Lagrimas de amor


Hoy de repente al ver a mi hijo llorando vino a mi memoria aquel día un 04 de enero del año 1989. Tenia 24 años, un novio, y todas las ilusiones de irme a vivir lejos se habían desvanecido. No me quería ir, quería quedarme, casarme, tener muchos hijos y ser feliz. Pero tenia una beca para estudiar fuera del país y la realidad era que me iba, me tenia que ir.

La historia había sido sencilla, mas bien cómica. Durante mis años de colegio no había conseguido que ningún chico se fijara en mi. El día de la graduación solo quería alejarme de aquella gente y aquella vida, tanto así, que ni siquiera quise ir a la fiesta de graduación, recogí mi diploma, me saqué unas fotos con mi toga blanca, y me fui a mi casa. Para mi, terminaba una etapa de la vida, en un colegio en el que no quería estar y del cual renegué durante 5 años.

Decidí inscribirme a la universidad publica, allí estaba mi lugar, no era una riquita de la ciudad, era una chica de clase media y debía codearme con gente de mi clase. Había pasado los últimos años de mi vida con aquellos chicos que pasaban las vacaciones en Disney, mientras ellos disfrutaban en sus parques de diversiones, yo aprendí a comer libros, a jugar con los chicos del barrio, me iba en los veranos a la finca de los abuelos y montaba caballo, me bañaba en el rio y escuchaba a chicho hacer cuentos a la luz del fogón de la cocina.  Cada fin de verano y regreso a las clases estaba mas encerrada en mi misma y me sentía cada vez más lejos de aquella clase a la cual sentía que no pertenecía.

Cuando llegó el momento de barajar universidades, yo me planté firme y dije: la universidad pública. No valieron las quejas y llantos de mi madre, que si tiraban piedras, que si se armaban líos, que si mataban estudiantes. Al final le dije que mi padre, mis tíos y mis primos también habían estudiado allí, y aun seguían vivos. Mi tía que era profesora en ese entonces me ayudó a reunir los papeles y en agosto comenzó mi vida de estudiante. A los chicos nuevos que entrabamos, nos llamaban bachilleres y nos hacían bromas, vendiéndonos el economato y haciéndonos recorrer de un extremo al otro de la la universidad, enviándonos a aulas que no existían como el sótano 305, cuando ningún edificio tenia tres pisos bajo la tierra.

Pero después de unos meses me di cuenta de que la universidad pública no era lo que yo esperaba, allí estudiaban los chicos de clase baja y a sus ojos yo tampoco encajaba en aquel mundo. Para ellos era la chica “rica” de la facultad, porque tenia cuadernos decorados, usaba lapiceros de varios colores y lápiz de mina, y compraba libros en el economato en lugar de sacar fotocopias y, para agravar el asunto, de vez en cuando llegaba en el carro de mi casa, el parqueo estaba vacío siempre porque nadie tenía carro. Tampoco allí conseguí ningún chico que me hiciera caso, porque tenían miedo de acercarse a una chica a la cual pensaban que no podrían darle lo que ya tenia en su casa.

Viendo que nada saldría en el plano sentimental me enfoque en estudiar y trabajar y así pase los cinco años de universidad, fueron buenos años claro, pero lo único que quería era terminar y salir de allí, lo tenia decidido, me iría de mi casa, del país y lejos de esa vida, conseguiría un compañero que calzara conmigo, un intelectual, con intereses sociales, con el cual pudiera conversar de todos los temas, que le gustara escuchar música, ir al cine, leer y discutir de los libros que leyéramos juntos, ir a cenar, que me escribiera poesías y me mandara cartas y tarjetas decoradas con muñequitos, conversador, cariñoso. Y eso definitivamente no existía en este país.

Terminé la universidad y conseguí trabajo. Algunos chicos aparecieron por el camino, pero después de un mes de salir con ellos los deseché y así estuve tocando las puertas a todas las embajadas del país en busca de una beca para estudiar una maestría, cuando la gente me preguntaba dónde, mi respuesta era a cualquier lado, donde me la den, lo que necesitaba en el fondo de mi corazón era irme.

Pero después de unos meses me sentía frustrada, conseguir beca no era tan fácil como había planeado, todas mis amigas se iban casando y yo ya tenia 24 años, para aquella época eso era casi ser jamona. Ni beca, ni novio, no entendía como era que funcionaban las cosas en este mundo.

Un día un amigo me invitó a un retiro espiritual y allí estaba sentada en una mecedora en la casa de retiros, meditando sobre mi vida, y que haría si no conseguía la beca que tanto soñaba, cuando apareció aquel chico. Medio desgarbado con una barbita de comunista, lentes y pelo negro, los dientes de adelante separados como los de un conejo y me preguntó si era hermana de una chica que trabajaba en no recuerdo que lugar. Lo miré con desdén, preguntándome en mi interior que quería aquel tipo, y le dije que no con la cabeza, porque no se podía hablar. Y continúe divagando por mis sueños e ilusiones.

Una semana después volví a verlo en un paseo a la playa y estuvimos conversando, ya no se le veían tan feos los dientes de adelante y la barbita estaba mas arreglada. Me di cuenta de que el “tipo” era interesante y además me pareció medio loco porque me dijo que seria presidente de la república. Cuando regresé a casa mi hermana me preguntó donde estaba y le conté que había conocido a un chico que estaba medio tostado de la cabeza. Me llamó una semana después para invitarme al cine y así comenzamos a salir. Desde el primer día le aclaré que solo seriamos amigos, estaba buscando una beca para irme a estudiar fuera del país, (y aunque lo omití, por razones obvias, y para conseguir un novio acorde a mis intereses) y no quería compromisos a largo plazos. Su comentario fue que no me preocupara porque el tampoco quería compromisos formales, estaba buscando una chica liberal para pasar el rato.

En ese momento no sabía que el amor no te pide permiso, llega con el sigilo de un ladrón que intenta entrar a tu casa sin que te des cuentas, rompe y desarma todas las cerraduras que has puesto, se quita los zapatos para no hacer ruido y va entrando despacito, hasta llegar a la bóveda donde tienes bien guardado tu corazón y sin importar las consecuencias la abre y lo roba, y te deja totalmente desprovisto de cordura. Cuando eso ocurre dejas de ser tu y te transformas en ese que te ha robado el corazón.

Pronto me di cuenta de que de repente era feliz, ya trabajar, ni estudiar era tan importante, y me fui olvidando un poco de mis deseos de irme a estudiar a fuera y buscar un novio, finalmente lo primero solo era una excusa para lo segundo, y lo segundo parecía que ya había aparecido ¿para qué irme? estaba bien en mi país, no era tan malo como había pensado.

Pero un 15 de diciembre llegó la noticia, un telegrama que decía que había sido aceptada en la universidad y que debía presentarme el 04 de enero para comenzar las clases. No entendía nada, ahora tenia novio y beca. ¿Pero es que el destino no se podía poner de acuerdo para hacer las cosas de una manera coherente?  ¡Que ya tenia novio! es que yo no me quiero ir.  Y mientras yo estaba en modo negación, todos a mi alrededor comenzaron un proceso de organizar mi viaje: la maleta, el pasaje, la ropa, las despedidas, los anuncios, coordinar quien me recoja en el aeropuerto, la celebración de la navidad, el año nuevo y finalmente llegó el 04 de enero el viaje.

A las cuatro de la mañana estaba recogiendo las ultimas cosas que quedaban, pasamos a recoger al novio, que nos acompañaba al aeropuerto, y las lagrimas corrían por los laterales de mi cara como una catarata que no se puede contener. Mi mano aferrada a lo único que no quería dejar. Y allí frente a la puerta de salida, aquella que me conducía a mi otra vida, la que anhelé por tanto tiempo y ahora ya no quería mas. Vi como dos lagrimas, solo dos, rodaban por las mejillas de él. Fue la única vez que lo vi llorar en mi vida, y supe que nunca mas podría sacarlo de mi corazón.

 

 

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