El viaje


Juan trabajaba en el colmado “La perdición”, ganaba lo necesario para vivir, pero soñaba con tener una mejor vida. Aunque aún estaba soltero, le dolía pensar que sus hijos terminaran su vida, igual que él, detrás del mostrador de un colmado.

Tenía a Anita su novia, que estaba loquita porque él la mudara, ella no quería seguir viviendo con sus papás, y él le tenía unas ganas enormes. Cada domingo cuando tenía su día libre, y salían a pasear, la llevaba al parque de Güibia, allí se compraban un par de cervezas y luego una pizza.

El parque quedaba frente a mar, la gente se entretenía de una forma sencilla con la música de los radios de los carros y hablando tonterías. Ellos siempre se iban a algún rincón oscuro y alejado donde pudieran escuchar el arrullo de las olas en su ir y venir. Se besaban largamente, las calenturas llegaban a su máximo clímax, y aunque deseos no le faltaban de llevarse a Anita a algún motel, el miedo a que ella quedara embarazada y él no pudiera asumir el peso de una familia lo enfriaba rápidamente.

La vida en el colmado no era para nada aburrida. Durante el día desfilaban  las señoras que tenían que ir comprar todos los días porque el marido solo le entregaba dinero para la comida de cada día. Juan las trataba con respeto, se sabía la vida de cada una de ellas y les ponía conversación preguntándoles: sobre el hijo que estaba enfermo ó sobre el marido que no había llegado a dormir la noche anterior. Esto hacía que todas las doñas del barrio lo quisieran mucho y prefirieran ir a “La perdición” en lugar de los otros negocios que había por los alrededores.

A partir de las cinco el colmado se transformaba en “colmadón”. Los que salían del trabajo se juntaban con los amigos a tomarse una cerveza para quitarse la resaca del trabajo. Juan sacaba entonces sillas y mesas y se dedicaba a atender bien a los comensales y asegurar que las cervezas estuvieran bien frías. Conversaba con todos y aunque muchos no eran del lugar los conocía porque eran clientes habituales.

A pesar de todo Juan no se sentía conforme. Su jornada de trabajo comenzaba a las 6 de la mañana cuando abría el colmado y terminaba a las 11 de la noche, cuando se negaba a destapar una cerveza más explicando que estaba cansado y al otro día había que madrugar.

No le gustaba quejarse. El dueño del negocio lo trataba bien. Solo pasaba al  final del día a hacer el cuadre. Confiaba plenamente en él porque, en los 5 años que tenía trabajando allí nunca le había faltado dinero. Había logrado ahorrar, porque no malgastaba el dinero, pero pensaba que si se casaba iba a tener que asumir muchas responsabilidades y el dinero no le iba a alcanzar. Lo único que sabía hacer era trabajar detrás de un mostrador de un colmado.

Hacía días que pensaba que debía buscar algo diferente que hacer para ganar más dinero. Fue entonces cuando por casualidad escucho aquella conversación:

—   Pero, ¿cómo que te vas para Puerto Rico? Y  ¿Cómo conseguiste la visa?

—   No hombre, no, que visa ni visa, me voy por la vía fácil.

—   No me digas que vas a tomar una yola.

—   Es que no aguanto, yo necesito conseguir más dinero para mantener mi familia y me han dicho que en Puerto Rico el trabajo es fácil y uno gana en dólares.

—   Amigo, no le hagas caso a todo lo que dicen, esos viajes son peligrosos y muchas de esas son historias de los vende sueños.

—   No sé si serán historias pero ya casi lo decidí y me voy.

Fue suficiente lo que escuchó. Había visto al hombre tomando cervezas de tarde en tarde en “La perdición”, así que la próxima vez que lo vio pedir una cerveza para llevar, le encomendó a su amigo Felipe que le cubriera un momento. Salió corriendo detrás del hombre y lo alcanzó llegando a la esquina.

No tuvo que dar muchas explicaciones, el hombre comprendía perfectamente, y en una servilleta le escribió un teléfono. Le aclaró que no debía mencionar nada del viaje por teléfono, le pedía por favor que no mencionara que se había enterado a través de él, en realidad había sido una imprudencia de su parte hablar de eso en el colmado. Solo debía marcar el número y decir: “Quiero comprar un pasaje para ir a Jamaica”.

Esa noche al llegar a su casa, después de pensarlo un rato llamó al número de teléfono.

—   Aló — escuchó una voz grave que le respondía.

Dudo un momento, de pronto sintió miedo de estar haciendo aquella llamada, pero se escuchó decir:

—   Quiero comprar un pasaje a “Jamaica” —La persona hizo silencio, pero de inmediato como si reaccionara le respondió.

—    Tienes que ir a la agencia de viajes que queda en la fotocopiadora “La escalera” que está en la entrada de la universidad estatal, pregunta por “El negro” y le dices que quieres comprar un pasaje a “Jamaica” — de inmediato escuchó el tono en el teléfono y comprendió que la otra persona había colgado.

No sabía si había logrado captar correctamente el mensaje, porque no recordaba que el hombre le hubiera dado una hora o un día. Entonces comenzó sentir una opresión en el estómago. Pensó que había hecho una tontería. Se recriminó por haber marcado ese número y ni siquiera haber tomado la precaución de poner el celular en “modo desconocido” para que no pudieran identificar su número, se preguntó si todo aquello no sería una trampa

Había escuchado por años, sobre la gente que se iba en yola a Puerto Rico, siempre se preguntó cómo lo harían. Esa noche no pudo prácticamente dormir. Cada vez que lograba reconciliar el sueño venían imágenes a su cabeza. Se veía llegando a la fotocopiadora “La escalera” y preguntando por “El negro”. De inmediato en su sueño veía policías que salían de cualquier lado y le apuntaban. Se veía levantar las manos y llorar y les pedía que no le dispararan. Se despertaba sudado y con miedo de volver a dormir. Esa noche fue el comienzo de muchos días de angustias.

Pasaron un par de días. Juan seguía pensando en el viaje, la vida en el colmado comenzó a parecerle miserable, ya no quería escuchar las historias de las señoras ni atender a los que llegaban a tomar cerveza. Sentía que podía haber una mejor vida allende los mares.  Y en su cabeza daba vueltas la idea de averiguar como era lo del viaje.

En la noche, en la soledad de su pieza llegaban las pesadillas y lo atormentaban. Una de las cosas que le impedían tomar la decisión era que pensaba que una vez fuera al lugar a indagar, ya no podría dar marcha atrás. El solo hecho de ir  lo involucraría y tendría que seguir adelante.

Esa mañana amaneció con la cabeza despejada como un día sin nubes y se dijo que en realidad mientras él no desembolsara un centavo no debía haber ningún compromiso o problemas, así que decidió que sin dilatarlo más iría a averiguar sobre el asunto.

Habló con su amigo Felipe para que le cubriera en el colmado y salió rumbo a “La escalera”. Días antes había pasado por el frente del lugar y sabía exactamente donde quedaba. Al entrar vio varios dependientes afanados en sus tareas de hacer las copias y varios clientes que esperaban, había llevado unos papeles en la mano para simular que iba a sacar copias. Esperaba que no llegara ningún otro cliente para poder preguntar sin testigos, pero siempre llegaban más.

Salió del lugar, decidió esperar mejora afuera. Entraban y salían personas sin parar  así que comenzó a desesperarse. Estaba a punto de abandonar la idea, cuando de repente vio que salían dos personas y se percató de que no había más nadie, entró rápidamente y se dirigió a uno de los dependientes:

—   ¿Está “El Negro”? — preguntó sin darse oportunidad de pensarlo mucho. Vio como los dos hombres se miraron, uno le hizo una seña al otro con la cabeza negando. Y entonces le contestó.

—   Tienes que regresar en una hora, entras y no preguntes nada — después continuaron haciendo su trabajo como si él no estuviera ahí. Entonces salió del local.

Se debatía entre volver al colmado o esperar. Si regresaba tendría que volver a salir en una hora, y volver a pedirle a Felipe que le cubriera, en realidad no estaba seguro de que tendría de nuevo el valor de volver. Se decidió entonces a llamarlo:

—   Aló, Felipe, si hola, mira es que la diligencia que iba a hacer me ha tomado más tiempo del que esperaba, hay unas tremendas filas. Si… es que quería saber si podías quedarte por lo menos un par de horas más… no te preocupes yo te las pago… si esta bien… muchas gracias Felipe, no sabes cuanto te agradezco.

Colgó el celular, sin saber que hacer. Debía esperar una hora y aunque ya había llamado a Felipe, se debatía entre irse devuelta para el colmado y olvidar todo ese asunto o seguir adelante, ahora una mezcla de deseo y curiosidad se entremezclaba  en su cabeza.

Miro a su alrededor y se detuvo a observar unos lugares de frituras. Brillaban por su falta de higiene, las mesas se veían chorreadas de aceite y la olla donde freían las empanadas estaba negra del hollín. Pensó que esa gente, igual que él, se afanaba por vivir y hacia de tripa corazón. Aunque aquello no se veía nada apetitoso le hizo recordar que no había almorzado y decidió aprovechar el tiempo y comer algo. Se decidió por un lugar donde vendían sándwich.

Mientras estaba esperando que hicieran el sándwich escuchó la conversación de dos amigas.

—   Pero que fue lo que le pasó a Martha, se desapareció y no volvió mas a clases.

—   Me enteré dizque se había ido en uno de esos viajes ilegales para Puerto Rico.

—   ¿No me digas? ¿Pero ella no estaba bien aquí estudiando?

—   Si lo que pasa es que el novio se había ido antes y le mandó el dinero para se juntara con él allá.

—   Y finalmente lograron juntarse.

—   No, ese es el problema que la persona que me contó, me dijo que atraparon la yola cuando iba llegando a Puerto Rico, algunos lograron escapar pero otros los tomaron presos y los deportaron.

—   Y ella ¿Estaba entre cual grupo?

—   No se sabe, porque los que deportaron están presos aquí, creo que los dejan un tiempo presos para que escarmienten y luego los sueltan.

—   Bueno, a mi eso de los viajes ilegales no me parece mucho.

—   A mi tampoco, mejor pasando trabajo aquí que ser carne de tiburones en medio del mar.

Escuchando la conversación, Juan sintió como se iba poniendo cada vez más nervioso, de repente sintió que estaban hablando de él. Cuando el mesero le trajo el sándwich, le dijo que se lo pusiera para llevar y salió del local, sentía que si se le ocurría comer algo lo devolvería al instante.

Faltaba aún media hora más que decidió esperar sentado en un banco de la universidad. En su cabeza se repetían las palabras de las dos chicas: “carne de tiburones”… “dicen que los dejan presos para que escarmienten”…”mejor aquí pasando trabajo”. Se levantó varias veces del banco dispuesto a regresar al colmado y olvidarse del asunto, pero luego se decía que  debía tener valor, ya que había esperado tanto no iba ahora a salir huyendo.

Faltaba un minuto cuando entró por la puerta de “La escalera”. De inmediato uno de los dependientes le hizo señas al otro, que a su vez le indicó con la mano que lo siguiera sin decir una palabra.

Tomaron las escaleras hacia un sótano, el ambiente se sentía frio y cargado, el olor a humedad y a orina iba penetrando en su estómago y sus labios palidecían con cada paso. Después de bajar como 3 pisos sentía que la tierra se lo iba tragando a cada peldaño y que nunca lograría volver a salir de allí.

Llegaron a una puerta, y el hombre que lo dirigía tocó tres veces, desde dentro se escuchó una voz:

—   ¿Quién va?

—    Alguien que quiere un pasaje para Jamaica— respondió el lazarillo

Entonces se escuchó la respuesta desde dentro invitándolo a entrar. Abrió la puerta y le indicó que pasará. Juan por un instante se vio tentado a decirle que no lo dejara allí solo, que era su única conexión con el mundo exterior y que si se iba estaba perdido. Pero el hombre se dio una vuelta y se marchó sin decir ni una palabra.

Ya en el cuartucho “el negro” lo invitó a sentarse, con un simple gesto de la cabeza. Al estar frente a él con la tenue luz de una lámpara que alumbraba la habitación descubrió la razón del apodo, era el hombre mas negro que había visto en su vida, el blanco de los ojos parecía salirse de la cara. El miedo se apoderó de Juan, quería decirle que estaba ahí por un error y que tenía que regresar a su trabajo, pero entonces el hombre comenzó a hablar, su voz no parecía tenebrosa ni misteriosa, al contrario era una voz tranquilizadora, de alguien en quien se puede tener confianza.

—   Entonces amigo, usted quiere hacer un viaje a “Jamaica”.

—   Eso creo — se animó a responder.

Juan lo vio sonreír, con la sonrisa mas encantadora que había visto en su vida, una sonrisa capaz de convencer a cualquiera de que hiciera cualquier cosa, de esas que tiene los vendedores cuando llegan a nuestra puerta.  Lo escuchó responder:

—   ¿Cómo que cree mi amigo?  no tenga temor, ha caído en las mejores manos que se puede imaginar. Los nuestros son los mejores viajes, le garantizamos un noventa y nueve porciento de seguridad en la inversión, prácticamente cero riesgo, comodidad del transporte…

Al escucharlo le parecía estar oyendo un anuncio de los que escuchaba cada día en la radio, esos de alguna agencia de viajes que venden sueños para ir a Europa. “Viaje ahora y pague el próximo año”, “Las mejores comodidades” “Pase unas vacaciones inolvidables en el mediterráneo”. Su cabeza divagaba en esas tonterías, y a mismo tiempo buscaba como responder. Cuando se dio cuenta que el hombre había hecho silencio entonces aclaró:

—   Bueno, digo que creo, porque necesito saber los detalles del costo, para saber si está dentro de mis posibilidades .

—   Amigo, amigo, no se preocupe, si usted quiere hacer un viaje a “Jamaica” es porque está pasando trabajo en esta tierra caribeña que nos vio nacer, su caso no es muy distinto del resto de los que llegan aquí.

—   Por lo mismo, eso significa que no tengo dinero — respondió corroborando lo que decía.

—   Eso es parte del trabajo que nosotros hacemos. Usted sólo tendrá que buscar una parte del dinero el resto lo financiamos nosotros.

—   ¿Cómo que lo financian?

—   Así es, una parte del dinero la pone usted y nosotros le prestamos la diferencia, cuando usted llegue a “Jamaica” lo ayudamos a colocarse y entonces con su trabajo usted paga lo que le hemos prestado.

Juan miró al hombre, no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Rápido razonó que por eso tanta gente se iba para Puerto Rico, ya decía él que algún truco debía haber, no podía ser tan sencillo. Continuaba mirando al hombre en silencio, pensaba que cualquier cosa que dijera lo comprometería, así que medía cada palabra que asomaba a su boca, y no las dejaba escapar. El hombre se había quedado en silencio y lo estudiaba desde su escritorio, con su sonrisa convincente, solo destacaban de aquel rosto sus ojos y sus dientes. Entonces Juan sacó valor para hablar.

—   ¿Puedo pensarlo? — fue lo único que atinó a decir.

—   Por supuesto, pero le diré todo el detalle que debe saber ahora porque no puede regresar nunca más a este lugar y más le vale que olvide totalmente que vino aquí sea que se decide o no a viajar.

Ahora sus palabras parecían amenazantes, aunque continuaba con su sonrisa congelada. Lo escuchó proseguir su discurso explicándole lo que debía hacer. Juan no sabía si escucharle o no, no quería saber nada más, pero no dejó de mirarlo un segundo ni prestar atención a todo lo que decía. Al final garabateo un teléfono en un pedazo de papel, se levantó de su asiento y se lo entregó. Juan se levantó casi junto con él, dudaba si estrecharle la mano, lo miró desconfiado, y el hombre le hizo una señal indicándole que saliera.

Comenzó a subir las escaleras, el corazón le latía con fuerzas, ahora se percató de que las luces de las escaleras apenas dejaban ver los peldaños, el trayecto de salida le pareció eterno, le faltaba la respiración y creyó que en cualquier momento alguien aparecería con un cuchillo y su vida terminaría en ese instante, no podía pensar en nada solo quería encontrar la salida de aquel lugar. De repente vio el final de las escaleras y la luz del día, los dos hombres continuaban sacando copias como ignorantes de lo que se cocinaba en el sótano de aquel edificio. Juan les pasó por el lado rápidamente y salió a la calle.

Caminó tan rápido como pudo, no se detuvo ni siquiera a mirar la hora que era, aun llevaba el sándwich en la mano, pero sabía que no podría probar un bocado. Llegó al colmado se atavió con sus ropas de trabajo, le dio las gracias a Felipe y trató de seguir trabajando como si nada hubiera ocurrido.

Las palabras de aquel hombre  continuaron dando vueltas en su cabeza toda la tarde, se repetían una y otra vez. Mientras hacía los despachos en el colmado iba recordando todas las instrucciones que le había dado “el negro”

“Debe buscar 50,000.00 mil pesos. Cuando los tenga debe llamar al número de celular que le voy. El santo y señal sería siempre: “Quiero comprar el pasaje para Jamaica”, debe dar entonces su dirección. En unos días alguien pasará por donde está y debe entregarle el dinero.  Luego esperar una llamada. No debe decirle a nadie que se iba y aclaró “a nadie”, porque pone en juego la vida de todos los que le acompañaran en la travesía. Debe arreglar todo para partir en cualquier momento, dormir con la ropa puesta y tener un bulto armado, le dio el detalle de lo que debía llevar en ese bulto. Hasta ese punto eso era todo lo que tenía que saber, el resto de los detalles se irían revelando a medida que avanzara el proceso”

Al final lo que mas recordaba era aquella amenaza: “no puede regresar nunca más a este lugar y más le vale que olvide totalmente que vino aquí sea que se decide o no a viajar”.

Después de ese día, Juan siguió viviendo su aburrida vida en el colmado. Nunca tuvo el valor de llamar, el miedo que había sentido subiendo aquellas escaleras y tratando de salir de aquel lugar lo invadía de vez en cuando y lo avergonzaba, pensaba que era un cobarde, y por eso nunca saldría de la miseria en la que vivía, se sentía triste y comenzó a pensar que su vida no tenía mucho sentido.

Un mes después después, un sábado, llegó temprano al Colmado y encendió el noticiero de la mañana mientras se preparaba para abrir el negocio: “Radio mil informando… Cayó ayer, tras una larga búsqueda, Víctor Hernández Rosario (apodado “el negro”), quien se convirtió en uno de los hombres más buscados en los últimos tiempos por los organismos de seguridad del Estado. Hernández Rosario está acusado de ser el organizador del viaje ilegal durante el cual la yola zozobró, hace dos semanas en la Bahía de Samaná y donde murieron las 56 personas que hicieron la aventura y que pretendían llegar a Puerto Rico en busca de mejores condiciones de vida”

Juan no podía creer lo que escuchaba. Pasó todo el día con una sensación extraña, era una mezcla de alegría y tristeza. Por un lado pensaba en aquellas 56 personas que habían salido de su país en busca de un futuro, se imaginó a cada una de ellas bajando por las escaleras, con el miedo de estar frente a aquel hombre que le vendía un sueño y subiéndolas luego convencidos de que no había opción mejor, ellos no habían sido cobardes como él. Pero de repente sentía una alegría incontrolable de saberse vivo, de saber que pudo haber estado en aquella yola. Al final del día había tomado una decisión. Le pidió  Felipe que le cubriera turno y salió del colmado.

El domingo llegó tranquilo, fue como cada fin de semana a buscar a  Anita. Tomaron su par de cervezas habituales, compraron su pizza y se fueron a su rincón escondido en el parque, después de besarla con mucho cariño, ella se separó de él y lo miró extrañado:

—   Y a ti que mosca te ha picado hoy, estas raro — le dijo Anita.

El sin decir nada sacó de su bolsillo una pequeña cajita y se la entregó.

—   ¿Te quieres casar conmigo? — le dijo.

Anita lloraba de felicidad, lo abrazó y entre risas, lagrimas y muchos besos le decía que si mil veces. Había tomado una decisión echaría la batalla aquí, “en esta tierra caribeña que le había visto nacer”.

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