Unas vacaciones inolvidables


Los viajes a Don Juan eran lo mejor de las vacaciones. Después que terminaban las clases esperábamos con gran expectación esa semana en que nos íbamos a la finca de los abuelos.

Los preparativos duraban varios días, aunque en la finca no faltaba la comida muchas de las cosas a las que estábamos acostumbrados en la ciudad no se encontraban en los negocios del lugar. Uno de los productos obligados eran las tablas de chocolate amargo, el aroma del chocolate caliente preparado con leche recién ordeñada y hervida me hacían levantar de la cama, imaginaba que era como llegar a las puertas del paraíso.

Tenía unos 15 años y ese verano fue el mas memorable de mi vida por la forma en la que terminó. Partimos a las cinco de la mañana, en medio de la oscuridad. El viaje eran aproximadamente dos horas de camino por carreteras infernales, en las que no era posible esquivar los hoyos. Si estaba lloviendo, como era el caso de esa mañana, resultaba todavía peor, había que ir con las manos firmes a los asientos para no pegarse la cabeza contra el techo del auto. Era como andar en un safari en medio de África, sin carreteras andando a campo traviesa. Salimos bajo un gran aguacero y dos horas y medias después cuando llegamos al lugar no había dejado de caer ni una gota de agua ni un solo instante.

Como pudimos, fuimos bajando las cosas del vehículo con ayuda de varios paraguas que fueron apareciendo de las mujeres que trabajaban en la finca. Terminamos todos ensopados y llenos de lodo desde los zapatos hasta la ropa. Luego de descargar todo cerraron todas las puertas de la casa para evitar que el agua entrara, y parecía que eran las ocho de la noche aunque apenas eran las nueve de la mañana.  Y así comenzaron nuestras vacaciones, con no muy buenos augurios.

La casa de Don Juan tenía una gran sala con cuatro mecedoras y una mesita pequeña en el medio donde se encontraba un florero con flores de plástico, a cada lado de las mecedoras había un revistero y en el se podían encontrar los libros de lectura que se usaban en las escuelas en esa época, la razón era que la Tia Carmita, la tía abuela, era la alfabetizadora oficial del lugar. Desde que los chicos tenían edad de aprender a leer eran enviados a la Gran Casa, ella tenía una pizarra que abarcaba toda una pared de la cocina, y en medio de los fogones y la leña, los calderos negros de hollín, los pilones de arroz y cacao iba impartiendo sus clases y enseñando a leer a los chicos. Hacía su labor de profesora mientras cocinaba y hacía los diversos oficios de la casa. La tiza se mezclaba con la ceniza de los carbones.

La Tía Carmita era la matrona de la casa, una mujer bajita, con una joroba pequeña que la hacía ver mas baja aún de lo que era. Aunque no era tan vieja, tenía la cara llena de arrugas que parecían los surcos trazador por el arado de un buey en la tierra. De estar tanto parada en la cocina y haciendo oficios e impartiendo clases, tenía las piernas llenas de gruesas varices que cubría con unas medias de nylon, pero que se brotaban por encima de las mismas. Era una mujer enojona, que se pasaba el día peleando por todo, con la misma mano que te pegaba un coscorrón en la cabeza o te daba un jalón fuerte de orejas, en segundos sin uno esperarlo te pegaba unos tremendos abrazos tan fuertes que parecía que nos faltaba el aire. A pesar de su carácter fuerte todos en la finca la adoraban porque había sido la educadora de cientos de chiquillos que vivían por los alrededores.

Ese domingo pasamos todo el día encerrados en la casa continuaba lloviendo a torrenciales. Lo único alegre del día fue cuando llegó la hora de bañarnos porque mi madre nos dio permiso para hacerlo bajo la lluvia, todos nos pusimos los trajes de baños y salimos a correr por la inmensa plazoleta de grama que estaba en el frente e la casa. La lluvia había hecho charcos inmensos y comenzamos a saltar de un charco a otro.  El techo de la casa era de zinc y del mismo caían unos caños de agua con tal fuerza que parecían una ducha a presión y nos turnábamos para colocarnos debajo de ellos.  Después de dos horas de corretear por la plazoleta y cuando nuestros dedos ya estaban morados y arrugados del frio recibimos la orden de la Tia Carmita de entrar a la casa a cambiarnos, a regañadientes sin atrevernos a contradecir la orden regresamos al aburrimiento de la casa.

Esa noche nos fuimos todos a la cocina a calentarnos con el calor de los fogones de leña. Las mujeres asaron mazorcas de maíz. Estábamos todos en silencio, solo se escuchaba la lluvia caer golpeando fuertemente el techo de zinc mientras los leños estallaban bajo el fuego. En eso llegó uno de los trabajadores de la finca al cual teníamos mucho aprecio: Julito, era un señor muy feo, negro retinto, con unos labios gruesos y una nariz ancha, era extremadamente bajito y tenía los brazos cortos, como si de pequeño hubiera sufrido alguna enfermedad y no se le hubieran desarrollado completamente. Al mirarle a los ojos el blanco de los mismos, en contraste con su piel tan negra, parecía mas blanco de lo normal.

Julito era famoso por sus cuentos de terror en medio de las noches, tenía dos personajes que eran los protagonistas  de sus historias que se llamaban Juan Bobo y Pedro Animal. Los chicos pidieron a Julito que nos hiciera uno de sus cuentos pero a mi la idea no me agradó nada. La lluvia a torrenciales que había caído todo el día me había dejado una sensación extraña, tal vez había leído últimamente muchos libros de aventura, pero todo de repente me hacía pensar que el verano no sería tan divertido como lo había deseado y una sensación de aprensión comenzó a instalarse dentro de mi. La historia de miedo de Julito me iba poniendo cada vez mas nerviosa y terriblemente asustada así que decidí dar las buenas noches e irme a la cama.

Llovió toda la noche, asustada por las historias de terror que escuché antes, cada ruido que sentía en la casa me hacía saltar de la cama. De repente comenzaron a caer truenos y relámpagos, parecía que el cielo se desarmaba y que las piezas caían sobre el techo de zinc, haciendo ruidos ensordecedores. Me arropé hasta la cabeza y apreté los ojos tan fuerte que me dolían, poco a poco los truenos y relámpagos comenzaron a disminuir y solo sentí la lluvia que amainó como un arrullo que me fue dejando dormida.

Cuando desperté aún continuaba lloviendo, y al salir de la habitación encontré a los mayores con sus ceños arrugados y con cara de pocos amigos muy preocupados por la situación.  Habían encendido la radio para escuchar las noticias y se enteraron de que se aproximaba un huracán a la isla.

Escuchábamos a los mayores dilucidar sobre el asunto, y tomar una decisión sobre lo que se debía hacer. Los pequeños ya sospechábamos que las vacaciones tan ansiadas habían llegado a su fin y que tendríamos que regresar a casa. No imaginábamos que las cosas se pondrían aún peor. Fue entonces cuando vimos llegar a Julito, el trabajador de la casa. Se asomó por el umbral de una de las puertas con sus ropas todo mojado, pero lo que mas nos impactó era que venía completamente cubierto de sangre. Todos corrieron a su encuentro, pero a mi las tripas se me revoltearon ante la visión y me quedé clavada en el piso sin poder gesticular una palabra. Sentía que me venían las nauseas y la vista se me fue nublando, mientras el tropel de voces se confundían todos preguntando al mismo tiempo que había ocurrido o intentando descubrir donde era la herida que había provocado tal cantidad de sangre.

Finalmente logré tomar asiento en una de las mecedoras de la casa y escuché como un trueno la voz de mi padre que se impuso para hacer callar a todos y tratar de escuchar la historia o entender que había ocurrido. Desde mi asiento escuché la historia de Julito. En realidad él estaba sano y salvo y la sangre provenía de otro obrero que se había dado un machetazo mientras se encontraban cortando cacao en la montaña. Había tratado de bajarlo cargado,  pero era un hombre pequeño y el compañero era muy pesado para él, después de muchos intensos había tenido que dejarlo a mitad del camino debido a la lluvia y el lodo. Habían decidido que él continuara solo y bajara a pedir ayuda.

En segundos mi padre tomó la decisión de que un equipo de cinco hombres, los mas fuertes, subieran de nuevo a la montaña y trajeran al hombre herido. No había tiempo que perder, el obrero se desangraba y había que actuar rápido.  Según lo que había dicho Julito era una herida tan profunda que casi le había cortado la pierna en dos. La tía Carmita mandó a uno de los niños a avisarle a la mujer para que estuviera en la casa cuando llegaran con el herido, también que trajeran ropa limpia porque probablemente tendrían que ir hacía el pueblo mas cerca a algún hospital.

A partir de ese momento la situación que había en la casa era una mezcla de sensaciones: frustración, rabia, preocupación y tristeza. Los chiquitos habíamos pasado todo el año escolar soñando con las anheladas vacaciones: correr por la plazoleta, ir al rio a bañarnos, subir a la montaña a ver las mazorcas de cacao, levantarnos temprano a ver ordeñar a las vacas, subirnos a los árboles a tumbar mangos y chinolas, todo vilmente arruinado, primero por una lluvia incontrolable que no había cesado ni un segundo y ahora con esa tragedia que se vislumbraba en el horizonte. Los grandes estaban preocupados por la situación del huracán y la suerte que corría el obrero herido. La mujer había llegado hace un rato y lloraba en silencio en una ventana donde esperaba que llegaran los hombres trayendo a su marido herido, su mirada se perdía hacía la montaña y el camino entre la cortina de lluvia. No teníamos deseos ni de mirarnos las caras, mi hermana terminó llorando a mares porque una gallina le había pisado un pie. Mis hermanos se pelaron porque el grande estaba mirando mal al pequeño. Yo me sentía con fiebre y el estómago aún revuelto, y ni siquiera el aroma del delicioso chocolate caliente que preparó la tía Carmita, que era el manjar mas preciado de las visitas a la finca, lograron reanimarnos.

Pasadas algunas horas, durante las cuales la lluvia no cesó ni un segundo, el aburrimiento se encontraba en su máxima expresión, habíamos repasado todos los juegos de palabras imaginados, mi hermano se había ensayado con adivinanzas y sus cuentos que al principio nos hicieron reír, pero luego nos provocaban largos bostezos y por mas que le rogábamos que se callara se esmeraba en continuar repitiéndolos, habíamos explorado todos los escondites posibles de la casa, habían pasado dos tandas mas de chocolate y meriendas.  Desde la cocina un grupo de mujeres se afanaban en los quehaceres de la comida y comenzaban a llegar el aroma inconfundible de las carnes sazonadas y víveres hervidos que anunciaban la preparación del tradicional sancocho, propio de los días de lluvia y propicio para alimentar la gran multitud de personas que se habían acercado a la gran casa.

El incidente de la montaña había corrido de boca en boca por todas las casas de los alrededores y todos los vecinos y curiosos se iban acercando en busca de noticias. En la finca la vida normalmente transcurría tranquila, ocurrían pocos incidentes o actividades, así que cualquier cosa, aunque oliera a tragedia, era motivo de excitación entre la gente de la vecindad.  Por otro lado la posibilidad de un plato caliente de comida en medio de la pobreza que normalmente abundaba en el lugar hizo que la gente se fuera agolpando en los alrededores, a pesar de la lluvia.

Finalmente alguien grito que se acercaban los hombres. Al asomarnos por la ventana los vimos rodeados del tumulto de gente, venían completamente mojados y con el hombre a cuestas. De repente un silencio de sepulcro se hizo en la gran casa como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo para callar al mismo tiempo. El miedo que había sentido la noche anterior volvió a instalarse en mi pecho, el mareo y las nauseas volvieron a mi estómago y entonces vi las caras de los cinco hombres y supe que había ocurrido lo peor.

Colocaron el cuerpo del obrero en el suelo, y desde donde me encontraba pude ver la mujer, se había quedado con la espalda pegada en la ventana donde había estado esperando toda la mañana, sus ojos miraban desde lejos a su marido, las lagrimas no paraban de rodar por su rostro, en silencio sin sollozo. Aunque todos la mirábamos nadie se atrevía a acercársele, a abrazarla o a consolarla, como si esperáramos a que estallase en llantos de un momento a otro, para entonces justificar el consuelo.

De repente se separó de la ventana, y el gentío le fue abriendo paso hasta que llegó al cuerpo, se arrodilló a su lado, le acarició la cara y siguió llorando, sin que nadie se atreviera a hablar o a consolarla.

Después de ese momento, todo transcurrió tan rápido que apenas logro recordar el hilo de cómo ocurrieron las cosas. Sé que de repente la Tia Carmita comenzó a recoger a todos los chicos y a quitarnos del medio, nos llevó a su cuarto y allí permanecimos hasta que se llevaron el cuerpo y la casa estuvo en orden de nuevo. Casi al mismo tiempo nos dimos cuenta de que las cosas ya estaban instaladas en el vehículo y bajo la lluvia partimos hacia la ciudad. Nunca pasó el huracán por la isla, pero estuvo lloviendo una semana más, se desbordaron los ríos y hubo derrumbes, deslizamientos de tierras y personas que se quedaron sin casa. Pero en mi mente el final de esas vacaciones se terminó ante la imagen desgarradora de aquella mujer que lloraba en silencio arrodillada frente a su marido. Fueron unas vacaciones que nunca en mi larga vida podré olvidar.

3 comentarios en “Unas vacaciones inolvidables

  1. Es evidente que tu capacidad en a narrativa ha estado mejorando continuamente. No paro de asombrarme de como, a lo largo de tu narración, lograste mantener el suspenso. Felicitaciones.

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