Nostalgias de la niñez


Era sábado, podía hacer lo que se le viniera en ganas. No tenía tareas, así que había decidido dedicarlo a su juego preferido. Su padre estaba en su escritorio organizando sellos. Nunca entendía bien lo que hacía, con una pinza los sacaba del clasificador y los cambiaba de un lugar para otro. Los ordenaba sobrepuestos uno sobre otro. No le importaba solo quería pedirle algo.

— ¿Puedo tomar prestadas algunas cosas de tu escritorio pa’?

— Sabes cuál es la condición ¿Cierto?

— Si claro, poner todo de nuevo en orden tal y como lo encontré.

— Buena chica — Dijo mientras le desarreglaba el pelo — adelante toma lo que quieras.

Miró el escritorio y pensó que jugaría a ser una secretaria. Necesitaría: papel en blanco, una libreta, lápices y lapiceros de tres colores, un sello pre-tintado de cancelado, sobres…

—¿Puedo tomar también la maquinilla de escribir?, te prometo solo usar la cita negra, no usaré la roja.

—Bien, pero ten cuidado al cárgala, recuerda que pesa un poco, no vaya a resbalarse.

— Si… ya sé.

Armó una caja de madera grande a modo de escritorio, buscó la sillita de su habitación y fue colocando uno por uno los objetos. En el centro, la maquinilla, una caja de cartón seria el porta-papeles, una cajita más pequeña el portalápiz y luego los sobre y la libreta. Ahora solo faltaba el último detalle. Fue al cuarto de los objetos inservibles y tomó el teléfono negro que estaba en desuso porque estaba arruinado.

Ring, ring, ring… escuchaba el teléfono sonar.

—Si, habla con la Srta. Margarita, soy la secretaria del Sr. Conde. Él no se encuentra, pero si gusta puede dejarle un mensaje. Muy bien si desea puede dejarme un número de teléfono y él le devolverá la llamada. Como no, muchas gracias Sr. García.

Iba anotando los recados, inventaba los cheques, llenaba informes, organizaba y clasificaba los sobres. Hacia y recibía llamadas de los clientes imaginarios que, con el ring, ring del teléfono iban dejando mensajes al Sr. Conde y así transcurrían sus sábados en medio de la alegría de sentirse útil y ser la secretaria perfecta de su jefe.

Lejos estaba de imaginar que un día no tan lejano, esa sería su vida. Su maldita vida; que odiaría, cada vez que el teléfono sonara, porque eso seguro significaba más trabajo que no podía evadir, sino que debía cumplir por obligación. Que miraría desesperada la bandeja llena de papeles que organizar, la misma que cada tarde antes de partir clasificaba y organizaba y lograba dejar completamente vacía, pero cada mañana como por arte de magia amanecía nuevamente repleta de papeles. Envidiaría los cheques, que en esta ocasión, solo podía limitarse a anotar y entregarlos y ver cómo le pasaban una y otra vez entre sus dedos, sabiendo que su sueldo apenas le alcanzaba para cubrir mínimamente sus gastos. Que estaría aburrida cada semana de hacer los informes que su jefe tenía que entregar el lunes a la junta directiva y siempre se había olvidado de terminar y “no tengo tiempo Margarita, que este fin de semana tengo un compromiso de trabajo” aunque sabía, porque lo había escuchado detrás de la puerta que solo iba a encontrarse con la novia de turno en cualquier lugar.

Cada viernes cuando llegaban las 5:00 de la tarde miraría con nostalgia su escritorio, intentaría recordar aquellos sábados felices de su niñez solo para darse cuenta de que se habían perdido en el tiempo y en su memoria.

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