En Memoria a Luis Sepulveda. EPD


Acabo de leer en el periódico que murió Luis Sepulveda, el COVID-19 de nuevo, de repente se agolparon en mi mente muchos recuerdos. Y aquí comparto algunos de ellos.

EL AMOR Y LA MUERTE

Tomado de “Historias Marginales”. Luis Sepúlveda. Ed. Seix Barral Biblioteca Breve. 1ra ed. Mayo 2000. pp. 97-99

Por la mañana el cartero me entrego un paquete. Lo abrí. Era el primer ejemplar de una novela que escribí pensando en mis tres hijos pequeños. Sebastian, que tiene once años, y los gemelos Max y Leon, que tienen ocho.

Escribirla fue un acto de amor hacia ellos, hacia una ciudad en la que fuimos intensamente felices, Hamburgo, y hacia el personaje  central, el gato Zorbas, un gato grande negro y gordo que ha sido nuestro compañero de sueños, cuentos y aventuras durante muchos años.

Justamente cuando el cartero me entregaba ese primer ejemplar de la novela y yo sentia la dicha de ver mis palabras en el orden meticuloso de sus paginas, Zorbas estaba siendo examinado por un veterinario, aquejado de una enfermedad que primero lo torno inapetente, triste, mustio, y que finalmente le dificulto dramáticamente la respiración. Por la tarde fui a buscarlo y escuché el terrible dictamen: lo siento, pero el gato tiene un cáncer pulmonar muy avanzado.

Los párrafos finales de la novela hablan de los ojos de un gato noble, de un gato bueno, de un gato de puerto, porque Zorbas es todo eso y mucho mas. Llego a nuestras vidas justo cuando Sebastian nacía y, con el tiempo, de nuestro gato paso a ser un compañero mas, un querido compañero de cuatro patas y melódico ronronear.

Amamos ese gato, y en nombre de ese amor tuve que reunir a mis hijos para hablarles de la muerte.

Hablarles de la muerte a ellos que son mi razón de vivir. A ellos, tan pequeños, tan puros, tan ingenuos, tan confiados, tan nobles, tan generosos. Luché con las palabras buscando las mas adecuadas para explicarles dos terribles verdades

La primera, que Zorbas, por una ley que no inventamos y  la que sin embargo debemos someternos aún  a costa de nuestro orgullo, moriría, como todo y como todos. La segunda, que de nosotros dependía evitarle una muerte atroz dolorosa, porque el amor no sólo consiste en lograr la felicidad del ser que amamos, sino también en evitarles sufrimientos y preservar su dignidad.

Se que las lagrimas de mis hijos me acompañaran toda la vida. Que pobre y miserable me sentí ante su indefensión. Que débil me ví ante la imposibilidad de compartir su justa ira, sus rechazos, sus cantos a la vida, sus imprecaciones a un Dios que, por ellos y sólo por ellos, tendría en mí a un creyente, sus esperanzas invocadas con toda la pureza de los hombres en su mejor estado.

¿Es la moral un atributo o una invención de los hombres? ¿Como explicarles que teníamos el deber de preservar la dignidad y entereza de ese explorador de los techos, aventurero de jardines, terror de las ratas, trepador de castaños, pendenciero de patios a la luz de la luna, habitante definitivo de nuestras conversaciones y de nuestros sueños?

¿Cómo explicarles que hay enfermedades que precisan del calor y la compañía de los sanos pero que hay otras que son pura agonía, pura indigna y terrible agonía, cuyo único signo de vida es el deseo vehemente de morir?

¿Y como responder al drástico “por que él”? Si, ¿Por qué él? Nuestro compañero de paseos en la Selva Negra. ¡Que gato tan loco! murmuraba la gente al verlo correr junto a nosotros, o montado en la perilla de una bicicleta. ¿Por qué él? Nuestro gato de mar que navegó con nosotros en un velero por las aguas de Kattegat. Nuestro gato que, apenas abría la puerta del auto era el primero en subir, feliz ante la idea de viajar. ¿Por qué él? ¿De que me vale todo lo vivido si no tuve una respuesta para esa pregunta?

Hablamos rodeando a Zorbas, que nos escuchaba con los ojos cerrados, confiando en nosotros, como siempre. Cada palabra entrecortada por el llanto cayó sobre su piel negra. Acariciándolo, reafirmandole que estábamos con él, diciéndole que, ese amor que nos unía, nos conducía a la mas dolorosa de las determinaciones.

Mis hijos, mis pequeños compañeros, mis pequeños hombres, mis pequeños tiernos y duros hombres murmuraron el sí, que Zorbas reciba esa inyección que lo hará dormir, soñar con un mundo sin nieve y con perros amables, con techos amplios y asoleados, con árboles infinitos. Desde la copa de alguno nos mirará para recordarnos que él nunca nos olvida.

Es de noche cuando escribo. Zorbas, que apenas respira, descansa en mis pies. Su piel brilla bajo la luz de la lampara. Lo acaricio con tristeza e impotencia. El es testigo de tantas noches de escritura, de tantas páginas. He compartido con él la soledad y el vacío que llega tras poner el punto final a una novela. Le he recitado mis dudas y los poemas que pienso escribir algún día.

Zorbas, Mañana, por amor, habremos perdido a un gran compañero.

P.D. Zorbas reposa al pie de un castaño, en Baviera. Mis hijos hicieron una lapida de madera y en ella se lee: “Zorbas. Hamburgo 1984—Vilsheim 1996. Peregrino: aqui yace el mas noble de los gatos. Escuchale ronronear.»

Esta pequeña historia fue la que motivo un escrito en mi blog en el año 2004. Cuando la leí me pareció maravillosa, porque fue descubrir la razón de ser de una novela. Detrás de cada escrito, de cada novela, de cada poesía, hay una historia. Me gusto mucho ademas, porque soy del pensar que por amor debemos estar dispuestos a todo, y porque como dice Luis Sepulveda: ” el amor no sólo consiste en lograr la felicidad del ser que amamos, sino también en evitarles sufrimientos y preservar su dignidad”.

ZORBAS EN NUESTRAS VIDAS

28 de enero del 2004

“Nos fuimos a Chile en el año 1996. Luis Henry, Guillermo Emilio y yo, y una escultura que a Luis Henry se le ocurrió llevar de regalo a la pareja que nos recogería en el aeropuerto, y que fueron nuestros amigos durante el tiempo que vivimos en ese país inhóspito llamado Chile, tal vez conocer a Patricia y a Jorge fue una de las cosas mas hermosas que creo que nos ocurrió en Chile.

En Chile conocí a Luis Sepúlveda, realmente no lo conocía él, sino sus libros y allí, leí “La historia de un gato que enseño la gaviota a volar” es uno de aquellos libros que te atrapan y no es posible soltarlo hasta que terminas. En ese tiempo me pareció una historia maravillosa y me dejó enseñanzas importantes en mi vida.

El año pasado, encontré a mi hijo de 10 años leyendo el libro, me pareció extraño, porque a el no le gustaba mucho leer;  yo, preocupada por incentivar este hábito, volvía a releer con él la historia. Descubrí, algo que ya sabía, que los libros nos enseñan cosas distintas en las diferentes etapas de nuestra vida. Mi hijo leyó el libro completo y le gustó la historia tanto como a mí.

Hace unos años rondando por una librería en Madrid, me encontré con otro libro de Luis Sepúlveda: “Historias Marginales”, lo compré y lo guardé en el librero y quedó en el listado de libros pendientes, que no leo por falta de tiempo.

En estos días buscando algo que leer, mientras hago ejercicios en mi bicicleta estacionaria, que dicho sea de paso me aburre hasta el hastío, encontré de nuevo el libro de Luis Sepúlveda. Me gustó porque son historias aisladas y eso me permitía leer varias cada días. Allí me topé con Zorbas, el gato de la historia, ese gato que también tiene una historia en mi vida. Pensé que las vidas se entrelazan, y que las personas estamos conectadas de alguna forma, aunque nunca nos encontremos.

Zorbas murió y hoy lloré por el. Su muerte fue en el año 1996, el mismo año en que conocí su historia.”

Hoy te reencuentras con Zorbas… espero que allá en la eternidad puedas volver a escucharle ronronear.

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