La historia que no llegó a ser de amor


Me encontraba sentada como otros tantos días en la cafetería, tenia seis meses viviendo en Guatemala y había tomado la costumbre de sacar varios momentos en el día para escribir. Lo vi acercarse: era alto, delgado, tal vez demasiado para mi gusto, con una barba rubia, cabellos largos y llevaba un pequeño paquete en la mano:

—   ¿Eres Elisa? — me preguntó con un acento que no parecía chapín.

—   Si —le respondí algo tímida.

—   Soy Gustavo, me dijeron que seguro podría encontrarte aquí y te reconocería porque estarías escribiendo.

Sentí como los colores me subieron a la cara, hasta ese momento no había pensado que la gente reparaba en mi manía de andar escribiendo todo el día. Lo miré interrogante y lo escuché preguntarme si podía sentarse. Le hice señas para que tomara asiento a mi lado. Entonces comenzó a a explícame que conocía a Pedro, mi amigo que vivía en México y me  entregó el paquete que llevaba entre las manos. Apenas podía creerlo  ¡Qué alegría tener noticias de Pedro!  Miraba el paquete con deseos de abrirlo y saber que contenía. En esos tiempos no existía el correo electrónico y teníamos que estar sujetos a la llegada del correo ordinario, la espera resultaba eterna y cuando llegaba una carta o un paquete estábamos ansiosos por abrirlo ante la perspectiva de tener noticia de alguien.

Por cortesía dejé el paquete a un lado y seguí conversando con Gustavo. Le pregunté qué hacía en México. Me explicó que había ido a estudiar a Cuba, allí se enamoró de una chica, como no podían vivir ni en Cuba ni en Chile decidieron irse a vivir a México. Mientras hablaba no dejaba de mirarme y yo apenas podía sostener la mirada. Bajaba los ojos e intentaba seguir el hilo de la conversación.

—   Ah que bien y ¿vas a estar mucho tiempo en Guatemala? Lo digo por si quieres salir a conocer algo, no tengo mucho tiempo viviendo aquí pero ya me defiendo bastante.

—   Bueno — me respondió con una sonrisa picara — Pedro no me dijo que su amiga era tan linda; no tenía muchos planes de salir a conocer, pero viniendo la invitación de ti, no me siento en capacidad de rechazar la propuesta.

Lo miré un poco asustada con la lisonja y sin saber que responder, mi cara debió revelar lo que pensaba porque rápidamente lo escuché disculparse. Me dijo que en realidad le gustaría mucho conocer algo de Guate y que sería un placer si pudiera acompañarle. Le respondí entonces que con mucho gusto y  nos intercambiamos  los teléfonos. Entonces  lo vi levantarse del asiento, me dijo que tenía que irse y que me llamaría. Se alejó rápidamente de la mesa yo sentí dentro de mi como los calores subían por mi cuerpo.

Había ido a Guatemala a estudiar por dos años, tenia mi novio, todos me decían que era una tonta y siempre me recordaban el refrán que decía: “amores de lejos, amor de pendejos”. Yo no les hacía caso, les decía que estaba perdidamente enamorada, y cuando regresara  me casaría, ese era mi sueño. Me acompañaba siempre una frase que me había regalado mi novio el día que partí: “el amor nunca muere, un minuto de oscuridad no nos volverá ciegos”, creía en el amor para toda la vida, y estaba convencida de que había encontrado mi alma gemela. Por eso no me gustaron para nada las mariposas que sentí en el estómago cuando vi a Gustavo salir de la cafetería.

Vivía sola. Mi novio solía llamarme tarde de la noche cuando regresaba de la universidad. Por eso, unos días después del incidente de la cafetería, cuando escuché el teléfono tarde de la noche, salí rápido de la cama, levanté el teléfono y sin pensarlo mucho dije:

—   Hola mi amor.

—   Hola, querida como estás — la voz inconfundible de Gustavo del otro lado me dejó como un tempano de hielo.

Después de un largo silencio de mi parte y escucharlo decir “aló” varias veces, respondí torpemente intentando buscar una explicación. No pude terminar la frase y decirle que pensaba que era mi novio, me interrumpió para aclararme que “no tenia que darle explicaciones”. Me dijo que me llamaba para preguntarme si aún estaba en pie la propuesta de acompañarle a conocer algo de Guatemala, no pensaba  estar mucho en el país y tenía que aprovechar los días. Le habían contado que debía visitar Antigua Guatemala, así que quería saber si no tenia compromiso para el domingo y le podía acompañar. Hizo un silencio, esperando una respuesta de mi parte y de repente me escuche contestar emocionadamente: “¡Por supuesto que sí, con muchísimo gusto te acompaño!!! “, tuve que hacer luego un esfuerzo por bajar la intensidad de mis palabras y no transmitir la emoción que percibí de repente en mi voz.

Acordamos reunirnos el domingo donde se tomaba el autobús. Yo llegué primero y cuando lo vi desde lejos acercarse a la parada, mi corazón comenzó a latir apresuradamente como una colegiala que decide tener un aventura y se encuentra con el enamorado a escondida de sus padres. Me dio un beso en la mejilla y volví a ver esos ojos color miel intentando penetrar hasta lo más profundo de mi interior. Traté de controlarme y después de respirar tres veces profundamente para disimular mi agitación, le dije que compráramos los boletos.

Nos subimos al autobús, el pueblo donde íbamos quedaba como a una hora de la ciudad, en una carretera en mal estado y toda de subida, la temperatura estaba fría. Durante el camino estuvimos conversando de sus estudios, de la universidad, de su trabajo, era médico epidemiólogo y me contó también como había conocido a mi amigo.  No paramos de hablar ni un segundo, el viaje se hizo corto y sin darnos cuenta habíamos llegado.

El lugar era un pueblito donde estuvo la antigua capital de Guatemala, que fue arrasada por un terremoto. La ciudad estaba destruida pero en ella se respiraba la cultura, las costumbres y la artesanía del país. Pasamos todo el día caminando entre las ruinas, tomando fotografías, visitando los museos y regateando con los vendedores. Almorzamos en un pequeño restaurante. Él quería probar la comida típica: frijoles con tortillas y luego compramos en una venta de esquina un exquisito vaso de atol caliente. A las cinco de la tarde ya habíamos recorrido el pueblo completo, seguíamos intentando descubrir nuevos lugares, pero nos dimos cuenta que no había nada más que conocer, solo dábamos vueltas dilatando el momento de regresar.

Yo comenzaba a sentir  frio, tenía las manos heladas e intentaba calentarlas metiéndolas dentro de los bolsillos del abrigo, Gustavo pareció darse cuenta y me las tomó para calentarlas. Cuando lo hizo, sentí que todo mi cuerpo se desarmaba, un montón de sentimientos encontrados surgieron dentro de mi, estaba confundida porque nunca había sentido algo así. Tenía mucho tiempo con mi novio pero no recordaba sensaciones como esas, la cabeza me latía como si fuera a estallar, sentía que me faltaba el aire como si  me fuera a desmayar, comencé a temblar y me sentía como una tonta.

—   ¿Te pasa algo? Estas pálida tienes los labios blancos como si estuvieras mareada.

—   No es nada, creo que tengo frio, vayamos a la parada y tomemos el autobús, creo que si me caliento me sentiré mejor.

Entonces el me abrazó y pegó su cuerpo al mío mientras caminábamos y sentí que el mundo se detenía a mi alrededor. Cuando estuvimos sentados en el autobús, cerré los ojos y recosté mi cabeza en el hombro de Gustavo. Aún tenia mis manos apretadas entre las suyas y yo no quería que aquel momento terminara nunca. No me dormí decidí simplemente disfrutarlo. Solo cuando escuché que llegamos a la parada abrí los ojos, comenzaba a oscurecer y nos bajamos en silencio del autobús.

—   El hotel donde me hospedo está cerca ¿quieres que vayamos allá?

Preguntó Gustavo de una forma bien natural. Lo miré asustada, sabía que esa era la pregunta que iba a hacer. Lo miré con ojos tristes y le respondí:

—   No puedo.

—   ¿Como que no puedes? ¿tienes algún compromiso?

—   Gustavo, tu eres casado y yo tengo mi novio.

—   Y que importa ellos nunca se van a enterar.

—   Pero yo soy una tonta chapada a la antigua, que cree que se me va a notar en la cara cuando me acueste contigo.

—   Pues no seas tonta, eso no se nota en la cara.

—   Pero no tendría paz nunca en mi vida, no puedo evitarlo.

—   Pareces una adolescente, eres una adulta, ¡que diablos estas diciendo!

—   Nunca antes me he acostado con un hombre — contesté bajando la cabeza avergonzada.

—   Y eso que importa, siempre hay una primera vez. A menos  que no desees acostarte conmigo.

Lo miré de nuevo con tristeza y sentí como las lagrimas asomaban a mis ojos, hice silencio durante un rato.  Pensé que si lo que estaba sintiendo por dentro era deseo, si quería, pero mi cabeza me decía que no debía. Quería salir corriendo de allí, estaba segura de que si él me lo pedía nuevamente no sería capaz de decir que no, así que en silencio suplicaba que no insistiera. Lo vi bajar la cabeza ya no enojado, pero si con tristeza y entonces me dijo:

—   Esta bien, no te preocupes no voy a insistir. Pero quiero que sepas que en algún momento de tu vida te vas a arrepentir de no haberlo hecho.

Me tomó las manos esta vez con mucho cariño, las apretó entre las suyas y me dio un beso en la boca, pero un beso delicado, suave, apenas sentí el roce en mis labios. Cuando se apartó de mi no se despidió. Lo vi darme la espalda y alejarse por donde lo había visto llegar en la mañana.

Un tiempo después regresé a mi tierra, me casé con mi novio, no supe nunca más de él, pero nunca  lo olvidé. El tiempo se encargó de demostrar que él tenía la razón.

3 comentarios en “La historia que no llegó a ser de amor

  1. La felicito a Elisa, un hombre que no respeta su compromiso y traiciona a su esposa, tranquilamente hubiera hecho lo mismo con Elisa en el futuro…..¿futuro? no creo que hubiera futuro entre ellos dos, era solo calentura del momento, nada mas!!!!!!!!!!!!!!! Por lo menos asi lo veo desde mi punto de vista.

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