Asesino en Serie


Llegó como cada tarde al su cafetería preferida,  solía sentarse siempre en la misma mesa, la número 9 al lado de la ventana pero lejos de la puerta para poder divisar a todo aquel que entrara. Le gustaba escudriñar a la gente e inventar historias de las vidas de los demás. La cafetería estaba llena y su mesa ocupada por una mujer de unos cuarenta y cinco años. Le molestó encontrar su mesa ocupada, estaba convencido de que era de su pertenencia, así que no dudo en acercarse y por la fuerza o amigablemente haría entender a aquella mujer que debía retirarse.

—   Buenas tardes, ¿Puedo sentarme?

—   Como guste.

—   Disculpe pero… es la mesa que ocupo cada tarde cuando vengo a tomar el café.

—   No me molesta compartirla.

Se sentó de frente, estaba dispuesto a intimidarla y hacerle entender que era “su mesa” pero al mirar los ojos, descubrió un rostro triste, preocupado y de repente ya no deseo que ella se fuera de la mesa, decidió ponerle conversación.

—   Mi nombre es Tomás, un gusto conocerla.

—   Sofía.

—   ¿Viene aquí a menudo? Porque nunca la había visto antes y soy un cliente habitual.

—   No, es la primera vez que entro.

—   ¿No está tomando nada? ¿Le apetece un café? Los capuchinos en este lugar son deliciosos y el rollo de canela es exquisito. ¿Me permite invitarla a un café?

—   Como guste.

Llamó de inmediato al mozo y pidió dos capuchinos y dos rollos de canela. Ahora sentía verdadera curiosidad por aquella mujer, tan parca, pero con unos ojos llenos de angustia y tristeza. Le gustaba inventar historias de los comensales, era su especialidad pero en este caso, no quería inventar nada, ahora quería saber la verdad sobre aquella mujer y estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto, aun tenía dudas de cómo abordarla.

—   ¿Vive cerca de aquí? ¿O pasó por casualidad y decidió entrar a tomar un café?

La mujer hizo silencio, Tomás la observaba detenidamente. Ella, más que dudar si contestarle, parecía pensar como responder esa pregunta, parecía que tenía necesidad de hablar con alguien. Por primera vez en todo el rato la vio mirarle a los ojos directamente, como si pretendiera descubrir si podía confiar en el.

—   ¿Puedo confiar en usted?

—   Por supuesto mujer, soy un hombre de confianza.

—   Ando escondiéndome de mi marido — soltó sin más.

—   ¡Ah! Y ¿se puede saber qué hizo su marido?

—   Hizo algo. Algo muy malo, y ahora planea algo más terrible todavía.

—   Pero, ¿le hizo algo a usted?

—   ¡No, no, no!, no fue a mi.

—   Bueno, pero… ¿qué fue lo que hizo?

—   Ayer, llegó a las dos de la mañana. Entró sigiloso a la habitación, él pensaba que no lo estaba escuchando, pero me di cuenta de todo. Entró al baño y cuando salió se había bañado y llevaba la ropa en la mano. En lugar de echarla en el canasto de la ropa sucia, salió de la habitación, cuando regresó, no traía nada y luego se acostó. Esta mañana cuando me levanté no encontré la ropa en ningún lugar.

—   Ah, y bueno ¿qué piensa que puede haber ocurrido?

—   ¡Usted puede ayudarme a descubrirlo!

—   ¿Yo?!!! Disculpe pero ¿qué podría hacer para ayudarle?

—   Usted es hombre ¿Qué piensa que puede haber pasado?

Tomás comenzó a arrepentirse de estar en aquella mesa conversando con esa mujer, pensaba que seguro era algún lio de faldas y no le hacía ninguna gracia estar en medio de un pleito marital. Dudaba como debía responderle a la mujer.

—   En realidad, no me imagino qué puede haber ocurrido. ¿Está seguro de que buscó bien y no encontró la ropa? Tal vez la puso en la lavadora porque se había ensuciado con alguna comida de alguna cena en la que andaba.

—   ¡¿Usted cree que soy tonta?!

—   ¡En absoluto! no me mal interprete.

—   Usted cree que mi marido anda en un lio de faldas y por eso no quiere ayudarme.

—   No, no tampoco. Yo no conozco a su marido, no puedo juzgarlo.

—   Mi marido es un hombre fiel, nunca se metería con otra mujer, ¿como se le ocurre pensar eso de él?

—   Disculpe señora,  solo le hice un comentario según lo que usted me ha contado.

La mujer hizo silencio, Tomás la miraba y comenzaba a buscar una forma de excusarse, levantarse de la mesa y marcharse, pero aun tenía que pagar la cuenta. Comenzaba a maldecir a aquella mujer por estropearle su tarde.

—   Mire, debo retirarme, me acabo de acordar que tengo un compromiso, le voy a dejar para que pague la cuenta.

—   ¡No! ¡por favor no se marche!, perdóneme, estoy muy nerviosa. Siga conversando conmigo. ¡Por favor, se lo suplico!

—   Esta bien señora, pero cálmese.

—   Verá, le explicaré mejor, es la tercera noche que llega y hace lo mismo, pero sé que no está con otra mujer.

—   Bueno, pero, si sabe que no está con otra mujer, qué sospecha que esté haciendo.

—   Creo que es un asesino en serie, está matando mujeres, y creo que esta noche me matará a mi.

Tomás miró con cara estupefacta a la mujer, no sabía que diablos responder, ¡un asesino en serie!, pero, ¿esta mujer estaba hablando en serio? Ahora si que estaba convencido de que debía levantarse de la mesa y alejarse lo mas rápido posible de aquella mujer. Respiro tres veces intentando buscar palabras para salir de la situación.

—   Pe…pe…pero de que está hablando usted. ¡Un asesino en serie! Pero señora y de dónde se saca esas cosas. Que prueba tiene usted para decir que su marido es un asesino en serie, por el simple hecho de que llegue tarde se quite la ropa y bueno… usted no la encuentre al otro día. No estará usted exagerando un poco.

—   Usted será el culpable de mi muerte, cuando mañana lea en el periódico que yo aparecí muerta en mi habitación, se lamentará de no haberme hecho caso y no hacer algo para evitar mi muerte.

—   No por favor señora, baje la voz, no grite, espere, tiene razón, le estoy haciendo caso. Espere, vamos a ver que podemos hacer en que la puedo ayudar, pero por favor tranquilícese y baje la voz.

—   Esta bien ya me voy a controlar, pero por favor comprenda. Sé que piensa que estoy loca, pero es que no le he contado todo, tengo todas las pruebas en la casa de lo que le estoy diciendo, y necesito que alguien me ayude, estoy desesperada. Usted me parece una persona de confianza, debe ayudarme.

Ahora Tomás si que estaba totalmente desconcertado, la mujer parecía hablar en serio, se sentía confundido y le daba miedo no ayudar a aquella mujer, ¿Y si ella tenía razón y de verdad tenía pruebas de lo que estaba diciendo? Tal vez simplemente debía acompañarla al destacamento de policía y que pusieran la querella, con eso podría finalmente salirse de aquel lio en el que se había metido.

—   Escuche, esta bien, le creo, y la voy a ayudar. Mire paguemos la cuenta, vamos a su casa y buscamos las pruebas que tiene y la acompañaré al destacamento de policía para que pongamos la querella.

—   ¿Usted haría eso por mi? Usted es un ángel, tenía tanto miedo de ir sola a ponerla la querella y que me creyeran loca, pero sé que si voy con alguien me escucharán. Usted es un ángel.

—   Bien, tranquilícese. Deme un momento y pidamos la cuenta.

Tomás pidió la cuenta. Mientras esperaba  se sentía asustado y enojado de la situación en que se había metido, cuando de repente vio acercarse a la mesa a aquel hombre alto, delgado, rubio, que se detuvo frente a ellos y con una tranquilidad asombrosa comenzó a hablar con la mujer, que le contestó completamente transformada:

—   Hola Sofía.

—   Hola, mi amor como estás.

—   Te estaba buscando. Pensé que habíamos acordado que no volverías a andar por los cafés sola. Tengo más de dos horas buscándote. He andado todos los cafés de la zona.

—   Es que no quería estar sola en casa y tu no llegabas.

—   Tu sabes que no llego hasta después de las cinco. Pero ya estoy de regreso  así que vámonos entonces.

—   Claro, mi amor. Déjame despedirme del señor que amablemente me invitó a un café.

—   El señor…?

—   Tomás para servirle.

—   Disculpe a mi esposa si le ha importunado.

—   Absolutamente, no se preocupe, solo estábamos conversando de… trivialidades.

—   Muchas, gracias, adelante Sofía.

—   Gracias, señor Tomás

—   Mucho gusto señora Sofía.

Tomás vio a la mujer y al hombre alejarse y salir por la puerta. No sabía bien que pensar de todo aquello que le había ocurrido, pero de dos cosa si se convenció: a partir de aquel día cualquier mesa era buena para tomar un café y… no volvería a importarle la vida de los demás.

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