El Anillo


La madre de Magdalena se casó con un hombre negro, pero la abuela era una mujer racista y la anatematizó.  Sin embargo la abuela, en el fondo, era una mujer de buen corazón, siempre había soñado con una nieta.  Así que cuando se enteró de que su hija iba  dar a luz una niña se presentó a la clínica con un regalo para la bebé: el anillo de compromiso de la bisabuela que en ese momento tenía ya sesenta años y debía ser entregado a la niña al cumplir sus quince. El padre de Magdalena en principio miró con un poco de recelo ese repentina demostración de amor, pero viendo lo importante que fue para su esposa recuperar la relación con su madre, aceptó el pacto con resignación.

Magdalena y el anillo se convirtieron ese día de su nacimiento en el acuerdo de reconciliación entre su madre y su abuela. Un pacto que le tocaría cargar bajo sus hombros y le pesaría como plomo al cumplir sus quince años.

Desde que tuvo uso de razón Magdalena estuvo escuchando la famosa historia y aquel anillo se fue convirtiendo en su tesoro, además de que era para ella un símbolo. Era de oro blanco, con un minúsculo diamante y tenía unos pequeños hologramas a los lados. Ella tomó la costumbre de ir a escondidas al cuarto de su madre, abría el cofre donde estaba guardado y se lo probaba. Por supuesto, aunque era un anillo mas bien pequeño, no le quedaba, así que ella solía soñar despierta con que había cumplido quince años y que entonces podía ponerse el anillo en sus manos y cerrar el circulo entre su madre y su abuela. Para ella era el regalo mas maravilloso que le pudieran jamás hacer a una chica, y lo que mas le impresionaba era, que para cuando ella tuviera quince años el anillo sería una reliquia de setenta y cinco años.

Durante todos esos años Magdalena vivió atesorando el día en que finalmente pudiera usar su anillo. A medida que pasaba el tiempo este le iba calzando cada vez más en su dedo.

Pronto Magdalena cumpliría los quince años y en su casa ya estaban planificando la fiesta que celebrarían por el cumpleaños. Entre las actividades que habían planeado estaba, por supuesto, la entrega del anillo. La ceremonia programada consistía en que la abuela le entregara el anillo a su padre y este se lo colocaba a ella en el dedo. Para esa época ya el padre de Magdalena y su suegra habían echo las paces y él también estaba entusiasmado con la fiesta y con entregar aquel símbolo a su hija.

Faltaban unas cuantas semanas para la celebración, su madre no se encontraba en la casa en ese momento, y ese día como muchos otros Magdalena fue al cofre a probarse nuevamente el anillo. Aún estaba un poco flojo en dedo, pero ya casi le quedaba perfecto. Así que esta vez se arriesgó un poco mas que otras veces y decidió pasar un rato con el anillo, cerró el cofre con cuidado dejando dentro la cajita del anillo y salió de la habitación de su madre anillo en dedo.

Pasado un rato de admirar y jugar un poco con el, Magdalena olvidó que lo tenía  en la mano. Se puso entonces a hacer cosas en la casa, entre ellas recordó que su madre le había dejado el encargo de lavar unos trastes en la cocina. Se dedicó luego a arreglar unas gavetas en la habitación, y así pasó el resto de la tarde. De repente miró el reloj y se dio cuenta que su madre estaba por regresar y entonces volvió a recordar el anillo, se dirigió de nuevo a la habitación de su madre. Entonces cuando fue a colocarlo en la cajita, cayó en la cuenta que el pequeño diamante había desaparecido y en su lugar quedaba un hueco con los ganchitos que lo sujetaban. Sintió un frio en el estómago y volvió a mirar el anillo sin poder dar crédito a lo que estaba pasando.

Su primera reacción fue de desesperación rompió en un llanto copioso y ruidoso, no podía pensar con claridad. Un millón de preguntas atravesaban por su mente: ¿Por qué le había puesto la mano al anillo? ¿Dónde pudo haberse extraviado? ¿Cómo e explicaría a su mamá lo que había ocurrido? ¡La regañada que le esperaba iba a ser de tamaño gigantesco! Luego pensó en la celebración: ¿Cómo le explicaría a su abuela que lo había perdido, antes incluso de haberlo usado nunca,? ¡El anillo de compromisos de su bisabuela! ¡El anillo que había sellado el pacto de reconciliación entre su madre y su abuela! ¡El anillo que tenía setenta y cunco años! ¡Oh Dios! ¿que iba a hacer?

Después de un rato de llorar, pensó que debía tranquilizarse y pensar con rapidez, su madre regresaría al final de la tarde y no la podía encontrar llorando. Debía trazar un plan. Lo primero que debía hacer era tratar de recordar todo lo que había hecho esa tarde y recorrer con calma la casa a ver si podía encontrar el diamante. De pronto pensaba “¿Pero cómo voy a encontrar algo tan pequeño?”; y de inmediato ella misma se respondía: “debo al menos intentarlo”.

Comenzó a pasar balance mental de las actividades realizadas esa tarde, primero: había fregado los trastes de la cocina… ¡oh Noooo! ¿Y si se había ido por el desagüe del fregadero? Corrió de todas formas a la cocina y buscó en el fregadero, entre las esponjas de fregar, entre los paños, en la loza que estaba seca y por los alrededores de la meseta de la cocina y en el piso. Sin éxito.

¿Qué era lo segundo que había hecho? ¡Ah ya recordaba¡ había ido a la habitación y se había puesto a arreglar unas cosas en las gavetas. Así que, abrió cada gaveta, sacó toda la ropa y buscó una por una en cada una de las prendas que había. Lo peor de todo era que cada cosa que veía le brillaba, y con la ansiedad de encontrar el famoso diamante lo confundió con: un papel de menta, un papel de aluminio, un pequeñito tornillo que había en una de las gavetas,  una tachuela, una llave pequeñita, una moneda, una aguja. Todo lo que brillaba le parecía el diamante y en cada caso el corazón le daba un vuelco.

Fue recordando cada cosa que había hecho y buscando meticulosamente en cada lugar de la casa, pero su desesperación iba en aumento, cada vez que miraba el reloj y veía acercarse la hora del regreso de su madre.

Finalmente pensó que lo único que le quedaba era devolver el anillo a su caja y hacerse la tonta, después de todo nunca nadie la había visto probándoselo, por lo tanto nadie podía acusarla de que era ella quien había perdido el diamante. Cuando llegara el día de llevarlo a la fiesta, entonces se darían cuenta de que le faltaba el diamante y simplemente pensarían que se había aflojado de estar guardado tanto tiempo, y ella se haría la que no sabía nada.  Pero ese pensamiento solo duro un instante y reaccionó: ¿Cómo diablos se le ocurrían esas cosas? Ella no sería capaz de vivir ni un solo segundo con una mentira de ese tamaño, se moriría de la angustia. Y además solo imaginar la cara de su madre y de su abuela al descubrir que el anillo estaba incompleto justo el día de la celebración, no, definitivamente no podía hacer eso, tenía que enfrentar la realidad y decir la verdad.

Estaba resignada a asumir las consecuencias de sus actos, cuando finalmente se le ocurrió una última idea. ¿Y si simplemente el diamante se había caído en algún lugar de la casa? Fue al patio buscó la escoba y se dedicó a barrer la casa por cada rincón, hasta por aquellos que seguro no había pasado, nunca había barrido tan perfectamente metía la escoba por cada esquina, cada rincón, movió todos y cada uno de los muebles de la casa, y en cada barrida sacudía contra el suelo la escoba con la esperanza de que el diamante se hubiera quedado enganchado en las celdas de la escoba y su brillo le revelara su presencia.

Sudaba copiosamente. Arrastró poco a poco toda la basura que fue acumulando y la empujó hacia el recogedor de basura. Entonces con lágrimas en los ojos,  bajó lentamente al piso, se sentó con todo el polvo y la basura de la casa y escarbó, como había visto hacerlo a  las gallinas cuando buscan comida para los pollitos y en el último gramo de polvo divisó un pequeñísimo brillo, ¡no podía creerlo! ¡Había encontrado su pequeño diamante!

Se levantó lentamente del piso, con el diamante apretado entre el dedo índice y el pulgar. Y escuchó entonces la cerradura de la puerta de la casa.

Cuando entró su madre y la observó mirarla con la boca abierta, fue que ella cayó en la cuenta el aspecto que debía tener, estaba toda despeinada, sucia, sudada, llena de lagrimas y mocos en la nariz y su madre sin comprender lo que pasaba corrió a abrazarla pensando que había ocurrido algo.

Después que logró calmarse y lavarse la cara, se sentó y le contó a su madre con lujo de detalles lo que había ocurrido. Le dijo que sabía que se merecía un castigo por lo que había hecho, en realidad eso ya no le importaba, pero quería pedirle un favor: ya no quería que le dieran aquel anillo, en una tarde había sentido todo el peso de la responsabilidad que conllevaba llevarlo en su mano, y además había sentido que su vida se había desarmado por algo tan pequeño e insignificante y finalmente algo que era material. Sabía que para su madre y su abuela el anillo tenía muchos significados y ella los había asumido hasta ese momento, pero ella junto a ese anillo no quería seguir siendo símbolo de nada.

Su madre la miró con tristeza, la abrazó y le dijo que la comprendía.

 

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