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Ese día Víctor había llegado con más rabia que nunca al colegio. Aun le dolía la golpiza que le había propinado su padre el día anterior. En principio no se atrevía a mirarse la espalda, pero el dolor que sentía lo llevó al espejo y allí vio los ramalazos de la correa, esta vez su padre se había pasado.

Era un chico fuerte, probablemente el más fuerte del curso. Pero con su padre sentía respeto y terror,  aunque no le faltaban deseos no se le ocurría ni siquiera intentar detenerle cuando le pegaba, eso habría sido el fin de sus días.

Antes de tocar la campana ya había descargado su rabia con el primero que se le había puesto en frente: David, no sabía porque siempre él aparecía cuando estaba más enojado o tenía rabia. Era el chico mas pequeño  e indefenso de la clases, usaba anteojos, nunca alzaba la voz, no se enojaba con nadie, nunca le hacía mal a nadie, tanta bondad encolerizaba todavía más a Víctor. Ese día no tenía deseos de estar en el colegio, para vengarse de lo que le había hecho su padre se propuso molestarlo hasta el extremo

David había llegado con su pelota de Basketball, se la pidió prestada para lanzar unos tiros al aro y David se negó, le pegó tremendo golpe en la espalda que  lo obligó a que soltara la pelota, corrió a rescatarla y comenzó a lanzarla al aro, mientras David iba atrás él suplicando que por favor le devolviera su pelota. Solo cuando se cansó de lanzarla se la devolvió.

A primera hora tocaba deportes, era la materia preferida porque podía correr libremente por el patio, y el profesor de deportes no se metía mucho con él. Estar sentado en las aulas le aburría, no sabía quien se había inventado el colegio.

Después de las rutinas de deportes se inventaron un juego con una pelota de tenis, el juego era quien pegaba la pelota mas duro. Le tocó su turno y le lanzó la pelota con todas las fuerzas a David, la pelota lo golpeó en medio de la cara y terminó llorando a moco tendidos. En principio se asustó pero cuando vio que solo se le había marcado la pelota en medio del cachete se acercó con sus amenazas: “Si le dices algo a la profe te pego”.

Luego sonó la campana y tuvieron que entrar a la clase de español. Al rato llegó la orientadora, venía a llevarse a las niñas a una charla, que lástima que solo fuera a las niñas. Pero ya que no estaban ellas Víctor aprovechó para hacer desorden, se levantaba del asiento, hablaba con los otros chicos, mientras la profesora le mandaba sentarse una y otra vez.

La profesora había logrado tranquilizar a los chicos y se afanaba en copiar algo en la pizarra cuando Víctor se levantó del asiento se puso de espaldas a los chicos y se bajó los pantalones y le mostró el trasero a todos. Los chicos comenzaron a reír a carcajadas, cuando la profesora se dio vuelta preguntando el motivo de la risa ya Víctor había regresado a su asiento como si no hubiera pasado nada.

La profesora sin comprender recuperó el orden del aula y siguió escribiendo. Al terminar la clases, Víctor fue uno por uno donde los chicos, los amenazó diciéndoles que si alguno decía algo de lo que había ocurrido los golpearía, cuando llegó a David lo miró y con el dedo amenazante le dijo: “a ti chivato, te lo advierto, si dices algo te rompo los lentes”.

El pobre David pasó todo el día en un rincón, tenía los ojos aguados, pero se aguantaba para  no llorar, no entendía que le había hecho a Víctor para que cada vez se la agarrara contra él. Deseaba con todas las fuerzas que se terminaran las clases para llegar pronto a la casa.

El otro día parecía que el día  transcurriría normal,  pero a primera hora llegó la secretaria del área y le entregó una carta a Víctor para entregarla a sus padres. Los chicos se miraron todos en silencio y él sólo se limitó a bajar la cabeza y guardar la carta.

Cuando llegó el cambio de hora, todos los chicos lo rodearon, sabían que Víctor abriría la carta. Allí se enteró que mandaban a buscar a su padre para una reprimenda disciplinaria. Todos los chicos lo miraron asustados y el comenzó a echar maldiciones a todos diciendo que alguno había ido de chivato a contar lo que había pasado. Todos se voltearon a ver a David que era el único que se había quedado sentado en su lugar. Víctor solo levantó el dedo y lo amenazó.

Cuando sonó la campana del recreo. David salió corriendo del aula, pero Víctor fue también corriendo tras él, violentamente lo agarró por el cuello de la camisa y le dijo que si sus padres lo ponían de castigo le haría la vida imposible en el resto del año escolar. David le rogaba que lo soltara, le juraba que él no había dicho nada, que no sabía de que estaba hablando. Después de proferir mil amenazas y maldiciones sobre David, finalmente lo soltó.

David no quiso bajar al recreo. Se quedó sentado en las escaleras, no tenía deseos de que Víctor le pegara o se pasara burlándose de él. Mientras pensaba porque le había tocado la mala suerte de caerle mal precisamente a Víctor, apareció  Adolfo uno de los  compañeros del curso y se sentó junto a él en las escaleras. Adolfo era el chico más alto del aula, era un chico tranquilo que no le gustaba estar en problemas con nadie. No era particularmente amigo de nadie, estaba más bien solo siempre. Todos lo tenían por un chico tímido.

—   ¿No bajas al recreo? — Le preguntó Adolfo.

—   No, prefiero quedarme aquí y no andar recibiendo golpes de Víctor o permitir que se burle de mi.

—   Si te defendieras y le hubieras pegado ya no te golpearía.

—   ¿Tú también piensas que yo fui el chivato?

—   No. Yo sé que  no fuiste tú.

—   ¿Porque estas tan seguro? — le preguntó extrañado

—   Porque fui yo.

—   ¿Tú le dijiste a tu mamá lo que había pasado en el aula?

—   Si, le conté lo que había pasado y todo lo que te ha hecho.

—   ¿Y porque lo hiciste?

—   Porque creo que no te mereces que te trate así, no sé porque no le golpeas cuando te da. ¿Le tienes miedo?

—   No, en realidad no le tengo miedo, aunque reconozco que es mas grande que yo. Lo que pasa es que mi mamá dice que uno no debe ser violento, que cuando uno responde con golpes está incentivando la violencia.

—   Ya… pero debes decirle a tu mama que con Víctor es la única forma que él entiende.

David se quedó en silencio pensando y agregó:

—   No sé porque le dijiste eso a tu mamá ahora el cree que fui yo, y todo va a ser peor para mi. No sé como voy a terminar este año escolar, mi vida se va a convertir en un infierno.

—   Solo trataba de ayudarte — Le respondió Adolfo un poco triste.

—   Si, lo entiendo, pero creo que eso no ayudó nada, la situación se puso peor.

—   No lo creo, tengo una idea…

Así Adolfo le contó el plan. Cuando se terminara la jornada de clases  David debía acercarse a Víctor y decirle que sabia quien era el chivato. Debía decirle a Víctor que había escuchado como Adolfo le contaba a una de las chicas, que él era que le había contado todo a su mamá y que ella había decidido poner la queja en la dirección. David no estaba muy convencido del plan, le manifestó a Adolfo su preocupación de que Víctor le cogiera entonces con él, pero Adolfo le aseguró que no se preocupará que el sabía como defenderse.

Al final de las clases, David hizo lo que Adolfo le había mandado. En principio Víctor no le creyó, le dijo que estaba acusando a otro para limpiarse, pero David se esmeró en darle detalles de las circunstancias como había escuchado la conversación y le juró, cruzando los dedos por detrás de la espalda, porque sabía que no podía jurar en vano, que todo era cierto. Víctor terminó creyéndole la historia.

Al otro día en el recreo todo el curso sabía lo que había ocurrido, y todos estaban preparados para la “gran batalla”. Las opiniones estaban encontradas por una parte algunos estaban con David, lo había hecho para defender su honor: “no era un chivato”; otros opinaban que había estado mal que fuera a contarle a Víctor, lo que demostraba que “si era un chivato”. Víctor por su parte lo único que quería era vengarse, si de todas formas lo iban a expulsar del colegio al menos debía darse el gusto de golpear a alguien, debía desquitarse por adelantado la golpiza que le iba a dar su padre.

Un grupo se juntó con Adolfo en el lugar mas apartado del patio, David no estaba en ninguno de los bandos, al rato llegaron los que apoyaban a Víctor. Todos pensaban que Víctor no diría ni esta boca es mía, que simplemente llegaría y le plantaría tremenda paliza a Adolfo así que se asombraron cuando Víctor comenzó a hablar con Adolfo:

—   Me enteré que tu fuiste el chivato que fue con el chisme donde “tu mami”.

—   Si fui yo, ¿algún problema?

—   Se puede saber porque fuiste con el chisme, yo les advertí que no le dijeran nada a nadie.

Adolfo lo miró fijo a los ojos, no tenía ninguna rastro de miedo en su cara. Sus ojos le brillaban y midió sus palabras antes de contestar.

—   Porque estamos todos hartos de que hagas lo que te da la gana en el aula, y era tiempo de que alguien te diera una lección.

No habló mas, se armó tremenda pelea, Víctor trataba de golpear con tanta rabia que apenas atinaba los golpes, Adolfo lo esquivaba ágilmente y lo golpeaba con fuerza. El resto de los chicos aupaba la pelea y le hacían coro a uno y a otro. Víctor estaba tirado en el piso cuando llegó uno de los profesores a separarlos. Cuando se dio cuenta que era Adolfo el que peleaba, se asombró mucho, lo miró extrañado y le preguntó:

—   Adolfo, ¿Qué pasó? ¿Por qué hiciste eso?

Él miro entonces a David, que aún estaba alejado de toda la pelea en un lugar apartado el patio, miró al profesor, quien asintió, sin decir más palabras.

Víctor fue expulsado del colegio por dos semanas, a Adolfo lo mandaron para su casa ese día. Al otro día, cuando regresó, todos lo miraban con respeto, no precisamente por haber peleado. Desde ese día Adolfo y David se hicieron grandes amigos. Y Víctor nunca volvió a meterse con David.

 

 

Hoy ando con la rabia revoloteada por dentro. Pienso que me  paso la vida tratando de hacer las cosas bien, tratando de que mi trabajo tenga un valor y cualquiera que se pasa por el frente cree que puede echarle tierra al trabajo de uno.

No creo que sea un santa, ni que no haga mal las cosas, me equivoco muchas veces y trato  siempre de tener la humildad de reconocerlo. Pero si hay algo que he tratado a lo largo de mi vida es no hacerle daño a las personas que me rodean o a cualquiera que circunstancialmente esté a mi lado.

Cuando veo personas que están dispuestas a hacer que otro se hunda para salir adelante creo que el corazón de esa persona debe estar muy duro y lleno de mucha maldad.

Uno de los cuatro acuerdos dice que las cosas no deben tomarse a título personal, pero hay ocasiones en que te hacen tanto daño que por mas que lo intente, no pueden dejar de afectarme y en esta ocasión lo he tomado personal.

Hoy me ocurrió un incidente en una reunión de trabajo en el cual una persona expulsó tanto veneno en sus palabras que de  verdad me hicieron daño. Cuando alguien es capaz de decir cosas para dañar a un empleado de tercera que solo está tratando de hacer su trabajo. Cuando alguien es capaz de decir hasta mentiras para  hacerle daño a otros mi conclusión es que no debe tener un buen corazón.

Mi mamá que le gusta mucho hablar de castigos dice que las cosas malas que uno hace en la tierra se pagan en la tierra. Sé que hay mucha gente buena que se enferma y uno a veces se pregunta ¿Por qué? ¿Por qué se enfermó? o ¿porque le pasó tal o cual cosa? Pero debo confesar que cuando veo gente que hace cosas malas, que se enferma, dentro de mi pienso: “tal vez mi mamá tiene razón y las cosas se pagan aquí en la tierra”

Como siempre me gusta terminar con una nota optimista en mis escritos y reflexiones. Solo quiero pedir a Dios por esas personas, que pasan por la vida haciendo daño a los demás, queriendo “ser” a costa de hacerle daño a otros. Pedirle a Dios que toque sus corazones y en algún momento de la vida algo grande les haga comprender que hay otros caminos, mas felices, que llenan mas de satisfacciones que hacerle daño a los demás.