Una dura realidad


Pocas tareas tan difíciles me había encomendado Pedro como aquella que me ocupaba aquella madrugada. Esto de ser amiga de curas y estar dispuesta al servicio en ocasiones nos lleva a actuar mas allá de lo que esta dentro de nuestra zona confortable. Pero ya estaba, le había dicho que le ayudaría y ahora no era el momento de arrepentirme sino de ver cómo seguir adelante con el encargo.

Me había tenido que levantar a las cinco de la mañana porque llegar a los márgenes de la ciudad me tomaba casi cuarenta y cinco minutos. Daban vuelta en mi cabeza todas las advertencias de Pedro: “Tienes que buscar quien baje contigo. ¡No bajes sola! Debes llegar antes de las 6:30. Solo tu puedes sacarla de allí. Prométeme que no subirás sin ella” No quiso darme mas explicaciones, qué misterio había en todo aquello.

Y comencé a adentrarme entre las callejuelas sin asfalto. Me conocía bien cada calle porque había trabajado por 10 años como abogada en el Comité para la Defensa de los Derechos Barriales, pero en esa época era una chica rebelde, lanzada, acabada de graduar de la universidad y no tenía nada que perder. Sabía que bajar a esta hora por el barrio era peligroso.

Mientras caminaba paralela a la cañada maloliente iba volviendo a mi toda aquella realidad. A esa hora ya gente se levantaba para marchar a sus trabajos, de las casas salía el aroma del café,  en ocasiones único brebaje que echaban en sus barrigas como desayuno. Basura amontonada en cada esquina, animales merodeando con sus respectivas inmundicias. Ya comenzaban a armarse los tarantines de “yaniqueques” con sus olores a grasa quemada mil veces. Y mientras bajaba mi animo se parecía más a aquellas casas destartaladas, de madera carcomida, sin pintura, con los techos de zinc pegados con sus clavos oxidados que cualquier brisa lograba arrastraba como marionetas.

Finalmente llegué al colmado “La Perdición”, sabía que a esa hora encontraría a doña Filomena y ella me ayudaría a localizar mi objetivo. Toque tres veces como solía hacer tiempo atrás, aunque sabía que la puerta estaría abierta y solo esperaba el permiso para entrar.

 

—   Pase ¿Quién es?

—   Es Mariluz

—   ¡Ay María Santísima!, pero y esa sorpresa. Doña Mariluz, ¿Pasa algo? ¿Usted por aquí a estas horas! Pero mire que usté é una mujer arretá.

—   ¿Cómo está Filomena? Si me arriesgué a llegar hasta aquí, es porque sabia que de aquí en adelante podía conseguir alguien con quien caminar en el barrio sin peligro, pero usted se imagina, traía el corazón en la boca.

—   Mujer, y sobre todo ahora, este barrio no é el de antes. Cuando usté trabajaba por aquí la gente era distinta agora no, hay mucha gente mala, mala viviendo aquí. To eso domincanyork que se andan viniendo de po allá han dañado ma el barrio. Pero dígame y que la trae por estos rumbos, porque usté no vino a visitar a las cinco y media de la mañana

—   Ando buscando a una chica que está embarazada. Me manda el padre Pedro de la Pastoral, queremos ayudarla pero al parecer todos los intentos que han hecho las consejeras por acercársele han sido en vano, parece que la chica tiene problemas y no se deja ayudar.

—   ¿Aja? Y como se llama?

—   Victoria Feliz

La cara de Filomena se puso pálida, su expresión se endureció bruscamente y apretó los labios como si no quisiera que sus palabras salieran de su boca.

—   ¿La conoce?

—   Mire Mariluz, mejor no se meta en eso y deje a esa muchacha tranquila. Eso é un lio más feo de lo que pinta.

Filomena no me diría una palabra. Así eran los códigos del barrio, la gente se protegía. Había trabajado suficiente tiempo allí para saber que solo si lograba llegar donde la chica descubriría la historia encubierta en aquel nombre.

—   Pero ¿me puede ayudar a llegar donde la chica?

—   Vive abajo, en “quita sueño”, no puede bajar sola.

—   Me lo sospechaba, Pedro me explicó un poco por donde era, ¿Puede ayudarme para bajar con alguien?

—   Mire Mariluz, ya le dije, no se meta en eso, dé media vuelta y regrese a su casa y dígale al cura que se olvide de eso.

—   Necesito intentarlo, se lo prometí a Pedro.

La vi resoplar enojada, apretar de nuevo los labios y voltear los ojos hacia el cielo. Se persignó tres veces y finalmente expiró aire resignada. Dejó la habitación donde estábamos.  Sabia que Filomena vivía allí con algunos de sus nietos. Escuché como hablaba con alguien:

—   Carlos, a que hora tienes que ir a trabajar

—   Entro a las doce hoy.

—   Levántate, necesito que vayas abajo, a la vera del rio.

—   ¿A quita sueño? ¡Y que diablos quiere que haga a estas horas por esa “jurunela”!

—   Que bajes con Doña Mariluz.

Al rato vi a Carlos salir de la habitación. Era un muchacho joven y fuerte, de unos veinte años. Pelo crespo muy negro, piel morena, labios carnosos y ojos muy negros con una cara alegre. Lo había conocido de chico pero tenía la misma carita de cuando niño. Sin mediar más palabras nos despedimos y salí dejando que Carlos se fuera delante.

Caminamos unos quince minutos entre callejuelas cada vez más estrechas donde las casas se besaban unas con otra y no se sabía donde terminaba una y comenzaba la otra. A ese punto la cañada era un canal lleno de basura cada vez más hedionda, el estómago se revolvía entre las vueltas y el olor a basura descompuesta. Pensaba que ya no estaba para esos trotes, pero no era el momento de echar para atrás, ahora necesitaba seguir adelante y descubrir que ocurría con la chica.  Cada vez que salía alguien de una casa me asustaba, a esas horas pasaban muchas cosas en el barrio.

Finalmente cerca de las seis de la mañana Carlos se detuvo frente a la casa más deprimente del lugar. La puerta tenía los goznes desprendidos y estaba aguantada con dos blocks.

—   Ahí esta la casa

—   ¿No vas a venir conmigo?

—   No creo que sea prudente.

Mientras lo veía alejarse una sensación de inquietud me inundó. Tenía deseos de correr tras Carlos y alejarme con él, aceptar el consejo de Filomena que se repetía una y otra vez en mi interior. Casi cedo a mis impulsos, sin ese momento la puerta no se hubiera arrastrado y asomara la cabeza aquella la chica.

Era una niña de unos trece o catorce años. Llevaba el pelo suelto completamente rizado, tenia la tez matizada,  unos ojos un poco rasgados, la nariz ancha,  descuidada pero linda. Lo que más me llamó la atención fue la barriga de unos cuatro a cinco meses que ya comenzaba a sobresalir. La chica se asustó al verme y quiso entrar rápidamente a la casa, pero la puerta no cerraba y la seguí hasta el interior.

—   Hola

—   ¿Quien es usted y que quiere?

—   Quiero conversar contigo.

—   No me gusta hablar con extraños.

—   Vengo de parte del padre Pedro de la pastoral.

—   Ya les dije que no quería participar en eso.

—   Me enteré de que tienes problemas con tu embarazo queremos ayudar.

—   Para que quiere ayudar, más le valdría a ese bebe que no naciera, es un hijo maldito — Dos lagrimas resbalaron por la mejilla. Y así continuo un llanto continuo pero silencioso. — Mire mejor se va, puede tener problemas si él la encuentra aquí hablando conmigo

—   ¿Quién es “él”? — no me contestó

—   Escucha soy abogada puedo ayudarte, solo tienes que venir conmigo.

La chica cambio los colores, su tez morena se puso ceniza y por un momento pensé que se iba a desmayar. Me acerqué rápido y la sujete por un brazo cuando vi que le flaqueaban las piernas.

—   Señora, tiene que marcharse de aquí, no sabe de lo que él es capaz, si se entera de que usted es abogada podría hasta de golpearla.

—   ¿Te ha golpeado a ti? Yo te llevaré donde te protejan y no te pasará nada.

—   Nunca podría esconderme de él, siempre me encontraría.

—   Si nos marchamos ahora, te prometo que no te pasará nada te esconderé bien.

No tenía tiempo de descubrir de quien estábamos hablando, la chica se notaba asustada y mi misión inmediata era sacarla de allí antes de que llegara aquel hombre. Ahora comprendía las instrucciones de Pedro de que debía ser antes de las seis y media. De repente escuché la puerta rechinar y vi la cara de terror en la niña, el corazón me latía aceleradamente, miré a mi alrededor para ver si había algo de que echar mano y poder golpear la persona que empujaba la puerta en el caso de violencia, y entonces distinguí la figura de Carlos, que también estaba pálido como una hoja de papel.

—   Doña Mariluz, rápido, debemos salir por atrás, está muy cerca si la encuentra aquí podemos tener problemas. ¿Hay una puerta trasera? — La chica asintió y señaló en una dirección. Miré a Carlos y a la niña y entonces reaccioné.

—   Yo no me muevo de aquí sin la niña.

—   Tenemos que irnos, tal vez en otro momento pueda intentarlo, ahora seria un riesgo, no lo haga por usted sino por la niña. Ese hombre es de cuidado.

—   Váyase se lo suplico, ya me hizo suficiente mal a mi, no quiero que le haga más mal a nadie.

—   Doña Mariluz, por favor, vámonos.

Mire los ojos suplicantes de la niña y de Carlos y supe que debía irme. Salimos por la puerta del patio, rodeamos la casa y anduvimos entre los patios de varias casas hasta salir a la esquina de otro colmado. Desde allí podíamos ver la casa.

Entonces lo vi bajando por la cañada,  nos pasó justo al frente. Era la misma cara de la niña, la tez matizada, el pelo ensortijado y negro, los mismos ojos y los mismos labios. Contuve el aliento y sentí la respiración de Carlos a mi lado. Lo vi bajar por la calle, acercarse a la casa, arrastrar la puerta y volver a cerrar tras de si. Entonces comprendí todo. Carlos me hizo ademán de que subiéramos. Lo seguí lentamente. En el ascenso miré con detenimiento las casas, el camino, la cañada, sabía que no sería la última vez.

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