Depresión


Ella estaba en el ataúd. Con su pelo rizado largo, unos jeans y unos tenis. Aunque estaba allí, estupefacto, mirándola en el ataúd, sin poder creer lo que veía, nadie parecía advertir mi presencia. Se armó una tremenda discusión, unos decían que no era una ropa apropiada para enterrar a una muerta y otros que debían cremarla porque era lo que ella había dejado escrito en el testamento.

Me vi de repente  en la habitación de un hotel, el numero de la habitación se veía brillante, luminoso: 325. Sabía que debía abrir la puerta pero tenía miedo, escuchaba unos lamentos lejanos y el corazón me palpitaba violentamente. Empuje lentamente la puerta y se abrió como en cámara lenta. Había sangre regada por todos los lados, las venas brotaban de sus muñecas como si fuera un robot, como si fueran alambres, parecía una carnicería. Estaba blanca, tenía los ojos cerrados y una mueca de tristeza.

Entonces me vi en el carro. La estaba llamando, y ella tomó el teléfono, pensé: “así que no está muerta”. Le dije que quería verla, que la invitaba a tomarnos un café. Estaba hablando con ella por teléfono pero de repente la veía como si estuviera a mi lado.  Me dijo que no quería salir conmigo. Le pregunté porque y me dijo que no quería, insistí en que me diera una razón y me decía simplemente que no, le repliqué  varias veces y me dijo que luego me contaría, que la dejara tranquila.

Luego me encontré en la sala de su casa. Veía los muebles de siempre pero en lugar se ser rojos eran negros. Estaba solo, ella no estaba, era como si la esperara, como si supiera que iba a salir de la habitación, nunca había estado en aquella sala solo, y todo parecía lúgubre. Intentaba llamarla pero no podía recordar su nombre. Caminé hacia la habitación pero el pasillo era muy largo y no llegaba nunca al final. Sentí entonces los pasos y me alegré, pensé que ya venía. Entonces saltó de repente una rata enorme sobre mis pies. Y yo corrí sin querer parar.

Me sentía asustado y corría y entonces llegué a un parque, ella estaba allí con una bicicleta, estaba tranquila. Caminé hacia donde se encontraba y le pregunté que le ocurría. Me miraba con la mirada perdida, la veía pálida como de muerte y entonces le vi nuevamente las manos y tenía las muñecas envueltas en dos pañuelos y vi como las gotas de sangre caían, había un charco alrededor de la bicicleta.

—   Me tengo que ir — me dijo.

—   Ya pasaron cinco años.

—   No puedo, no quiero, mejor me marcho y no hago sufrir a más personas.

—   ¿Me vas a dejar solo?

—   No me necesitas

Cuando intenté detenerla, no podía tocarla, no podía agarrarla por las manos, se desvanecía. Vi una luz que me cegó y ya no pude verla más.

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