Sin Compromisos


Tenia varios meses buscando donde vivir, pero los lugares que había visto no terminaban de convencerme. Se acercaba la fecha en la cual había prometido entregar el apartamento donde vivía y estaba un poco desesperada.

Un amigo me dio la referencia de un apartamento que alquilaban y fui a verlo. Más que un edificio de apartamento aquello parecía un hotel. Los apartamentos se disponían uno al frente de otro por un largo pasillo. El apartamento que alquilaban era el número 710. Al caminar por el pasillo los números pares e impares se disponían a uno y otro lado del pasillo, cuando llegamos, pude observar que el apartamento del frente: 709 tenía la puerta y la entrada hermosamente decorada con unas flores, una casita que albergaba el timbre de la puerta y una pequeña alfombra, que hacia juego con las flores que estaban encima de la puerta, daban la bienvenida.

El apartamento estaba frente al mar. La vista era espectacular, se observaba desde allí una pequeña playa y el verde azul del mar hizo que me enamorada del lugar, pensé que me gustaría que cada mañana al despertar mi vista fuera la salida del sol y aquel mar maravilloso.

El lugar era cómodo y era justo lo que necesitaba, el precio me acomodaba, así que no lo pensé mucho y le pedí a mi amigo que me pusiera en contacto con el dueño para cerrar el acuerdo lo mas pronto posible y en un mes ya estaba instalada.

La primera vez que vi a Marcela, llegaba de hacer mis ejercicios matutinos. Había decidido que no podía desperdiciar ese maravilloso malecón que tenía al frente y en las mañanas me levantaba temprano a caminar. Cuando me dirigia hacia mi apartamento, ella estaba recogiendo el periódico. Era una mujer de unos 70 años, pero que aún conservaba la belleza, usaba unos lentes con una montura rosada y una bata cruzada de flores con unos colores escandalosos.

— Buenos días — dije tímidamente

—Buenos días, ah! usted es la persona nueva. Me alegro de conocerla, encantada, mi nombre es Marcela Flores.

— Minerva Martínez, a su orden.

— Me alegro mucho tener una nueva vecina, cuando tenga tiempo la invito a un café — me dijo con una hermosa sonrisa.

— Muchas gracias por la invitación.

Con su periódico en la mano se despidió, y me deseo que pasara un excelente día.

El piso siete era demasiado tranquilo, por eso me gustaba. Aunque había cuatro apartamentos por piso no me había vuelto encontrar con nadie más a parte de Marcela, por lo que sospechaba que el resto de los apartamentos estaba vacío. Sin embargo en la noche, los ruidos del edificio se magnificaban y podía escuchar cada puerta que se abría. Había escuchado algunos ruidos en el apartamento que estaba a mi lado, así que tenía la duda de si estaba ocupado. En verdad no me preocupaba mucho quien viviera, porque no tenia en ese momento intensiones de interactuar con nadie. Estaba tranquila en el lugar donde vivía y no solía ser muy sociable.

Fue una semana mas tarde cuando descubrí a Pedro, esta vez cuando regresaba del trabajo. Al salir del ascensor me lo encontré saliendo de su apartamento. Era un hombre que rondaba los 70 años, alto y delgado. Se notaba que en su juventud había sido un hombre muy apuesto. Usaba un traje sastre gris que le entallaba perfectamente y vestía de forma impecable. Corbata, zapatos lustrados, medias que hacian juego con una camisa azul cielo. Aunque masculle un buenas tardes entre dientes, se limitó a una inclinación de cabeza. Terminó de poner seguro a su puerta y mientas abría la mía lo vi alejarse hacia el ascensor. Al menos ya sabia que tenía dos vecinos.

Fue días mas tarde, una noche después que había cenado y estaba tranquila en casa leyendo un libro cuando escuche como se abría la puerta del apartamento del frente, la escuche cerrarse y luego sentí como tocaban en el apartamento de al lado. Escuche cuando abrieron la puerta, y con una curiosidad ajena a mi, preste atención para escuchar la conversación. No hubo ningún saludo, solo escuche cerrarse la puerta nuevamente y el silencio.

Por instinto deje mi libro a un lado y me quede tranquila. Comenzó a sonar la música, era un jazz suave, pero por más que me esforzaba no lograba escuchar ninguna conservación. Al cabo de un rato sentí sueño y decidí acostarme. Y mientras intentaba conciliar el sueño, comencé a escuchar ruidos. Era como si alguien brincara en la cama, y los resortes sonaban. Luego gemidos y quejidos de una mujer. No quería pensar nada malo, pero era evidente que en el apartamento del lado la cosa se había calentado un poco. No lograba dormirme y hasta un rato después fue cuando se tranquilizaron. Entonces pude conciliar el sueño.

Al otro día me levante temprano a correr y cuando salía del ascensor vi a Minerva salir con su bata de flores escandalosas, desde el apartamento de mi lado entrar en el suyo. Ella no me vio, y yo sonreí maliciosamente.

La historia de las visitas de Minerva al apartamento del lado se repetía con cierta regularidad, dos a tres veces por semana, pero a veces pasaban algunas semanas y no la sentía. Ya hasta me había acostumbrado a las escapadas de Minerva y cuando escuchaba la puerta decidía no acostarme temprano. El ritual era siempre el mismo, se escuchaba la música de Jazz, luego los sentía cuando se iban a la habitación y entonces yo esperaba una media hora antes de irme a dormir. Sentía que al escucharlos violaba la intimidad de ellos.

Una tarde en que regresaba del trabajo me encontré de frente con él y entonces me saludó.

— Buenas tardes señorita, ¿Cómo se encuentra?

— Muy bien señor y usted.

— Como se habrá dado cuenta soy el vecino de al lado permítame presentarme: Pedro Álvarez, para servirle

— Minerva Martínez, a su orden.

— Disculpe que los otros días no me presenté pero en verdad no me había percatado de que alguien había ocupado el apartamento.

— No se preocupe, como estoy casi nunca allí, siempre estoy trabajando.

— ¿Y regresa tarde del trabajo? — no sabia bien como responder aquella pregunta, y un poco turbada respondí:

— A veces si, a veces no— El Sr. Pedro se despidió de mi cortésmente y se dirigió al ascensor.

Unos días después cuando regresaba de caminar me encontré de nuevo con Minerva que salía del apartamento de Pedro, sabia que había dormido allí, porque la noche anterior los había sentido. Esta vez ella se dio cuenta que la había visto salir del apartamento, sin embargo sin ningún signo de pudor me dio unos buenos días escandalosos como su bata de flores. Y fue a mi a quien se le subieron los colores a la cara.

— Buenos días!!! Minerva como está, ya me estaba preguntando si de verdad alguien vivía en el apartamento del frente no te has dejado ver más muchacha.

— Es que siempre estoy trabajando y a veces llego tarde.

—Tienes que venir a tomarte un café conmigo, ¿que día regresas temprano? quedemos desde ahora para que vengas a visitarme

Y así fue como que quede con Marcela en ir a tomar un café ese jueves. Cuando regresaba del trabajo pasé por la pastelería a comprar unos rollos de canela para compartir con el café y a las 6:00 de la tarde estaba tocando la puerta de la vecina.

Tenía un apartamento muy lindo, bien arreglado, pero moderno, se veía en el los detalles de toda una vida acumulando cosas. Parecía que viajaba o alguna vez había viajado porque se observaban suvenires de diversas partes del mundo. Le pregunte sobre esto y la conversación giró acerca de su vida y sus viajes. Comenzó a contarme la historia de cada uno de los objetos que tenía en su casa y como los había ido coleccionando. Era una mujer vivaracha y conversadora.

— ¿Y porque viajabas tanto?

— Mi marido era diplomático y tenia que estar viajando y lo destinaban a diferentes lugares, así que nos teníamos que estar moviendo, yo estaba dedicada a atenderlo por lo que me toco andar por el mundo.

— ¿Y tu marido… ya no trabaja de diplomático? — sentía que estaba tocando un tema peligroso y no sabia como abordarlo.

— No, hace tiempo que se retiró, así que decidimos establecernos aquí — Aunque tenía poco tiempo viviendo en el edificio, no había visto ningún hombre salir del apartamento, y al mirar alrededor no se observaban indicios de que en ese apartamento viviera ningún hombre, pero no sabia como seguir la conversación sin ser indiscreta.

— ¿Y… ya no vives con tu marido?

— No, hace tiempo que decidimos separarnos — sentí de repente un alivio porque eso explicaba todo.

— Lo siento.

— Ah, no tienes que sentirlo, fue una decisión en común y desde que lo decidimos somos ambos más felices — sentía curiosidad por saber su relación con Pedro, pero no me atrevía a preguntarle directamente.

— ¿Entonces ahora estas sola? Debe ser difícil a tu edad quedarse sola.

— Bueno, sola no seria la palabra correcta, creo que estoy separada, pero no sola — la conversación se encaminaba a satisfacer mi curiosidad.

— Ósea estas saliendo con alguien — Entonces vi a Lucía estallar en una carcajada escandalosa como ella, y me sentí un poco avergonzada, no sabia que pensar ni sabia porque se estaba riendo. Cuando al fin pudo parar de reír y observó mi cara seria y contrariada me dijo.

— Pedro tenía razón, era necesario que habláramos, déjame contarte nuestra historia…

Esa noche, escuche la puerta de Marcela abrirse, como otras veces y entonces sonreí y volví a revivir la historia de Marcela y Pedro. Se habían casado hacia 50 años, ella tenía 20 y el 21. Cuando él había terminado la carrera lo nombraron como diplomático y habían recorrido el mundo juntos, habían tenido dos hijos y ahora tenían 5 nietos.

Hacia 15 años, había comenzado la crisis. No tenían nada de que hablar, se sentían molestos por todo lo que el compañero hacia. El ya no sentía pasión cuando estaba con ella y todo lo que ella hacia por atraerlo y complacerlo no era suficiente. Entonces el comenzó a decir que estaba confundido, que no sabia lo que ocurría, que necesitaba un cambio en su vida. Hablaron de divorciarse y el se fue un tiempo de la casa. Así estuvieron un tiempo sin hablar, ni volver a encontrarse.

Un día ella estaba vagando por una calle y por casualidad se encontraron, hacia un año que no se veían. Ella lo vio mas atractivo que nunca y el la invitó a un café. Hablaron y se contaron las cosas que habían vivido durante ese tiempo y se descubrieron deseándose el uno al otro. Terminaron esa noche en la cama, pero al otro día al despertar todos los temores que habían tenido volvieron a salir a flote y cada uno volvió por su lado sin prometerse nada el uno al otro.

Situaciones como esta se comenzaron a repetir esporádicamente, siempre con suficiente distancia para que la llama volviera a encenderse, pero al final sin comprometerse a volver a estar juntos. Y en algún momento se dieron cuenta que se querían y se extrañaban pero no podían vivir juntos y fue cuando decidieron vivir separados y sin compromisos.

Compraron dos apartamento uno en frente del otro y cada cual vivía solo, tenía su vida, sus gustos, sus mañas, cada uno dormía en su casa y cuando alguno tenía deseos de estar con el otro cruzaba el pasillo y pasaban la noche juntos, algunas veces simplemente hacían el amor y luego regresaban a dormir cada uno a su cama. Había tiempos en que se pasaban semanas sin encontrarse. El acuerdo era sin compromisos, y habían descubierto que en cada encuentro eran felices porque estaba lleno de novedades e ilusión. Tenían 15 años viviendo de esa forma y así esperaban estar para el resto de sus vidas.

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