, pero el rio sigue siendo el mismo… lo transitorio y lo eterno coinciden en una sola cosa” Anselm Grum

Nos preocupamos demasiado por los problemas que llegan a cada momento. Cada día trae su afán, pero aunque quisiéramos, aunque lo decidiéramos como un propósito, seguimos preocupados por todo. A veces quisiera no tener problemas, pero cuando lo pienso bien, ¿qué vida podría existir sin los conflictos que nos llegan a cada momento? Pensar que al final todo pasa, la corriente de la vida se lleva todo lo que ocurre; esa imagen del rio que fluye, da tranquilidad.

Todo pasa… pero Dios, el rio, sigue siendo el mismo. Si dejamos que todo fluya a través de EL, también tendremos tranquilidad.

Quisiera de verdad armarme de una coraza y dejar que las cosas me resbalaran y no me afectaran tanto. Pero, cuesta mucho, es más fácil decirlo que hacerlo, llegado el momento, cuando se presenta la situación, nos olvidamos del propósito y nos angustiamos, nos preocupamos, y no recordamos que “eso” también pasará y que luego solo lo recordaremos como “otro” momento difícil de nuestra vida.

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Salió de su casa con la cabeza a punto de explotar como una olla de presión, sentía las orejas rojas y caliente y le faltaba la respiración, tenía una gran cólera por dentro. Sintió los pies como plomo mientras avanzaba por el sendero, le costaba levantarlos y dar los pasos, parecía arrastrase más que levantarse, pero hizo un esfuerzo por avanzar hasta encontrar lo que buscaba. Separó los troncos de madera unidos con alambres  que hacían las veces de puerta, solo lo suficiente para que su cuerpo pudiera atravesarlo. A partir de ese punto el camino era de piedra y los árboles se unían arriba en la copa formando una sombra agradable que ocultaba completamente el sol. Al avanzar por sendero sintió que podía moverse con más facilidad, y trató de apartar de su mente “aquella situación” y se concentró en los sonidos. Primero escuchó sus pasos sobre las hojas secas y se adentró aún más por la ruta. De repente comenzó a escuchar el trinar de los pájaros, los sonidos llegaban de todas partes aunque no podía verlos y entonces, sin esperarlo escuchó lo que buscaba: el rio, estaba cerca. Al llegar observó el agua que corría y rodaba sobre las piedras. Se descalzó los pies y los introdujo en el agua fresca que se escurría entre sus dedos y arrastraba las piedras más pequeñas, las grandes se resistían a la corriente, pero el agua continuaba su curso, imparable, sin detenerse ni siquiera a reparar en ella, en las piedras, la orilla o las raíces de los árboles que reptaban buscando calmar su sed. Cerró los ojos y dejó que la corriente se llevara también sus pensamientos, la rabia, la tristeza y el desconsuelo, los problemas. Entonces sintió como su alma se fue calmando poco a poco, la respiración cabalgaba al ritmo de la corriente y la paz volvió a su corazón. Al abrir los ojos observó cómo iban allá lejos corriente abajo todos sus preocupaciones y levantó su mano y les dijo adiós.

Oregano Poleo

Vicente era el chico más buenmozo del pueblo, pero era el más tímido que había parido la tierra. Cuando estaba frente a una mujer se convertía en el sexo débil. No le salía absolutamente ninguna palabra ni para decir los buenos días. Marisa era una chica hermosa, la más codiciada de todos en el pueblo, pero estaba perdidamente enamorada, precisamente de Vicente.

Era una pueblo aburrido y cada tarde la diversión obligada de las chicas era la visita al parque. Tenían que pasar por el lugar donde se juntaba el coro de los varones, y cuando esto ocurría, todos soltaban sus respectivos piropos, sin dirigirlos a ninguna en particular. Ellas se sonrojaban y se apropiaban de los halagos: “anda que melena”, “ cuantas curvas y yo si freno”, “quien fuera bizco para verte dos veces”, “Dime cómo te llamas y te pido para los reyes”, “¿Qué hace una estrella volando tan bajito?”. Vicente, mientras tanto, no abría la boca ni para respirar, bajaba la vista y se iba poniendo colorado casi morado, como si los piropos fueran dirigidos a él. Luego se convertía en el hazmerreír del grupo de amigos, que no paraban de burlarse de el por ser tan tímido.

Marisa por su parte, le clavaba la vista desde que doblaba la esquina, y no dejaba de mirarlo hasta que pasaban el grupo.  Ella solo suspiraba y se resignaba, le daban unos deseos inmensos de hablarle, pero eran los tiempos en que la chicas no tenían independencia y era impensable que alguna abordara a un hombre, eso sería lo peor visto en un pueblo tan pequeño y tradicional como aquel.

Fueron pasando así los años y le llegó a los muchachos la edad de casarse y formar familia. Uno a uno fueron abordando a la chica que les gustaba y se enamoraron, y luego se comprometieron y de pronto se casaron.  Marisa seguía en su casa sin conseguir pretendiente, porque aunque era un buen partido, todos sabían que ella estaba enamorada de Vicente y viceversa, y como un acuerdo tácito todos habían decidido respetar aquel amor platónico.  Pero iban pasando los años y no ocurría nada y ya los padres de ella estaban preocupados porque se iba quedando para vestir santos.

Un día estaban todos los amigos tomando tragos en el colmado de la esquina. La mayoría ya estaba casado o comprometido y comenzaron a acosar a Vicente incitándolo a que se decidiera finalmente a declararle su amor a Marisa. Él se negaba rotundamente explicando que cuando estuviera frente a ella, no podría articular ni una palabra como siempre le pasaba. Todos los amigos comenzaron a darle consejos de cómo debía comenzar la conversación: “Lo que tienes es que decirle que has estado siempre enamorado de ella y que quieres que seas tu novia”, “no, tienes que decirle de una vez que quieres casarte con ella”, y así cada uno daba su opinión.

Finalmente uno de los amigos tomó la palabra y dijo: “Lo que vamos a hacer es lo siguiente: nosotros  vamos a escribirle una carta a Marisa de parte de Vicente diciéndole que quiere ir a visitarla para hablarle, y una vez él esté frente a ella va a verse obligado a hablar, y que sea lo que Dios quiera, estoy seguro de que después de que logre romper el hielo, las palabras seguirán fluyendo” Y aunque Vicente no estaba muy de acuerdo con aquella solución salomónica, nadie le pidió voz ni voto y él no tuvo nada que reclamar. Los amigos escribieron la carta y Marisa respondió que lo recibiría el próximo viernes.

Llegada la hora de la cita, los amigos de Vicente, temerosos de que no acudiera y pusiera los pies en polvorosa, antes de que en casa de Marisa, se presentaron en su casa para “ayudarlo a vestir” y darle las últimas palabras de aliento, lo acompañaron luego todo el camino y lo dejaron justo en la esquina de la casa de Marisa y allí se plantaron para que no se le ocurriera devolverse.

El trayecto que faltaba hasta la casa de Marisa era relativamente corto, pero Vicente estaba extremadamente nervioso y caminó despacio. Intentando distraerse hizo lo que siempre le pasaba cuando estaba en ese estado, su mente comenzó a divagar por los más recónditos pasajes de su existencia y de repente se trasladó a cuando era un chiquillo en casa de su abuela, le encantaba meterse a la cocina y verla preparar los suculentos platos que desprendían unos olores afrodisiacos con sus especias, uno de sus entretenimientos preferido era ir preguntándole uno por uno por los ingredientes que ella iba agregando: aceite, sal, pimienta, comino, y había uno que le encantaba el olor, era una ramita seca que ella siempre agregaba  a los guisos  y caldos pero no lograba recordar cómo se llamaba… en esas estaba cuando finalmente se encontró de narices frente a la casa de Marisa, y en la galería sentados en unas mecedoras se encontraban la mamá, el papá y la hermosa Marisa, ya no había marcha atrás, se vio en la obligación de entrar a la casa.

Allí se inició una conversación con los saludos de rutina, donde no había mayores contratiempos para hablar:

— Buenas noches, Sr. Vicente como está usted — preguntó el padre de Marisa

— Muy bien y usted don Rogelio.

— Bien, mirando que la luna parece que tiene agua.

— Sí, eso parece. Y usted doña María como se siente.

— Ay muy bien “mijo”, como está la familia.

— Mis papas bien, gracias a Dios, en los afanes de siempre.

Y así siguió la conversación entre los papas de Marisa y Vicente, mientras que los ojos de Marisa iban de uno a otro sin atreverse a abrir la boca. Pasado un rato y viendo los señores que la conversación no pasaba de hablar del tiempo, la familia, la finca y los caballos, el Sr. Rogelio se levantó de repente de la mecedora y con una excusa entró a la casa, y no habían pasado cinco minutos, cuando la señora se levantó y dijo que iba a revisar una cosa que tenía puesto en un caldero en la cocina, y en un hecho sin precedentes dejaron a Vicente con Marisa, con la esperanza de que una vez solo con ella terminara finalmente de declararse.

Vicente miró a Marisa y se quedó completamente paralizado, no sabía que decir, trataba de pensar como comenzar la conversación, de recordar todos los consejos que le habían dado sus amigos, tenía que decir algo, solo debia abrir la boca y decir la primera frase y seguro que las palabras continuaran saliendo. Las manos estaban frías, sentía como el sudor iba rodando a cántaros desde la frente por los lados de la cara y las gotas caían en el piso como la lluvia que vaticina la luna. Sabía que no podía levantarse de aquella mecedora sin cumplir su cometido, y finalmente cuando logró abrir la boca, recordó de repente como se llamaba la especie que su abuela agregaba a los caldos y dijo entonces:

— ¡Orégano poleo!

— ¡ACEPTO! — se oyó de repente la voz de la bella Marisa.

Un sueño de un 02 de junio de 1988

02 de junio de 1988. Llegué a su casa a recogerlo, pensé que iríamos al cine como siempre y toqué bocina para avisar que estaba allí. Desde la ventana del auto lo vi por el balcón, haciéndome señas para que apagara y subiera a la casa. Suspiré, no estaba en ánimos de saludar a la familia. Resignada, apagué el auto y tomé la llave. Subí lentamente las escaleras y al levantar la vista lo vi, con su típica camisa de cuadros y sus pantalones caqui y su hermosa barba, pero además con una canasta en la mano. ¿Qué diablos es eso? Pregunté sin hablar, una sorpresa me respondió con mímicas. Me dio la canasta y entrando a la casa volvió con una botella de vino. Subimos todo al auto y le pregunté ¿dónde vamos?. Al parque. ¿Al parque, pero es de noche? Si, vamos a un picnic nocturno.  Llegamos y caminamos hasta un lugar no tan claro y abrió su canasta. Sacó un mantel de cuadros y lo tendió sobre la grama, un florero con rosas rojas, un candil con una vela, fósforos, una tabla de cortar, un cuchillo,  dos copas, quesos y un saca corchos. Abrió la botella de vino y después de servirla, levantó la copa y me dijo: Brindemos. ¿por qué brindamos? Por nosotros. ¿Por nosotros? Pero somos solo amigos… no desde hoy ya no. ¿Y que seremos? Uno solo, yo seré tuyo para toda la vida y tu serás mía para el resto de mis días. Y yo sonreí. Por primera vez fui feliz y por un momento lo creí real… hasta que un día desperté… un sueño que duró 21 años…y me encontré sola, sin parque, ni canasta, sin mantel, sin flores rojas o la vela, sin vino, sin copa y sin tenerlo a él, con quien brindar … un 02 de junio veinte y un años después.

El Diputado

Gabriel acababa de cumplir 15 años era un chico alto, delgado y con el pelo negro ensortijado, pero llegar a la adolescencia era lo peor que le había pasado. No por las hormonas que, menopaúsicas, provocaban que el pelo brotara a borbotones por las partes más insospechadas de su cuerpo, sino desde que a su madre llegó con la idea, sacada de su lámpara de genio, de que él era suficientemente “grande” para ir solo a la parada a tomar el autobús. Gabriel estudiaba en un Instituto Politécnico Loyola que quedaba a una hora de la ciudad, desde los 12 años que había ingresado, su madre lo había acompañado cada mañana a la parada de autobuses, se sentía como Don Quijote con su fiel escudero Sancho a su lado. Tenía que estar allí a las 5:30 de la mañana porque el autobús pasaba a más tardar a las 5:45.

El trayecto tomaba unos quince minutos. Eran tres cuadras recto, se llegaba a una intercepción y se doblaba a la izquierda una cuadra más, la parada estaba ubicada justo al frente de un destacamento de policía así que era bastante seguro. Pero la cierto era que Gabriel no temía por su seguridad, todo su problema consistía en una historia que le había escuchado hacía algún tiempo a Juan Bobo el guardián del edificio donde vivía, cada vez que la recordaba los pelos, esos que se habían apoderado de su cuerpo, parecían que querían salir huyendo de su piel.

Juan bobo le había contado que en la cuadra antes de llegar a la intercepción, en una casa abandonada había vivido un señor llamado Francisco Batista, quien había sido diputado. El hombre en cuatro años que estuvo en la legislatura había comprado: cuatro mansiones, bancas de apuestas, un helicóptero, un avión privado y un yate pero cada vez que trataban de inculparlo no encontraban suficientes pruebas. Finalmente, en una ocasión, un juez logró reunir las pruebas necesarias y fueron a buscarlo preso a la casa, el hombre intentó escapar por la puerta trasera, pero al subir a una escalera e intentar descolgarse, se lanzó hacia una excavadora que había y quedó con los intestinos atravesados por las pala. Los que lo perseguían había visto lo ocurrido desde arriba, pero lo extraño era que cuando había bordeado la manzana para ir tras el no habían encontrado el cuerpo, había sangre por todos lados y había seguido el rastro pero el hombre se había esfumado como si fuera aire. Juan Bobo decía que el alma en pena del diputado aparecía al amanecer.

Gabriel tenía casi cuatro años bajando con su mamá y pasando frente a la casa en cuestión y nunca se había encontrado con ningún alma en pena, pero ahora ante la idea de tener que bajar solo la cosa adquiría otro matiz. Las clases comenzarían nuevamente en enero después del día de reyes, era invierno y a las 5:30 de la mañana aún estaba muy oscuro.

Gabriel recordaba vivamente la historia del alma en pena, pero ahora, bajo el nuevo escenario sentía la imperiosa necesidad de conocer más detalles, así que la tarde antes del primer día de clases se acercó al estacionamiento a hablar con Juan Bobo.

  • Hola Juan Bobo, como está usted.
  • Muy bien Gabriel, en la luchita de todos los días.
  • Mire, yo hace días que estaba por preguntarle por una historia que usted me contó hace un tiempo sobre un alma en pena que anda vagando por estas calles.
  • Ah, si esa el alma del diputado.
  • Y eso, es en serio, es decir ¿Usted lo ha visto alguna vez?
  • Bueno, yo personalmente nunca me he topado con el pero hay gente que dice que lo ha visto.
  • ¿Y se le ven así los intestinos colgando?
  • Bueno muchacho, la gente que se ha encontrado con el diputado lo que hace es salir huyendo, así que el detalle de si tiene los intestinos colgando te lo voy a deber.

Al final la conversación con Juan Bobo no arrojó más detalles de los que ya conocía y el no tuvo valor para decirle a su mamá que tenía miedo de ir solo hasta la parada. Parecía que no le quedaba más remedio de hacerse de una vez por toda un hombrecito, aunque terminara teniendo que encontrarse con los intestinos del diputado.

Trató de acostarse lo mas tarde posible para estar bien cansado y poder dormir, pero su mamá a las 10:00 de la noche fue implacable, como todas las de su genero, no escucho ningún tipo de argumentos y lo mandó a la cama. La noche fue eterna, como una segunda noche de reyes, cuando intentaba conciliar el sueño, aparecía la imagen del diputado cargando sus intestinos  y le rogaba por piedad que no lo condenara, le prometía que no iba a robar nunca más, que ya había aprendido su lección y que lo dejara ir al cielo, el corría como cerdo cimarrón perseguido y no lograba quitárselo de arriba.

A las 5:00 sonó por fin el despertador, bajó sus pies pesadamente de la cama porque no había podido descansar. Al mirarse al espejo tenía unas enormes ojeras y la barba se había esmerado en crecer toda la noche, pensó que tal vez podía hacerse el enfermo, pero sabía que su mamá era ley, batuta y constitución cuando a clases se referían.

Resignado agarró su mochila y salió a la calle que parecía mas solitaria que nunca. La luna estaba clara en el cielo, ¿no pasaba eso en las películas del hombre lobo?. No se escuchaba ningún ruido. Caminaba a paso rápido y aunque la mañana estaba fría sentía que sudaba bajo el abrigo. Solo son tres cuadras pensó. Caminó por el medio de la calle, así no tendría ninguna sorpresa. Tratando de pensar en cosas agradable recordó que un amigo le había dicho que a esa hora los enanitos aún no habían salido a poner las líneas en la calle y sonrió al imaginar un ejercito de enanitos prestos a poner las líneas antes de que la gente se levantara.

Se detuvo en la última intercepción, justo antes de la casa abandonada,  miro a cada lado para cerciorarse de que podía cruzar, y cuando volvió la vista al frente, lo descubrió: ¿de dónde diablos había salido? Era un hombre muy viejo con una larga barba blanca, la ropa en harapos, el pantalón amarrado con usa soga y caminaba de lado despacio, forzadamente. Iba descalzo y con la mirada perdida hacia delante. Gabriel se paralizó, sintió primero que su corazón dejó de latir  y luego sintió como se agrandaba por encima de la piel e intentaba salirse de su pecho. Pensó en escapar por la calle lateral pero al mirar hacia la izquierda no podía creer lo que estaba viendo, descubrió un ejercito de enanitos que corría despavoridamente con las líneas de la calle en la mano. Cerró los ojos por un instante, quiso pensar que esto no le estaba ocurriendo a él, que estaba todavía dormido, pidió fuerza y valor para echar a correr, y al abrirlos la calle volvió a estar en un silencio sepulcral; los enanitos y el diputado habían desaparecido; entonces reaccionando y corrió como la onda que lleva el diablo, dobló en la esquina y no paró hasta llegar al destacamento. En el momento justo que llegaba a la parada vio el autobús aproximarse, no lo dejó ni detener. Se subió sin decir ni buenos días al conductor y se sentó en el ultimo asiento junto a uno de sus amigos.

  • ¿Y tu que tienes?
  • … yoooo, na…na…nada.
  • ¿Cómo que nada? tienes la cara más blanca que un muerto embalsamado. Parece como que hubieras visto al mismo demonio.
  • Es que amanecí medio descompuesto y la caminata parece que me ha empeorado, voy a sentarme tranquilo y a cerrar los ojos a ver si se me quita — atinó a responder para salir del momento.

Gabriel estuvo callado todo el día en el instituto, apenas puso atención a las clases y en el recreo se excusó diciendo que se sentía mal. En su cabeza solo daba vueltas un pensamiento oscuro, sombrío, nefasto cómo volvería a recorrer aquella calle y pasaría frente a esa casa maligna a la mañana siguiente.

Al igual que la noche anterior, durmió en medio de pesadillas de enanos con verrugas en la nariz y gorros verdes y amarillos que cortaban rectángulos blancos y mientras unos le ponían pegamento, los otros los iban colocando en el medio de la calle, entonces aparecía el diputado gritando que lo perdonaran que nunca mas volvería a robar y los enanos dejaban tiradas las tiras y el pegamento y salían despavoridos, o en otros casos rodeaban al diputado y lo molían a golpes hasta que le sacaban las tripas, el gritaba como un cerdo sacrificado y luego se levantaba y comenzaba a caminar hacia el pidiendo que lo perdonara.

A las 5:15 de la siguiente mañana Gabriel volvía a salir por la puerta del edificio atemorizado. Tenía la sensación de estar caminando en medio de un cementerio a media noche y que en cada esquina aparecería el diputado, o los enanos, pero al cruzar frente a la casa abandonada no ocurrió nada. Llegó a la ultima intercepción, dobló a la izquierda y cuando estaba llegando a la parada vio que por la puerta del destacamento salía “el diputado”,  era el mismo muerto que había visto el día anterior. No tuvo tiempo de tener ninguna reacción porque detrás de él salieron dos policías que se pusieron a conversar fuera del destacamento, como si no hubiera ocurrido nada. Entonces Gabriel tomó prestada la lanza y la armadura de Sancho Panza y se acercó a los policías.

  • Oficial, ese hombre, que salió del destacamento ¿Quién es?
  • ¿Ese? Es Francisco Batista, un loco.
  • ¿Un loco?
  • Si el tipo era Diputado y lo acusaron de que estaba lavando dinero y robando, cuando lo fueron a buscar a su casa se desapareció y nadie lo encontró por más de cinco años, luego de ese tiempo, lo encontraron en una casa deshabitada que había en los alrededores completamente tostado de la cabeza, se arrodillaba y le pedía perdón a todo el mundo y le prometía que no volvería a robar. Así ha andado desde entonces, cada mañana viene al destacamento se arrodilla y nos pide perdón. Luego se va cambiando por la calle y la verdad no sabemos donde se mete. Lo han tratado de llevar muchas veces al manicomio, pero no sabemos como se escapa.

En eso llegó el autobús, Gabriel le dio las gracias al oficial y se sentó en el ultimo asiento. Había resuelto el acertijo del diputado pero ¿y los enanitos? De todas formas que importaba, de algo estaba seguro no volvería a sentir miedo nunca más, ni de encontrar al Diputado, ni de ninguna otra alma en pena.