Dios en el centro de nuestro corazón

“Ojalá todo mi interior, particularmente el corazón, de tal manera cediera al entrar Cristo en el que se abriera dejándole un lugar en el centro del corazón. Así todos mis vicios e imperfecciones desaparecerían de su presencia como se derrite la cera en presencia del fuego” Pedro Fabro.

A veces la vida se ensaña dándonos lecciones, unas tras otras. Y en estos días he tenido que aprender con mucho dolor que la vida a veces es muy frágil, y que nada de lo que tenemos sobre esta tierra es seguro, en un instante lo podemos perder.

En medio de estos sentimientos cada mañana he intentado encontrar las palabras para entender, pero al final he terminado aceptando que Dios solo puede darnos la fortaleza para sobrellevar los momentos difíciles que se presentan en nuestra vida.

Reflexionando sobre la fe y mis creencias, creo firmemente que Dios es esa fuerza interior que llevamos dentro, que nos mueve, nos transforma y da fortaleza a nuestra vida.  Esta mañana al escuchar las palabras de Pedro Fabro pensé que no debemos conformarnos con que Dios ocupe un lugar en nuestro corazón, deberíamos tratar de que cada día el lugar que El ocupara fuera cada vez mayor y en el centro del corazón.

Pensaba en la oración del Padre Nuestro, en especial en su última frase: “Líbranos Señor del Mal” … Sé que sonará a herejía, pero me cuesta pedirle a Dios que me libre del mal.

No estoy escribiendo incoherencias, hoy simplemente quiero decir que, cuando el destino se dispone a darnos una lección y arrebatarnos sin piedad nuestra vida, es cuando más nuestra fe debe salir fortalecida, debemos lograr que Dios ocupe completamente el centro de nuestro corazón y nos llene de fortalezas para poder enfrentar el mal que pueda llegar a nuestras vidas