Lagrimas de amor

Hoy de repente al ver a mi hijo llorando vino a mi memoria aquel día un 04 de enero del año 1989. Tenia 24 años, un novio, y todas las ilusiones de irme a vivir lejos se habían desvanecido. No me quería ir, quería quedarme, casarme, tener muchos hijos y ser feliz. Pero tenia una beca para estudiar fuera del país y la realidad era que me iba, me tenia que ir.

La historia había sido sencilla, mas bien cómica. Durante mis años de colegio no había conseguido que ningún chico se fijara en mi. El día de la graduación solo quería alejarme de aquella gente y aquella vida, tanto así, que ni siquiera quise ir a la fiesta de graduación, recogí mi diploma, me saqué unas fotos con mi toga blanca, y me fui a mi casa. Para mi, terminaba una etapa de la vida, en un colegio en el que no quería estar y del cual renegué durante 5 años.

Decidí inscribirme a la universidad publica, allí estaba mi lugar, no era una riquita de la ciudad, era una chica de clase media y debía codearme con gente de mi clase. Había pasado los últimos años de mi vida con aquellos chicos que pasaban las vacaciones en Disney, mientras ellos disfrutaban en sus parques de diversiones, yo aprendí a comer libros, a jugar con los chicos del barrio, me iba en los veranos a la finca de los abuelos y montaba caballo, me bañaba en el rio y escuchaba a chicho hacer cuentos a la luz del fogón de la cocina.  Cada fin de verano y regreso a las clases estaba mas encerrada en mi misma y me sentía cada vez más lejos de aquella clase a la cual sentía que no pertenecía.

Cuando llegó el momento de barajar universidades, yo me planté firme y dije: la universidad pública. No valieron las quejas y llantos de mi madre, que si tiraban piedras, que si se armaban líos, que si mataban estudiantes. Al final le dije que mi padre, mis tíos y mis primos también habían estudiado allí, y aun seguían vivos. Mi tía que era profesora en ese entonces me ayudó a reunir los papeles y en agosto comenzó mi vida de estudiante. A los chicos nuevos que entrabamos, nos llamaban bachilleres y nos hacían bromas, vendiéndonos el economato y haciéndonos recorrer de un extremo al otro de la la universidad, enviándonos a aulas que no existían como el sótano 305, cuando ningún edificio tenia tres pisos bajo la tierra.

Pero después de unos meses me di cuenta de que la universidad pública no era lo que yo esperaba, allí estudiaban los chicos de clase baja y a sus ojos yo tampoco encajaba en aquel mundo. Para ellos era la chica “rica” de la facultad, porque tenia cuadernos decorados, usaba lapiceros de varios colores y lápiz de mina, y compraba libros en el economato en lugar de sacar fotocopias y, para agravar el asunto, de vez en cuando llegaba en el carro de mi casa, el parqueo estaba vacío siempre porque nadie tenía carro. Tampoco allí conseguí ningún chico que me hiciera caso, porque tenían miedo de acercarse a una chica a la cual pensaban que no podrían darle lo que ya tenia en su casa.

Viendo que nada saldría en el plano sentimental me enfoque en estudiar y trabajar y así pase los cinco años de universidad, fueron buenos años claro, pero lo único que quería era terminar y salir de allí, lo tenia decidido, me iría de mi casa, del país y lejos de esa vida, conseguiría un compañero que calzara conmigo, un intelectual, con intereses sociales, con el cual pudiera conversar de todos los temas, que le gustara escuchar música, ir al cine, leer y discutir de los libros que leyéramos juntos, ir a cenar, que me escribiera poesías y me mandara cartas y tarjetas decoradas con muñequitos, conversador, cariñoso. Y eso definitivamente no existía en este país.

Terminé la universidad y conseguí trabajo. Algunos chicos aparecieron por el camino, pero después de un mes de salir con ellos los deseché y así estuve tocando las puertas a todas las embajadas del país en busca de una beca para estudiar una maestría, cuando la gente me preguntaba dónde, mi respuesta era a cualquier lado, donde me la den, lo que necesitaba en el fondo de mi corazón era irme.

Pero después de unos meses me sentía frustrada, conseguir beca no era tan fácil como había planeado, todas mis amigas se iban casando y yo ya tenia 24 años, para aquella época eso era casi ser jamona. Ni beca, ni novio, no entendía como era que funcionaban las cosas en este mundo.

Un día un amigo me invitó a un retiro espiritual y allí estaba sentada en una mecedora en la casa de retiros, meditando sobre mi vida, y que haría si no conseguía la beca que tanto soñaba, cuando apareció aquel chico. Medio desgarbado con una barbita de comunista, lentes y pelo negro, los dientes de adelante separados como los de un conejo y me preguntó si era hermana de una chica que trabajaba en no recuerdo que lugar. Lo miré con desdén, preguntándome en mi interior que quería aquel tipo, y le dije que no con la cabeza, porque no se podía hablar. Y continúe divagando por mis sueños e ilusiones.

Una semana después volví a verlo en un paseo a la playa y estuvimos conversando, ya no se le veían tan feos los dientes de adelante y la barbita estaba mas arreglada. Me di cuenta de que el “tipo” era interesante y además me pareció medio loco porque me dijo que seria presidente de la república. Cuando regresé a casa mi hermana me preguntó donde estaba y le conté que había conocido a un chico que estaba medio tostado de la cabeza. Me llamó una semana después para invitarme al cine y así comenzamos a salir. Desde el primer día le aclaré que solo seriamos amigos, estaba buscando una beca para irme a estudiar fuera del país, (y aunque lo omití, por razones obvias, y para conseguir un novio acorde a mis intereses) y no quería compromisos a largo plazos. Su comentario fue que no me preocupara porque el tampoco quería compromisos formales, estaba buscando una chica liberal para pasar el rato.

En ese momento no sabía que el amor no te pide permiso, llega con el sigilo de un ladrón que intenta entrar a tu casa sin que te des cuentas, rompe y desarma todas las cerraduras que has puesto, se quita los zapatos para no hacer ruido y va entrando despacito, hasta llegar a la bóveda donde tienes bien guardado tu corazón y sin importar las consecuencias la abre y lo roba, y te deja totalmente desprovisto de cordura. Cuando eso ocurre dejas de ser tu y te transformas en ese que te ha robado el corazón.

Pronto me di cuenta de que de repente era feliz, ya trabajar, ni estudiar era tan importante, y me fui olvidando un poco de mis deseos de irme a estudiar a fuera y buscar un novio, finalmente lo primero solo era una excusa para lo segundo, y lo segundo parecía que ya había aparecido ¿para qué irme? estaba bien en mi país, no era tan malo como había pensado.

Pero un 15 de diciembre llegó la noticia, un telegrama que decía que había sido aceptada en la universidad y que debía presentarme el 04 de enero para comenzar las clases. No entendía nada, ahora tenia novio y beca. ¿Pero es que el destino no se podía poner de acuerdo para hacer las cosas de una manera coherente?  ¡Que ya tenia novio! es que yo no me quiero ir.  Y mientras yo estaba en modo negación, todos a mi alrededor comenzaron un proceso de organizar mi viaje: la maleta, el pasaje, la ropa, las despedidas, los anuncios, coordinar quien me recoja en el aeropuerto, la celebración de la navidad, el año nuevo y finalmente llegó el 04 de enero el viaje.

A las cuatro de la mañana estaba recogiendo las ultimas cosas que quedaban, pasamos a recoger al novio, que nos acompañaba al aeropuerto, y las lagrimas corrían por los laterales de mi cara como una catarata que no se puede contener. Mi mano aferrada a lo único que no quería dejar. Y allí frente a la puerta de salida, aquella que me conducía a mi otra vida, la que anhelé por tanto tiempo y ahora ya no quería mas. Vi como dos lagrimas, solo dos, rodaban por las mejillas de él. Fue la única vez que lo vi llorar en mi vida, y supe que nunca mas podría sacarlo de mi corazón.

 

 

Ultimo acto a la bandera

Hacía años que no entraba en aquel edificio. Por una extraña razón, después que me gradué me había negado a poner un solo pie allí dentro. Muchas veces me habían invitado por diferentes circunstancias que tenían que ver con mi trabajo, pero siempre me las había arreglado para escabullirme.

Hoy me había citado el director, no lo conocía, era alguien que no era de la época en la que estudié en el colegio. Subí los escalones de la recepción, aquellos que había recorrido cada mañana, todos los días de mi niñez y adolescencia durante 12 años de mi vida. Pregunté a la recepcionista por el director y después de exponer quien era y las razones de mi visita me dijo que debía esperar un rato en la sala, al Director se le había presentado un contratiempo. ¿Tendría algún inconveniente en esperarle una media hora? Suspiré un poco resignado y con la sonrisa más amable que pude sacar, respondí que sí.

Me senté en unos sillones cómodos, que se encontraban al lado de la recepción, no recordaba que fueran tan cómodos en mi época, aunque tal vez pensándolo mejor, tal vez no había tenido muchas oportunidades de sentarme en ellos. Después de un rato cambiando los pies de un lado para otro, decidí levantarme y al darme vuelta observé los retratos de la última promoción. Recordaba que las promociones pasadas estaban en un salón grande que se encontraba al otro lado del patio. Me entraron unos deseos enorme de cruzar el patio y volver a ver aquellos cuadros de los exalumnos.

Mire por el rabillo del ojo a la chica de la recepción, y en un momento en que se levantó y entró a la oficina por algo, me escabullí por la puerta que estaba abierta y me encontré con el pasillo y las dos escaleras y con el patio central.  Seguí caminando por instinto y me recordé allí recorriendo el patio con mis amigos. De repente volvieron a mi recuerdo tantos momentos vividos.

El colegio estaba en completo silencio, porque aún no era época de clases, solo algunas personas aquí y allá se afanaban en tareas de mantenimiento, así que seguí caminando descuidadamente, tratando de no llamar mucho la atención, me encontré en el medio del patio y entonces volví a recordar…

Ella había pasado toda la semana en una reunión en una ciudad del interior, la reunión terminaba el viernes, pero había decidido regresar antes, porque era mi último acto a la bandera, a pesar de que insistí, que no tenía que preocuparse.  Aquel día nos había cogido el sueño, se había olvidado poner el reloj despertador y a las 7:10 de la mañana había abierto la puerta de mi habitación asustada, porque íbamos a llegar tarde. Yo, con una calma poco habitual en mí, me había apresurado a ponerme la ropa, le dije que no se preocupara y a pesar del atraso llegamos justos para el acto.

Ella me dejó en la puerta del colegio, mientras encontraba parqueo, y desde ese momento la perdí de vista. El acto comenzó y se desarrolló tal y como estaba previsto, sin contratiempos. Nosotros por ser el último año, nos tocaba marchar de último. La verdad es que odiaba marchar, me la había pasado renegando del acto desde que tomé conciencia, me parecía el último reducto de la herencia de la dictadura.

Estaba un poco nervioso porque me tocaban los últimos versos de la poesía coreada y pensaba en eso cuando estábamos colocándonos en posición para empezar a marchar, fue entonces cuando la vi desde el otro extremo del patio. Todos se había retirado de allí porque el sol daba de frente y hacía un calor infernal, pero ella se mantenía firme, se había puesto unos lentes oscuros y las gotas de sudor le recorrían el rostro,  en la columna sobre la cual se apoyaba había tres globos: rojo, azul y blanco, y ella esperaba paciente que llegara mi turno. 

Cuando comenzamos yo decidí que marcharía con honor, que lo haría bien y que levantaría mi pecho, no por la bandera, ni por la patria, sino por ella. Me acercaba a pasos acompasado escuchaba los tambores redoblando y la tuba de la banda de música y yo marchaba, y ella estaba allí, esperando, cuando pasé a su lado la miré, vi lágrimas que recorrían su rostro y levante mi mano y me la puse en el pecho, era la señal que teníamos que hacer al pasar frente a la bandera. Mi amigo que estaba a mi lado, murmuró:  “todavía no, tonto”. Y yo lo ignoré, sonreí a mi madre y sentí que algo se encendió dentro de mí, me alegré de que estuviera allí, viendo mi último acto a la bandera.

Una voz que me gritaba, me sacó de los recuerdos. Vi la secretaria del colegio y dirigí nuevamente mis pasos hacia la recepción y cuando me disponía a subir las escaleras giré una vez más y volví a ver a mi madre en aquella columna, hace tiempo ya no estaba a mi lado, pero yo seguía recordando cada uno de los momentos vividos y compartidos con ella a través de los años. Pensé en ella con nostalgia y entonces comprendí, cuando ella afirmaba, que lo único que podemos dejar en la memoria de los que se quedan son los momentos vividos.

Oregano Poleo

Vicente era el chico más buenmozo del pueblo, pero era el más tímido que había parido la tierra. Cuando estaba frente a una mujer se convertía en el sexo débil. No le salía absolutamente ninguna palabra ni para decir los buenos días. Marisa era una chica hermosa, la más codiciada de todos en el pueblo, pero estaba perdidamente enamorada, precisamente de Vicente.

Era una pueblo aburrido y cada tarde la diversión obligada de las chicas era la visita al parque. Tenían que pasar por el lugar donde se juntaba el coro de los varones, y cuando esto ocurría, todos soltaban sus respectivos piropos, sin dirigirlos a ninguna en particular. Ellas se sonrojaban y se apropiaban de los halagos: “anda que melena”, “ cuantas curvas y yo si freno”, “quien fuera bizco para verte dos veces”, “Dime cómo te llamas y te pido para los reyes”, “¿Qué hace una estrella volando tan bajito?”. Vicente, mientras tanto, no abría la boca ni para respirar, bajaba la vista y se iba poniendo colorado casi morado, como si los piropos fueran dirigidos a él. Luego se convertía en el hazmerreír del grupo de amigos, que no paraban de burlarse de el por ser tan tímido.

Marisa por su parte, le clavaba la vista desde que doblaba la esquina, y no dejaba de mirarlo hasta que pasaban el grupo.  Ella solo suspiraba y se resignaba, le daban unos deseos inmensos de hablarle, pero eran los tiempos en que la chicas no tenían independencia y era impensable que alguna abordara a un hombre, eso sería lo peor visto en un pueblo tan pequeño y tradicional como aquel.

Fueron pasando así los años y le llegó a los muchachos la edad de casarse y formar familia. Uno a uno fueron abordando a la chica que les gustaba y se enamoraron, y luego se comprometieron y de pronto se casaron.  Marisa seguía en su casa sin conseguir pretendiente, porque aunque era un buen partido, todos sabían que ella estaba enamorada de Vicente y viceversa, y como un acuerdo tácito todos habían decidido respetar aquel amor platónico.  Pero iban pasando los años y no ocurría nada y ya los padres de ella estaban preocupados porque se iba quedando para vestir santos.

Un día estaban todos los amigos tomando tragos en el colmado de la esquina. La mayoría ya estaba casado o comprometido y comenzaron a acosar a Vicente incitándolo a que se decidiera finalmente a declararle su amor a Marisa. Él se negaba rotundamente explicando que cuando estuviera frente a ella, no podría articular ni una palabra como siempre le pasaba. Todos los amigos comenzaron a darle consejos de cómo debía comenzar la conversación: “Lo que tienes es que decirle que has estado siempre enamorado de ella y que quieres que seas tu novia”, “no, tienes que decirle de una vez que quieres casarte con ella”, y así cada uno daba su opinión.

Finalmente uno de los amigos tomó la palabra y dijo: “Lo que vamos a hacer es lo siguiente: nosotros  vamos a escribirle una carta a Marisa de parte de Vicente diciéndole que quiere ir a visitarla para hablarle, y una vez él esté frente a ella va a verse obligado a hablar, y que sea lo que Dios quiera, estoy seguro de que después de que logre romper el hielo, las palabras seguirán fluyendo” Y aunque Vicente no estaba muy de acuerdo con aquella solución salomónica, nadie le pidió voz ni voto y él no tuvo nada que reclamar. Los amigos escribieron la carta y Marisa respondió que lo recibiría el próximo viernes.

Llegada la hora de la cita, los amigos de Vicente, temerosos de que no acudiera y pusiera los pies en polvorosa, antes de que en casa de Marisa, se presentaron en su casa para “ayudarlo a vestir” y darle las últimas palabras de aliento, lo acompañaron luego todo el camino y lo dejaron justo en la esquina de la casa de Marisa y allí se plantaron para que no se le ocurriera devolverse.

El trayecto que faltaba hasta la casa de Marisa era relativamente corto, pero Vicente estaba extremadamente nervioso y caminó despacio. Intentando distraerse hizo lo que siempre le pasaba cuando estaba en ese estado, su mente comenzó a divagar por los más recónditos pasajes de su existencia y de repente se trasladó a cuando era un chiquillo en casa de su abuela, le encantaba meterse a la cocina y verla preparar los suculentos platos que desprendían unos olores afrodisiacos con sus especias, uno de sus entretenimientos preferido era ir preguntándole uno por uno por los ingredientes que ella iba agregando: aceite, sal, pimienta, comino, y había uno que le encantaba el olor, era una ramita seca que ella siempre agregaba  a los guisos  y caldos pero no lograba recordar cómo se llamaba… en esas estaba cuando finalmente se encontró de narices frente a la casa de Marisa, y en la galería sentados en unas mecedoras se encontraban la mamá, el papá y la hermosa Marisa, ya no había marcha atrás, se vio en la obligación de entrar a la casa.

Allí se inició una conversación con los saludos de rutina, donde no había mayores contratiempos para hablar:

— Buenas noches, Sr. Vicente como está usted — preguntó el padre de Marisa

— Muy bien y usted don Rogelio.

— Bien, mirando que la luna parece que tiene agua.

— Sí, eso parece. Y usted doña María como se siente.

— Ay muy bien “mijo”, como está la familia.

— Mis papas bien, gracias a Dios, en los afanes de siempre.

Y así siguió la conversación entre los papas de Marisa y Vicente, mientras que los ojos de Marisa iban de uno a otro sin atreverse a abrir la boca. Pasado un rato y viendo los señores que la conversación no pasaba de hablar del tiempo, la familia, la finca y los caballos, el Sr. Rogelio se levantó de repente de la mecedora y con una excusa entró a la casa, y no habían pasado cinco minutos, cuando la señora se levantó y dijo que iba a revisar una cosa que tenía puesto en un caldero en la cocina, y en un hecho sin precedentes dejaron a Vicente con Marisa, con la esperanza de que una vez solo con ella terminara finalmente de declararse.

Vicente miró a Marisa y se quedó completamente paralizado, no sabía que decir, trataba de pensar como comenzar la conversación, de recordar todos los consejos que le habían dado sus amigos, tenía que decir algo, solo debia abrir la boca y decir la primera frase y seguro que las palabras continuaran saliendo. Las manos estaban frías, sentía como el sudor iba rodando a cántaros desde la frente por los lados de la cara y las gotas caían en el piso como la lluvia que vaticina la luna. Sabía que no podía levantarse de aquella mecedora sin cumplir su cometido, y finalmente cuando logró abrir la boca, recordó de repente como se llamaba la especie que su abuela agregaba a los caldos y dijo entonces:

— ¡Orégano poleo!

— ¡ACEPTO! — se oyó de repente la voz de la bella Marisa.

Paz, amor y misericordia

Feliz Navidad.001

“Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”

Hoy es Noche Buena, mañana Navidad. Aprovecho para desear Feliz Navidad a todos los que se acercan a estas páginas a leer estas cosas que se me ocurren.

Hoy la reflexión de “rezando voy” nos invita a “Mirar la historia como Dios y yo la hemos ido construyendo poco a poco”, y pienso en esto porque en estos días por diferentes circunstancias, me ha dado un poco por pensar aquello de ¿qué hubiera pasado si mi vida hubiese sido diferente?

Lo que somos se va construyendo cada día con nuestro actuar, probablemente lo he dicho antes, pero siempre me gusta pensar en la vida como un camino lleno de bifurcaciones, vamos tomando una u otra dependiendo de las circunstancias,  decidimos y elegimos ir por una ruta o por otra, y ese camino recorrido es el que ha construido lo que somos hoy en día, si en alguna de esas divisiones hubiéramos tomado otra ruta fuéramos una persona muy distinta a lo que somos.

Hoy un día antes de la navidad quiero darle gracias a Dios por lo que soy, sobre todo porque mi descendencia: dos hijos que son sus debilidades son dos chicos maravillosos, al final ¿qué es una madre sino lo que va construyendo en los hijos que uno tiene?

Zacarías nos dice que Jesús viene a Iluminar a los que viven en tinieblas, y viene a guiar nuestros pasos por el camino de la paz… y yo agrego del amor y la misericordia.

Que ese Jesús que se hace niño guie mis pasos y los de todos ustedes y nos lleve por el camino de la paz, amor y la misericordia.

Quiero compartir una canción que me ha gustado mucho que refleja un poco mi sentir en este dia de Navidad.

Queremos, la paz del amor y la justicia.

Hoy me permito transcribir la oración final del padre Jose Manuel, ayer en la iglesia de Santo Tomas.

Del Señor es todo. ¿Qué podemos temer?

¿Quién nos hará temblar?

Confío en el Señor, no en los poderosos

Nos amenazan con desarmes nucleares,

Nos aterrorizan con el terrorismo de los otros,

y nos llenan de miedos con sus malos augurios

para vendernos su protección y su seguridad.

Nosotros no queremos la seguridad de las armas,

ni la protección de los que matan,

ni una paz que nace manchada por la guerra,

Queremos vivir en este mundo que es tu casa

y compartir las cosas con todos tus hijos.

Queremos, la paz del amor y la justicia.

Si tu estás von nosotros, nada tenemos,

confiamos en ti y estaremos seguros

como un niño en los brazos de su madre.

Aprender a Amar de Nuevo

Hace mucho que no escribía de las enseñanzas que voy aprendiendo de mi libro de Pagola. En estos días encontré una frase que la tenia guardada para un post:

“Hay personas que, en el fondo, quieren volver a vivir. Quieren curarse y resucitar. Volver a reír y disfrutar de la vida, enfrentarse a cada día con alegría… y solo hay un camino: aprender a amar”

La vida aveces nos golpea y nosotros nos dejamos… nos dejamos, porque no somos capaces de comprender que el asunto no se trata de quedamos noqueados, sino que debemos sacudir la cabeza y volver a levantarnos. En ocasiones el golpe es tan fuerte que nos cuesta mucho.

También ocurre que nos acomodamos a estar ahí en el suelo, dando pena y rumeando nuestra mala suerte, y pasado el tiempo llega el momento en que ya ni siquiera queremos levantarnos.

Por eso tal vez me gusto tanto la frase de Pagola. Hay quienes en el fondo quieren volver a vivir, curarse del golpe y resucitar, volver a reír y vivir con alegría, pero lo que ocurre es que tienen tanto tiempo allí en el suelo, golpeados que no saben ya como levantarse. Pagola nos da la respuesta; Solo hay un camino: aprender a amar.

SiN embargo pienso que es difícil aprender a amar de nuevo. Es difícil no tener miedo de volver a comenzar, es difícil no tener miedo de que alguien vuelva a hacerte daño, es difícil volver a enamorarse cuando uno ha sufrido por amor.

No hay mucho que decir… repito de nuevo las palabras de Pagola:

“Hay personas que, en el fondo, quieren volver a vivir. Quieren curarse y resucitar. Volver a reír y disfrutar de la vida, enfrentarse a cada día con alegría… y solo hay un camino: aprender a amar… y yo agrego: Aprender a amar de nuevo”

El año de los Abrazos. Dedicado a Adriana

Hoy hace una semana que se fue mi hermana. Vino a pasar las navidades conmigo y a celebrar mi cumpleaños. La pasamos súper… a pesar de algunos contratiempos de gripes, aunque… tal vez fue lo mejor, porque nos permitió quedarnos en casa y compartir más.

A una semana de su partida aun extraño estar con ellos, pero debo confesar que lo que mas extraño son los abrazos de Adriana. Durante esos días me mudé a la casa de mis padres, quería aprovechar al máximo cada hora. A cada rato Adriana me sorprendía con uno de sus abrazos, pero no un simple abrazo, sino uno de esos que te aprietan y no te sueltan y lo sientes en el corazón. Yo le digo a mi hermana que es la niña mas dulce y cariñosa que puede existir, ella responde que es solo una ñoña, pero no estoy de acuerdo con ella.

¿Cuanto puede encerrar un abrazo? Siento que hemos perdido la capacidad de dar abrazos y cuando uno lo piensa bien: ¡Cuánto puede reconfortarte un abrazo!! No hay que decir nada, el solo hecho de acercarte, extender los brazos, apretar al otro y quedarte ahí sintiendo latir su corazón, escuchando el silencio, puede decir mas que cualquier palabra pronunciada a veces por compromiso.

Hace días que siento que me falta algo, y me he dado cuenta que son los abrazos de Adriana. Tal vez es un buen año para declararlo: “El año de los abrazos” y soy yo quien debo imitar la calidez y el cariño de una niña… y comenzar a repartir abrazos.

Con estas líneas quiero desearles un Feliz año 2015 a todos y de mi parte hacer el compromiso de demostrar con más frecuencia, a través de mis abrazos, el cariño que siento por los que quiero y por los que me quieren.