El Computador


Era invierno, y la idea de viajar hacia la playa con un clima tan frío no le parecía agradable. Deseaba quedarse en casa ese fin de semana.  Si hubiera seguido sus deseos y no sus instintos y se hubiera quedado en casa.

Ernesto se había empecinado en pasar unos días con la familia. Cuando Sara se dio cuenta, ya había hecho las reservas en un hotel cerca de la ciudad. ¡En una habitación con los dos chicos! qué manera aquella de divertirse. Simplemente intentaba disfrazar la mancha indeleble que llevaba sobre su existencia.

—   No entiendo por qué no pudiste reservar dos habitaciones.

—   Quería pasar un fin de semana en familia.

—   Sí, lo entiendo, pero podíamos compartir en la piscina o la playa y durante las comidas y tener ciertos momentos de privacidad.

—   Bueno, pero eso lo podemos hacer en la casa, la idea era compartir con los chicos.

—   No sé de donde te ha salido de repente ese sentido de familia, cuando nunca tienes tiempo ni para hablar con tus hijos.

—   ¡Bueno, Sara, pero nunca estas conforme!

—   No es un asunto de estar conforme o no Ernesto, tienes que atender tus hijos y mi, dedicarnos tiempo, como parte de tu vida y no cuando quieres limpiarte la conciencia después de meses sin estar presente. Tú solo piensas en trabajo, estos últimos meses llegas a casa tarde todos los días, estás adicto al trabajo.

El pequeño de los chicos intentaba conectar el equipo de video a la televisión de la habitación y no prestaba atención a la conversación. El grande estaba en una esquina observándolos. De repente interrumpió la conversación de los padres.

—   Entonces, ¿me vas a llevar al cumpleaños esta noche o no?

Roberto era un adolescente. Normalmente no le gustaban las fiestas de los compañeros del colegio, pero odiaba la playa tanto como la madre. Más para molestar que por deseos, se había empecinado en regresar a la ciudad esa noche a participar en una fiesta de cumpleaños de un amigo. Ernesto, le había prometido que lo llevaría a la fiesta, esperaría en la casa y luego regresarían al hotel. Ella no entendía su afán de regresar a la ciudad después de que habían pagado por el fin de semana, para ella, era tan sencillo como decirle que no a Roberto.

—   Ya te dije que te llevaría.

—   ¿Por qué no nos marchamos entonces?

—   Pero hijo, déjame estar tranquilo un rato, estamos aquí disfrutando de la playa y en media hora  podemos estar en la ciudad. Son apenas las cinco de la tarde y la fiesta es a las 8 de la noche.

—   No estamos en la playa, estamos aquí aburridos en la habitación — dijo Sara

—   Bueno, pues bajemos entonces a la piscina.

—   Hace frío.  Es que esta idea descabellada de venir a la playa en medio de este mal tiempo solo se te puede ocurrir a ti.

—   ¡Demonios! ¡Parece que nunca hago las cosas bien!. Yo lo único que quería era pasar un maldito fin de semana en familia y ustedes lo único que hacen es reprocharme, ¿cómo diablos debo actuar para complacerlos?

Se hizo un silencio sepulcral en la habitación, el pequeño había dejado lo que estaba haciendo y lentamente había reculado hasta quedar pegado a una esquina con los ojos asustados. Roberto, estaba pálido y hacía silencio.

—   ¡Vámonos Roberto!

Sara lo vio tomar rápidamente las llaves del auto y la cartera. Roberto se puso los zapatos rápidamente y caminó delante de su padre, que salió dando un ruidoso portazo. El pequeño aún estaba en la esquina sin atreverse a moverse, miró a su madre que apretaba los labios e intentaba no dejar salir las lágrimas que inevitablemente rodaban por las mejillas.

Después de un rato que logró controlar el llanto, fue donde se encontraba su hijo pequeño y lo abrazó.

—   Hey chiquito. No pasa nada, tu papi y tu mami se han enojado pero pronto se van a poner contentos. Ven vayamos a la piscina a bañarnos.

Bajaron a la piscina y allí estuvieron un rato.  Hacía un frío inusual y estaba nublado, en verdad había sido una pésima idea ir a la playa ese fin de semana, pero la Sara tenía sentimiento de culpa. En realidad Ernesto no podía haber previsto que estuviera haciendo frío y que lloviera en un país donde el clima, era eternamente verano. Comenzaron a caer unas gotas y se vieron forzados a subir a la habitación.

Después de bañar al pequeño y pedir la cena a la habitación, fue a sentarse en la cama y entonces se dio cuenta que Ernesto había dejado la computadora. Ahora tendría que pasar todo el rato que estuviera esperando a Roberto sin poder hacer nada. Sintió pena y se sintió todavía más culpable. Probablemente se sentaría a ver TV, pero sabía que él sin la computadora era como andar desnudo. Miro el celular y decidió llamarlo.

—   Hola, ¿ya llegaron?

—   Sí, Roberto se está alistando para ir a la fiesta.

—   Ah… Lo siento, de verdad perdóname.

—   Bien, no te preocupes.

—   Dejaste la computadora.

—   Sí… me di cuenta.

—   Y… ¿qué piensas hacer en lo que termina la fiesta?

—   No sé, ver TV tal vez.

—   ¡Puedes usar mi computadora si quieres!

—   bueno, lo pensaré.

—   ¿Vas a regresar esta noche?

—   No sé, depende de qué tan tarde termine la fiesta.

—   Bien me avisas entonces.

—   Sí, te llamo.

Como a las 10:30 de la noche, sonó el celular. Ernesto llamaba para decir que Roberto no quería salir de la fiesta y que habían decidido quedarse a dormir en la casa. Prometía levantarse temprano y llegar en la mañana para pasar el día juntos. Cuando cerró el teléfono, Sara pensó que ella tenía toda la culpa. Ernesto era un buen padre a pesar de todo y era un excelente esposo, tenían 20 años de casados y ella seguía pensando que era un hombre maravilloso. Su único problema era que trabajaba demasiado y ella a veces se sentía un poco abandonada. Se prometió a si misma ser más comprensiva. Se durmió pensando en la vida maravillosa que llevaba.

Al día siguiente Ernesto llegó temprano. Había salido el sol, y ya no hacía tanto frío. Terminaron de pasar el resto del fin de semana tal como habían sido los planes: en familia. Se metieron todos a la piscina, almorzaron juntos y a las cinco de la tarde recogieron para regresar a la casa.

Al llegar a la casa, bajaron todas las cosas del auto. Los chicos se fueron cada uno a su habitación y Ernesto dijo que saldría un rato a visitar a su padre. Después de recoger todo, echar la ropa en la lavadora y desarmar las maletas finalmente pudo estar tranquila y se sentó en su escritorio. Vio la pantalla del computador en negro y movió el ratón para activarla. Notó un chat abierto y leyó la conversación que había en la pantalla.  Leyó el mensaje varias veces. Con cada línea sentía que iba empequeñeciendo….haciéndose un poco mas pequeña cada vez , hasta que desapareció por completo

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