Don Augusto y su padre

Posted: 20 noviembre 2011 in Mis escritos
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Don Augusto era un hombre de un carácter fuerte. Siempre mantenía la calma y no era fácil hacerle perder la paciencia. Tenía un temperamento frío como un tempano de hielo.

Era periodista, trabajaba en el diario mas prestigioso de la ciudad y escribía artículos de opinión. No le gustaba salir a la calle porque pensaba que ser periodista era estar en un escritorio dándole a las teclas de la maquinilla y no perdiendo el tiempo en la calle buscando noticias sensacionalistas . Tenía una columna fija en el periódico y dedicaba el resto de su tiempo a revisar los textos que escribían los demás, porque redactaba de forma excelente y conocía la ortografía a la perfección.

Lo conocí cuando era estudiante de comunicación. Había conseguido un trabajo de pasante en el periódico y desde el principio le caí bien, porque decía que no tenía que revisar mucho los textos que yo escribía. Tres veces por semana iba a su casa a almorzar al medio día y algunas veces cuando se acercaba el fin de mes y sabía que  yo no tenía dinero para comer me invitaba a ir a su casa. Por eso llegué a conocer también a su familia.

Tenía cuatro hijos pequeños, con diferencias de edades entre los 14 a los 5 años que lo trataban con mucho respeto. Cuando llegaba a la casa, uno a uno iban desfilando a pedirle la bendición y él con su carácter agrio le iba respondiendo, diciéndole su respectiva reprimenda por cualquier motivo. Yo siempre pensaba que lo hacía solo para hacer sentir su autoridad.

Después del almuerzo y mientras él se echaba una siesta antes de regresar a la oficina, yo le ayudaba a su esposa a lavar los trastes y entonces conversábamos, siempre ella hablaba de él. Me contaba las historias de cómo lo había conocido, en principio estaba muy enamorada, era un hombre muy galán y educado, pero luego que se casaron salió a relucir ese temperamento tan rígido, que no aceptaba bajo ninguna circunstancia que nadie se desviara de las reglas que él imponía en la casa. No era un hombre cariñoso, mas bien tosco en sus formas y ella echaba de menos esos gestos de ternura que tanto había soñado alguna vez.

Un día llegué al periódico y me enteré que había muerto el padre de Don Augusto. Decidí pasar por la funeraria a darle mis condolencias y lo encontré con su traje negro y corbata, inalterable como siempre. Se observaban en la sala las mujeres llorando a moco tendido cada vez que se acercaba un nuevo amigo o familiar, él simplemente se mantenía serio y aceptaba las condolencias sin decir una palabra. Durante todo el rato que estuve allí no lo vi ni un momento perder la compostura.  En el momento en que terminó todo y se dispusieron a llevar el féretro al cementerio, nuevamente los llantos no se hicieron esperar pero Don Augusto mantuvo la calma completamente.

Un mes después se celebraba el día de los padres y decidí comprarle un obsequio y llevárselo a su casa. Me sentía muy agradecida con él por la forma deferente en que me trataba. Pasé temprano porque tenía que viajar al interior a pasar el día con mi padre. Ya me disponía a partir cuando de repente salió una de sus hijas que se acababa de levantar y le entregó una cajita de regalo a don Augusto. Al abrirla, miró unos pañuelos que la niña le había bordado con una A grande en punto de cruz y en ese momento un llanto desgarrador salió desde lo mas profundo de su ser. Nunca antes en mi vida había escuchado a un hombre llorar de esa forma. De ese llanto brotó todo el sentimiento reprimido y todo el amor que una persona puede tener hacia un padre, sentí al escuchar sus lamentos lo que significa extrañar a alguien, no poder hablarle, sus lagrimas al brotar parecía decir “te quiero papa” y expresaban ese deseo de llegar a lo mas profundo de su tumba en aquel día de los padres.

Don Augusto lloró durante unos minutos que parecieron eternos, todos lo mirábamos sin saber como consolarlo, yo pensaba que debía marcharme, pero mis pies se negaban a moverse. Los hijos lo miraban con llanto en los ojos, con mirada acusadora  hacia la hermana por haber desatado esos sentimientos profundos y con la impotencia de ver un hombre fuerte, que no se doblaba ante nada, llorando de esa forma. Al final se secó las lagrimas con uno de los pañuelos. Atrajo a la niña hacia sí en un abrazo fuerte, se levantó de la silla lentamente y se marchó. En ese momento mis pies al fin respondieron y me despedí rápidamente de la señora y los chicos.

Estuve trabajando unos meses más en el periódico, Don Augusto nunca volvió a invitarme a su casa a almorzar. Aunque me saludaba y nos tratábamos, a partir de ese día fue indiferente conmigo, creo que no me perdonó  que fuera testigo de sus sentimientos y que descubriera que debajo de ese traje de frialdad que siempre llevaba puesto, había un hombre de carne y hueso capaz de conmoverse hasta el llanto al recordar a su padre muerto.

Perseverar.

Posted: 15 noviembre 2011 in Reflexiones
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No se que pasa en el mundo actual pero me encuentro con mas frecuencia personas que abandonan las cosas que comienza. Hemos perdido el valor de ser perseverantes.

Recuerdo que cuando terminé la universidad quería irme a estudiar fuera, comencé a buscar una beca y muchas veces llegaba a casa decepcionada porque no veía posibilidades, mi papá siempre me decía: “never… never give up” y me mantuve firme en mi propósito hasta que lo logré, conseguí una beca y me fui a vivir en Guatemala dos años y medio.

Estando allá muchas veces sentí deseos de abandonarlo todo y volver a casa, la soledad me pegaba muy duro, pero siempre pensaba que debía terminar lo que había comenzado, finalmente nadie me había obligado a estar allí lo había hecho porque lo deseaba, había tomado sola mi decisión.

Recuerdo que al final de los dos años cuando ya había terminado el plan de estudios y solo me faltaba la tesis para el grado de maestría, me quitaron la beca, debía buscar como mantenerne pero la razón principal era que yo tenía mi novio en Dominicana y estaba loca por regresar a casa, así que ese diciembre llamé a mi papá y le dije que no iba a hacer ninguna tesis, que me regresaba a casa, que ya lo que iba a aprender lo había aprendido, finalmente ¿Para que servía un título? Mi papá se enojó mucho conmigo y después de 2 horas de discusión por teléfono terminó su conversación diciendo: “es mas, si vienes sin la tesis vas a tener que buscar donde vivir porque para mi casa no vuelves”.

Siempre pensé que era lo mas arbitrario que le había escuchado a mi papá, lloré toda la noche. Al otro día volvió a llamarme y me dijo que me iba a pagar el pasaje para que volviera a Dominicana durante 15 días y descansara, y luego regresara en enero a terminar mis estudios. Y así lo hice, aprendí una gran lección de mi papá, las cosas no se dejan a media, a veces debemos hacer algún alto en el camino, pero “nunca, nunca darnos por vencido”

Muchas veces quiero comenzar a hacer algo y lo pienso bien antes, porque después no me gusta dejar las cosas por la mitad. Pero en la actualidad veo a mi alrededor  jóvenes que comienzan las cosas y no lo terminan: tienen una idea y luego la abandonan, comienzan una relación y luego se cansan de ella y la dejan,  no son perseverantes, creo que es una virtud que se va perdiendo en esta vida. Si no somos perseverantes en las pequeñas cosas ¿Cómo podremos ser capaces de serlo en las grandes, en los grandes compromisos que luego nos tocará asumir?

Siento que hay un ansia de que el éxtasis y la pasión siempre esté en el punto mas alto, que siempre haya emoción en lo que haces y lamentablemente en la vida nunca es posible estar en el punto alto de la curva, hay altos y bajo, las cosas a veces no son tan emocionantes como al principio,  cuando llevamos un tiempo haciendo algo viene el cansancio y el hastío natural, creo que en ese momento, debemos comenzar a buscarle un giro a las cosas, pero no podemos pasarnos la vida comenzando cosas y abandonándolas.

Solo espero que aprendamos que en la vida hay que perseverar en todo y que no debemos abandonar lo que empezamos ante el menor signo de cansancio y que  “nunca… nunca debemos darnos por vencidos”.

Me tire de cama a las 5 de la mañana sin haber pegado un ojo en toda la noche. Don Berna, el papá de Melisa, estaba durmiendo en la habitación contigua. El hombre roncaba y por más que intenté conciliar el sueño sus ronquidos de oso no me dejaron dormir. Iban en crescendo y el ruido era en verdad insoportable, nunca antes había escuchado a nadie roncar de esa forma.

Allí estaba en pie de guerra,  ni siquiera el sueño que tenía, me impediría hacer el viaje que desde hacía meses estaba planificando al cementerio de San Lucas para la celebración del día de los muertos. En medio del frío que comenzaba a aventurarse a principios de noviembre, Melisa, sus hermanas y yo nos subimos a la cama de la camioneta y partimos.

Ahora sin ruidos tal vez podría dormir porque los gruñidos, espabilados con la mañana, se encontraban aislados  y silenciosos en la cabina delantera del vehículo. El susurro de la brisa me fue adormeciendo así que me acurruque y quedé profundamente dormida.  El trayecto se hizo corto y no volví a abrir los ojos hasta que el auto se detuvo en nuestro destino.

Había estado pocas veces en un cementerio, pero lo recordaba como un lugar tranquilo y solemne. Aquel lugar, sin embargo,  parecía una fiesta y se veía el ir y venir de la gente es sus preparaciones para la celebración. Unos traían los tarros de polvo de cal y se dedicaban a preparar la mezcla que esparcían sobre las tumbas. Se veían por todos lados las vendedoras haciendo su oferta con flores de todos los colores. Mientras que otros se dedicaban a preparar sus barriletes.

Me acerqué a una de las vendedoras a comprar unas flores,  la chica experta me explicó que los colores de las flores tienen su significado, el blanco: paz, calma, armonía; Violeta: dignidad; Rosa: ausencia de todo mal. Nunca flores rojas, porque expresan alegría.  Me decidí por las blancas, pensé que eran las más adecuadas para la ocasión. Acompañé a Melisa y a sus padres a la tumba de la familia y deposité allí las flores.

Cumplidos los compromisos sociales, me dediqué a hacer lo que me había llevado ir ese día hasta San Lucas. Debía comprar la chichigua o el barrilete, la cometa, papalote, volantín. En ese momento me pregunté ¿cómo un objeto puede tener tantos nombres en un mismo idioma? No importaba mucho como se llamaba, la tradición decía que se debía elevar un mensajes hasta las nubes con el barrilete para traer paz a nuestro corazón. Al parecer, mientras más grande era el barrilete el mensaje sería mejor comprendido por el Todopoderoso. Aunque todos se afanaban con sus barriletes gigantes yo me conformé con uno pequeño. Mi deseo era sencillo y claro, y pensaba que con ese sería suficiente.

Saqué el papel que había escrito desde hacía días, lo leí nuevamente para estar segura del mensaje: “Elevo al viento mis penas, y mi soledad, entrego al alma de los difuntos que hoy vagan por el cementerio mis pesares, que ellos se encarguen de llevarlo a otras tierras lejos de donde estoy” Con un alfiler enganché el mensaje en mi barrilete y empecé el proceso de izarlo al viento.

La brisa estaba a mi favor, después de varios intentos logré despegarlo del suelo. Corrí para conseguir que se elevara y se iba izando hasta que ví que se iba feliz allende los vientos. Fuí soltando poco a poco el hilo a medida que me lo iba pidiendo el viento, lo ví subir y volar y cuando solo era un punto indistinguible en medio del cielo, cerré los ojos y lo solté, al abrirlos nuevamente ví entonces como se alejaba.

De repente una brisa que casi me tumba vino, todos se apresuraron a agarrar cualquier cosa que pudiera volarse. Una señora hasta sujetó a un chiquillo, pero yo seguí simplemente mirando hacia el cielo y ví mis pesares alejarse hasta que ya no conseguí ver más mi barrilete. Bajé la cabeza, miré a mi alrededor y ya no escuché nada, el ruido de la gente de repente había desaparecido, una paz inundó todo mi ser y entonces comprendí que el misterio del San Lucas se había hecho en mi, a partir de ese día la alegria volvió de  nuevo a mi corazón.

Dedicada a mi familia Guatemalteca que hicieron mi vida hermosa durante esos años, a mis hermanas Agripina, Norma y Maribel y a sus padres Don Berna y Doña Victoria estos últimos que Dios los tenga en la gloria.

Hoy andaba buscando cosas en el baúl de los recuerdos.  Antes, cuando no me había dado por esto de andar escribiendo, igual escribía pero lo guardaba para mi. Asi que buscando en el baúl encontré unas notas de un libro maravilloso que cayó a mis manos hace unos años y no sé porque razón. Es uno de eso libros que los ves en la libreria, le miras el título y dices podría ser interesante, lo compras y lo guardas en el estante de libros.

Recuerdo que estaba entonces un domingo aburrida y encontré el famoso librito que me leí de un tiron esa tarde. El título: “El mejor lugar del mundo es aqui mismo”, el autor se los debo porque lo presté y no lo encuentro en el librero. Y aqui las cosas anoté del libro:

 “Que a veces debemos aprender que lo peor que nos ha ocurrido en nuestras vidas aveces puede ser lo mejor. Que sólo aquello que alguna vez produjo alegria profunda a nuestra vida puede provocar la tristeza mas profunda tambien y que de los peores episodios de nuestra vida siempre surgen las mejores cosas de la misma”

Esto es tan dificil de aceptar sobre todo cuando estamos en ese momento dificil, entender que solo con el pasar del tiempo podremos entender porque ocurren ciertas cosas y que las alegrias y las tristezas de la vida están completamente ligadas y no es posible separarlas. Que lo que fué nuestra mayor alegría puede convertirse en la mayor tristeza, y que las tristezas profundas pueden traernos nuevas esperanzas y nuevas oportunidades.

 Que aveces necesitamos tocar fondo para poder entender la grandeza del cielo, sentirnos desgraciados es una prueba de que podemos estar contentos. Cuando estoy sola me doy cuenta de lo bien que estaria acompañada y que tiene que dolernos algo para que valoremos la felicidad que uno siente cuando no nos duele nada.

Pasamos la vida tan seguros de lo que tenemos y de lo que hacemos, que muchas veces no valoramos en la justa medida todas las bendiciones que tenemos cada día. Cuando llegan los momentos dificiles y que nos hacen tocar fondo, es que podemos entender la grandeza del Todopoderoso y valorar la vida que tenemos y los momentos felices que nos han tocado vivir.

Por último una anécdota que encontré en el libro y que me pareció maravillosa fue la siguiente:

 Los japoneses tienen una rutina a la hora de comer: tres platos, el primero se sirve crudo, el segundo poco cocinado y el tercero requiere una elaboración lenta, para ellos  es un modo de recordar que en la vida todo tiene valor: lo simple pero valioso, lo que podemos conseguir a corto plazo y lo que tardamos mucho tiempo en lograr.

En nuestra vida todo tiene valor, tanto lo simple y sencillo de cada día como lo que nos cuesta un gran parte de la vida!!!

 

Comenzó noviembre y ando con el firme propósito de terminar el año organizada y eso pasa por darle calor a mi blog que lo tengo un poco olvidado.

Estoy leyendo un libro de Nouwen muy interesante, se llama “El regreso del hijo pródigo”  y trata sobre como cambio su vida a raíz de haber descubierto un cuadro de Rembrandt con la escenificación de la Parabola del hijo Pródigo y el regreso del hijo pródigo donde el padre.

Es una parábola que muchas veces hemos escuchado y normalmente terminamos identificándonos muchos con el Hijo Menor, al final el hijo mayor siempre es el malo de la película. Pues hoy mientras leía el libro pensé descubrí, igual que como lo hizo Nouwen, que me parezco mas al hijo mayor que a cualquier otro personaje del relato.

Descubrir esto puede entristecernos… y en principio así fue. Pero mientras iba hacia el trabajo pensaba que muchas veces en la vida uno hace tantos sacrificios y descubrir de repente que no ha valido la pena duele mucho, igual que como lo dolió al hijo mayor. Es como si de repente uno lograra comprender su comportamiento al verse reflejado en el.

Hoy estoy triste, hace días que estoy así. No me gusta escribir en el blog cuando me siento así porque pienso que todos tenemos tantos problemas para también andar leyendo las tristezas de los demás. Pero también de esos momentos no tan buenos uno tiene enseñanzas en la vida. Y dice Nouwen:

 “… caí en la cuenta de lo obediente que había sido a lo largo de mi vida. … durante toda mi vida fui responsable, tradicional y hogareño. Pero con todo había estado tan perdido como el hijo menor. De repente ví mis celos, mi cólera, mi susceptibilidad, mi cabezonería, mi resentimiento y, sobre todo mi sutil fariseísmo. Vi lo mucho que me quejaba y comprobé que gran parte de mis pensamientos y de mis sentimientos eran manejados con resentimiento… con toda seguridad era el hijo mayor, pero estaba tan perdido como su hermano, aunque hubiera estado en casa toda mi vida”

Espero pensar en este descubrimiento y que la reflexión me sirva para perdonar y de corazón olvidar. Y saber que aunque los sacrificios fueron y permanecen, eso no me dá más derechos que cualquiera que no los haya hecho, yo elegí mi vida y mi comportamiento, no elegí el rumbo que ha tomado en estos últimos tiempos, pero debo terminar de comprender que no lo puedo cambiar y que finalmente debo salir adelante, espero descubrir un día de estos como hacerlo y creo que cuando lo haga la tristeza desaparecerá de mi corazón.

Hace unos años, mi hijo mayor se estaba quedando en casa de mis padres. Se puso a rebuscar en las gavetas del abuelo y allí encontró un corcho, algunas tachuelas y un alambre fuerte, no se imaginan las cosas que pueden encontrarse en las gavetas del abuelo. Lo cierto es que se le ocurrió hacer un muñequito, la cabeza era el corcho y con las tachuelas le hizo los ojos y la nariz. La forma del muñequito la dibujo con un papel sobre el alambre fuerte, y cuando lo terminó le puso un hilo y se lo regaló a mi mamá, que finalmente lo colgó en la cocina de su casa.

Durante aproximadamente 8 años el dichoso muñequito estuvo colgando en la cocina de la casa, siempre que lo veía me preguntaba porque mami no lo tiraba a la basura porque estaba sucio, lleno de grasa y apenas se distinguía lo que había sido una ocurrencia de un chico de 10 años. Mi hijo tiene ahora 18 años.

No pude comprender lo que significaba ese muñequito para mi mamá hasta hace aproximadamente 2 meses. Fui a visitar a mis padres y vi a mi mamá descolgar el muñequito y decirme: “mira dile a Guillermo Emilio que quiero que me lo arregle”. La miré con cara de incredulidad, pensando la cara que pondría mi hijo cuando le llevara el muñequito y le dijera que  mi madre quería que él lo reparara. Y no me equivoqué, mi hijo no dijo nada pero puso cara de: “¿Para qué diablos Tata (asi le dice a mi madre) quiere que yo le arregle eso?” me morí de la risa y le dije: “Bueno yo no sé, pero arréglaselo”. Los que conocen a mi mamá saben cual fue la razón de esa especie de amenaza.

Pasaron casi 2 meses. En el intervalo mi hijo menor llegó a casa con unos corchos y tome un par y los dejé encima del escritorio de mi hijo mayor, insinuando que debía arreglar el muñequito. De más está decir que cada miércoles cuando iba a almorzar a casa de mis padres mi mamá preguntaba que donde estaba su muñequito. Yo llegaba a mi casa y le recordaba a mi hijo el encargo que tenía. Y su respuesta siempre era la misma: “si yo sé, yo se lo voy a arreglar”. Pero seguían pasando los día y él no terminaba de ponerse en su tarea.

El miércoles de esta semana, entré a la habitación de mi hijo, y al ver por milesima vez el muñequito maltrecho sobre su escritorio pensé: ¿Qué tanto puede significar ese muñequito para mi mamá?  Solo sé que ella tiene 75 años y creo que a esa edad esas cosas deben ser importantes. Pensé que probablemente algún día estaré allí, sin muchas cosa que hacer o en que pensar, y tambien yo desearé que un nieto dedique 1 hora de su tiempo a su abuela y reparé el muñequito que tiene colgado 8 años en la cocina de su casa, y que talvez sea lo que cada día le dá alguna razón para vivir y ser feliz.

Lo cierto es que decidí ponerle un poco de presión a mi hijo, tomé el corcho y me dediqué a hacer un muñequito, parecido al que mi mamá tenía colgado, tal vez tan feo como el que originalmente había hecho mi hijo. Cuando lo terminé se lo llevé a mi hijo mayor y le dije: “Mira lo que hice, si para el viernes no terminas el muñequito que Tata te dio, le llevaré este y le diré que tu lo hiciste. Esta horrible, pero ella no va a pasar un día mas decepcionada de su nieto”

Mi hijo, se mató de la risa, me dijo que eso era un vulgar chantaje y que no le podía hacer eso. Intentó arrebatarme de las manos y romper mi horrible creación. Pero me mantuve firme en mis propósitos.

Hoy mi madre vino a visitarnos y mi hijo salió con su sonrisa y le entregó el muñequito reparado. Hizo algo realmente creativo y hermoso y estoy tan orgullosa de él por no haber decepcionado a su abuela. Al final esas son las cosas realmente importantes de la vida, esas pequeñas cosa que son las únicas que nos podemos llevar el día en que nos llegue el momento de partir de esta tierra.

Para que puedan comprender esta historia les dejo la imagen de los dos muñequitos.

Post-Data:

Cuando le conté a mi mamá la historia de como había logrado que Guillermo Emilio reparara el muñequito y le mostré el que yo había hecho, mi mamá me pidió que se lo diera, sé que está horrible, pero me siento feliz que pase a formar parte de sus tesoros.

Un viaje a la Montaña

Posted: 16 octubre 2011 in Mis escritos, Reflexiones
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Tenía 23 años la primera vez que hice el viaje a la montaña. Veinte años después había decidido volver. Era poco lo que recordaba de aquel primer viaje, solo hechos aislados y que había sido muy agotador y que fue organizado por un grupo de la universidad. En aquella época había comenzado mi preparación apenas con un par de semanas de antelación, así que no tuve  mucho tiempo de  ponerme en forma. Ahora, aunque ya no era tan joven como entonces, me sentía más en forma, hacía ejercicios regularmente y caminaba todos los días, así que estaba convencida de poder realizar el recorrido de veinte y cinco kilómetros en un día.

Llegamos a la acampada en la tarde y allí dormimos y en la mañana nos organizamos para comenzar la caminata. Los planes eran salir del punto de partida a las siete de la mañana y se suponía que alrededor de las dos de la tarde debíamos llegar al valle.

A medida que comencé a avanzar me fui distrayendo con el paisaje que era maravilloso. A lo lejos se observaban casitas con sus techos de zinc y cualquier variedad de arboles. Iba cruzando los riachuelos con sus puentes que daban miedo, al mirarlos parecían débiles, pero al atravesarlos comprobaba que estaba firmes con sus tablas atravesadas entre dos gruesos troncos. Fueron pasando por mi lado los caminantes que me animaban a apurar el paso  pero yo había decidido que iría a mi ritmo, quería disfrutar la caminata.

En un momento me percaté de que hacía mucho rato que no pasaba nadie por mi lado. Comencé a mirar hacia atrás a la espera de nuevos caminantes, pero yo calculaba que había transcurrido aproximadamente una hora desde que me había pasado el último por el lado. Comencé entonces a sentir algo de aprensión. Las instrucciones  que nos habían dado indicaban que el camino era seguro, así que en teoría, aunque estaba sola no debía preocuparme.

Seguí avanzando lentamente, pero comencé a sentirme cansada, había estado llenando la cantimplora en los riachuelos que encontré en el camino pero el último lo había dejado hacía mas de dos horas y el agua se había agotado. Vi  entonces un letrero que indicaba que había un rio bajando una pendiente.

Miré la pendiente y me pareció demasiado empinada para mi gusto, pero no había opción, era bajar o quedarme con sed y sentía que no podía dar un paso mas. Me quité la mochila que llevaba a cuesta para bajar mas cómoda y comencé a descender lentamente. El terreno estaba muy resbaloso y me iba a sujetando de las ramas, afirmaba los pies,  las agarraba para ver si estaban fuertes y entonces me agarraba de ellas para dar un nuevo paso, pero de repente una de las ramas cedió, me resbalé con el lodo y me vi rodando cuesta abajo sin lograr detenerme, iba arrastrando todo el lodo que había a mi paso y sentí como me rasguñaba todo, trataba de agarrarme a las ramas y a las piedras pero por mas intentos que hice llegué a la orilla del rio rodando.  Sentía que me dolía todo y respiré profundo antes de evaluar los daños que había en mi cuerpo.

Comencé a mirarme detenidamente cada rasguño y entonces sentí un dolor en una de mis piernas. Vi el pantalón roto y lleno de sangre y cuando miré me di cuenta de que al parecer me había golpeado con alguna piedra filosa y tenía una herida abierta que no tenía buen aspecto. Traté de incorporarme pero me dolía mucho la pierna.

Miré entonces hacía arriba y me di cuenta de que había descendido mas de lo que hubiera querido.  Con la herida que tenía en la pierna sería casi imposible volver a subir. Traté de tomar las cosas con calma y caminé hasta el riachuelo, tome agua, llené mi cantimplora y lavé la herida.

No tenía muchas posibilidades de ser encontrada por un buen rato, primero todos debían llegar al valle y cuando comenzaran a pasar revista entonces se darían cuenta de no estaba. Comencé a sentir temor de encontrarme allí perdida y pensé que había sido muy tonta al haberme quedado  sola en el camino. Me senté sobre una piedra y como me ocurría cuando estaba en situaciones difíciles comencé a divagar.

Pensé en las circunstancias que me habían hecho tomar la decisión de hacer de nuevo aquel viaje a la montaña. Era el anhelo de recordar tiempos mejores en los que el tenía la vida llena de sueños  todo el mundo por delante, donde no había preocupaciones y pensaba que podía lograr cualquier cosa que me propusiera.  Mi vida había cambiado tanto en los últimos tiempos, el trabajo y la rutina se había apoderado de mi y sentía que la vida ya no tenía emoción.

Aquí en medio de la soledad de la montaña sintiéndome perdida ¡cuanto anhelaba que apareciera una persona! Miré hacia la pendiente y la vi llena de lodo, recordé que el lodo era lo que me había hecho resbalar y caer. A veces el lodo puede ser mas profundo de lo que te imaginas, hay que tener cuidado cuando se pisa. Es como la vida muchas veces nos encontramos con situaciones que pueden ser mas profundas o peligrosas de lo que imaginamos.

Decidí que no hacía nada lamentándome o pensando estupideces y comencé a buscar por los alrededores alguna rama fuerte y firme. Encontré una entre los matorrales, me apoyé sobre ella, vi que funcionaba  como muleta y entonces comencé mi intento por ascender. Lentamente iba avanzando por la subida empinada y llena de lodo cuando de repente creí escuchar voces. Detuve el ascenso y me concentré. Si! eran voces, no distinguía lo que decían pero eran voces. Entonces comencé a gritar:

― Ayuda!!! ― y esperé a ver si contestaba alguien

― Ayuda!!! ― volví a gritar ― aquí abajo ayúdenme por favor.

Entonces comencé a distinguir las voces mas claramente. Las escuchaba mas cerca y me di cuenta que venía en mi ayuda. Un momento mas y vi a aquel chico, alto, fuerte con su gorra azul que se acercaba. Me preguntó que me había ocurrido y le explique brevemente que había bajado a llenar la cantimplora de agua y como me había resbalado y había llegado rodando hasta abajo. Cuando le pregunté como me habían encontrado me contó que encontraron mi mochila en el camino y les extrañó porque pensaban que todos ya iban adelantados, entonces escucharon mis voces. Le comenté que yo también pensaba que no quedaba nadie atrás porque hacía varias horas que me había pasado la última persona por el lado. Le dije que cuando escuché las voces sentía que había vuelto a nacer.

Con ayuda de él logre subir hasta el camino nuevamente. Estuvimos  un  rato esperando al equipo de apoyo que venía detrás con los bultos y las mulas. Decidimos que no podía seguir el camino con la pierna como estaba así que me subieron a una de las mulas y así terminé el trayecto hasta el valle.

Pasamos dos días en el valle y lo pasé recluida. Cuando ocurren cosas que ponen en peligro nuestras vidas nos da por pensar: ¿Si me hubiera ocurrido algo y hubiera sido el último día de mi vida hubiera estado conforme con lo que había hecho hasta ahora? En esos días en la enfermería pensé en tantas cosas de mi vida que quería cambiar y al regresar a casa llegué con una firme de decisión de no volver a hacer nunca nada que no me hiciera completamente feliz

No había dormido nada la noche anterior,  fui sintiendo como el sol iba apareciendo cuando sus rayos comenzaron a luchar por entrar en mi habitación por las uniones de la cortina. Menos mal que era sábado, y ya que estaba levantada decidí salir a caminar, eso me ayudaría a aclarar mis ideas.

Mientras caminaba iba pensando que era una mujer extraña. No me consideraba tímida, pero no tenía muchos amigos. Con mis 23 años tenía un estilo un poco bohemio: llevaba siempre mi rizado pelo suelto y despeinado, no usaba faldas porque no me gustaban mis piernas, así que siempre andaba con mis jeans y mis tenis. Me gustaba leer novelas y cuentos y me gustaba escribir. Soñaba con viajar de un lugar a otro sentir la libertad, pero sabía que había algunas cosas que debía definir primero en mi vida,  quería volver a la universidad y estudiar literatura.

En realidad no entendía porque me había pasado esto. Durante semanas cada día estuve allí sentada. El llegaba siempre después de mi y se sentaba en la misma mesa. Entonces yo comenzaba a pasar las páginas de mi libro y hacia como que leía, por el rabillo del ojo veía como él me observaba. Finalmente me levantaba y me iba sin comprender una vez mas porque él nunca se acercaba. Durante muchas tardes pensé: “hoy será el día” y cuando me levantaba para irme tenía la tentación de acercarme y decirle: “¿Oye puedo preguntarte porque me miras y no terminas de levantarte y hablarme?” Pero nunca me había armado de valor, tenía miedo de que me dijera que no me estaba mirando o que me había vuelto loca.

Ayer había decidido no ir, había extrañado mi capuchino y mi habitual porción del dulce que tanto me gustaba. Pero no tenía sentido seguir perdiendo el tiempo en una ilusión, en un sueño sin sentido. Debía seguir mi camino y resignarme a que tal vez había venido al mundo a estar sola, ese parecía ser mi destino. Sin embargo no entendía porque no había podido dormir, parecía como si el solo hecho de verle cada tarde me hubiera ayudado a vivir durante esas semanas, a ser feliz,  a estar tranquila, y mantener ese sentimiento de paz que desde ayer había perdido y que no me había dejado dormir.

Tal vez vivir metida en el mundo de fantasías de mis libros y mis historia me había hecho creer que la vida son solo sueños. Ilusiones, decisiones y debía terminar de aceptar que la vida es solo: razón, análisis, lógica y finalmente realidad.

Cinco de la mañana. Salgo de casa dispuesta a mi caminata de ejercicios y meditación de una hora.  Escucho los cerrojos de la puerta en medio del silencio del edificio: uno, dos seguros. Luego escucho mis pasos bajando las escaleras, peldaño tras peldaño. Siempre pienso que las personas del edificio se van a despertar con el ruido, pero eso no hace que baje mas despacio.

Al salir  del edificio los ruidos de la mañana comienzan a llegar: pájaros con diferentes trinos, grillos, perros ladrando y el sonido de mis pasos nuevamente. Me concentro en ellos y pienso en lo tranquilo que se escuchan y la paz que transmiten. Me hacen olvidar el estrés y me desaceleran.

Bajo por mi calle, llego a la primera intercepción y como estoy más cerca del mar ya comienza a escucharse el batir de las olas contra las rocas. El mar parece estar un poco bravo porque las olas se escuchan fuertes. Mis sentidos están sensibles así que sigo escuchando mas sonidos de pájaros, un guardián que abre y cierra alguna reja, mas grillos y mis pasos.

Al llegar a la avenida confirmo la hora en el reloj que llevo en la cintura, que también va contando mis pasos, son las 5:10 a.m. El sonido de las olas, ahora más fuerte, opaca el de las aves y los grillos, se confunde con el de los carros que pasan. Juego a caminar con los ojos cerrados, con los sonidos mas fuertes o más leves,  puedo distinguir si viene un carro, un camión, o un autobús. Me divierto cuando al abrirlos, confirmo que he acertado y siento una tonta alegría en mi corazón.

Escucho los pasos de las personas que vienen y van haciendo ejercicio, unos  caminan, otros corren. Las personas que caminan a esta hora siempre son las mismas. No las conozco pero a medida que se acercan voy imaginando sus historias.

Pepe: pasea con su perro que siempre va cansado, porque su lengua larga babea y su dueño casi lo tiene que arrastrar. Pepe camina con la cabeza de lado, como si no pudiera enderezarla. Trabaja en un banco, es cajero, lleva una vida aburrida y por más que lo intenta no ha conseguido novia.

Francisco: definitivamente está loco, camina acelerado, levanta los brazos al cielo y cuando alguien se acerca en lugar de saludar le dice: Eah!! Eah!!! Y sigue caminando, mas bien corriendo.

Ramona y José son una pareja de esposos, se casaron viejos y no tienen hijos. Ella se dedicaba a cuidar a una viejecita durante años y él se mantuvo cortejándola durante los mismos. Cuando la viejita se murió entonces él le pidió que se casaran y ella le dijo que sí. Caminan todos los días agarrados de la mano.

Las amigas. Hilda, alta, gorda, su cabeza llena de rolos y Ana, pequeña y menuda, con un gran moño en la cabeza. Van contándose los chismes del barrio y no paran de hablar ni un segundo. Son amigas hace más de 20 años.

De repente vuelvo a estar sola en el camino. Son las 5:30 y ya me voy acercando al parque. Escucho una bocina, la alarma de un carro, luego voces y alegría de las mujeres y hombres que salen del  casino del hotel a esa hora. Música de los carros que pasar  nuevamente y luego el sonido se va escuchando mas lejano, ¿Cómo serán las vidas de aquellas almas bohemias que no duermen y solo piensan en divertirse? Quizás le tengo un poco de envidia.

Sigo mi trayecto por el malecón. En el lugar dónde el mar se acerca a la costa escucho las olas fuertes que chocan contra las piedras. Mientras más de lejos vienen, más prolongado es el sonido. Ahora estoy muy cerca del mar y cierro de nuevo los ojos. Escucho como vienen  las olas, como si fuera música a mis oídos: algunas prolongadas en un compas de cuatro tiempos , un dos, tres, cuatro y otras más cortas marcando el compas de dos tiempos: un – dos, un – dos.  Aunque no las puedo distinguir muy bien porque está aún oscuro, las olas con sus sonidos diversos me van mostrando como son: fuertes ó débiles si son altas o bajas; largos o breves, si están cerca o vienen desde lejos;  graves o agudos si chocan contra las rocas o con la arena. Cantando su música que esta vez va serenando de nuevo mi corazón.

Así escuchando el sonido de las olas llego al parque. Allí acelero el paso porque es el momento de hacer ejercicios y sudar. Pero sigo inventando las historias de mis compañeros de camino.

Olga y Luis, también son un matrimonio. El camina delante y ella unos pasos detrás. Ambos llevan sus pesas y van caminando al ritmo del movimiento de las pesas en sus manos. Tienen un estudio de fotografía. Comenzaron desde jóvenes cuando las fotos aun se imprimían. Todos sus hijos se  han ido a vivir fuera del país, pero ellos son feliz aquí tomando fotos.

Veo venir al amigo Jorge. Usa unos pantalones a la rodilla,  camiseta blanca y su radio con sus audífonos en los oídos.  Camina solo en uno de los lados del triángulo que hace el parque. Cuando va lo hace caminando, cuando regresa lo hace corriendo, pero se tiene que detener al final de tramo y parece que va a caer desplomado. Es abogado, no tiene ninguna pinta de atlético, pero necesita bajar de peso porque la novia es delgada y él teme que lo deje por gordo.

A estas alturas ya llevo mi tercera vuelta y el sol se va asomando por el horizonte. Los rojos y amarillos se confunden entre algunas nubes y el espectáculo es impresionante. Veo los rayos del sol asomarse por encima del mar. Pienso en la palabra sublime y creo que ese paisaje serviría para definirla perfectamente. Ahora son las 5:45 a.m. y ya debo ir dando la última vuelta por el parque para regresar a casa.

Retomo el camino de regreso, dejo detrás de mí el sol, el horizonte y a mis amigos caminantes.  Me cruzo con los que no son tan madrugadores que ahora es cuando inician su caminata. Aun no están sudados, ni cansados. Yo por mi parte ya comienzo a sentir el calor de la mañana. Estoy sudada y miro el mar con sus tonos azules y verdes. Los hoteles y casinos ya están cerrados y los que amanecieron de parranda, ya parecen haberse ido a dormir. Yo mientras apenas comienzo mi día.

Deshago mis pasos, voy subiendo la cuesta que bajé hace una hora para regresar de nuevo a mi casa. Veo los trabajadores que van caminando hacia las construcciones. Los empleados hacia sus trabajos. En la esquina el señor del puesto de frutas instala su mesa y acomoda sus frutas.

Hasta que finalmente miro de nuevo el reloj. Son las 5:59 minutos y estoy frente a la puerta de mi edificio. Abro lentamente la cerradura y pienso en  la mañana que comienza y en un hermoso día lleno de energía que me espera.

Hoy ando con la rabia revoloteada por dentro. Pienso que me  paso la vida tratando de hacer las cosas bien, tratando de que mi trabajo tenga un valor y cualquiera que se pasa por el frente cree que puede echarle tierra al trabajo de uno.

No creo que sea un santa, ni que no haga mal las cosas, me equivoco muchas veces y trato  siempre de tener la humildad de reconocerlo. Pero si hay algo que he tratado a lo largo de mi vida es no hacerle daño a las personas que me rodean o a cualquiera que circunstancialmente esté a mi lado.

Cuando veo personas que están dispuestas a hacer que otro se hunda para salir adelante creo que el corazón de esa persona debe estar muy duro y lleno de mucha maldad.

Uno de los cuatro acuerdos dice que las cosas no deben tomarse a título personal, pero hay ocasiones en que te hacen tanto daño que por mas que lo intente, no pueden dejar de afectarme y en esta ocasión lo he tomado personal.

Hoy me ocurrió un incidente en una reunión de trabajo en el cual una persona expulsó tanto veneno en sus palabras que de  verdad me hicieron daño. Cuando alguien es capaz de decir cosas para dañar a un empleado de tercera que solo está tratando de hacer su trabajo. Cuando alguien es capaz de decir hasta mentiras para  hacerle daño a otros mi conclusión es que no debe tener un buen corazón.

Mi mamá que le gusta mucho hablar de castigos dice que las cosas malas que uno hace en la tierra se pagan en la tierra. Sé que hay mucha gente buena que se enferma y uno a veces se pregunta ¿Por qué? ¿Por qué se enfermó? o ¿porque le pasó tal o cual cosa? Pero debo confesar que cuando veo gente que hace cosas malas, que se enferma, dentro de mi pienso: “tal vez mi mamá tiene razón y las cosas se pagan aquí en la tierra”

Como siempre me gusta terminar con una nota optimista en mis escritos y reflexiones. Solo quiero pedir a Dios por esas personas, que pasan por la vida haciendo daño a los demás, queriendo “ser” a costa de hacerle daño a otros. Pedirle a Dios que toque sus corazones y en algún momento de la vida algo grande les haga comprender que hay otros caminos, mas felices, que llenan mas de satisfacciones que hacerle daño a los demás.