Viejas


Dedico este cuento a mi hermana… ella me entiende.

Se levantó a las 4:45 a.m. había sido su costumbre desde mucho tiempo atrás. Una taza de café antes de rezar el padre nuestro y media hora de oración comunicándose con ese Dios en quien creía. Tenía muchos años siguiendo esa misma rutina. Aquel era un día especial porque cumplía 80 años y se sentía profundamente sola.

Sus hijos habían hecho su vida lejos de ella, en otro país. Se habían casado, habían tenido sus hijos. Siempre le insistían en que se fuera a vivir con ellos. Ella aún los visitaba de tiempo en tiempo, cada vez menos, pues no le gustaban los aeropuertos. Los aviones si, eso no le molestaba, se había subido a tantos durante su vida que era normal. Aun estaba fuerte, podía caminar, pero le molestaba cuando llegaba al mostrador de la línea y el oficial insistía en buscarle una silla de ruedas. Sentía que le decían vieja, pero en realidad al pensarlo bien ¿Qué era, sino una vieja?

Le habían dicho que harían los arreglos para visitarla por su cumpleaños pro se había negado rotundamente, lo que menos ella deseaba era que le recordaran que cumplía 80 años, era como celebrar que la muerte estaba cerca y eso la deprimía.

Después de hacer oración, le dieron deseos de volver a tirarse en la cama y pensar. A veces ella misma no comprendía porque insistía en levantarse a esa hora. Ya ni siquiera salía a caminar temprano porque ya no tenía los compromisos de antaño. Ahora lo hacía a las 8:00 de la mañana, junto a unos chicos jóvenes del edificio. Salía con ellos para acompañarse, le gustaba juntarse con personas más jóvenes. Sus hijos le preguntaban que porque no se juntaba con otras personas de su edad y ella le decía que los viejos solo le gustaba hablar de achaques y enfermedades, el secreto de la juventud era juntarse con personas mas jóvenes que uno.

Tenía deseos de recordar. Y se acordó de su hermana menor. Aun no entendía porque la vida tuvo que llevársela primero a ella. Se habían prometido acompañarse cuando estuvieran viejitas y fue un golpe bajo el que le dio el destino. Pensar en su hermana le puso triste. Pero después pensó que ella siempre sonreía y era tan optimista, que si desde el cielo la estaba mirando se enojaría si la sentía triste.

Se incorporó rápidamente y buscó sus chancletas, con una sonrisa en los labios fue al closet a buscar la caja del “baúl de los recuerdos”. Sus hijos le había puesto así a un cofre enorme donde guardaba sus tesoros, eran sus libretas donde estaba escrita su vida desde que tenía 18 años. Había montones de libretas en el cofre, alguna vez se le había ocurrido que debía quemarlas, ¿y si alguien le daba por leerlas después de que ella muriera? Se dispuso a quemar el baúl. Fue a la estación de gasolina y pidió que le vendieran un galón, el bombero la miró con desconfianza, pensaba que era una vieja loca con manías incendiaria y vaciló antes de servir la gasolina. Al llegar a la casa comenzó entonces a preguntarse dónde prendería fuego a aquel enorme baúl. Pensó subir al techo, pero se imaginó pegándole fuego a todo el edificio y desistió de la idea. No sabía que hacer entonces con el galón de gasolina y regresó a pedirle al bombero que le regresara su dinero. Después de una acalorada discusión, el hombre, para salir de la vieja loca incendiaria accedió a devolverle el dinero. Nunca mas volvió a ocurrírsele quemar sus libretas, ¡en que había estado pensando!

Ahora buscaba entre el montón de libretas una en especial. La recordaba con mucha claridad era azul con flores amarillas, margaritas para ser más específica. La habían comprado en uno de los tantos viajes de visita a su hermana. Es día habían tomado una decisión, sabiendo que aún estaban lucidas y la vejez aún la veían lejana, se sentarían a escribir las notas de todas aquellas cosas que no querían hacer cuando fueran viejas. Una vez escrito el documento, cada una se quedaría con una copia y cuando ya estuvieran chochando, una a la otra se encargarían de recordarse aquello que no deberían hacer. Fue el viaje mas maravilloso de todos los que compartió con su hermana.

Recordaba vívidamente lo que ocurrió: fueron a una papelería donde vendían libretas con hermosas decoraciones. Estuvieron buscando un rato tratando de consensuar, pero frente a su hermana ella siempre era dócil cuanto a decisiones se trataba, aunque hubiera preferido cualquier otra, le dijo que si a cualquiera, ella era muy práctica y lo que necesitaban era una libreta. Pero la verdad es que había elegido una hermosa libreta. Luego regresaron a la casa, prepararon un suculento café y juntas se sentaron a escribir. Con cada cosa que se les ocurría se morían de risa, imaginando que pensarían cuando años después se sentaran a leer lo escrito en esa tarde apacible de un día cualquiera. Al final iban a sacar una copia de lo que escribieron, pero nunca lo hicieron y ella se había quedado con el único ejemplar.

Tenía que encontrarla. Hacia mucho que su hijo mayor había tomado la decisión de bajar el baúl y dejarlo a su alcance, había sido una excelente idea porque ya no andaba en esos trotes de andar subiéndose en sillas o escaleras a alcanzar nada. Finalmente después de sacar unas cuantas libretas y vencer la tentación de no abrirlas para que la nostalgia no se fuera a instalar en ella, encontró la libreta azul de flores amarillas. Cerró el closet, regresó a su escritorio y con mucha ceremonia la abrió:

“Antes de comenzar a hojear estas páginas recuerda que el pasado no existe y el futuro es lo mas incierto que tenemos en nuestra vida. Al recorrer estas páginas te transportarás a una tarde de abril del año 1983 cuando creíamos que la vejez era algo muy lejano. Probablemente si estas leyendo estas líneas ya eres vieja, leerás con nostalgia todas las locuras que se nos ocurrieron y querrás volver a ese momento. Antes de entrar en el pasado recuerda que lo único que tienes seguro es este momento en que lees estas líneas, este instante, el ahora. Que siempre estamos dispuestos a creer que el futuro que imaginamos y el pasado vivido siempre va a ser mejor que el presente real y nos olvidamos que estos son los días del paisaje, los que vamos a recordar con nostalgia al llegar a la próxima estación”

Volvió a leer las líneas, cerró la libreta de flores amarillas y la volvió a guardar en el baúl. Cerró los ojos con nostalgia, se secó el par de lagrimas que le rodaban sus mejillas y pensó que estaba lista para empezar a celebrar sus ochenta.

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