La caminata: Sonidos de la mañana


Cinco de la mañana. Salgo de casa dispuesta a mi caminata de ejercicios y meditación de una hora.  Escucho los cerrojos de la puerta en medio del silencio del edificio: uno, dos seguros. Luego escucho mis pasos bajando las escaleras, peldaño tras peldaño. Siempre pienso que las personas del edificio se van a despertar con el ruido, pero eso no hace que baje mas despacio.

Al salir  del edificio los ruidos de la mañana comienzan a llegar: pájaros con diferentes trinos, grillos, perros ladrando y el sonido de mis pasos nuevamente. Me concentro en ellos y pienso en lo tranquilo que se escuchan y la paz que transmiten. Me hacen olvidar el estrés y me desaceleran.

Bajo por mi calle, llego a la primera intercepción y como estoy más cerca del mar ya comienza a escucharse el batir de las olas contra las rocas. El mar parece estar un poco bravo porque las olas se escuchan fuertes. Mis sentidos están sensibles así que sigo escuchando mas sonidos de pájaros, un guardián que abre y cierra alguna reja, mas grillos y mis pasos.

Al llegar a la avenida confirmo la hora en el reloj que llevo en la cintura, que también va contando mis pasos, son las 5:10 a.m. El sonido de las olas, ahora más fuerte, opaca el de las aves y los grillos, se confunde con el de los carros que pasan. Juego a caminar con los ojos cerrados, con los sonidos mas fuertes o más leves,  puedo distinguir si viene un carro, un camión, o un autobús. Me divierto cuando al abrirlos, confirmo que he acertado y siento una tonta alegría en mi corazón.

Escucho los pasos de las personas que vienen y van haciendo ejercicio, unos  caminan, otros corren. Las personas que caminan a esta hora siempre son las mismas. No las conozco pero a medida que se acercan voy imaginando sus historias.

Pepe: pasea con su perro que siempre va cansado, porque su lengua larga babea y su dueño casi lo tiene que arrastrar. Pepe camina con la cabeza de lado, como si no pudiera enderezarla. Trabaja en un banco, es cajero, lleva una vida aburrida y por más que lo intenta no ha conseguido novia.

Francisco: definitivamente está loco, camina acelerado, levanta los brazos al cielo y cuando alguien se acerca en lugar de saludar le dice: Eah!! Eah!!! Y sigue caminando, mas bien corriendo.

Ramona y José son una pareja de esposos, se casaron viejos y no tienen hijos. Ella se dedicaba a cuidar a una viejecita durante años y él se mantuvo cortejándola durante los mismos. Cuando la viejita se murió entonces él le pidió que se casaran y ella le dijo que sí. Caminan todos los días agarrados de la mano.

Las amigas. Hilda, alta, gorda, su cabeza llena de rolos y Ana, pequeña y menuda, con un gran moño en la cabeza. Van contándose los chismes del barrio y no paran de hablar ni un segundo. Son amigas hace más de 20 años.

De repente vuelvo a estar sola en el camino. Son las 5:30 y ya me voy acercando al parque. Escucho una bocina, la alarma de un carro, luego voces y alegría de las mujeres y hombres que salen del  casino del hotel a esa hora. Música de los carros que pasar  nuevamente y luego el sonido se va escuchando mas lejano, ¿Cómo serán las vidas de aquellas almas bohemias que no duermen y solo piensan en divertirse? Quizás le tengo un poco de envidia.

Sigo mi trayecto por el malecón. En el lugar dónde el mar se acerca a la costa escucho las olas fuertes que chocan contra las piedras. Mientras más de lejos vienen, más prolongado es el sonido. Ahora estoy muy cerca del mar y cierro de nuevo los ojos. Escucho como vienen  las olas, como si fuera música a mis oídos: algunas prolongadas en un compas de cuatro tiempos , un dos, tres, cuatro y otras más cortas marcando el compas de dos tiempos: un – dos, un – dos.  Aunque no las puedo distinguir muy bien porque está aún oscuro, las olas con sus sonidos diversos me van mostrando como son: fuertes ó débiles si son altas o bajas; largos o breves, si están cerca o vienen desde lejos;  graves o agudos si chocan contra las rocas o con la arena. Cantando su música que esta vez va serenando de nuevo mi corazón.

Así escuchando el sonido de las olas llego al parque. Allí acelero el paso porque es el momento de hacer ejercicios y sudar. Pero sigo inventando las historias de mis compañeros de camino.

Olga y Luis, también son un matrimonio. El camina delante y ella unos pasos detrás. Ambos llevan sus pesas y van caminando al ritmo del movimiento de las pesas en sus manos. Tienen un estudio de fotografía. Comenzaron desde jóvenes cuando las fotos aun se imprimían. Todos sus hijos se  han ido a vivir fuera del país, pero ellos son feliz aquí tomando fotos.

Veo venir al amigo Jorge. Usa unos pantalones a la rodilla,  camiseta blanca y su radio con sus audífonos en los oídos.  Camina solo en uno de los lados del triángulo que hace el parque. Cuando va lo hace caminando, cuando regresa lo hace corriendo, pero se tiene que detener al final de tramo y parece que va a caer desplomado. Es abogado, no tiene ninguna pinta de atlético, pero necesita bajar de peso porque la novia es delgada y él teme que lo deje por gordo.

A estas alturas ya llevo mi tercera vuelta y el sol se va asomando por el horizonte. Los rojos y amarillos se confunden entre algunas nubes y el espectáculo es impresionante. Veo los rayos del sol asomarse por encima del mar. Pienso en la palabra sublime y creo que ese paisaje serviría para definirla perfectamente. Ahora son las 5:45 a.m. y ya debo ir dando la última vuelta por el parque para regresar a casa.

Retomo el camino de regreso, dejo detrás de mí el sol, el horizonte y a mis amigos caminantes.  Me cruzo con los que no son tan madrugadores que ahora es cuando inician su caminata. Aun no están sudados, ni cansados. Yo por mi parte ya comienzo a sentir el calor de la mañana. Estoy sudada y miro el mar con sus tonos azules y verdes. Los hoteles y casinos ya están cerrados y los que amanecieron de parranda, ya parecen haberse ido a dormir. Yo mientras apenas comienzo mi día.

Deshago mis pasos, voy subiendo la cuesta que bajé hace una hora para regresar de nuevo a mi casa. Veo los trabajadores que van caminando hacia las construcciones. Los empleados hacia sus trabajos. En la esquina el señor del puesto de frutas instala su mesa y acomoda sus frutas.

Hasta que finalmente miro de nuevo el reloj. Son las 5:59 minutos y estoy frente a la puerta de mi edificio. Abro lentamente la cerradura y pienso en  la mañana que comienza y en un hermoso día lleno de energía que me espera.

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