Un Padre Ejemplar.


Los Martínez eran unos buenos vecinos, las casas del barrio se comunicaban por el patio, no había ninguna pared que las separara y por eso  se conocía muy bien la vida de aquella casa y las cosas de Don José Martínez, un gran hombre cuyo único propósito en su vida era sacar a la familia de la miseria en la que se encontraba. Era muy ingenioso y ese habilidad lo había llevado al fracaso y al éxito en una proporción equiparable de veces.

Pasaban penurias y muchos días en su casa faltaba el pan para comer, tenía 5 hijos y no podía mandarlos  al colegio porque no tenía como comprarle los libros y útiles escolares, eso lo hacía sentir como un hombre fracasado. Su esposa doña María era un alma buena, que lo había acompañado como mandaba Dios: en las buenas, que no eran tantas, pero sobre todo en las malas.  A pesar de las necesidades era un hombre que estaba sonriente todo el día incluso en los velorios su mujer tenía que andar controlándolo porque no paraba de hacer chistes, era bromista y lo hacía con gracias, así que se tomaba la vida con mucha filosofía, pero siempre vivía soñando con hacer algún negocio que lo ayudara a progresar y salir de aquella vida de miseria que le había tocado.

Su frase famosa, a la que todos en la familia temían era cuando llegaba y le decía a su mujer: “María acabo de hacer el negocio de mi vida!!!”. Ella lo miraba con admiración y un poco de miedo de descubrir cual sería la última locura. Como aquel día que llegó con 50 yardas de tela de poliéster verde, diciendo que el señor de la tienda estaba haciendo un remate y la había dado la tela por centavos, había hecho el negocio del año. Al final cuando no pudo hacer nada con la tela porque era verde perico y nadie se la quería comprar, comenzó a hacerle ropas a toda la familia, y en unas semanas vimos a los cinco hijos con ropa interior, blusas, camisas, pantalones, hasta medias verdes, los pobres chicos no querían asomarse ni a la ventana porque se convirtieron en el hazme reír de todo el barrio, la pobre Doña María se compadeció y fue regalando toda la ropa hasta que logró desaparecerla.

Don José tenía un carro y vivía de hacer transporte hacía otros pueblos. El carro tenía unos 50 años, lo había comprado de segunda mano y estaba ya muy viejo.  Después de cada viaje debía pasarse un día reparándolo pero eso le permitía hacer sus viajes para ganar los chelitos de mantener a la familia. Un día venía por la carretera de hacer un servicio, cuando una vaca se le atravesó, chocó contra ella y la mató, el campesino dueño de la vaca, que no tenía como pagar el descuido del animal suelto, le pagó regalándole la vaca. Así que esa noche Don José llegó a la casa con el auto destrozado y una vaca entera muerta en el baúl. La carne tuvieron que salarla para que no se dañara. Repartieron carne a todo el vecindario y estuvieron comiendo carne de desayuno, almuerzo y cena durante una semana.

Don José tomó el asunto del accidente con la parsimonia que le caracterizaba, el choque había dejado el vehículo prácticamente inservible.  Estuvo tranquilo en la casa hasta que se  acabó la carne y solo entonces comenzó a pensar que tendría que hacer algo para resolver el problema del vehículo, que al final era el único sustento que tenía para su familia.

Durante unos cuantos días estuvo yendo y viniendo a la casa y cada día llegaba con sus negocios espectaculares, siempre con la misma frase: “acabo de hacer el mejor negocio de mi vida!!!”, en esos días las locuras de negocios parecían sacadas de cuentos: Un hombre que vendió un agua milagrosa que quitaba los paños y empeines de la piel, luego resultó que era simplemente agua sucia; Un día llegó un saco de yuca que se la había vendido regalada según él, la vendería al doble de lo que le había costado, pero cuando su mujer puso a ablandar la yuca, resultó que toda estaba dañada y no se cocía y tuvo que tirarla; Otro día llegó con una paca de ropa que le había vendido a precio de ganga para re-venderla, al abrir la paca que venía cerrada se dio cuenta de que solo había unas cuantas piezas y que el resto era retazos de tela que no tenían ningún uso.

En cada una de esas situaciones, Don José terminaba con una historia, una excusa, una dispensa para el que lo había engañado, pero nunca tomaba ninguna represalia contra nadie. Pasaba unas horas cabizbajo, y después como por arte de magia volvía a su jocosidad habitual bromeando con sus hijos y con el que estuviera por los alrededores, olvidando por completo el incidente y rápidamente comenzaba a buscar o a inventar posibilidades de negocios que hacer. Solo su esposa doña María sabía los sentimientos que el fondo el albergaba, en la noche, en su habitación, solo a ella le decia su sentimiento de frustración de no poder sacar sus hijos adelante, para que estudiaran y fueran hombres y mujeres de bien y no un pobre miserable como él.

Finalmente, unos meses después del accidente, un día llegó Don José con un carro. Doña María, sus cinco hijos y todos los vecinos del lugar salieron a ver el nuevo carro de Don José, era un carro usado, pero que parecía estar en excelente condiciones. Cuando todos estuvieron rodeando el carro, el con su alegría habitual, dejó escapar su famosa frase: “Hoy si mujer acabo de hacer el negocio de mi vida”. No se sabe con que argumentos, Don José había convencido al dueño de un negocio de venta de autos, que le diera el carro, con la promesa de comenzar a pagar las cuotas en dos meses. El había sacado la cuenta y como el carro estaba en buenas condiciones podría hacer un viaje diario y a vuelta de dos meses podría tener el dinero para comenzar a pagar. Doña María miro con cierto recelo y asombro el vehículo, pero por primera vez pensó que tal vez esta vez si había logrado hacer un “buen negocio”.

A partir de ese día todas las mañanas se veía salir a Don José en su flamante carro, todos los vecinos comenzaron a ayudarlo, corriendo la voz sobre servicio de transporte que él ofrecía. Si algo lo caracterizaba era ese sentido de la responsabilidad. Siempre estaba a la hora acordada y sabía calcular los tiempos de los viajes, así que los pasajeros se sentían seguros y confiados viajando con Don José. Cada día al regresar a la casa, sacaba una parte del dinero y se lo entregaba a su mujer para los gastos del día y la otra parte la guardaba en una lata para ir reuniendo el dinero de pagar la primera cuota del vehículo. Los chicos pudieron comenzar a asistir al colegio, porque poco a poco pudo ir reuniendo el dinero de los útiles, y los fue mandando desde el más grande hasta el mas pequeño. La alegría que había caracterizado siempre a Don José de destacó mas y en las noches se volvió costumbre pasar por su casa donde se le encontraba haciendo bromas y chistes y haciendo reír a todos.

Una noche le dijo a su mujer que pensaba que finalmente había logrado su sueño de hacer el negocio de su vida, lo único que quería era poder darle a sus hijos educación y lo que él no tuvo, no quería riquezas sino vivir de una forma digna.

Don José continuaba con sus viajes y la vida parece que iba marchando bien en aquel hogar. Aquel fin de semana había decidido ir con sus chicos y su mujer a pasar un día en familia a un rio cercano. Los chicos se levantaron todas excitados por la expectativa de hacer algo distinto. Los planes eran irse el domingo desde temprano, habían preparado comida, jugos y agua para llevar. Estuvieron un buen rato en los afanes de subir las cosa al vehículo y acomodarlas, no olvidar los trajes de baño y las toallas, y finalmente cuando estuvieron seguros de que no habían olvidado nada partieron hacia el rio.

En el camino, Don José iba con su alegría y jocosidad habitual, haciendo chistes y cuentos, mientras sus hijos y su mujer no paraban de reír. Llegaron al rio alrededor de las diez de la mañana y pasaron el día entre chapoteos, juegos, canciones y bailes. Al medio día se sentaron a comer a la orilla del rio, el día estaba hermoso, el sol estaba radiante, la brisa refrescaba el ambiente y movía los arboles, y todo parecía conjugarse para hacer de aquel el día perfecto. Como a las cuatro de la tarde Doña María comenzó a llamar a los chicos para ir recogiendo la cosas e iniciar el regreso a la casa. El camino de regreso lo hicieron callados, estaban cansados del ajetreo del día, y aunque Don José trató de hacer algunos chistes, los chicos estaban dormidos en el asiento trasero y terminaron por quedar en silencio y así hicieron el trayecto de vuelta.

Al llegar a la casa era de noche y estaba algo oscuro, la primera en bajar del auto y entrar fue doña María quien seguido se dio cuenta de que algo no andaba bien en la casa. Al abrir y ver la casa toda desordenada deshizo sus pasos y detuvo a uno de los chicos que ya corría hacia el interior. Don José que estaba bajando las cosas del vehículo vio la palidez de su esposa y corrió hacia la puerta, ella le dijo que alguien había entrado a la casa porque todo estaba desordenado.  Sin pensar lo que hacía le dijo a su mujer y a los chicos que se quedaran allí, y el se apresuró a entrar a la casa, vio todo el desorden que había como si alguien hubiera estado buscando algo, entonces recordó la lata donde tenía el dinero de sus ahorros y corrió a la habitación

Justo en el momento que entró en la habitación vio a un hombre que trataba de abrir la ventana para escaparse. Don José corrió hacia la ventana y comenzó a forcejar con el ladrón. Lo golpeó fuertemente en la cara mientras el hombre se resistía y le devolvía los golpes  y lo empujaba y trataba nuevamente de abrir la ventana. En una de las ocasione en que cayó vio tirada la lata de sus ahorros vacía, y una rabia interna le recorrió todo el cuerpo. Se levantó del piso, agarró un palo de la escoba divisó detrás de la puerta y comenzó a golpear al hombre en la cabeza. Entonces el  comenzó a gritar le pedía que se detuviera, que no lo golpeara más, pero el seguía golpeándolo fuertemente, lleno de rabia, de una ira que nunca imaginó tener. El hombre estaba en el suelo con la cabeza llena de sangre y el seguía golpeándolo, hasta que de pronto se dió cuenta que su mujer y sus hijos estaban parados en la puerta observándolo y su mujer le gritaba que parara, que ya estaba bien que no lo golpeara mas, entonces en ese momento volvió en si.

Percatándose de lo que había hecho, soltó repentinamente el palo, y miró asustado a su mujer y a sus hijos. Se levantó y con sus ojos llenos de lagrimas pidió a su mujer que revisara si el ladrón estaba vivo, ella rápidamente se arrodilló delante del hombre, le busco una de las venas y grito: “está vivo aún”. Rápidamente entre los dos y algunos de los hijos más grande levantaron el ladrón, doña María buscó rápidamente una toalla y la colocó en la cabeza para evitar que siguiera botando sangre lo subieron al carro y Don José salió hacia el hospital.

Esa noche Don José no regresó a su casa, después de llevar el hombre al hospital, estuvo allí hasta que le dijeron que podía irse a su casa porque no había nada que hacer más que esperar, el hombre estaba inconsciente, en estado grave. Fue entonces al destacamento de policía e hizo la declaración de lo que había ocurrido. En el destacamento todos lo conocían como un hombre pacifico, se asombraron un poco de la situación, pero comprendieron que lo que había ocurrido era en defensa propia y finalmente el hombre no era más que un ladrón, a menos que el hombre muriera, podía quedarse tranquilo a su casa, ellos se encargarían del asunto.

Después de salir del destacamento vago mucho rato por la ciudad en su carro. No entendía porque habían ocurrido las cosas de esa manera, el lo único que quería era sacar a sus hijos adelante, se sentía triste y frustrado, si el hombre moría ¿cómo podría vivir cargando con un muerto sobre su conciencia? Decidió regresar al hospital y allí amaneció en la silla de la sala de espera.

Cuando dieron las nueve de la mañana, esperó al médico de turno y allí le dieron la noticia de que el ladrón había muerto en la madrugada. Tenían que avisar a la policía así que le recomendaban que se fuera a su casa y se quedara allí tranquilo esperando. Con una gran tristeza apretándole el corazón tomó su carro y se dirigió a la casa. Allí le esperaba su esposa y sus hijos. La casa había vuelto a su organización habitual, pero nada volvería a ser igual, sus hijos lo miraban algo asustados, el recuerdo de su padre golpeando con rabia aquel hombre había quedado grabada en sus memorias.

Ese día tomó el dinero que había sacado de los bolsillos del ladrón, fue donde el hombre que le había vendido el carro, le pagó el dinero prometido y le devolvió el vehículo, le dijo que no podía seguir pagando las cuotas que faltaban así que prefería devolver el carro para no quedarle mal. En la tarde la policía fue a buscarlo a la casa, estaba sentado en una mecedora esperándolos. Su mirada estaba perdida en el horizonte y su habitual sonrisa se había convertido en una horrible mueca en su cara. No había vuelto a decir una palabra en todo el día. Le explicaron que debían llevarlo preso por algunos días hasta que se aclarara el asunto. La policía trató de tranquilizarlo diciéndole que todos sabían que el era un hombre pacífico que no se preocupara, que los vecinos y la familia darían declaraciones de que había sido en defensa propia. Cuando se celebró el juicio, le sentenciaron tres meses de prisión.

Don José tenía dos semanas en la cárcel cuando un día llamaron a su mujer para decirle que lo habían encontrado ahorcado en la celda. Le entregaron una carta que él le había dejado:

“Querida María:

Espero que me perdones por esto que he hecho. Pero no puedo borrar de mi mente la imagen de aquel pobre hombre que maté con mis propias manos y la expresión de terror de mis hijos al ver a su padre cometiendo tal atrocidad. No he dejado de pensar que tal vez no era más que un pobre hombre desesperado por conseguir comida y sustento para sus hijos, sé que eso no justifica su actuación pero tampoco justifica la mía. No puedo vivir cargando sobre mis hombros ese asesinato.

Por favor cuida a mis hijos, que fueron la razón de mi vida, cuando sean grandes dale a leer esta carta y dile que me perdonen. Dile que me recuerden siempre como el padre alegre que fui, no como la última imagen que vieron de su padre. Espero que puedas sacar a camino a mis hijos, y que puedan convertirse en hombres y mujeres de bien.

Tuyo siempre José.

 

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