Don Augusto y su padre


Don Augusto era un hombre de un carácter fuerte. Siempre mantenía la calma y no era fácil hacerle perder la paciencia. Tenía un temperamento frío como un tempano de hielo.

Era periodista, trabajaba en el diario mas prestigioso de la ciudad y escribía artículos de opinión. No le gustaba salir a la calle porque pensaba que ser periodista era estar en un escritorio dándole a las teclas de la maquinilla y no perdiendo el tiempo en la calle buscando noticias sensacionalistas . Tenía una columna fija en el periódico y dedicaba el resto de su tiempo a revisar los textos que escribían los demás, porque redactaba de forma excelente y conocía la ortografía a la perfección.

Lo conocí cuando era estudiante de comunicación. Había conseguido un trabajo de pasante en el periódico y desde el principio le caí bien, porque decía que no tenía que revisar mucho los textos que yo escribía. Tres veces por semana iba a su casa a almorzar al medio día y algunas veces cuando se acercaba el fin de mes y sabía que  yo no tenía dinero para comer me invitaba a ir a su casa. Por eso llegué a conocer también a su familia.

Tenía cuatro hijos pequeños, con diferencias de edades entre los 14 a los 5 años que lo trataban con mucho respeto. Cuando llegaba a la casa, uno a uno iban desfilando a pedirle la bendición y él con su carácter agrio le iba respondiendo, diciéndole su respectiva reprimenda por cualquier motivo. Yo siempre pensaba que lo hacía solo para hacer sentir su autoridad.

Después del almuerzo y mientras él se echaba una siesta antes de regresar a la oficina, yo le ayudaba a su esposa a lavar los trastes y entonces conversábamos, siempre ella hablaba de él. Me contaba las historias de cómo lo había conocido, en principio estaba muy enamorada, era un hombre muy galán y educado, pero luego que se casaron salió a relucir ese temperamento tan rígido, que no aceptaba bajo ninguna circunstancia que nadie se desviara de las reglas que él imponía en la casa. No era un hombre cariñoso, mas bien tosco en sus formas y ella echaba de menos esos gestos de ternura que tanto había soñado alguna vez.

Un día llegué al periódico y me enteré que había muerto el padre de Don Augusto. Decidí pasar por la funeraria a darle mis condolencias y lo encontré con su traje negro y corbata, inalterable como siempre. Se observaban en la sala las mujeres llorando a moco tendido cada vez que se acercaba un nuevo amigo o familiar, él simplemente se mantenía serio y aceptaba las condolencias sin decir una palabra. Durante todo el rato que estuve allí no lo vi ni un momento perder la compostura.  En el momento en que terminó todo y se dispusieron a llevar el féretro al cementerio, nuevamente los llantos no se hicieron esperar pero Don Augusto mantuvo la calma completamente.

Un mes después se celebraba el día de los padres y decidí comprarle un obsequio y llevárselo a su casa. Me sentía muy agradecida con él por la forma deferente en que me trataba. Pasé temprano porque tenía que viajar al interior a pasar el día con mi padre. Ya me disponía a partir cuando de repente salió una de sus hijas que se acababa de levantar y le entregó una cajita de regalo a don Augusto. Al abrirla, miró unos pañuelos que la niña le había bordado con una A grande en punto de cruz y en ese momento un llanto desgarrador salió desde lo mas profundo de su ser. Nunca antes en mi vida había escuchado a un hombre llorar de esa forma. De ese llanto brotó todo el sentimiento reprimido y todo el amor que una persona puede tener hacia un padre, sentí al escuchar sus lamentos lo que significa extrañar a alguien, no poder hablarle, sus lagrimas al brotar parecía decir “te quiero papa” y expresaban ese deseo de llegar a lo mas profundo de su tumba en aquel día de los padres.

Don Augusto lloró durante unos minutos que parecieron eternos, todos lo mirábamos sin saber como consolarlo, yo pensaba que debía marcharme, pero mis pies se negaban a moverse. Los hijos lo miraban con llanto en los ojos, con mirada acusadora  hacia la hermana por haber desatado esos sentimientos profundos y con la impotencia de ver un hombre fuerte, que no se doblaba ante nada, llorando de esa forma. Al final se secó las lagrimas con uno de los pañuelos. Atrajo a la niña hacia sí en un abrazo fuerte, se levantó de la silla lentamente y se marchó. En ese momento mis pies al fin respondieron y me despedí rápidamente de la señora y los chicos.

Estuve trabajando unos meses más en el periódico, Don Augusto nunca volvió a invitarme a su casa a almorzar. Aunque me saludaba y nos tratábamos, a partir de ese día fue indiferente conmigo, creo que no me perdonó  que fuera testigo de sus sentimientos y que descubriera que debajo de ese traje de frialdad que siempre llevaba puesto, había un hombre de carne y hueso capaz de conmoverse hasta el llanto al recordar a su padre muerto.

6 comentarios en “Don Augusto y su padre

  1. Todo parece indicar que está naciendo una nueva Borges. Maravillosa y conmovedora tu historia. Sigue adelante que vas por buen camino

  2. Muy bonita historia, llena de sentimiento puro.
    Es evidente que tu inspiracion se plasma en lo que escribes. Permíteme continuar disfrutando de tan bella inspiración.

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