Encontrar de nuevo la ilusión

En esta semana Martín Descalzo reflexionaba sobre la vida, cómo los años nos van llegando, y cómo comenzamos a mirarla desde una perspectiva distinta. Me acordé  de un viaje que hice a la montaña hace algunos años que me dejó muchas cosas en la cabeza.

“Tenemos la sensación de quien sube a una montaña. Sabe que la cumbre que le espera es magnifica. La vista desde arriba debe ser arrebatadora. Pero sabe que también arriba ya no hay mas camino. Mas allá solo está el cielo. Y en esa ascensión no hay posibilidad de volver a bajar la llanura. Y tampoco cabe la posibilidad de vivir largamente en la cumbre. Porque no se vive en las cumbres”

Que nos lleguen los años es doloroso, decía descalzo, pero no debe ser triste.

Al leer sus palabras más que en la cima pensaba en el camino. Tenemos tanto afán de llegar a la cumbre, que en el intento, nos perdemos el maravilloso paisaje que se nos presenta cada día. Debemos hacer bien esa subida, pensar conscientemente cada paso que damos, qué consecuencia tiene y dónde realmente nos conducirá, porque tal vez creemos que andamos por el camino correcto, pero distraídos, nos podemos haber extraviado y  estar bajando en lugar de subir.

También con las prisas de la vida, nos olvidamos de disfrutar el paisaje y no somos conscientes de todas las bendiciones que tenemos cada dia, todas las cosas hermosas que nos ocurren por las cuales debemos estar agradecidos.

Muchas veces cansados de caminar perdemos la ilusión de llegar a la cumbre y esto es lo peor que nos puede ocurrir. Al perder la ilusión, nos sentimos tristes y entonces ya no queremos seguir caminando, aun tenemos fuerzas, hemos entrenado nuestras piernas para subir las cuestas difíciles que nos tocan, pero ya no nos interesa llegar hasta arriba. Entonces nos encontramos sentados en medio del camino, sin poder dar marcha atrás pero sin ilusión para seguir adelante.

Debemos entonces descubrir que es aquello que nos hace vivir y nos llena esperanza, debemos encontrar una nueva ilusión para recobrar las fuerzas y retomar el camino.

Optimismo e Ilusión

Hoy leyendo he estado reflexionando sobre el pesimismo. Dice Pagola: “Es cierto que la vida está llena de experiencias negativas y que la fe no ofrece recetas mágicas para resolver los problemas. Pero la existencia del ser humano está en manos de Dios”

Y he pensado en esto, porque yo siempre he dicho que “soy tan realista que a veces rayo en el pesimismo y se que en muchas situaciones de mi vida tiendo a no ver la vida con optimismo. Reconozco que es algo que me cuesta porque siento que las personas que son optimista son muy soñadoras… pero a fin de cuentas ¿Qué hay de malo en soñar?

¿Cómo hay personas que se alegran llevando malas nuevas y noticias pesimistas a los demás? Porqué si tenemos que darle una mala noticia a alguien no buscamos la forma de hacer menos difícil el momento y menos cuesta arriba la realidad que debemos transmitir. ¿Porqué no tratar de ver como podemos llevar alivio y esperanza al que está a nuestro lado y al que sufre?

Fe… solo esto puede salvarnos de llevar no una vida llena de pesimismo, solo Dios puede ayudarnos a no tener una visión sombría de la vida, dice Pagola.

“El ser humano necesita encontrar una esperanza definitiva y una fuerza que dé sentido a su lucha diaria. Necesita descubrir una razón para vivir, una confianza para morir”

Y muchas veces vivimos la vida por inercia y no le encontramos ningún sentido a bajar de la cama cada mañana. Y creo que debemos volveré a encontrar ilusión y volver a tener esperanza y no dejar que el pesimismo que se apodera de este mundo nos envuelva.

Nada… prometerme a mi misma ser mas optimista, volver a descubrir el amor y la ilusión, olvidar, echar a un lado los miedos… y recordar que Dios esta ahí sosteniéndome que si la fe mueve montañas y que no hará con el pesimismo y la desilusión.

Don Ernesto y doña María

Hace años que ruedan por mi casa, son dos viejos de cerámica que encontré en una tienda de antigüedades. Cuando los vi pensé que de viejita quería ser como ellos y sin pensarlo dos veces los compré.

Un día se me ocurrió ponerles nombre: Doña María es una viejita coqueta, gordita con un sombrero de esos de puntitos que solía usar mi abuelita. Está  bordando un calcetín con su pequeño gato sobre el regazo. Al lado de ella, está Don Ernesto, su esposo, con sus lentes de leer, usa una bata de esas ceremoniosas que usan los viejos ricos y sus pantuflas, solo tiene un penacho de cabellos en la coronilla y el resto de la cabeza es calvo, al final una chiva en su barbilla. Don Ernesto tiene en sus piernas un pequeño perrito Poodle. Ambos están sentados en una mecedora.

Día 1.

Me senté en el sillón que está al lado de la mesa donde están los viejos, estoy triste, terminé con una relación de varios años, tenía la ilusión vivir para toda la vida con mi compañero de vida y terminar mis días como ellos: en una mecedora al lado de mi viejo. Los miro y pienso que la vida da muchas vueltas. Me detengo a observarlos con detalle. No me había fijado que colores tan hermosos tiene la pijama del viejo, sus pantalones son de un color naranja que hace juego con su camisa y ahora es que caigo en la cuenta que tiene una pipa en la mano. La falda de doña María es de un rosa intenso y todo el borde está lleno de encajes. Hoy tuve la sensación de que me acompañaban, como si quisieran consolar mi pena.

Día 2.

Llegué a casa y no se porqué sentí la tentación de sentarme al lado de los viejos. Ayer me dio la impresión de que los viejos se mecían solos. Como estaba triste y tenía lagrimas en los ojos, pensé que era mi imaginación. Hoy me senté con un libro en la mano, simulaba que leía, y de reojo los miraba y efectivamente, se mecen solos. ¿Me estaré volviendo loca?

Día 3.

No puedo resistirlo, volví a sentarme al lado de los viejos, esta vez descubrí a  doña María tejiendo el calcetín, mueve su agujeta y parece contar pasadas además tuve la impresión de que el calcetín está mas grande que ayer. ¿Será que esos viejos tienen algo de magia?

Día 4.

Salí de la oficina disparada para la casa, solo pensaba en llegar y descubrir que nuevo secreto me traerían los viejos en el día de hoy. Me senté a observarlos y nada, ni se movían. ¿Habré imaginado todo? Entonces reflexioné que de repente solo lo hacían cuando ellos pensaban que no los estaba observando, me puse a leer y por encima del libro miraba de vez en cuando, pero nada. Creo que esto de estar sola me está afectando mas de la cuenta.

Día 7.

Han pasado varios días desde que creí  descubrir que los viejos se movían. Hoy ya casi ni lo recordaba.  Volvía a sentarme en el sillón. De repente por el borde del libro vi una columna de humo que subía, al mirar furtivamente observé que el humo salía de la pipa de don Ernesto, fumaba mientras acariciaba el perrito que lleva sobre las piernas. Lo miré perpleja y se sonrió abiertamente. Abrí la boca sin creer lo que estaba viendo.

Día 8.

Me dispongo a leer nuevamente, me siento en mi sillón preferido al lado de los viejos y esta vez es doña María  a quien veo  acomodarse los lentes para poder ver mejor su tejido. No hay dudas ¡estos viejos se mueven!, el calcetín casi le llega a los pies de la mecedora, me mira con su mirada tierna que me recuerda a mi abuelita. El gato parece maullar sobre sus piernas como pidiéndole que le acaricie, ella le hace caso, lo mima y luego continua con su labor.

Día 12.

Es increíble como me ha cambiado la vida desde que descubrí el secreto de mis viejos, pensar que tenía tantos años con ellos y no había descubierto el encantamiento que esconden. Hace días que no he vuelto a sentir tristeza, ni soledad, percibo que ellos me acompañan y que puedo compartirle mis penas o mis alegrías, cuando llego les hablo, los saludo y me sonríen, se mecen tranquilos como si pasaran el día esperando mi regreso.

Día 25.

Conocí un hombre maravilloso que me presentó una amiga, estuvimos conversando como si nos conociéramos de toda la vida. Llegué a casa contentísima a contarle a los viejos lo que me había ocurrido. Ellos se miraban entusiasmados con la historia. Don Ernesto parpadeaba y se subía las gafas, fumaba su pipa. Doña María comenzaba el segundo calcetín mientras el gato parecía divertirse. ¡Que maravilloso es poder llegar a casa y tener a quien contarle mis alegrías!

Día 35.

Hoy en la mañana le dije a mis viejos que esta noche traería de visita a Francisco, se miraron un poco contrariados, como cuando le dices a tus padres que vas a traer el primer novio a la casa. Me pareció divertida su actitud. Luego pasé todo el día un poco confundida. No sabía si estaba preparada para compartir el secreto de la magia de mis viejos con nadie, así que estuve todo el día preocupada pensando, ¿qué pasaría si a los viejos les daba por comenzar a fumar o a mecerse, o a tejer en medio de la visita de Francisco? ¿Cómo él reaccionaría? Y yo ¿Qué diría entonces? ¿Tendría que actuar con naturalidad y simplemente decir: “si son los viejos que me acompañan siempre, llevo años de compartir con ellos”? Al final no ocurrió nada, los viejos se comportaron como dos piezas de cerámica común y corriente. No dijeron “ni esta boca es mía”.

Día 45

Mis viejos no han vuelto a hacer nada. Cada noche recibo la visita de Francisco. Nos compenetramos perfectamente y estamos pensando que podemos tener una relación. Nos sentamos en un sillón de dos que está al frente de la mesa en la que están los viejos.  Mientras conversamos a veces los miro de reojo y echo de menos su compañía, su movimiento cadencioso de la mecedora, el humo de la pipa de don Ernesto y el maullar del gato de doña María. Estoy contenta porque creo que he encontrado un compañero y vuelvo a tener la ilusión de que tal vez al final si pueda terminar mis días como ellos, sentada en una mecedora, con mi gato en el regazo y tejiendo calcetines para los nietos. En todos estos días hasta había tenido la duda de si todo esto no habrá sido una ilusión mía, pero mientras escribía estas líneas de repente vi a Don Ernesto picarme un ojo.