Mentiras


El problema de decir una mentira es que después que uno comienza ya no puede parar. Eso fue lo que me ocurrió. Dije la primera mentira y no fui capaz de detenerme hasta que el mal se metió dentro de mi y nunca mas ha podido salir.

Cada vez que intentaba resarcir lo que había causado me envolvía más y más  y ya no supe como salir. Estaba tan enredado, tan involucrado, me daba tanta vergüenza aceptar que había mentido que no podía poner en evidencia mi error.

No sé porque tuve que mentir, no había ninguna razón para hacerlo. Había quedado de juntarme con esa amiga de antaño y simplemente se lo hubiera podido decir a mi mujer. Ella me solicitó amistad en el Facebook. En principio ni siquiera recordaba quien era, habíamos estudiado  juntos en la universidad. Después que revise quien era y decidí aceptarla entonces comenzó a escribirme. Ese día, aquel en que comenzaron las desgracias, me dijo que estaba deprimida, había peleado con su novio de turno y tenía deseos de tomarse una cerveza, ¿no aceptaba tomarme una cerveza con ella? Soy casado. Pero no vamos a hacer nada solo a tomarnos una cerveza, si quieres se lo dices a tu mujer. Y así quedamos. Pero no se lo dije a mi mujer y salí, y fue la primera vez que mentí: “voy por algo que olvide en la oficina”

Me olvidé que no sabia mentir. Cuando regresé mi mujer me preguntó: “No que habías ido a buscar algo que olvidaste en la oficina”. No me dijo que olía a cerveza, ni que había tardado más de la cuenta, no dudó de mi, porque nunca antes había dicho una mentira. Solo me preguntó dónde estaba lo que había ido a buscar. Y así fue como dije la segunda mentira: “No lo encontré”. Pude haber agregado:  “al salir me encontré con una amiga de la universidad y nos fuimos a tomar una cerveza”. No hubiera ocurrido nada y hubiera terminado cortado todo en ese mismo momento, pero no sabia que eso era como un virus, como un herpes que lo llevas dentro del cuerpo y nunca lo puedes sacar. Sale cuando hay estrés, y cuando menos te lo esperas vuelves a mentir.

Después de esas dos mentiras blancas, piadosas, ingenuas, sin sentido, se desató una vorágine mayor. Que si me tengo que quedar hasta tarde a trabajar. Que si se me presentó de repente un viaje justo para San Valentín. Que si  mi jefe me llamó para una reunión a las 11:00 de la noche: “Pero que ocurrente el tipo” “Si que ocurrente, el cree que no tengo vida o familia” Que si no puedo ir a la velada de los chicos en el colegio. Que si debo abrir una cuenta independiente porque me lo exige la compañía. Y ella siempre me creía. No tenia razón para dudar porque en 20 años nunca había dicho mentiras.

Luego vino la etapa de las dudas. Que si estoy confundido. Que si no hay pasión. Que el problema soy yo y no tu. Que te juro que no hay ninguna mujer de por medio, que nunca en la vida, por lo mas sagrado, te podría engañar. Y finalmente que la vida a tu lado no tiene sentido y creo que debemos mejor separarnos. ¿Para siempre? No, un tiempo solamente necesito estar solo. Pero no volví. Y luego le dije que si quería que fuera para siempre. Al doblar de la esquina me esperaba la otra. Y terminé mudándome con ella. Y aun más… que te juro que ella apareció después de que te había dejado. Tu sabes que yo nunca fui infiel…

Pasaron los meses y luego un par de años. Me acostumbré a esa nueva mujer. Por un tiempo deje de mentir, pero no era feliz. No sabia la razón pero no lograba sentirme satisfecho. Y entonces sucedió de nuevo. En el momento que menos lo esperaba, el herpes volvió a salir: “Vengo ahora olvide algo en la oficina”

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