Yo debía tener como 12 años, recuerdo que íbamos a hacer ejercicio al Estadio Olímpico con los papás, ellos iban a hacer ejercicio y nosotros a corretear, era el gran paseo de las tardes. Ese día ibamos caminando y mi hermano Eduardo se quitó los anteojos y me los dio, yo comencé a jugar con ellos poniéndomelos y viendo como se veía. De repente me di cuenta que cuando me ponía los anteojos veía mejor que sin ellos y le pregunté a mi papá: “Papá, porque cuando me pongo los anteojos de Eduar veo mejor?” El me dijo a si es así hay que llevarte al oculista, pensé que estaba bromeando, pero la siguiente semana, me encontré en el auto con mi papá yendo para el oculista.
Cuando llegamos había una silla a una distancia prudente de un proyector que estaba apagado. De repente encendieron el proyector y proyectaron algo, el doctor. me pregunto que yo veía y le dije que un 4, el dijo: “Tu oye Danilo, ella dice que es un 4”; un momento después cuando comenzó a ponerme los lentes de aumentos y me di cuenta de que el número grande, no era un número sino la letra A, dos grandes lágrimas rodaron por mis mejillas, porque supe que iba a tener que usar lentes. Tenía 12 años y era una adolescente acomplejada que no quería usar lentes.
Esta historia me llegó como un flash esta mañana. Los papeles se habían invertido. Mi papá estaba en la silla del oculista y yo al lado y cuando la Dra, le preguntó qué letra era la más grande que se veía en la pantalla y el le dijo que era una B, en lugar del 8 que marcaba, recordé aquel momento de mi niñez y tuve que aguantarme para no llorar. No porque le fueran a poner lentes, mi papá ha usado lentes toda la vida, pero recordé de aquella época la impotencia de no poder leer las letras.
Papá tiene 91, su vista se ha deteriorado de tal forma que le pusieron un aumento de +6.50 para que pueda leer los libros que él tanto ama.
Cuando salimos del oculista en aquella época, hace ya 50 años, mi papá me llevó a la óptica, recuerdo que se le quedó la receta en el carro y me dejo en la óptica de la calle el Conde mirando monturas, mientras las veía lloraba y una señora que atendía, cuando me vio llorando me trató con mucho cariño, me dijo que íbamos a buscar una montura linda y que yo me iba a ver espectacular con esos lentes. Aunque el argumento no me convenció mucho, me dejé llevar y me resigné a elegir una montura de las decenas, que he llevado sobre mi cara por 50 años.
Hoy, al salir del oculista, le dije a mi papá que fuéramos a la óptica a hacer los lentes, elegí por él las monturas, “que se le vieran bien” aunque él no estaba muy interesado en el tema; me dejó elegir la montura que yo quise y dijo que si a todo lo que le propuse.
Hace unos dias el me dijo que yo hacía demasiadas cosas por él y que sentía que yo estaba cargando pesado, le dije que él había hecho por mi mucho mas cosas durante muchos años, y que nunca podría pagarle de ninguna forma, ¿Que importaba que ahora fuera yo la que tuviera que hacer cosas por el?
Mi papá ha sido un buen hombre siempre, dedicado a su familia toda la vida; a uno le cuesta, porque en verdad va cargando pesado y son muchas cosas, ya están tan viejos y dependen tanto de uno, pero cuando pienso en eso, entonces me acuerdo de: cuando me llevó al oculista, o cuando nos llevaba de vacaciones por el país, o cuando nos ayudaba con las tareas, o cuando yo llegaba de la uni y me sentaba en su escritorio a contarle todo lo que me ocurría, o cuando me decía que «Never, never give up” cuando me desesperaba porque no salia la beca, o de las cartas que me escribió cada semana con su maravillosa letra mientras viví en Guate durante dos años, cartas que atesoro en algún lugar de mi archivo, o las que me envio luego por correo mientras vivía en Chile, o cuando se subio a un avión y fue hasta el cono sur a visitarme, o lo que adora a sus nietos Guille y Fer, o de todos los líos económicos que me sacó durante toda mi vida hasta que logre ser independiente, o del dinero que me prestó para abrir Agrobiotek, o del dinero que me regaló para sacar el inicial de mi casa, y pienso que podría escribir cientos de páginas de todo lo maravilloso que ha sido y no podré pagarle nunca que siempre ha estado ahí para todo, todo lo que he necesitado.
En mi clase de filosofía dicen que la razón de los sufrimientos son los apegos, siempre fui la niña mimada de mi papá y en verdad siempre he estado con él y él conmigo y en estos días que me toca pensar en cosas que son difíciles me digo todos los días que el tiene casi 92, que lo he tenido por mucho tiempo y que cuando pase cualquier cosa tambien esta bien, que debo agradecer a Dios por todo el tiempo que lo he tenido.
Cómo cambia la vida, cómo cambian los papeles, como nos tocan cosas que no se nos ocurrió imaginar que tendríamos que vivir.