El de la Barbita


Iba caminando por una calle de Madrid cuando lo vi salir del mejor hotel de la ciudad. Fue una coincidencia encontrarlo allí, no lo había vuelto a ver. Cuando casi me tropecé con él, frunció el ceño como si me recordara, me pidió excusas de forma arrogante y siguió su camino hacia su vehículo de lujo con su chofer. 

Mientras caminaba por el frío del invierno de Madrid vino a mi memoria cuando lo conocí.

Mi mejor amigo me había convencido que fuera a un retiro espiritual de los Jesuitas y yo había aceptado más por curiosidad que porque tuviera necesidad de encontrarme con Dios. Las instrucciones eran claras, no se podía hablar, era un retiro de silencio. Me encontraba sentada en una mecedora cuando vi aquel chico desgarbado, camisa de cuadros y pantalones caqui, una barbita maltrecha incipiente que dudaba por querer salir y unos lentes de pasta, me pregunto si era hermana de una chica que trabajaba en la telefónica y le dije que no con la cabeza.

Unos días después mi amigo me invitó a un viaje a la playa y me dejó colgada, nunca se apareció; allí lo volví a encontrar. Pase el día con él, me contó sus planes, tenía aspiraciones de ser un político, quería “ser presidente”, de qué, le pregunté, de lo que sea, me respondió. 

En esa época era miembro de un grupo estudiantil, uno de los dirigentes del grupo, hacían jornadas de protesta en la universidad y en los campos con los campesinos ocupaban tierras, tenía un discurso incendiario. Mis amigos me decían, con referencia a él: “el amigo ese tuyo de la barbita que es comunista”. El grupo era de tendencia católica por eso hacían retiros, misa todos los domingos con canciones de la misa nicaragüense. Vivía en un barrio marginado “por vivir la experiencia”, porque en realidad su familia tenía posibilidades, su padre había sido un importante dirigente sindical de los años 70. Me encantaban sus arengas y pensamientos y en algún momento llegué a pensar que estaba enamorada de él, pero tal vez, más de sus sueños e ideales; yo en esa época era muy realista, casi pesimista y necesitaba alguien a quien robarle los sueños. Nunca llegamos a nada y le perdí la pista por mucho tiempo.

Unos años después lo encontré dando un discurso en una actividad, dudé si era él, se parecía mucho, pero ya no tenía la barbita comunista, cuando lo presentaron y dijeron su nombre, lo confirmé. Ahora era un burócrata adinerado, “político”, era presidente “de algo”. Vestía con un traje muy elegante, zapatos de marca, lentes de marca. Su rostro era adusto, como si estuviera siempre enojado y su discurso no tenía nada que ver con el chico alegre e incendiario al cual le quise robar los sueños hacía unas tres décadas. Me sentí decepcionada.  Por supuesto ni se me ocurrió acercarme a él, tipos como estos, suelen hacer desaires a los viejos conocidos. 

Apresuré el paso para llegar a casa y me pregunté qué circunstancias pueden hacer que uno cambie diametralmente lo que piensa. Yo también había cambiado con el tiempo, pero en mi corazón seguía siendo la chica de aquella época. Entonces de repente se me ocurrió que tal vez sí había logrado mi cometido y le había robado los sueños al de la barbita, pero se los había robado de tal forma, que él no había podido volver a recuperarlos, tal vez se sintió cómodo de desprenderse de ellos, tal vez nunca creyó de verdad en ellos y hasta agradeció que se los hubiese robado. Ahora quizás, era yo la mujer incendiaria, que odiaba las injusticias, que odiaba los políticos y a los “presidentes” y que seguía creyendo en la vida sencilla y austera como parte de mis principios y valores. 

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