Decepción


Se despertó y no pudo volver a pegar un ojo. Mal había dormido hasta ese momento revolcándose en su cama y recordando la advertencia de que no debía bajar de la cama hasta que no viera los rayos del sol asomar entre las rendijas de la ventana de metal.  Repasó de nuevo lo que había hecho. Había cumplido con todo lo que le había dicho su amiga Rocío: agua en un plato hondo para los camellos, yerba fresca en un recipiente aparte, un par de cigarrillos que le había robado a un tío que había venido de visita hace unos días, los había guardo celosamente entre la funda de la almohada porque si su madrastra se enteraba seguro que lo mataban a palos. Rocío le aseguró que Baltazar fumaba. El no podía entender como era que unos reyes que tenían tantas riquezas necesitaran unos míseros cigarros, era como si uno tuviera de rendirle pleitesías, pero a él las razones no le importaban mucho, lo único que quería era estar seguro de que lo que había pedido estuviera bajo el árbol de navidad de ramas secas que habían armado en la casa y que no volviera a encontrar un frasco de hacer burbujas y una paleta de  ping-pong como en años anteriores.

La verdad era que desde que su madre murió, los reyes no habían vuelto a acordarse de Mario, no era un chico que se portara mal si íbamos al caso, hacia sus travesuras como todos los chicos, aunque su madrastra decía que era el mismo demonio. Pero ¿cuales eran sus travesuras? Escaparse uno que otro día de la escuela para ir a jugar básquet con los chicos, la verdad es que solo lo hacia los jueves porque la clase de arte le hastiaba, la profesora quería que el pintara flores y ¡el era un chico!, si lo hubiera tenido que pintar superhéroes al menos, ¡pero flores!. Su madrasta no se hubiera dado nunca cuenta, si el chivato de su hermanastro no hubiera ido con el chisme, ¿cómo se le ocurrió invitarlo?. Tuvo la mala suerte de que su hermanastro jugaba con el equipo contrario y perdió. Se puso muy enojado y  también Mario empeoró las cosa burlándose de él durante todo el camino. Cuando llegaron a la casa le contó un montón de mentiras a la bruja de la madrastra, diciéndole que Mario lo había obligado a volarse la ultima hora para ir a jugar basquetbol, por supuesto solo Mario quedó castigado. El continuo brillando de clases pero se iba solo. ¿Será que los reyes le iban a tomar en cuenta eso como un mal comportamiento?

Seguía dando vueltas en la cama,  pensando en qué otras travesuras había hecho en el año que le valieran para no recibir regalos. Ya volvía a recordar. Cuando el y su hermanastro se habían subido en el techo y comenzaron a brincar de una casa para otra. Las casas estaban muy cerquita y la posibilidad de que ocurriera un accidente eran nulas, el problema fue cuando subió al techo la hija de la vecina, una morenita gordita que pesaba como 100 kilos, entonces Mario comenzó a decirle que apostaban a que ella no se atrevía a cruzar. Ella no quiso ni siquiera intentarlo, decía que le daba miedo. Todo se hubiera quedado ahí, si la vecina de enfrente no hubiera estado mirándolos y fue con el chisme donde la madrastra. Le valió una semana sin salir del cuarto en calzoncillos, igual que siempre solo el terminó castigado. Pero si íbamos al caso, esa travesura los reyes no podían contarla porque en realidad no había pasado nada y ya había recibido su castigo.

Miraba la oscuridad de la habitación, ¿qué horas serian? no tenía noción del tiempo, sabia que no podría volverse a dormir, y solo volvían a su mente  sus maldades y el miedo a que eso le impidiera recibir el regalo que había pedido. ¡Los chocolates!, eso seguro que era imperdonable. La madrastra compraba una caja de chocolates de tabla para preparar leche con chocolates en la mañana. Mario de vez en cuando se comía alguno,  en realidad… casi todos los días se comía uno. Tiraba los papelitos para el patio del vecino por la ventana del comedor. Todo hubiera salido bien si la vecina no se hubiera puesto de chismosa, le dijo a la madrastra que si era que en la casa no había basureros ya que no podía entender porque tirábamos la basura para su casa. Y como siempre el dedo acusador cayó sobre Mario. ¿Sería eso clasificado como un robo a los ojos de los Reyes Magos? finalmente era comida, y el tenia hambre, en lo único que se había equivocado era  en no pedirlos, al fin y al cabo seguro que su madrasta se negaría.

Decidió obligarse a girar el curso de sus mente y pensar en cosas mas agradables:  lo que había pedido en su carta a los reyes, anhelaba una pelota de basquetbol profesional. Comenzó a imaginar que era la hora de levantarse,  había logrado conciliar el sueño y un rayo de luz del sol le pegaba en la cara y lo despertaba. Afuera escuchaba el barullo de los niños abriendo los regalos en el árbol y salía corriendo al árbol que aun estaba encendido. Comprobaba en el camino que ya no estaba la yerba y el agua y los cigarrillos y su corazón comenzaba a latirle con fuerzas y al llegar debajo del árbol quedaba un solo regalo. Su madrastra sonreía con aquella risa sarcástica e hipócrita que acostumbraba cuando se trataba de sus cosas y él sin hacerle caso corría a abrir el regalo. Rompía con desesperación el papel hasta encontrar dentro la hermosa pelota, y sin pedir permiso salía corriendo a la calle rebosante de alegría.

En esos pensamientos se encontraba cuando de verdad comenzó a escuchar ruidos en la casa. Se quedó tranquilo, concentrándose para escuchar. Si, parecía que alguien se movía fuera,  ¿serán los reyes? Rocío le había dicho que si los reyes descubrían a uno despierto espiando, le echaban cera caliente en los ojos para que no los vieran. Con cuidado se armó de valor. Sudaba copiosamente a pesar de que era una noche fresca de enero. Con sigilo, se bajó de la cama descalzo, el frio del piso lo hizo estremecer y caminó tan despacio que no se escuchaba a si mismo. Abrió la puerta y dejo una abertura mínima y entonces la vio. Era su madrastra que iba con su bata de dormir maltrecha cargando una bolsa transparente grande ¡repleta de regalos!, por la ranura de la puerta vio como iba colocando alrededor del árbol los regalos. Cuando vio que la bolsa estaba vacía cerró la puerta y regresó a su cama, caminaba como si llevara dos pesadas rocas atadas a sus piernas y no pudiera dar ni un paso.

Se tiró en la cama boca arriba. Ahora sentía un frio enorme. Se echó la sabana encima, pero sentía sus pies y manos congelados. Un enorme deseo de volver a ver a su madre se apoderó de él. Cerro los ojos, dos lagrimas pesadas rodaron sobre sus mejillas.

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