Sala 127 del Palacio de Justicia


Diez y media de la mañana. Tribunal de Instrucción de Primera Instancia. Sala 127. Segunda Planta.

—   Veamos Sr. fiscal, ¿puede leer de nuevo la última parte del expediente?

—   Mi petición señor Juez es que el acusado sea condenado a  una multa de 50,000 pesos y tres meses de prisión preventiva,  por intentar cambiar un cheque falso de 300,000 pesos.

—   Sra. abogada. ¿Ha escuchado la petición del fiscal? ¿Está de acuerdo con todo lo que ha planteado?

—   Si magistrada, estoy de acuerdo.

—   Y usted Sra. Mejía, como víctima afectada por la falsificación de un cheque ¿está de acuerdo con la petición de la fiscal?

—   Si magistrada, también estoy de acuerdo.

—   Señor Basilio Matías, ¿ha escuchado la declaración del fiscal claramente y de lo que se le acusa?

—   Si magistrada, lo he escuchado.

—   Usted tiene derecho a mantener silencio o a defenderse ¿Qué decide?

—   Decido defenderme.

—   Entonces tiene la palabra.

—   Mire magistrada. Yo estaba sentado en una parada del guaguas, esperando un autobús para irme a hacer un trabajito que había conseguido, porque yo soy maestro constructor y entonces…

Estaba sentado en la parada de autobús, esperando para irme a hacer un trabajito que había conseguido, cuando se sentó a mi lado aquel señor. Era un hombre de unos 65 años, fumaba un cigarrillo, llevaba una chacabana blanca muy pulcra y unos pantalones negros, sus zapatos perfectamente brillados, como si acabara de hacérselos un limpiabotas. Estuvo en silencio un rato hasta que iniciamos una conversación trivial. Me dijo que hacia mucho calor, y le respondí que en verdad este verano estaba que derretía hierro, y que ese autobús hoy se había retrasado más que nunca. ¿Que autobús espera?. La 5B. ¿Y para donde va?. Voy a hacer un trabajito que me salió, estos trabajos están tan difíciles que hay que echarle a lo que aparezca. Si es así, y  ¿a que se dedica?. Pues mire yo soy maestro constructor. Ah pero que bien, que coincidencia, mire  yo ando buscando un maestro constructor, ¿y usted cobra muy caro? Bueno yo creo que cobro lo preciso por mi trabajo y lo necesario para vivir. Ah usted se ve que es un buen hombre, un hombre serio, justo que no debe ser abusador, ni carero. Pues tiene buen ojo el señor, porque mi papá me enseño que uno tiene que ser serio hasta durmiendo, para que no  le lleguen los malos pensamientos. Mire don… ¿Cómo me dijo que se llamaba? No le dije, Basilio para servirle a Dios y a usted. Mire Don Basilio, usted debería hacerme ese trabajo, usted sabe como es la gente nada mas anda por ahí engañando a los otros, y ese hombre me da la lata que me quiere engañar, dizque 350,000 pesos que me quiere cobrar por ese trabajo, pero no le tengo nada de confianza, porque usted sabe como anda la gente que solo se la pasa engañando a los demás, este país nada mas que se está desarmando ya no aparece gente buena, pero usted Don Basilio, usted se ve que es un buen hombre. ¿Porqué no me da su teléfono?  yo le voy a dar el mío, y entonces  lo voy a llamar para que vaya a ver el trabajo que yo quiero hacer y me lo cotice. Pues no faltaba más, anótese ahí: 829-541-3584. Este es el mío, se lo voy a  a dar  anotado en este papelito y yo lo llamo.

Y así fue magistrada que conocí a aquel hombre, yo le juro que era la primera vez que yo lo veía. Me lo encontré allí en la parada del autobús, y se veía muy serio, con su chacabana blanca y sus zapatos negros brillosos y su cigarrillo que apagaba y prendía constantemente. Y yo me fui a hacer mi trabajito y eso fue el sábado en la mañana magistrada, como yo iba a imaginar que dos días después me pasaría esto y yo terminaría preso.

—   Avance Basilio y siga su relato por favor.

Pues fue en la noche cuando yo volví a la casa, había hecho unos chelitos y se lo di a mi mujer para que preparara algo de cena, mientras ella se iba al colmado me fui a echar una agüita para quitarme el polvo del trabajo del día. Y en esas estaba magistrada, usted se  imagina con mi cubo de agua y mi cantina, echándome una agüita y vino uno de los hijos míos a decirme que me estaba sonando el teléfono. Porque usted sabe magistrada que uno tiene su celular porque uno anda en la calle y ahí es que los clientes lo consiguen, porque no vaya usted a pensar que yo tengo dinero, yo soy un pobre diablo que se gana la vida trabajando, magistrada, yo le juro que nunca había puesto un pie en la policía, ni en un tribunal. Así que llegó ese hijo mío con el celular, ya ni me acuerdo cual, y yo así mojado todavía lo cogí y entonces era ese hombre. ¿Don Basilio?. Si señor para servirle a usted y a Dios. Yo soy el señor de esta mañana que estoy interesado que me haga el trabajo. Ah si, ya me recuerdo. Era para ver si usted podía ir mañana conmigo a ver el trabajo. Mire, en la mañana ya me comprometí a terminar el trabajo que estaba haciendo, tendría que ser en la tarde. Si está bien en la tarde puede ser. Pues entonces yo lo llamo, yo tengo su número. Bien Don Basilio, no deje de llamarme, mire que cuento con usted. Y esa fue la segunda vez que yo hable con aquel hombre, magistrada, yo le juro que yo a él no lo conozco.

—   Basilio, vaya reduciendo los detalles del relato por favor. Concretice vaya al centro del asunto, que hay más juicios después del suyo.

Pues magistrada, yo soy un hombre de palabra y cuando digo que voy a hacer algo, yo lo hago. Por eso en la tarde cuando terminé el trabajo que estaba haciendo cogí mi celular, le compré unos cuantos minutos con los cheles que me había ganado. Porque usted sabe magistrada que uno tiene un celular de pago, que eso uno lo tiene para trabajar pero no porque lo puede pagar. Y entonces busqué el papelito con el teléfono que me había anotado y llamé al Don… mire que yo no conozco a ese hombre que todavía es la fecha que ni se como se llama. Mire Don, aquí Basilio de este lado. ¡Ah! si Don Basilio ¿como está?. Mire lo llamo, como quedamos,  para ir a ver el trabajito. ¡Ah si! mire pero ahora se me ha complicado la tarde y no creo que pueda pasar, porque no hacemos algo, juntémonos mañana en la misma parada del autobús que nos encontramos y entonces vamos a verlo. ¿A que hora seria? Bueno yo digo que como a las 10 de la mañana ¿Le parece?. Si esta bien mañana a las 10 en la parada. Eso fue el domingo, Magistrada, y yo le juro por lo más sagrado, por la salud de mi madre que esa fue la tercera vez que yo hablé con ese hombre.

—   Basilio, necesito que vaya terminando el relato, se esta acabando el tiempo.

—   Si magistrada no se preocupe que ya esto fue lo último, le juro que ya estoy terminando.

Pues el lunes, me levanté como cada día. Imagínese yo estaba hasta contento porque ya tenia varios días pegando los trabajitos, y la cosa no está fácil magistrada, los trabajos están duros y escasos, cuando uno encuentra algo, uno se alegra, porque uno tiene familia, magistrada. Así que cuando era cerca de las 10, después que había desayunado y había hojeado el periódico, porque aunque yo soy un hombre pobre, yo me instruyo, yo leo el periódico todas las mañanas para estar enterado de lo que pasa. Pues como le decía ya había leído el periódico y salí a encontrarme con aquel hombre en la parada del autobús. Y cuando iba llegando desde lejos ya lo vi allí sentado. Con la mismita chacabana blanca, tal vez era otra, pero era igualita a la que tenía el sábado. Y estaba fumando sus cigarrillos, apagaba uno y prendía otro. Yo pensaba “cuanto fuma ese hombre, se va a morir de los pulmones”, pero eso solo lo pensé, porque el es un cliente y uno no se pone a decirle cosas a los clientes y menos si aún no han cerrado el trato del trabajo. Hola como está Don Basilio. Bien por la gracia de Dios. Mire yo sé que usted me va a hacer el trabajo más barato, así que yo voy a mandar a hacer el cheque y lo cambiamos, compramos los materiales y usted se pone a trabajar hoy mismo. Y porque mejor usted no deja que yo vaya a ver el trabajo y cubique y le diga cuanto le voy a cobrar, a mi no me gusta trabajar sin decir antes cuanto voy a cobrar. No hombre Don Basilio, yo se que usted es un hombre serio, además usted me ha caído súper bien, no se preocupe, deme su nombre completo y su número de cedula y yo le mando a hacer el cheque.  Pero usted no sabe cuanto yo le voy a cobrar. Seguro va a ser menos que lo que el otro me estaba cobrando, así que yo mando a hacer el cheque por un monto, compramos los materiales y luego yo le pago y lo que sobre lo devolvemos, no se preocupe por eso. Bueno, si usted lo dice. Espérese déjeme llamar, aló Josefina, mira anota ahí el nombre: Basilio Mateo, si váyame diciendo el numero: cero-cero – dos – cero – ocho –cinco – tres – cero – uno –siete – guion – siete, si… prepara el cheque y mándamelo, si… tu me llamas cuando este listo. Y entonces el Don y yo nos sentamos a conversar, pero no le voy a decir todo lo que hablamos, porque yo se que usted me dijo que tenia que ser breve y entonces se va a alargar mucho la historia, pero hablamos de muchísimas caballadas, y de repente suena el teléfono. Si… ya… entonces vamos a ir caminando y nos encontramos con ellos en la esquina de la Doctor Delgado con Bolívar. Y yo me fui caminando con él y seguimos hablando cuando de repente se detiene al lado de nosotros un carro Camry dorado con dos hombre, y mire magistrada yo le juro que nunca antes en mi vida yo había visto a esos dos hombre. Aquí están los que me traen el cheque y … móntese Don Basilio con ellos, yo tengo que quedarme aquí a hacer una diligencia vaya usted al banco, cambien el cheque y luego van a ir a ver el trabajo y después compran los materiales y usted se pone a trabajar de una ves. Y yo me monte en el carro y le juro magistrada por la virgencita de la Altagracia que era fue la segunda vez en mi vida que yo veía a ese hombre, que se fue y ni el nombre le pregunté.

—   Basilio tiene cinco minutos más y se acabo la historia.

Ahora voy rápido magistrada porque no falta mucho y lo que paso después usted se lo sabe. Yo me fui en el carro, a las dos esquinas nos paramos en el banco de la Bolívar y yo firme por detrás el cheque, porque usted sabe magistrada que para poder cambiarlo uno lo firma y le pone la cedula, por eso le doy la razón al fiscal cuando dice que el cheque tiene mi nombre, y mi firma y mi cedula, eso es verdad, el no habla mentira magistrada, pero yo le juro que no sabia que el cheque era falso. Yo le di el cheque al cajero y me senté ahí a esperar, y estuve dos horas ahí sentado, y los hombre estaban también ahí sentados pero como dos sillas mas para atrás y yo con ellos no hablé. ¿Pero usted cree magistrada que si yo hubiera sabido que estaba haciendo algo malo me hubiera quedado ahí sentado dos horas? Era verdad que estaba cómodo y tranquilo, porque había aire y afuera hace un calor que derrite hierro, pero después yo decía Santo Dios pero este banco es la muerte y porque tardan tanto para cambiar un cheque será que habrán mandado a hacer los pesos. Pero yo estaba ahí magistrada, ni siquiera me daban deseos de leer el periódico porque ya lo había leído en la mañana y entonces vi que vino un señor muy elegante en saco y corbata y me dijo que lo acompañara y yo pensé que me iban a dar el dinero y por todo lo que me habían hecho esperar había venido el jefe y entonces cuando iba subiendo las escaleras vi que venia la policía y la seguridad el banco y vi que los dos hombres salían por la puerta, ni siquiera me acuerdo de la cara que tenían y el resto de la historia, Magistrada usted se la sabe. 

2 comentarios en “Sala 127 del Palacio de Justicia

  1. Decía el director del circo Wingling Brothers que cada día sale un tonto a las calles. Pero igualmente sale un vivo dispuesto a engañar. Aunque yo no me considero un tonto, no puedo decir que no me voy a encontrar con un vivo que me engañe. Vamos a tener que andar con una armadura a prueba de vivos.

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