El Paraíso: Guanaja


Ese día había hecho un calor infernal. El Sol se había esmerado en castigarlo con sus rayos, pero ahora descendía en el horizonte como apurado de terminar su jornada de trabajo antes de tiempo y se mezclaba con unas nubes grisáceas que anunciaban lluvia.
Era lo último que le faltaba, estaba aún algo lejos de la costa y no le agradaba nada que comenzara a llover tan temprano. Últimamente el clima estaba muy extraño, pasaba todo el día soleado y de repente a las cinco de la tarde aparecían unas nubes de cualquier lado que opacaban el cielo y comenzaba a llover a cántaros.

Tomas, era un hombre de unos 60 años, hacía 40 que había llegado a la isla. Era un hombre delgado, curtido por el sol, que siempre andaba con su gorra de marinero y sus pantalones de jeans. Al principio no fue fácil vivir tan aislado, pero ahora no imaginaba su vida en otro lugar.

De repente le dio por recordar como había ocurrido. Nació en la Ceiba, un pueblo costero,  desde pequeño había aprendido a navegar en bote. Su padre se dedicaba a transportar turistas de un lado de la costa a otro. Todas las tardes después de salir de la escuela lo acompañaba.

Para él era una gran diversión subir al bote y ver como iba surcando las aguas, parecía abrir el agua y dejar un camino que luego se cerraba a su paso. Aunque su padre siempre le advertía que tuviera cuidado, su mayor placer era inclinarse y tocar el agua espumada que formaba el motor. Observaba a su padre guiarlo y se imaginaba conduciéndolo. Algún día podría estar ahí en el lugar de su papá, pensaba para sus adentros.

El gran día ocurrió cuando tenía 12 años. Llegó a casa más temprano que de costumbre, y su madre le informó que ya su papá lo estaba esperando.  Llegó corriendo al muelle  y su padre le dijo que había llegado el momento de que aprendiera a manejar el bote. Lo miró con cara de admiración y sin creer lo que le decía subió y comenzó a escuchar atentamente las instrucciones.
Lo primero era hacer las revisiones de gasolina y el motor para verificar que no tuviera fugas. Luego pasó a indicarle como mover el guía y subir o bajar la velocidad y el motor. Todo parecía sencillo y en ese momento pensó que era como un juego de niños. Luego descubrió que manejar el bote no tenía ciencia, lo complicado era saber por donde llevarlo para evitar que este chocará con los arrecifes y encallara. Aprender a manejarlo le había tomado apenas unas horas, saber por donde debía llevarlo le tomó años navegando cada día con su padre.

Pronto decidió dejar la escuela, las cosas en la casa no estaban muy bien, y su padre ya no estaba para andar en esos trotes todo el día.  A los 17 años era el quien se encargaba del bote y de llevar y traer a los turistas.
En uno de esos viajes conoció a Mike, era un gringo que venía todos los veranos. Desde la primera vez que se vieron hicieron empatía y después, cada verano lo buscaba para hiciera el servicio.

Uno de esos veranos le dijo que quería hacer un viaje especial, estaba interesado en ir una de las islas de la bahía. Le habían comentado que alguna parte de la isla estaba virgen y que se conseguían buenos terrenos, deseaba retirarse y estaba pensando comprar para construir una casa y quedarse a vivir en la isla.

Fue la primera vez que visitó Guanaja. Era una isla pequeña de unos 55 kilómetros cuadrados, pero estaba prácticamente deshabitada. La isla estaba minada jejenes y la gente huyendo de ellos se mudó hacia un cayo cercano, al cual llamaban la “Pequeña Venecia del Caribe”, porque no había calles, ni carros, todo el transporte era a pie y en botes. Claro que lo de Venecia era solo por los botes y la falta de calles porque era una isla extremadamente pobre. La gente allí se dedicaba a atender a los turistas y a la pesca, el atractivo de la isla eras los maravillosos arrecifes de coral y los turistas venían a bucear y hacer “snorkel”.
Con Mike viajó a la parte norte de la isla y fue la primera vez que vio aquellos paisajes maravillosos, una vegetación verde copiosa: uvas de playas, cocoteros, palmas que evidenciaba que allí no faltaban las lluvias, todo mezclado con aquella arena blanca, limpia; la playa con el agua totalmente transparente que dejaba ver perfectamente el fondo del mar con unos tonos azul y verde que al mirarlos daban una sensación enorme de paz.

Quedó prendado de aquella isla desde ese momento, sintió en su otra vida ese había sido el lugar donde había vivido y que nunca podría volver a vivir en ningún otro lugar.

Esta fue la razón por la cual, cuando Mike le propuso que lo ayudara en su proyecto de construir la casa en la isla no lo dudó ni un segundo. Se fue  a supervisar los trabajos y luego se quedó a vivir. Mike le construyó una pequeña casa, con todas las comodidades, que no eran muchas pero estaba conforme con su vida.

En esos pensamientos se encontraba cuando sintió las gotas de lluvia que caían sobre su cabeza. Unos truenos estruendosos y relámpagos iluminaron el cielo. La lluvia se hizo más fuerte y las olas se levantaban y arremetían como si estuvieran enojadas.
Aunque muchas veces había navegado bajo la lluvia no sabía porque en ese momento sintió que su pecho se apretaba, como si un mal presentimiento le llegara al corazón.

Las olas subían cada vez mas y comenzó a sentir que no era capaz de controlar el bote, cabalgaba subiendo cada vez mas alto y al bajar golpeaba con fuerza el agua. Sabía que no ganaba nada bajando la velocidad, era mejor llegar lo mas pronto posible a tierra firme.

El cielo oscureció, unas nubes negras que nunca había visto lo cubrieron totalmente. Parecía que fuera media noche y de repente  ya no podía ver bien hacia donde se dirigía. Su vista se nublaba entre la lluvia que cubría sus ojos y la oscuridad del día.
Vio venir aquella enorme ola, supo que no podría controlar más el bote y después no pudo ver más, cerró los ojos y solo sintió como saltaba, caía al agua y escuchaba como el ruido del motor se iba apagando poco a poco.

Pudo haber intentado subir a la superficie, pero en ese momento su corazón le dijo que no. Mantuvo cerrado sus ojos, dejó que sus pulmones se fueran llenando de agua y sintió paz,  solo entonces abrió los ojos.

Se vio sobre la arena blanca y brillante de su isla, de su Guanaja, ya no llovía, el sol le sonreía pero ya no le quemaban sus rayos. El mar estaba tranquilo y supo que estaba en el paraíso. La tierra donde había vivido por 40 años sería su morada eterna solo que ahora ya nunca volvería a ver el sol ocultarse bajo el mar.

Un comentario en “El Paraíso: Guanaja

  1. Hola Carolina muy bonito la historia que escribiste,siempre Leos tus escritos.
    Podria escribir algo relacionado condon Juan o Monte plata,tubimos muchas vivencias buenas cuando era.os ninos tus hermanos y tus promos.por lomenos Para mifueron Dias muy felices.
    altagracita.

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