Dudas


Bueno… ando un poco frustrada con mis escritos de los últimos tiempos, la profesora los ha acribillado todos, que si no hay historia, que si no hay conflicto, que si no hay cambios, la verdad es que tanta técnica mata la creatividad.. Solo espero que a alguien les gusten mis historias… a mi me gustan, disfruto escribiendo y estoy casi al tirar la toalla pero no es escribir si no de los cursos…

Escuchó la voz de la azafata que anunciaba que todo estaba listo para el aterrizaje. No sabia si alegrarse o no. Después de dos años fuera del país estudiando le tocaba regresar. Tomó en sus manos el sombrero que le había regalado el chico con el que pasó la noche anterior, se sonrió al recordar lo que le dijo “es un recuerdo para que nunca te olvides de tu segunda patria y por supuesto de mi”  Sabia que debía dejar atrás ese recuerdo porque ahora debía regresar a la realidad, a la incertidumbre, al caos del país tercermundista al cual pertenecía y a… esa decisión que tenía que tomar pero de la cual  intentaba escapar.

“Bienvenida a Dominicana”, le escuchó decir a una chica con una minifalda, que le ofrecía un trago de ron. Típico, igual que siempre los dominicanos sólo piensan en el alcohol, pero rápidamente se sonrió al recordar los buenos ratos que le había tocado pasar en sus años de universidad, en el “colmadón” de la esquina, tomando cervezas con sus compañeros. ¡En realidad que buenos momentos aquellos! ¿en que estarán los muchachos?  Se había olvidado de mandarles un correo diciendo que regresaba, y ni siquiera se le ocurrió publicarlo en el Facebook.

—   ¿Dominicana? — escuchó como le preguntaba el empleado de migración.

—   Si.

—   Pase adelante.

No podía comprender nunca para que se necesita una persona que simplemente pregunte si uno es dominicano o extranjero, cuando eso se resuelve poniendo un letrero que diga: “Dominicano/Turista”, todo el que puede  comprar un boleto de avión normalmente sabe leer. Opinaba que era un empleado “botella” al que le pagan un sueldo por no hacer nada. Luego frente al oficial de migración, uno te busca en la computadora, y el otro le pone el sello al pasaporte y por último otro que te quita el papel antes de llegar a aduana, ¡cuatro empleados para hacer el trabajo que en cualquier país hace uno solo! No aguantaba la ineficiencia del dominicano.

—   ¿Te ayudo con la maleta?

—   No gracias yo la arrastro,  ¿No ve que tiene ruedas?

—   Pero no te enojes “cariño”.

Como le cargaba esa confianza de los compatriotas, a todo el mundo lo tratan de “tú” le dicen: “cariño”, “mi amor”, “corazón” ¿Es que no pueden tener respeto por las personas que no conocen? Pero de repente cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que nadie le decía un piropo, se sonrió al pensar  que en Dominicana las mujeres se pueden sentir hermosas, por más feas que sean,  vas por la calle y todos te dicen piropos. Respiró profundo, tenía que resignarse y aceptar que había llegado a casa.

Intentaba salir de migración, en medio de los gritos por todos lados, ¿Por qué los dominicanos no podían hablar sino era gritando? cuando estaba estudiando fuera los compañeros siempre le decían que bajara la voz, al principio ella también tenía esa fea costumbre, pero con el tiempo había aprendido a hablar bajo y despacio, a modular bien las palabras y a pronunciarlas completa, se vio forzada para poderse comunicar, porque hablaba tan enredado que la gente ni siquiera le entendía lo que decía.

Miraba a su lado a las personas con cinco maletas haciendo equilibrio en un carrito ¿Por qué será no podemos viajar de forma decente, como todo el mundo, como una o máximo dos maletas? Recordaba hacía dos años cuando se iba, quería llevarse todo lo que tenía en su habitación, había pedido tres maletas prestadas además de las dos que ya tenía, y cuando su mejor amiga pasó por la casa a despedirla, le dijo que si estaba loca, que máximo dos maletas, que iba a parecer una “dominican-york” cualquiera. ¡Cuanto se alegró de haberle echo caso! la vergüenza que hubiera pasado llegando a la universidad con cinco maletas. De golpe había aprendido a viajar ligera de equipaje, ¡solo lo indispensable!

A medida que iba saliendo del aeropuerto la nostalgia se iba apoderando de ella, los recuerdos de los dos años vividos fuera, los amigos que había dejado, pero sobre  la disciplina del país organizado del cual venía, era pasar del orden al caos total y no estaba segura de que pudiera volver a acostumbrarse a vivir de esa forma.

Fuera, donde la gente esperaba, sintió de golpe el calor del Caribe, el gentío que esperaba a sus familiares, intentaba distinguir entre la multitud al novio que debía estar esperándola en algún lugar. ¡Su novio! Tenía dos años que no lo veía, había intentado terminar con él varias veces, pero él insistía en que siguieran y esperaran a que ella regresara. Eso era lo que más temía, lo que no le había dejado pegar un ojo en el avión. Cuando estuviera frente a él tendría que decidir si aún lo quería.

De repente lo vio allí parado entre la multitud de gente, él aún no había reparado en ella, y quiso esconderse, dilatar el encuentro, pensó incluso devolverse, le pasó por la cabeza la locura de comprar un boleto de regreso y escapar, huir de él, de aquella tierra caliente, de la cual ya no se sentía parte, en esos pensamientos estaba, cuando lo vio sonreírle. Ya era tarde, la había descubierto.

Se acercó sin prisa donde él se encontraba, lo veía agitar la mano y pensaba: “no seas tonto, ya te he visto ¿No ves que te he visto? ¿Por qué tienes que seguir agitando la mano?” Hasta que llegó justo a su lado él no dejó de saludarle. Y ella intentaba sonreír, pero sentía que su risa era forzada, fingida, como los payasos en los circos que ríen porque es su trabajo.

—   ¡Hola mi amor!

—   Hola ¿cómo estas?

—   Feliz de verte nuevamente.

—   Que bien

—   ¿Y ese sombrero?

Entonces de repente miró el sombrero y se rió y esta vez si tenía deseos de reír, hacerlo hasta no parar, y con malicia le respondió:

—   Un enamorado que me encontré anoche me lo regaló.

El se quedó perplejo, con una mirada circunspecta. La vio pasar por el frente con su maleta y alejarse a la parada de taxis. Ella seguía riendo, hizo señas y subió al carro.

—   ¿Dónde vamos

—   Lléveme a dar una vuelta por la ciudad.

Pensaba que finalmente estaba casa… esta era su tierra que le vio nacer, a pesar de todo era el único lugar donde no era extranjera y lo único que la había mantenido alejaba  acaba de dejarlo atrás.

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