El Cementerio de San Miguel


Mi padre tenía un trabajo itinerante, parecíamos gitanos. Cada cierto tiempo lo trasladaban de un pueblo a otro. Creo que para no provocarnos el trauma de las despedidas y los llantos de no querer partir optó por no avisarnos cuando era trasladado. Así que simplemente un día llegábamos a la casa del colegio y nos encontrábamos con la noticia de que nos marchábamos, no teníamos tiempo de establecernos en ningún lugar.

Ese día llegué a casa del colegio y encontré toda la casa recogida y las maletas hechas y mis padres anunciaban que nos mudábamos a otro lugar. Igual que siempre, no tuve tiempo ni de despedirme de los amigos y dos días mas tardes llegamos al pueblo de Hidalgo. Recuerdo este pueblo en particular porque fue uno de los lugares donde permanecimos mas tiempo y por las cosas que allí ocurrieron.

Estábamos a mitad del año escolar, pero siendo un pueblo pequeño no costó nada que nos recibieran en la escuela. Unos días después me encontraba en un aula con un grupo de muchachos de pueblo con una mentalidad muy distinta a lo que estaba acostumbrada, pero un alma noble como nunca había visto.

Como muchacho al fin y ya acostumbrado a ese ir y venir,  a los pocos días ya me había olvidado porque desafortunada suerte estaba allí y me dedique a conocer el lugar donde el destino me había llevado. Juan un amigo nuevo de la escuela  se conocía cada rincón del pueblo y me fue enseñando y contando los secretos, historias y leyendas.

Recorriéndolo de tarde en tarde llegué a conocer el pueblo como si hubiera vivido allí toda la vida. Mi lugar preferido era un campo común que estaba ubicado en el lado sur. Después de haber dejado las últimas casuchas se encontraba un terreno de gran extensión, que se alargaba al borde de la carretera, que llevaba al siguiente pueblo. El campo estaba bordeado por una alta pared recubierta completamente de musgo verde y sobresalían por encima de ella unos perales inmensos que tenían la particularidad de parir peras que parecían papayas. La gente del lugar decían que las frutas estaban malditas, pero los chicos hacíamos caso omiso de las advertencias de los mayores y nos deleitábamos con ellas, que además de grandes tenían la particularidad de ser deliciosas, tal vez por el abono a la habían sido sometidas con los años.

Me contó mi amigo Juan que el lugar había sido un cementerio privado de una de las familias ricas del pueblo, lo llamaban el cementerio de San Miguel. La familia Mues había llegado de las Canarias en una de las grandes migraciones de españoles que llegaron a la isla, eran dos hermanos que se habían asentado uno en la capital y otro en el pueblo de Hidalgo. El que se había asentado en Hidalgo tuvo una familia muy numerosa, fue gente de trabajo con ganado lechero y fincas de cacao. En una epidemia de cólera fueron muriendo uno por uno. Los fueron enterrando en el cementerio. El único sobreviviente después de enterrar al último de la familia decidió que ese pueblo estaba maldito y no quiso quedarse a correr la misma suerte del resto, dejando abandonada la casa y el cementerio.

El cementerio se había cubierto a lo largo de los años de una vegetación copiosa, al parecer el abono de los muertos había sido alimento nutritivo para la diversidad de arboles y plantas que allí crecieron. En los meses de lluvia por encima de la pared se divisaban una maraña de verdes en todas las tonalidades inimaginables.

Después de desaparecido el último de los Mues el terreno había quedado abandonado. El abuelo de Juan le había contado que en algún momento llegaron algunas personas interesadas en comprar el terreno y la casa, pero la historia que rondaba alrededor del lugar hizo que más de uno se arrepintiera del negocio. Estuvo llegando el mismo vendedor por muchos años, pero de repente no volvió mas, tal vez se cansó de no encontrar comprador y el dueño terminó olvidando su deseo de venderlo.

Por el frente se erguía majestuosa e imponente la entrada del cementerio, era un arco con ángeles en un estilo mas bien barroco. Pero a lo largo de la pared lateral había una pequeña puerta que se sospechaba que había sido la entrada del enterrador. La pequeña puerta era justa al tamaño de los chicos, que éramos los únicos que nos animábamos a entrar al lugar.

Aunque para los mayores  el lugar guardaba cierto misterio, a pesar de los años que habían transcurrido, para nosotros era el mejor lugar para pasar las tardes; sin embargo, nunca nos habíamos animado a ir de noche, y en nuestras excursiones al cementerio mientras comíamos peras, nos habíamos preguntado cómo sería aquel lugar en la oscuridad de la noche.

Ya tenía un tiempo viviendo en el pueblo y Juan y yo nos habíamos hecho verdaderos amigos, estábamos en la adolescencia, esa edad donde lo prohibido es deseado y donde uno piensa que se puede llevar el mundo por delante, así que un día se nos ocurrió que había llegado el momento de explorar el cementerio de noche. Comenzamos a planificar nuestra aventura y le pusimos fecha. El día elegido era el 24 de enero, se celebraba la fiesta de la virgen de la Altagracia. Eran las fiestas patronales del pueblo, todo el mundo estaría en la fiesta del parque del pueblo y nadie estaría pendiente de lo que harían los chicos.

La idea que teníamos Juan y yo era llegar hasta el lugar y encender una fogata. Estaríamos allí hasta cerca de las 12 de la noche, hora en la que calculábamos que nuestros padres estarían regresando a la casa después de terminada la fiesta. De día elegimos el lugar donde encenderíamos la fogata. Fuimos recolectando pedazos de ramas y leños que dejamos perfectamente apiladas al lado de uno de los perales mas grandes del lugar, bastante cerca de la puerta. La noche acordada cuando mis padres partieron para la fiesta yo me dispuse a salir por la puerta del patio hacía mi aventura. Juan y yo habíamos quedado de encontrarnos donde comenzaba la pared del cementerio a las 8:00 de la noche.

Juan era un chico alto y muy delgado, de piel morena, que me llevaba casi una cabeza. Era mas bien tímido, y aunque yo era muy extrovertido habíamos hecho liga rápidamente. Me gustaba estar con él porque se conocía todo el lugar y su abuelo le había contado mil historias y leyendas que repetía con una memoria asombrosa. Era un chico valiente, muchas veces había intimidado a otros de los compañeros de la escuela y ya nadie se metía con él. Yo llegué 5 minutos antes de la hora y al poco rato vi asomarse la alta figura de mi amigo.

Esa noche la luna estaba en cuarto creciente e iluminaba un poco la noche, aunque algunas nubes se asomaban en el cielo. Comenzamos a caminar hacia la entrada lateral. Al asomar la cabeza nos dimos cuenta de que en la noche el cementerio era muy distinto. El lugar se sentía vacío, profundo, semejante a un gran agujero negro. Al atravesar la puerta vislumbramos a lo lejos el resplandor agonizante de una hoguera y vimos desaparecer entre los arboles sombras silenciosas en la oscuridad. Aquello resultaba siniestro, de repente no podíamos ubicar el lugar que de día conocíamos como la palma de la mano, nos quedamos paralizados sin saber hacia donde dirigirnos. Juan y yo nos miramos, con la tenue luz de la luna ahora oculta entre algunas nubes, solo pudimos observar el blanco de los ojos de cada uno. Sentíamos como el miedo se iba metiendo por debajo de nuestra piel. Apenas con la mirada, en una conversación sin palabras, estuvimos de acuerdo que había sido una mala idea ir a aquel lugar en la noche.

Instintivamente ambos dimos marcha atrás pero nuestra sorpresa fue angustiante al descubrir que la puerta que apenas acabábamos de atravesar había desaparecido. Ambos comenzamos a tocar a tientas la pared en busca de la puerta, pero en la oscuridad de la noche solo sentíamos el muro sólido lleno de musgo húmedo. Decidimos entonces seguir adelante y avanzar por el sendero. El plan era buscar la leña acumulada para hacer la fogata, sabíamos que estaba cerca de la entrada. Habíamos traído fósforos y algo de combustible para encenderla mas pronto. Nos tomamos de la mano para evitar perdernos en la oscuridad y fuimos avanzando lentamente.

No habíamos previsto que la noche sería tan oscura y no tomamos la precaución de traer una linterna. Otro nuevo contratiempo se presentaba: por mas que avanzábamos en el sendero no podíamos encontrar la leña que habíamos dejado. Ya estábamos entrando en pánico cuando de repente divisamos entre los matorrales una luz como de una fogata y nos dirigimos hacia ese punto. Escondidos entre los matorrales vimos entonces algo que parecía un sueño.

En un claro del lugar había cuatro casas rodantes llenas de un grupo de personas que parecían gitanos, hombres con rasgos feroces, mujeres enjuta y un montón de chiquillos revolcándose por el suelo y jugando a la luz de una enorme fogata. Estaban preparando comida. Aquello parecía  como otro pueblo se escuchaba el bullicio de la gente, disputas y gritos de los chiquitos. Mi amigo y yo nos mirábamos sorprendidos sin comprender como esta gente se había instalado tan rápido y con tantas cosas, porque esa misma mañana habíamos estado en el lugar planificando nuestra aventura y no había allí nada de aquello.

No nos atrevimos a hablar, ni a movernos del lugar y estuvimos largo rato ensimismados observando aquella aparición. Entonces Juan me hizo seña para que volviéramos  y tratáramos de nuevo de encontrar la leña. Teníamos que tratar de salir del lugar, no sabíamos bien que tipo de gente era esta y que reacción podían tener si nos encontraban observándolos.

Con los ojos mas acostumbrados ahora a la oscuridad volvimos por el camino y de repente al lado del peral mas grande, tal y como la habíamos dejado en la tarde, encontramos el montón de leña. Nos miramos sorprendidos. Estábamos seguros de que ese era el mismo camino que habíamos recorrido para llegar donde estaban los gitanos. No era el momento de preguntarse nada, estábamos ya bastante nerviosos con la situación y la posibilidad de que nuestros padres regresaran de la fiesta y no nos encontraran en la casa.

Sacamos los fósforos y el combustible y prendimos uno de los leños. Comenzamos a avanzar de nuevo por el sendero, ahora iluminado por el leño, hacia donde suponíamos que estaba la salida. Y de repente allí estaba, abierta tal y como creíamos haberla dejado cuando entramos. Cuando nos dimos la vuelta para observar por última vez el cementerio, nos encontramos con aquel hombre de pelo largo, rostro horrible, pantalones de lona, camisa a cuadros y botas, que se dirigía corriendo hacia nosotros con una laya en la mano. El corazón me dio un gran vuelco y por un momento mis pies se paralizaron, entonces sentí la mano de Juan que me halaba con fuerza hacia fuera. Corrimos desesperadamente, sin parar ni mirar hacía atrás. Nos alejamos de la pared del cementerio y sin decir palabras o dejar de correr nos separamos en la esquina dirigiéndonos ambos a nuestras respectivas casas.

Apenas había colocado la cabeza sobre la almohada, sentí a mis padres entrar por la puerta. Había tenido el tiempo justo para regresar a casa y no llevarme un castigo, esperaba que a Juan le hubiera ocurrido igual. En la soledad de mi habitación, comencé a recordar las imágenes del lugar, seguía sin comprender como esa gente pudo haberse instalado tan rápido. Era extraño, porque en el tiempo que teníamos visitando el cementerio casi a diario, nunca nos habíamos topado con otras personas allí dentro. La excitación no me dejaba conciliar el sueño, por un lado el miedo al recordar la angustia de no encontrar la puerta, el rostro que aquel hombre que se abalanzaba sobre nosotros, y por otro lado el deseo de que llegara la mañana para ir, nuevamente, a ver aquella gente. Finalmente de tanto pensar me quedé dormido.

Al otro día me levanté tarde, felizmente era sábado y no teníamos que ir a la escuela. En cuanto abrí los ojos recordé de repente lo que había ocurrido la noche anterior y llegué incluso a pensar que había sido un sueño. Me puse rápido la ropa, salí de la casa sin desayunar y corrí a casa de mi amigo. Lo encontré sentado en la mecedora de su casa, me estaba esperando. Sin comentar mucho lo ocurrido en la noche anterior ni perder tiempo ambos coincidimos en que debíamos ir al cementerio.

Caminamos a lo largo de la pared del cementerio llegamos a la puerta y allí encontramos tirado el leño que habíamos encendido la noche anterior. La alegría vino a nuestros rostros, porque en nuestro interior dudábamos un poco lo que habíamos vivido y aquello venía a confirmar que efectivamente habíamos estado en aquel lugar, abrimos la puerta, recorrimos el sendero que era tan familiar para nosotros de día, encontramos el montón de leña apilada, el fósforo quemado y el frascos de combustible que habíamos dejado olvidado. Haciendo un esfuerzo por recordar el camino que habíamos seguido la noche anterior, distinguimos entonces los arbustos detrás de los cuales nos habíamos ocultado y corrimos hacia allá, nuestra sorpresa fue mayúscula al comprobar que no había nadie en el lugar donde habíamos visto a los gitanos. Nos miramos interrogativamente y nos acercamos al claro, no había señas de que hubieran estado las casas rodantes ni la fogata que estaba encendida, que observamos la noche anterior.

Juan y yo no podíamos comprender que estaba sucediendo recorrimos todo el lugar sin encontrar nada que confirmara lo que habíamos visto en la noche. Los arboles, únicos testigos silentes, nos miraban inmóviles, ignorantes y ajenos de lo que sentíamos. Cansados de dar vueltas por el lugar decidimos regresar a nuestras casas. Cuando nos disponíamos a salir, Juan divisó un brillo entre los matorrales que se encontraban al lado de la puerta, se acercó y entonces encontró, allí tirada, la laya que le habíamos visto al hombre la noche anterior.

Salimos del lugar y prometimos no contarle nada a nadie, lo único que haríamos sería meternos en un problema y en realidad analizamos que nadie nos creería y podrían tomarnos por locos.

Regresé a mi casa y pasé el resto del fin de semana en la habitación.  En el fondo, tenía temor a salir y no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido. Así llegó el lunes.

Ese día al regresar del colegio volví a encontrarme con todo recogido en la casa, maletas hechas nuevamente y el anunció de que nos mudábamos. De nuevo habían trasladado a mi padre a otro pueblo, había sido a estadía mas larga que habíamos tenido en esa vida itinerante que nos tocaba. Igual que siempre no me dio tiempo de despedirme de mi amigo Juan.

Muchas veces vuelvo a pensar en todo lo que pasó esa noche, a veces creo que simplemente fue un sueño. Al recordar a mi amigo Juan me siento triste, pienso que debe haber quedado traumatizado, el hecho de que yo desapareciera también lo debe haber dejado con la sensación de que tal vez yo tampoco era real.

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