El viaje

Posted: 29 mayo 2012 in Uncategorized

Juan trabajaba en el colmado “La perdición”, ganaba lo necesario para vivir, pero soñaba con tener una mejor vida. Aunque aún estaba soltero, le dolía pensar que sus hijos terminaran su vida, igual que él, detrás del mostrador de un colmado.

Tenía a Anita su novia, que estaba loquita porque él la mudara, ella no quería seguir viviendo con sus papás, y él le tenía unas ganas enormes. Cada domingo cuando tenía su día libre, y salían a pasear, la llevaba al parque de Güibia, allí se compraban un par de cervezas y luego una pizza.

El parque quedaba frente a mar, la gente se entretenía de una forma sencilla con la música de los radios de los carros y hablando tonterías. Ellos siempre se iban a algún rincón oscuro y alejado donde pudieran escuchar el arrullo de las olas en su ir y venir. Se besaban largamente, las calenturas llegaban a su máximo clímax, y aunque deseos no le faltaban de llevarse a Anita a algún motel, el miedo a que ella quedara embarazada y él no pudiera asumir el peso de una familia lo enfriaba rápidamente.

La vida en el colmado no era para nada aburrida. Durante el día desfilaban  las señoras que tenían que ir comprar todos los días porque el marido solo le entregaba dinero para la comida de cada día. Juan las trataba con respeto, se sabía la vida de cada una de ellas y les ponía conversación preguntándoles: sobre el hijo que estaba enfermo ó sobre el marido que no había llegado a dormir la noche anterior. Esto hacía que todas las doñas del barrio lo quisieran mucho y prefirieran ir a “La perdición” en lugar de los otros negocios que había por los alrededores.

A partir de las cinco el colmado se transformaba en “colmadón”. Los que salían del trabajo se juntaban con los amigos a tomarse una cerveza para quitarse la resaca del trabajo. Juan sacaba entonces sillas y mesas y se dedicaba a atender bien a los comensales y asegurar que las cervezas estuvieran bien frías. Conversaba con todos y aunque muchos no eran del lugar los conocía porque eran clientes habituales.

A pesar de todo Juan no se sentía conforme. Su jornada de trabajo comenzaba a las 6 de la mañana cuando abría el colmado y terminaba a las 11 de la noche, cuando se negaba a destapar una cerveza más explicando que estaba cansado y al otro día había que madrugar.

No le gustaba quejarse. El dueño del negocio lo trataba bien. Solo pasaba al  final del día a hacer el cuadre. Confiaba plenamente en él porque, en los 5 años que tenía trabajando allí nunca le había faltado dinero. Había logrado ahorrar, porque no malgastaba el dinero, pero pensaba que si se casaba iba a tener que asumir muchas responsabilidades y el dinero no le iba a alcanzar. Lo único que sabía hacer era trabajar detrás de un mostrador de un colmado.

Hacía días que pensaba que debía buscar algo diferente que hacer para ganar más dinero. Fue entonces cuando por casualidad escucho aquella conversación:

—   Pero, ¿cómo que te vas para Puerto Rico? Y  ¿Cómo conseguiste la visa?

—   No hombre, no, que visa ni visa, me voy por la vía fácil.

—   No me digas que vas a tomar una yola.

—   Es que no aguanto, yo necesito conseguir más dinero para mantener mi familia y me han dicho que en Puerto Rico el trabajo es fácil y uno gana en dólares.

—   Amigo, no le hagas caso a todo lo que dicen, esos viajes son peligrosos y muchas de esas son historias de los vende sueños.

—   No sé si serán historias pero ya casi lo decidí y me voy.

Fue suficiente lo que escuchó. Había visto al hombre tomando cervezas de tarde en tarde en “La perdición”, así que la próxima vez que lo vio pedir una cerveza para llevar, le encomendó a su amigo Felipe que le cubriera un momento. Salió corriendo detrás del hombre y lo alcanzó llegando a la esquina.

No tuvo que dar muchas explicaciones, el hombre comprendía perfectamente, y en una servilleta le escribió un teléfono. Le aclaró que no debía mencionar nada del viaje por teléfono, le pedía por favor que no mencionara que se había enterado a través de él, en realidad había sido una imprudencia de su parte hablar de eso en el colmado. Solo debía marcar el número y decir: “Quiero comprar un pasaje para ir a Jamaica”.

Esa noche al llegar a su casa, después de pensarlo un rato llamó al número de teléfono.

—   Aló — escuchó una voz grave que le respondía.

Dudo un momento, de pronto sintió miedo de estar haciendo aquella llamada, pero se escuchó decir:

—   Quiero comprar un pasaje a “Jamaica” —La persona hizo silencio, pero de inmediato como si reaccionara le respondió.

—    Tienes que ir a la agencia de viajes que queda en la fotocopiadora “La escalera” que está en la entrada de la universidad estatal, pregunta por “El negro” y le dices que quieres comprar un pasaje a “Jamaica” — de inmediato escuchó el tono en el teléfono y comprendió que la otra persona había colgado.

No sabía si había logrado captar correctamente el mensaje, porque no recordaba que el hombre le hubiera dado una hora o un día. Entonces comenzó sentir una opresión en el estómago. Pensó que había hecho una tontería. Se recriminó por haber marcado ese número y ni siquiera haber tomado la precaución de poner el celular en “modo desconocido” para que no pudieran identificar su número, se preguntó si todo aquello no sería una trampa

Había escuchado por años, sobre la gente que se iba en yola a Puerto Rico, siempre se preguntó cómo lo harían. Esa noche no pudo prácticamente dormir. Cada vez que lograba reconciliar el sueño venían imágenes a su cabeza. Se veía llegando a la fotocopiadora “La escalera” y preguntando por “El negro”. De inmediato en su sueño veía policías que salían de cualquier lado y le apuntaban. Se veía levantar las manos y llorar y les pedía que no le dispararan. Se despertaba sudado y con miedo de volver a dormir. Esa noche fue el comienzo de muchos días de angustias.

Pasaron un par de días. Juan seguía pensando en el viaje, la vida en el colmado comenzó a parecerle miserable, ya no quería escuchar las historias de las señoras ni atender a los que llegaban a tomar cerveza. Sentía que podía haber una mejor vida allende los mares.  Y en su cabeza daba vueltas la idea de averiguar como era lo del viaje.

En la noche, en la soledad de su pieza llegaban las pesadillas y lo atormentaban. Una de las cosas que le impedían tomar la decisión era que pensaba que una vez fuera al lugar a indagar, ya no podría dar marcha atrás. El solo hecho de ir  lo involucraría y tendría que seguir adelante.

Esa mañana amaneció con la cabeza despejada como un día sin nubes y se dijo que en realidad mientras él no desembolsara un centavo no debía haber ningún compromiso o problemas, así que decidió que sin dilatarlo más iría a averiguar sobre el asunto.

Habló con su amigo Felipe para que le cubriera en el colmado y salió rumbo a “La escalera”. Días antes había pasado por el frente del lugar y sabía exactamente donde quedaba. Al entrar vio varios dependientes afanados en sus tareas de hacer las copias y varios clientes que esperaban, había llevado unos papeles en la mano para simular que iba a sacar copias. Esperaba que no llegara ningún otro cliente para poder preguntar sin testigos, pero siempre llegaban más.

Salió del lugar, decidió esperar mejora afuera. Entraban y salían personas sin parar  así que comenzó a desesperarse. Estaba a punto de abandonar la idea, cuando de repente vio que salían dos personas y se percató de que no había más nadie, entró rápidamente y se dirigió a uno de los dependientes:

—   ¿Está “El Negro”? — preguntó sin darse oportunidad de pensarlo mucho. Vio como los dos hombres se miraron, uno le hizo una seña al otro con la cabeza negando. Y entonces le contestó.

—   Tienes que regresar en una hora, entras y no preguntes nada — después continuaron haciendo su trabajo como si él no estuviera ahí. Entonces salió del local.

Se debatía entre volver al colmado o esperar. Si regresaba tendría que volver a salir en una hora, y volver a pedirle a Felipe que le cubriera, en realidad no estaba seguro de que tendría de nuevo el valor de volver. Se decidió entonces a llamarlo:

—   Aló, Felipe, si hola, mira es que la diligencia que iba a hacer me ha tomado más tiempo del que esperaba, hay unas tremendas filas. Si… es que quería saber si podías quedarte por lo menos un par de horas más… no te preocupes yo te las pago… si esta bien… muchas gracias Felipe, no sabes cuanto te agradezco.

Colgó el celular, sin saber que hacer. Debía esperar una hora y aunque ya había llamado a Felipe, se debatía entre irse devuelta para el colmado y olvidar todo ese asunto o seguir adelante, ahora una mezcla de deseo y curiosidad se entremezclaba  en su cabeza.

Miro a su alrededor y se detuvo a observar unos lugares de frituras. Brillaban por su falta de higiene, las mesas se veían chorreadas de aceite y la olla donde freían las empanadas estaba negra del hollín. Pensó que esa gente, igual que él, se afanaba por vivir y hacia de tripa corazón. Aunque aquello no se veía nada apetitoso le hizo recordar que no había almorzado y decidió aprovechar el tiempo y comer algo. Se decidió por un lugar donde vendían sándwich.

Mientras estaba esperando que hicieran el sándwich escuchó la conversación de dos amigas.

—   Pero que fue lo que le pasó a Martha, se desapareció y no volvió mas a clases.

—   Me enteré dizque se había ido en uno de esos viajes ilegales para Puerto Rico.

—   ¿No me digas? ¿Pero ella no estaba bien aquí estudiando?

—   Si lo que pasa es que el novio se había ido antes y le mandó el dinero para se juntara con él allá.

—   Y finalmente lograron juntarse.

—   No, ese es el problema que la persona que me contó, me dijo que atraparon la yola cuando iba llegando a Puerto Rico, algunos lograron escapar pero otros los tomaron presos y los deportaron.

—   Y ella ¿Estaba entre cual grupo?

—   No se sabe, porque los que deportaron están presos aquí, creo que los dejan un tiempo presos para que escarmienten y luego los sueltan.

—   Bueno, a mi eso de los viajes ilegales no me parece mucho.

—   A mi tampoco, mejor pasando trabajo aquí que ser carne de tiburones en medio del mar.

Escuchando la conversación, Juan sintió como se iba poniendo cada vez más nervioso, de repente sintió que estaban hablando de él. Cuando el mesero le trajo el sándwich, le dijo que se lo pusiera para llevar y salió del local, sentía que si se le ocurría comer algo lo devolvería al instante.

Faltaba aún media hora más que decidió esperar sentado en un banco de la universidad. En su cabeza se repetían las palabras de las dos chicas: “carne de tiburones”… “dicen que los dejan presos para que escarmienten”…”mejor aquí pasando trabajo”. Se levantó varias veces del banco dispuesto a regresar al colmado y olvidarse del asunto, pero luego se decía que  debía tener valor, ya que había esperado tanto no iba ahora a salir huyendo.

Faltaba un minuto cuando entró por la puerta de “La escalera”. De inmediato uno de los dependientes le hizo señas al otro, que a su vez le indicó con la mano que lo siguiera sin decir una palabra.

Tomaron las escaleras hacia un sótano, el ambiente se sentía frio y cargado, el olor a humedad y a orina iba penetrando en su estómago y sus labios palidecían con cada paso. Después de bajar como 3 pisos sentía que la tierra se lo iba tragando a cada peldaño y que nunca lograría volver a salir de allí.

Llegaron a una puerta, y el hombre que lo dirigía tocó tres veces, desde dentro se escuchó una voz:

—   ¿Quién va?

—    Alguien que quiere un pasaje para Jamaica— respondió el lazarillo

Entonces se escuchó la respuesta desde dentro invitándolo a entrar. Abrió la puerta y le indicó que pasará. Juan por un instante se vio tentado a decirle que no lo dejara allí solo, que era su única conexión con el mundo exterior y que si se iba estaba perdido. Pero el hombre se dio una vuelta y se marchó sin decir ni una palabra.

Ya en el cuartucho “el negro” lo invitó a sentarse, con un simple gesto de la cabeza. Al estar frente a él con la tenue luz de una lámpara que alumbraba la habitación descubrió la razón del apodo, era el hombre mas negro que había visto en su vida, el blanco de los ojos parecía salirse de la cara. El miedo se apoderó de Juan, quería decirle que estaba ahí por un error y que tenía que regresar a su trabajo, pero entonces el hombre comenzó a hablar, su voz no parecía tenebrosa ni misteriosa, al contrario era una voz tranquilizadora, de alguien en quien se puede tener confianza.

—   Entonces amigo, usted quiere hacer un viaje a “Jamaica”.

—   Eso creo — se animó a responder.

Juan lo vio sonreír, con la sonrisa mas encantadora que había visto en su vida, una sonrisa capaz de convencer a cualquiera de que hiciera cualquier cosa, de esas que tiene los vendedores cuando llegan a nuestra puerta.  Lo escuchó responder:

—   ¿Cómo que cree mi amigo?  no tenga temor, ha caído en las mejores manos que se puede imaginar. Los nuestros son los mejores viajes, le garantizamos un noventa y nueve porciento de seguridad en la inversión, prácticamente cero riesgo, comodidad del transporte…

Al escucharlo le parecía estar oyendo un anuncio de los que escuchaba cada día en la radio, esos de alguna agencia de viajes que venden sueños para ir a Europa. “Viaje ahora y pague el próximo año”, “Las mejores comodidades” “Pase unas vacaciones inolvidables en el mediterráneo”. Su cabeza divagaba en esas tonterías, y a mismo tiempo buscaba como responder. Cuando se dio cuenta que el hombre había hecho silencio entonces aclaró:

—   Bueno, digo que creo, porque necesito saber los detalles del costo, para saber si está dentro de mis posibilidades .

—   Amigo, amigo, no se preocupe, si usted quiere hacer un viaje a “Jamaica” es porque está pasando trabajo en esta tierra caribeña que nos vio nacer, su caso no es muy distinto del resto de los que llegan aquí.

—   Por lo mismo, eso significa que no tengo dinero — respondió corroborando lo que decía.

—   Eso es parte del trabajo que nosotros hacemos. Usted sólo tendrá que buscar una parte del dinero el resto lo financiamos nosotros.

—   ¿Cómo que lo financian?

—   Así es, una parte del dinero la pone usted y nosotros le prestamos la diferencia, cuando usted llegue a “Jamaica” lo ayudamos a colocarse y entonces con su trabajo usted paga lo que le hemos prestado.

Juan miró al hombre, no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Rápido razonó que por eso tanta gente se iba para Puerto Rico, ya decía él que algún truco debía haber, no podía ser tan sencillo. Continuaba mirando al hombre en silencio, pensaba que cualquier cosa que dijera lo comprometería, así que medía cada palabra que asomaba a su boca, y no las dejaba escapar. El hombre se había quedado en silencio y lo estudiaba desde su escritorio, con su sonrisa convincente, solo destacaban de aquel rosto sus ojos y sus dientes. Entonces Juan sacó valor para hablar.

—   ¿Puedo pensarlo? — fue lo único que atinó a decir.

—   Por supuesto, pero le diré todo el detalle que debe saber ahora porque no puede regresar nunca más a este lugar y más le vale que olvide totalmente que vino aquí sea que se decide o no a viajar.

Ahora sus palabras parecían amenazantes, aunque continuaba con su sonrisa congelada. Lo escuchó proseguir su discurso explicándole lo que debía hacer. Juan no sabía si escucharle o no, no quería saber nada más, pero no dejó de mirarlo un segundo ni prestar atención a todo lo que decía. Al final garabateo un teléfono en un pedazo de papel, se levantó de su asiento y se lo entregó. Juan se levantó casi junto con él, dudaba si estrecharle la mano, lo miró desconfiado, y el hombre le hizo una señal indicándole que saliera.

Comenzó a subir las escaleras, el corazón le latía con fuerzas, ahora se percató de que las luces de las escaleras apenas dejaban ver los peldaños, el trayecto de salida le pareció eterno, le faltaba la respiración y creyó que en cualquier momento alguien aparecería con un cuchillo y su vida terminaría en ese instante, no podía pensar en nada solo quería encontrar la salida de aquel lugar. De repente vio el final de las escaleras y la luz del día, los dos hombres continuaban sacando copias como ignorantes de lo que se cocinaba en el sótano de aquel edificio. Juan les pasó por el lado rápidamente y salió a la calle.

Caminó tan rápido como pudo, no se detuvo ni siquiera a mirar la hora que era, aun llevaba el sándwich en la mano, pero sabía que no podría probar un bocado. Llegó al colmado se atavió con sus ropas de trabajo, le dio las gracias a Felipe y trató de seguir trabajando como si nada hubiera ocurrido.

Las palabras de aquel hombre  continuaron dando vueltas en su cabeza toda la tarde, se repetían una y otra vez. Mientras hacía los despachos en el colmado iba recordando todas las instrucciones que le había dado “el negro”

“Debe buscar 50,000.00 mil pesos. Cuando los tenga debe llamar al número de celular que le voy. El santo y señal sería siempre: “Quiero comprar el pasaje para Jamaica”, debe dar entonces su dirección. En unos días alguien pasará por donde está y debe entregarle el dinero.  Luego esperar una llamada. No debe decirle a nadie que se iba y aclaró “a nadie”, porque pone en juego la vida de todos los que le acompañaran en la travesía. Debe arreglar todo para partir en cualquier momento, dormir con la ropa puesta y tener un bulto armado, le dio el detalle de lo que debía llevar en ese bulto. Hasta ese punto eso era todo lo que tenía que saber, el resto de los detalles se irían revelando a medida que avanzara el proceso”

Al final lo que mas recordaba era aquella amenaza: “no puede regresar nunca más a este lugar y más le vale que olvide totalmente que vino aquí sea que se decide o no a viajar”.

Después de ese día, Juan siguió viviendo su aburrida vida en el colmado. Nunca tuvo el valor de llamar, el miedo que había sentido subiendo aquellas escaleras y tratando de salir de aquel lugar lo invadía de vez en cuando y lo avergonzaba, pensaba que era un cobarde, y por eso nunca saldría de la miseria en la que vivía, se sentía triste y comenzó a pensar que su vida no tenía mucho sentido.

Un mes después después, un sábado, llegó temprano al Colmado y encendió el noticiero de la mañana mientras se preparaba para abrir el negocio: “Radio mil informando… Cayó ayer, tras una larga búsqueda, Víctor Hernández Rosario (apodado “el negro”), quien se convirtió en uno de los hombres más buscados en los últimos tiempos por los organismos de seguridad del Estado. Hernández Rosario está acusado de ser el organizador del viaje ilegal durante el cual la yola zozobró, hace dos semanas en la Bahía de Samaná y donde murieron las 56 personas que hicieron la aventura y que pretendían llegar a Puerto Rico en busca de mejores condiciones de vida”

Juan no podía creer lo que escuchaba. Pasó todo el día con una sensación extraña, era una mezcla de alegría y tristeza. Por un lado pensaba en aquellas 56 personas que habían salido de su país en busca de un futuro, se imaginó a cada una de ellas bajando por las escaleras, con el miedo de estar frente a aquel hombre que le vendía un sueño y subiéndolas luego convencidos de que no había opción mejor, ellos no habían sido cobardes como él. Pero de repente sentía una alegría incontrolable de saberse vivo, de saber que pudo haber estado en aquella yola. Al final del día había tomado una decisión. Le pidió  Felipe que le cubriera turno y salió del colmado.

El domingo llegó tranquilo, fue como cada fin de semana a buscar a  Anita. Tomaron su par de cervezas habituales, compraron su pizza y se fueron a su rincón escondido en el parque, después de besarla con mucho cariño, ella se separó de él y lo miró extrañado:

—   Y a ti que mosca te ha picado hoy, estas raro — le dijo Anita.

El sin decir nada sacó de su bolsillo una pequeña cajita y se la entregó.

—   ¿Te quieres casar conmigo? — le dijo.

Anita lloraba de felicidad, lo abrazó y entre risas, lagrimas y muchos besos le decía que si mil veces. Había tomado una decisión echaría la batalla aquí, “en esta tierra caribeña que le había visto nacer”.

Palabras para mi

Posted: 12 mayo 2012 in Mis escritos
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Martes  24 de Abril/9:00 p.m.

Esta mañana me tiré de la cama a las cuatro de la mañana, después de dar mil vueltas en la cama me convencí de que no podría conciliar el sueño. La preocupación que tenía entre las cejas no me dejaba tranquila. Fui a la cocina, encontré sucia la cafetera. Me esmeré lavándola durante un rato, mientras mi mente seguía maquinando cosas. Luego eche el polvo en el filtro, agregué agua hasta la marca y puse a preparar el café. Cuando estuvo listo me senté en un mueble a pensar mientras observaba el humo el café escaparse de mi taza.

Seguían dando vueltas en mi cabeza las palabras de Abraham. Le había mis reflexiones de esa semana y me dijo que estaba al punto de caer en un estado de depresión. Si seguía por ese camino iba a terminar con un psiquiatra. La palabra depresión me olía a pastillas y locura.  Nunca pensé que tendría que aplicármela a mi misma, pero a la luz de los hechos debía reconocer y aceptar que estaba al borde de un estado de depresión.

Abraham me había dicho que mientras continuara viviendo con el recuerdo de mi ex – marido nunca podría salir de la crisis. Ayer le dije que tenía deseos de escapar de este país, me preguntó a donde iría pero no quise responder.

He pasado todo el día como zombi debido a que no dormir nada y me levanté a las cuatro de la mañana. Creo que debo irme a la cama temprano. Espero poder olvidar la conversación de ayer para ver si puedo dormir..

Miércoles 25 de Abril/8:00 p.m.

Tengo varios meses yendo cada semana donde Abraham. Hasta este momento ir donde el psicólogo me había ayudado bastante. Durante las primeras semanas habíamos estado muy contentos con la evolución, pero ahora estoy atascada. He llegado a un punto en el que debo decidir la dirección y el sentido que debe tomar ahora mi vida y me siento muy confundida. En la consulta de esta semana salieron a relucir cosas que apuntan a una crisis, por eso no he podido dormir en estas  noches.

En realidad no le dije toda la verdad a Abraham. Tengo pasaje reservado y he estado pensando muy en serio irme del país  y comenzar una nueva vida en otro lugar. Contacté una persona en New York que me va a arrendar una habitación en su casa, luego veré como consigo trabajo. Con los dividendos  y el arrendamiento del negocio puedo vivir algún tiempo. Sé que estoy tan inquieta porque debo tomar la decisión en una semana.

La conversación con Abraham fue muy fuerte porque salió a relucir el tema de mi ex, que para mi había sido enterrado hace meses. Yo insistía en que creía que me había liberado, le decía que ya ni siquiera pensaba en él. Pero él me decía que estaba equivocada y la prueba de era que ahora quería echar toda mi vida por la borda. Él dice que la razón por la que estoy con tantos deseos de dejar lo que hago es porque siento que todo lo que tengo en este país tiene su origen en él.  Una forma de sacármelo de adentro es alejarme de la vida que construí con él. Nunca lo había pensado de esa manera, pero la forma en que él lo planteó ayer, creo que tiene algo del razón.

Me dijo que solo cuando aprenda a valorar las cosas que tengo  y me auto convenza podré seguir mi camino.

Me sentí halagada cuando me dijo que yo era una mujer fuerte y decidida, que no era una mujer florero que necesitaba de un hombre a mi lado, tal vez me lo dice para hacerme reaccionar.

Jueves 26 de Abril/10:00 p.m.

Fue un día de mucho trabajo. Las cosas en la tienda marchan bien. La gente dice que hay crisis pero a mi me sigue yendo de maravilla.

Hoy mientras preparaba unos pedidos que tenía que mandar por currier me puse a pensar un poco en como comenzó todo esto de la tienda. Mi ex quería dedicarse a la política, pero él decía que todo político debía tener un medio de sustento para poder ser integro y no venderse, así que decidió que comenzáramos un negocio. Yo podía encargarme y cuando estuviera produciendo él podía dedicarse a la política mientras yo trabajaba.

Así decidimos poner la compañía de envío de paquetes. Nos asociamos a una franquicia internacional y abrimos la tienda. En realidad él nunca trabajo conmigo, este negocio ha sido fruto de mi empeño y el sudor de mi frente. Ahora tengo 10 empleados y la cosa marchan muy bien, el negocio ofrece muchos beneficios.

¿Cual es el problema entonces? que en los últimos meses cada vez que me levanto para ir al trabajo solo pienso, “no quiero estar ahí” “eso no es lo que quiero hacer en mi vida”. Ahora se me ha ocurrido esto de ponerme a escribir y he ido encontrando en la escritura una pasión. Pero no puedo vivir de la escritura, es lo que me dice Abraham. El dice que puedo tener mi negocio y escribir, no está de acuerdo con que deba dejarlo todo.

La idea que se me ha metido en la cabeza es arrendar el negocio y continuar recibiendo los beneficios. Irme a New York y comenzar allá una nueva vida, donde nadie me conozca. Allí podría dedicarme a escribir. Pienso que son pocas  las cosas que tendría que dejar. No tengo familia, después que murió mi madre el único pariente que me queda es un hermano de padre, con quien nunca tuve mucho roce. Vive en otra ciudad y nunca lo visito. Tengo deseos de que todo el mundo me olvide y yo olvidarme de todo.

¿Será que Abraham tiene razón y por lo que quiero dejar la tienda es porque originalmente no fue mi idea? ¿Será que quiero dejar esta vida porque todo lo que tengo aquí lo asocio a mi ex marido?

Viernes 27 de Abril/5:00 P.M.

Ha sido un día complicado. Pasé todo el día pensando en la idea de irme y dejar la tienda. He llegado a la conclusión de que lo que más me molesta de todo esto es que después que yo acepté poner el dichoso negocio y las cosas estaban marchando bien; cuando tengo 15 años al lado de ese fatal, él decide que no quiere seguir conmigo.

El sentimiento que tengo es que me dejó embarcada con un negocio, una profesión y una vida, que acepté bajo la premisa de que iba tener un compañero con el cual pasar el resto de mi vida. Ahora pienso que fui sencillamente una tonta, eso de “para toda la vida” es la frase mas estúpida que alguien pudo haber inventado. “Para toda la vida” no existe sobre todo para los hombres.

El “indeseable”, en el momento que más le convino agarró sus cosas y se marchó, con una 10 años menor que él. No sé si también  ella tendrá que mantenerlo para que él pueda dedicarse a la política. Hoy pienso que poner la confianza en un político es como poner huevos en una bolsa podrida.

Para complicar mas el día, recibí dos llamadas que me tienen los nervios de punta. Una de las llamadas fue de la persona que me va a recibir en New York, necesita que le dé una respuesta acerca de si voy a irme, porque hay otra persona interesada en la habitación que me va a alquilar. Le dije que me diera tres días para terminar de tomar la decisión.

La segunda llamada fue de la persona que me está ofreciendo arrendar la tienda, habíamos acordado que me llamaría en esta semana para confirmar si estaba interesado. Me dijo que ya lo había pensado, y había conseguido el capital que necesitaba. Quería que nos sentáramos de nuevo en la mesa de negociaciones. Le dije que estaba muy ocupada en estos días y que tenía un viaje imprevisto el fin de semana así que nos podíamos reunir el próximo lunes.

Solo trato de ganar tiempo para aclarar mi cabeza y tomar la mejor decisión. Creo que me iré a casa temprano.

 9:00 p.m.

Estoy en shock. He venido corriendo a la casa porque necesito estar sola, no puedo creer lo que me ha ocurrido hace unas horas. Mi cabeza da vueltas y más vueltas. No suelo ser una persona muy creyente pero estoy convencida que una fuerza superior hoy ha actuado en mi vida. Esas palabras me han dejado con un sabor agridulce en la boca. Definitivamente fueron palabras para mi.

Necesito cerrar los ojos, pensar, dormir. No… no quiero pensar, solo quiero dormir.

Sábado 28 de Abril/6:00 p.m.

He pasado todo el día en la cama, con frio, aunque es un día normal de primavera. No me he quitado la piyama, llamé a la tienda y dije que estaba enferma, no quiero salir de casa en el fin de semana completo. Apagué el móvil y desconecté el teléfono, no quiero hablar con nadie.

Necesito escribir lo que me ocurrió ayer para tratar de comprenderlo.

Después de escribir unas líneas en el diario decidí irme a casa. Estaba cerrando la tienda cuando de repente apareció Abraham que venía caminando por la acera. Me extraño verlo, él no sabía donde estaba mi negocio, pasaba por ahí por coincidencia. Me preguntó como andaba, y le dije que no muy bien.

Me dijo que si ya iba de salida podíamos tomar juntos un café, aclaró que como amigos no como consulta. Me hizo gracia la aclaración y acepté la invitación.

En eso le sonó el móvil. Una persona le llamaba para pedirle que pasara por el hospital a ver a alguien. Me dijo que si lo acompañaba, podíamos ir luego a tomar el café.

En ese momento pensé rápido que se acercaba el lunes y debía tomar una decisión. Tal vez había sido un coincidencia encontrarme con Abraham y no debía desaprovechar la oportunidad de hablar con él, de repente lograba aclarar mis ideas.

Ante la necesidad que sentía accedí a acompañarlo. Llegamos al hospital y me di cuenta de que la persona que fuimos a visitar estaba en estado terminal, pero aún parecía estar en sus sentidos porque hablaba y seguía la conversación. Nos acercamos silenciosos a la cama. Abraham comenzó a conversar con él y me presentó. El hombre me ofreció su mano y la apretó fuerte y lo escuché decir: “no te preocupes, aún te faltan muchas cosas más por vivir y experimentar en tu vida, tu lugar está aquí y ahora, todo saldrá bien, tomarás la decisión correcta”.

Recordar el momento aún me producía un escalofrió. Yo no conocía aquel hombre, nunca lo había visto, y él no estaba supuesto a saber nada de la situación por la que yo atravesaba. Me soltó lentamente la mano y yo me alejé de la cama y dejé a Abraham conversando aún un rato.

Cuando salimos de la habitación partimos a tomarnos el café pero sentía que ya no tenía deseos de conversar nada. La frase de aquel hombre me habían impactado tanto que solo quería irme a casa y estar sola. Volví a rumiar las cosas que ya le había contado en la consulta y lo más rápidamente que pude me excusé y me despedí.

Desde ayer me he roto la cabeza pensando en la frase que me dijo aquel hombre, y la coincidencia de encontrarme con Abraham. Tal vez esas palabras sólo llegaron a mi para que tuviera el valor de tomar una decisión, ha llegado el momento de vencer todos mis miedos y reconocer que debo olvidar el pasado.

Domingo 29 de Abril/5:00 p.m.

Sigo en la casa pero ya más tranquila. He ido armándome de una coraza. He pensado mucho en mi vida en estos últimos 15 años. Ponderando las cosas positivas y dejando un poco de lado lo malo que ha pasado. He intentando ver la vida con más optimismo y he valorado cada cosa que ha ocurrido en mi vida. A cada pensamiento negativo que ha llegado a mi le he encontrado algo positivo, y toda la tristeza interna que tenía ha ido desapareciendo. Cada vez que la pena asomaba en mi corazón he recordado las palabras de aquel hombre.

Me levanté al medio día con hambre. Preparé comida. De repente caí en la cuenta que no comía nada desde el viernes en la noche. Miro mi casa, mis cosas, todo lo que me rodea representa una parte de mi vida. Todo lo abandonaría si me marcho de la forma que he pensado.

Al final pienso que aunque la idea inicial del negocio no fue mía, disfruto lo que hago y me produce dinero. Tengo en esta ciudad una vida, amigos, que mirándolo bien, me aprecian y se preocupan por mi. Además ¿Quién dijo que no puedo escribir, quien dijo que no es compatible con lo que hago? El negocio va bien, puedo modificar mi horario y dejar de trabajar un día en la semana y ese día puedo dedicarlo a escribir.

Hoy ha sido el primer día desde hace unos cuantos que he vuelto a ver el sol en todo su esplendor.

Lunes 30 de Abril/10:00 p.m

Ha sido un largo día. Me levanté temprano. Había decidido ayer reanudar mis caminatas matutinas, que tenía abandonadas hace meses. A las 6:00 a.m. estaba en pie. Caminar siempre me ayuda a pensar.

Llegué a la casa después de darme un baño y preparar desayuno, cuando vi  que eran las 8:00 de la mañana, llamé a la persona de New York. Le dije que se habían presentado algunos inconvenientes y que había pospuesto la decisión de viajar. Le pedí excusas y le dije que arrendara la habitación.

A las 9:00 a.m. cuando llegué a la oficina, llamé a la persona que quería arrendarme el negocio. Le dije que habíamos quedado de reunirnos en el día de hoy, pero que algunos asuntos habían cambiado la situación y que ya no estaba interesada en arrendar el negocio.

Después de hacer ambas llamadas me sentí liberada y con la sensación de que estaba tomando las decisiones correctas. Lo más extraño del día fue la visita a la consulta de Abraham y la conversación. La consulta estaba pautada para las 5:00 de la tarde.

Al llegar en seguida le pregunté por el hombre que habíamos visitado en el hospital.  Entonces me contó que había muerto el sábado. Tenía un cáncer terminal. La llamada que había recibido el viernes cuando nos encontramos era para avisarle que le habían desahuciado.

Rápidamente cambio la conversación y comenzó a decirme que se había quedado muy preocupado después de dejarme el viernes en la noche. Se quedó con sensación de que una angustia muy fuerte me oprimía. No quiso llamarme porque había sentido que me había ido apresuradamente como si no deseara hablar con él.

Entonces comencé a contarle con detalles todo lo que había ocurrido desde el lunes anterior que había ido a consulta. Esta vez le conté claramente los planes que había tenido y terminé confesándole que la visita al hospital y las palabras que me había dicho aquel hombre, eran las que me habían llevado a tomar la decisión de no marcharme. Ahora me sentía confiada y segura de lo que había hecho en la mañana y reconocía que había tenido la razón con respecto a que todo lo hacía por escapar de mi pasado.

Abraham sonrió, pero vi en su sonrisa algo de burla.  Le pregunté porque se reía y entonces se puso serio e hizo silencio.

Me dijo que el hombre que habíamos ido a visitar lo conocía hacía muchos años, era el papá de uno de sus mejores amigos. Aquel hombre durante toda su vida, cada vez que se conocía a alguien le estrechaba la mano y le decía esa misma frase que le había dicho a mi, era su forma de saludar a las personas.

Al terminar la consulta, me despedí de Abraham. Le estreché fuertemente la mano. El sabía que no volvería más. Al salir, no supe si creerle o no lo que me había contando, estaba convencida de que esas palabras llegaron a mi vida, en el justo momento en que yo las necesitaba y la única explicación era que una fuerza mayor había hecho que llegaran a mi.

La madre de Magdalena se casó con un hombre negro, pero la abuela era una mujer racista y la anatematizó.  Sin embargo la abuela, en el fondo, era una mujer de buen corazón, siempre había soñado con una nieta.  Así que cuando se enteró de que su hija iba  dar a luz una niña se presentó a la clínica con un regalo para la bebé: el anillo de compromiso de la bisabuela que en ese momento tenía ya sesenta años y debía ser entregado a la niña al cumplir sus quince. El padre de Magdalena en principio miró con un poco de recelo ese repentina demostración de amor, pero viendo lo importante que fue para su esposa recuperar la relación con su madre, aceptó el pacto con resignación.

Magdalena y el anillo se convirtieron ese día de su nacimiento en el acuerdo de reconciliación entre su madre y su abuela. Un pacto que le tocaría cargar bajo sus hombros y le pesaría como plomo al cumplir sus quince años.

Desde que tuvo uso de razón Magdalena estuvo escuchando la famosa historia y aquel anillo se fue convirtiendo en su tesoro, además de que era para ella un símbolo. Era de oro blanco, con un minúsculo diamante y tenía unos pequeños hologramas a los lados. Ella tomó la costumbre de ir a escondidas al cuarto de su madre, abría el cofre donde estaba guardado y se lo probaba. Por supuesto, aunque era un anillo mas bien pequeño, no le quedaba, así que ella solía soñar despierta con que había cumplido quince años y que entonces podía ponerse el anillo en sus manos y cerrar el circulo entre su madre y su abuela. Para ella era el regalo mas maravilloso que le pudieran jamás hacer a una chica, y lo que mas le impresionaba era, que para cuando ella tuviera quince años el anillo sería una reliquia de setenta y cinco años.

Durante todos esos años Magdalena vivió atesorando el día en que finalmente pudiera usar su anillo. A medida que pasaba el tiempo este le iba calzando cada vez más en su dedo.

Pronto Magdalena cumpliría los quince años y en su casa ya estaban planificando la fiesta que celebrarían por el cumpleaños. Entre las actividades que habían planeado estaba, por supuesto, la entrega del anillo. La ceremonia programada consistía en que la abuela le entregara el anillo a su padre y este se lo colocaba a ella en el dedo. Para esa época ya el padre de Magdalena y su suegra habían echo las paces y él también estaba entusiasmado con la fiesta y con entregar aquel símbolo a su hija.

Faltaban unas cuantas semanas para la celebración, su madre no se encontraba en la casa en ese momento, y ese día como muchos otros Magdalena fue al cofre a probarse nuevamente el anillo. Aún estaba un poco flojo en dedo, pero ya casi le quedaba perfecto. Así que esta vez se arriesgó un poco mas que otras veces y decidió pasar un rato con el anillo, cerró el cofre con cuidado dejando dentro la cajita del anillo y salió de la habitación de su madre anillo en dedo.

Pasado un rato de admirar y jugar un poco con el, Magdalena olvidó que lo tenía  en la mano. Se puso entonces a hacer cosas en la casa, entre ellas recordó que su madre le había dejado el encargo de lavar unos trastes en la cocina. Se dedicó luego a arreglar unas gavetas en la habitación, y así pasó el resto de la tarde. De repente miró el reloj y se dio cuenta que su madre estaba por regresar y entonces volvió a recordar el anillo, se dirigió de nuevo a la habitación de su madre. Entonces cuando fue a colocarlo en la cajita, cayó en la cuenta que el pequeño diamante había desaparecido y en su lugar quedaba un hueco con los ganchitos que lo sujetaban. Sintió un frio en el estómago y volvió a mirar el anillo sin poder dar crédito a lo que estaba pasando.

Su primera reacción fue de desesperación rompió en un llanto copioso y ruidoso, no podía pensar con claridad. Un millón de preguntas atravesaban por su mente: ¿Por qué le había puesto la mano al anillo? ¿Dónde pudo haberse extraviado? ¿Cómo e explicaría a su mamá lo que había ocurrido? ¡La regañada que le esperaba iba a ser de tamaño gigantesco! Luego pensó en la celebración: ¿Cómo le explicaría a su abuela que lo había perdido, antes incluso de haberlo usado nunca,? ¡El anillo de compromisos de su bisabuela! ¡El anillo que había sellado el pacto de reconciliación entre su madre y su abuela! ¡El anillo que tenía setenta y cunco años! ¡Oh Dios! ¿que iba a hacer?

Después de un rato de llorar, pensó que debía tranquilizarse y pensar con rapidez, su madre regresaría al final de la tarde y no la podía encontrar llorando. Debía trazar un plan. Lo primero que debía hacer era tratar de recordar todo lo que había hecho esa tarde y recorrer con calma la casa a ver si podía encontrar el diamante. De pronto pensaba “¿Pero cómo voy a encontrar algo tan pequeño?”; y de inmediato ella misma se respondía: “debo al menos intentarlo”.

Comenzó a pasar balance mental de las actividades realizadas esa tarde, primero: había fregado los trastes de la cocina… ¡oh Noooo! ¿Y si se había ido por el desagüe del fregadero? Corrió de todas formas a la cocina y buscó en el fregadero, entre las esponjas de fregar, entre los paños, en la loza que estaba seca y por los alrededores de la meseta de la cocina y en el piso. Sin éxito.

¿Qué era lo segundo que había hecho? ¡Ah ya recordaba¡ había ido a la habitación y se había puesto a arreglar unas cosas en las gavetas. Así que, abrió cada gaveta, sacó toda la ropa y buscó una por una en cada una de las prendas que había. Lo peor de todo era que cada cosa que veía le brillaba, y con la ansiedad de encontrar el famoso diamante lo confundió con: un papel de menta, un papel de aluminio, un pequeñito tornillo que había en una de las gavetas,  una tachuela, una llave pequeñita, una moneda, una aguja. Todo lo que brillaba le parecía el diamante y en cada caso el corazón le daba un vuelco.

Fue recordando cada cosa que había hecho y buscando meticulosamente en cada lugar de la casa, pero su desesperación iba en aumento, cada vez que miraba el reloj y veía acercarse la hora del regreso de su madre.

Finalmente pensó que lo único que le quedaba era devolver el anillo a su caja y hacerse la tonta, después de todo nunca nadie la había visto probándoselo, por lo tanto nadie podía acusarla de que era ella quien había perdido el diamante. Cuando llegara el día de llevarlo a la fiesta, entonces se darían cuenta de que le faltaba el diamante y simplemente pensarían que se había aflojado de estar guardado tanto tiempo, y ella se haría la que no sabía nada.  Pero ese pensamiento solo duro un instante y reaccionó: ¿Cómo diablos se le ocurrían esas cosas? Ella no sería capaz de vivir ni un solo segundo con una mentira de ese tamaño, se moriría de la angustia. Y además solo imaginar la cara de su madre y de su abuela al descubrir que el anillo estaba incompleto justo el día de la celebración, no, definitivamente no podía hacer eso, tenía que enfrentar la realidad y decir la verdad.

Estaba resignada a asumir las consecuencias de sus actos, cuando finalmente se le ocurrió una última idea. ¿Y si simplemente el diamante se había caído en algún lugar de la casa? Fue al patio buscó la escoba y se dedicó a barrer la casa por cada rincón, hasta por aquellos que seguro no había pasado, nunca había barrido tan perfectamente metía la escoba por cada esquina, cada rincón, movió todos y cada uno de los muebles de la casa, y en cada barrida sacudía contra el suelo la escoba con la esperanza de que el diamante se hubiera quedado enganchado en las celdas de la escoba y su brillo le revelara su presencia.

Sudaba copiosamente. Arrastró poco a poco toda la basura que fue acumulando y la empujó hacia el recogedor de basura. Entonces con lágrimas en los ojos,  bajó lentamente al piso, se sentó con todo el polvo y la basura de la casa y escarbó, como había visto hacerlo a  las gallinas cuando buscan comida para los pollitos y en el último gramo de polvo divisó un pequeñísimo brillo, ¡no podía creerlo! ¡Había encontrado su pequeño diamante!

Se levantó lentamente del piso, con el diamante apretado entre el dedo índice y el pulgar. Y escuchó entonces la cerradura de la puerta de la casa.

Cuando entró su madre y la observó mirarla con la boca abierta, fue que ella cayó en la cuenta el aspecto que debía tener, estaba toda despeinada, sucia, sudada, llena de lagrimas y mocos en la nariz y su madre sin comprender lo que pasaba corrió a abrazarla pensando que había ocurrido algo.

Después que logró calmarse y lavarse la cara, se sentó y le contó a su madre con lujo de detalles lo que había ocurrido. Le dijo que sabía que se merecía un castigo por lo que había hecho, en realidad eso ya no le importaba, pero quería pedirle un favor: ya no quería que le dieran aquel anillo, en una tarde había sentido todo el peso de la responsabilidad que conllevaba llevarlo en su mano, y además había sentido que su vida se había desarmado por algo tan pequeño e insignificante y finalmente algo que era material. Sabía que para su madre y su abuela el anillo tenía muchos significados y ella los había asumido hasta ese momento, pero ella junto a ese anillo no quería seguir siendo símbolo de nada.

Su madre la miró con tristeza, la abrazó y le dijo que la comprendía.

 

Hace un par de semanas, escribí en el Blog de Letrarteria un escrito denominado “La promesa de la Virgen de Lourdes”, en realidad me gustó la historia, y esa semana por casualidad en mi curso de Creatividad, me dejaron una tarea que se prestaba para la historia, así que decidi ampliarla y esto fue lo que me salió. Creo que ahora quedó mucho mejor. A mi particularmente me gustó. 

A mis 16 años fui enviado a los Estados Unidos a estudiar, era un adolescente que nunca había salido de casa, ni siquiera dominaba perfectamente el ingles, pero mi padre era fiel creyente de que estar sólo me haría más hombre, así que terminé madurando como lo hacen los mangos verdes en mi pueblo, a base de carburo.

Ni siquiera me fui a Miami, me enviaron a Chicago, donde la probabilidad de encontrar personas que hablaran español era prácticamente nula. Así, de golpe y porrazos me encontré un día solo en la Universidad de Notre Dame.

La impresionante  cúpula dorada de oro y la estatua de la virgen María en lo alto del edificio principal, proclamaba el campus de Notre Dame como un lugar donde la Fe es la mas preciada de las tradiciones. La cúpula se divisa desde las carreteras que conducen a las inmediaciones de Chicago e Indianápolis, desde casi cualquier punto en el campus, y desde muchos de los barrios de South Bend. Tal vez por eso mis padres eligieron aquella universidad, creían asegurar que me mantendría cerca de Dios y protegido por las costumbres que ellos me habían inculcado.

Así comenzó mi vida allí tratando de aprender un nuevo idioma, adaptarme a otra cultura, hacer amigos nuevamente y acostumbrarme a vivir lejos de mi madre, que hasta ese momento me había mantenido protegido hasta el extremo. Mi madre era una mujer muy devota, así que cuando partí hacía aquella aventura, me había metido en la maleta un frasco de agua bendita que mantenía sobre mi escritorio con la esperanza de que en verdad sirviera de protección.

Llegué a los Estados Unidos en el año 65. Era la época de los Hippies, en la cual los chicos andaba en medio de una anarquía no violenta, el uso de drogas  alucinógenas como el LSD y ropas psicodélicas, era algo visto como normal. Este movimiento impactó todo el arte y la música de aquella época, y era muy difícil mantenerse alejado de todo ese mundo. Por más lecciones de moral y cívica que hubiera aprendido en mi tierra tercermundista a los pocos meses de llegar, me vi muy influenciado por ese mundo.

Poco a poco me olvidé del frasco de agua bendita, de ir a la iglesia los domingos y de cómo se rezaba. Mi fuerza y mi sustento comencé a encontrarlos en mis compañeros, en el sexo y en las drogas. La música de Pink Floyd eran mi credo y estaba casi convencido de que de verdad la educación no servía para mucho.

Ya tenía ocho meses en los Estados Unidos, llevaba las clases a duras penas y mi vida era un completo desorden. La habitación parecía un gallinero, los libros estaban llenos de estampas de los cantantes de la época, andaba con chancletas todo el día y la ropa la llevaba a la lavandería cuando ya no quedaba nada que ponerme.  Recibía correspondencia de mi casa y aunque leía las cartas nunca contestaba.

Un día al llegar a la habitación, encontré sobre el escritorio un sobre con una letra inconfundible, era una carta de mi madre. Di vueltas un rato con el sobre en la mano, tenía la impresión de que solo el hecho de abrirla provocaría que ella descubriera la vida desordenada que tenía y lo lejos que estaba, de todo lo que ella con tanto amor me había enseñado, pero finalmente me decidí a leerla.

Ante mi silencio,  y a propósito de el término del semestre en el mes de febrero, mi madre había decidido que iría a visitarme. Anunciaba que llegaría en dos semanas, que le procurara algún alojamiento que no fuera muy caro. Tenía planes de pasar aproximadamente un mes conmigo.

Yo apenas podía pensar con coherencia todo lo que debía hacer, desde ordenar ese desorden interminable que tenía en la habitación, lavar la ropa, revisar mis horarios de clases, tratar de asistir por si nos encontrábamos con algún profesor y a ella se le ocurría preguntar, suspender las drogas ¿Sería posible desintoxicarse en tan poco tiempo? Y así comencé un proceso de enderezar mi vida en dos semanas. Estaba convencido de que era una tarea titánica, pero no quería que mi madre se decepcionara de mi y me encontrara en medio de aquella senda escabrosa.

Finalmente llegó el día de la llegada de mi madre. Me embargaba un sentimiento mezclado de miedo y emoción, que me tenía de carreras para el baño cada media hora, sin poder controlarlo. La enajenación que había vivido en los últimos meses había desaparecido de repente al recibir la carta de mi madre, pero tenía miedo de que ella, de sólo verme, descubriera toda la inmundicia que había dentro de mi.

La vi atravesar la salida de aduana. Mis ojos se llenaron de lagrimas al ver aquella mujer grande, gorda, cuyo pelo comenzaba a verse plateado, imponente, mandona, ante la cual lo único que uno podía hacer era doblegarse, como a un perro al que lo encuentran haciendo travesuras y lo reprenden. Cuando se acercó me golpeo en la cabeza con su cartera y me haló las orejas como cuando era un chiquillo. Sentí los colores subir por mi rosto y a mis orejas lleno de vergüenza con los  que estaban en los alrededores y nos miraban intentando no reír. No pude hacer nada porque sabía en el fondo que me merecía eso y más.

Después de los reproches, las reprimendas, el llanto de ella, los lamentos y quejas por mi falta de comunicación, por ser tan desagradecido, ingrato, egoísta y  olvidadizo, me llenó de besos, abrazos y mimos y se olvido de repente de mis ocho meses de faltas.

Había conseguido un apartamentico de dos habitaciones que alquilé por un mes y me mudé con ella durante ese tiempo. Quería en verdad mantenerla lo mas alejada posible de la universidad. La realidad fue que durante los día que mi madre estuvo de visita fui feliz. Volví a sentirme consentido y querido, ella me preparaba todos los platos que había estado anhelando por meses, en los que solo probaba comida chatarra o a veces ni comía. Ella me decía que estaba demasiado delgado y tenía razón, desde mi llegada había bajado como 20 libras. Así que se dedicó a hacerme recuperar peso durante ese tiempo.

Como estaba en receso de la universidad pasamos ese tiempo conociendo Chicago, recorriendo museos y visitando iglesias que era su pasatiempo preferido. Yo sabía que ella era devota de la virgen de Lourdes, así que para ganarme su favor y que no le quedara duda de que seguía apegado a las tradiciones, le conté que en la universidad había una replica de la Virgen, por supuesto ella quiso ir a hacer la visita. Al llegar la dejé arrodillada frente a la imagen haciendo sus oraciones correspondientes mientras yo me dedicaba a recorrer el lugar.

Esas semanas se pasaron más rápido de lo que hubiera deseado. Estar con mi madre había sido maravilloso pero finalmente había llegado el día en que ella debía regresar a nuestra tierra. Esa última noche se deshizo en consejos para mí, recordándome todo lo que ella y mi padre me habían enseñado. Me decía que no debía dejarme llevar por toda esa cultura anárquica que reinaba en aquel país y sobre todo me aseguraba que confiaba plenamente en mi, sabía que estudiaría y sería un hombre de bien.

Al otro día  íbamos en el vehículo de camino al aeropuerto cuando mi madre pego un grito exclamando que había olvidado algo. Cuando le pregunté de que se trataba me dijo, que ese día de su regreso, 11 de febrero, era el día de la virgen de Lourdes y que ella pensaba pedirme que pasáramos por la universidad para rezar unos avemaría antes de partir para el aeropuerto, con las prisas lo había olvidado, quería dejarle encendida una vela.

Yo le contesté que no se preocupara. A mi regreso yo pasaría por la universidad y le encendería las velas a la virgen. “¿No se te olvida?” Me preguntó desconfiada, “no se preocupe mamá, mire, no una sino tres velas le voy a prender” le contesté. “Bueno”, me respondió, “le prendes las candelas y cuando me baje del avión compraré la loto, y le pediré a la virgen que me ayude a sacármela, entonces, si tu le prendiste las velas y me saco la loto, te mandaré la mitad del dinero”. Por supuesto después de despedirme de mi madre y haber pasado un mes sin poder estar de mi cuenta, en cuando salí del aeropuerto olvidé por completo mi promesa.

La visita de mi madre había provocado un cambio dentro de mi. Los primeros días después de su partida traté de volver a mi vida desordenada, a las drogas y al sexo, pero cada vez que recordaba a mi madre, lo tranquila que ella había partido con la seguridad de que confiaba plenamente en su hijo, me sentía miserable. Poco a poco fui dejando de lado todas esas cosas y me dediqué a estudiar.

Solo volví a recordar las famosas candelas a la virgen un par de meses después. Llegué a la habitación y volví a encontrar las hermosas letras de mi madre en un sobre, esta vez me apresuré a abrirlo y me encontré con su carta, me daba las gracias por no haber olvidado ponerle las candelas a la virgen y me mandaba el cheque tal y como habíamos convenido, porque se había sacado la loto.

Miré incrédulo el cheque en mis manos, y salí corriendo a la iglesia donde estaba la Virgen de Lourdes a ponerle las candelas.

Terminé mis estudios. Me gradué de químico-biólogo y volví a mi tierra. Me casé y tuve un hijo y cuando mi madre estuvo vieja le construí una casita detrás de la mía y me la llevé a vivir conmigo. Cuando estaba enferma en su lecho, pero aún consciente, quise confesarle que nunca había puesto las candelas prometidas a la virgen de Lourdes, ella no me creyó, me dijo que era un mentiroso, ella sabía que yo le había puesto las candelas porque ella se había sacado la loto.

Después que ella murió, estaba recorriendo la casa, había decidido dejarla intacta como cuando ella estaba viva, para siempre recordarla. En una gaveta de su escritorio me encontré un frasco de agua bendita, estaba escrito a mano con un tinta: “para mi hijo, que la virgen te acompañe. 1965” Pensé que la Fe es creer en aquello que no podemos ver y definitivamente la Fe mueve montañas.

Victoria Vázquez  me invitó a participar hace unos meses de su grupo Noveles y Soñadores de Facebook, la conocí a través de su blog.  Allí he conocido a un grupo de escritores noveles maravillosos. A todos nos une el deseo de escribir, porque si, porque lo llevamos dentro y no hay quien nos lo saque de la piel.

Entre ellos conocí a Pablo Cerezal, y me enteré de su primera novela: “Los Cuadernos del Hafa”. Todo el mundo comentaba de la novela, ellos están en España y yo en una pequeña isla en el medio del mar Caribe y yo no podía leerla porque por estos lados del mundo normalmente no suelen llegar esos libros de escritores jóvenes. Pero no iba a permitir que me dieran envidia mis compañeros del grupo así que, como otras veces, pedí la novela a la “Casa del Libro” y así pude disfrutar de la maravillosa lectura de los “Cuadernos del Hafa”

Le prometí a Pablo que le contaría sinceramente lo que me pareció a novela.  Así que aquí estoy, no llegaré a la altura de nuestra amiga Fanny, porque no soy buena haciendo críticas literarias, pero haré mi mayor esfuerzo.

Decía mi padre una frase de Somerset Maughan, que siempre me ha gustado mucho: “ante todo, toda novela, debe entretener” y lo primero que le diré a Pablo es que su novela, me mantuvo entretenida y ansiosa por querer seguir leyendo. Lo segundo es que a mi me gusta o no me gusta un libro, si no me gusta, simplemente no lo leo, así que definitivamente tu libro me ha gustado.

Ha sido una experiencia interesante leer el libro de Pablo, porque me adentró en un pueblo y un mundo (del Hachis, de Hafa, Tanger, Marruecos) completamente desconocido para mi, y en un fantasía alrededor de personajes conocidos, pero ajenos como: Burroughs, Brian Jones, fantasía que el ha llevado de una forma magestuosa.

Como lectora me encantaron: el concepto de las reglas del juego de la vida;  el diario de Aanisa; los siete pecados capitales; el personaje de Munir, es espectacular; los cinco retratos de la librería; la verdadera naturaleza del amor;  y finalmente la duda que dejaste en mi de si las historias son las mismas o no lo son, genial!!!.

Como escritora: me encantó la facilidad con la que puedes escribir y expresar las ideas, como logras mezclar la fantasía y la creatividad que tienes,  me encantaron los adjetivos.

En mi humilde parecer, Pablo, es una muy buena novela, mi mas sincera opinión es que me ha gustado mucho y la recomiendo al que quiera leer una historia: distinta, intrigante, fantástica.

Cada quien expresa lo que siente de diversas formas.. yo lo escribo…

Hace unos días traté de sentarme a escribir algo sobre tío y lo dejé abandonado, pensaba que si estaba escribiendo algo sobre él era como aceptar que se nos estaba yendo. Aunque sabía que estaba muy mal y que no duraría mucho, en el fondo de mi corazón me negaba a aceptarlo. ¿por qué es tan difícil separarnos de los que queremos?

De pequeña no tuve mucha relación con tío Rene, por razones que no vienen en cuenta ahora, solo lo recuerdo acercarse aceleradamente a casa de vez en cuando y en mi recuerdo de niña ir a la casa que tenía en la Agustina, donde mi memoria solo registra su cría de conejos y un juego de Monopolio que era un lujo. Otra cosa que recuerdo con mucha claridad fue cuando llegó a presentarnos a su nueva novia: una mujer muy linda, rubia, santiaguera, con la cual vivió los últimos 37 años de su vida: Alexandra.

Después de ahí, volví a conocer o mas bien descubrí a mi tío René cuando iba a entrar en la universidad. Andaba decidiendo que carrera estudiar y fui a hacerle una consulta, no podía decidirme si estudiar Licenciatura en Química o Ingeniería Química, su respuesta fue igual que todas sus ocurrencias: los Ingenieros químicos, ni son ingenieros, ni son químicos, mejor estudia Licenciatura, y terminé haciéndole caso.

Luego Tío René pasó a ser el tío admirado, recuerdo que viajaba mucho, sabía italiano, porque había estudiado en Italia y  tocaba el acordeón. Aunque también tenía sus vainas: tomaba mucho, y manejaba como un loco, pero todos lo querían. Era experto de la FAO en el área de leche y quesos y fue el fundador del Centro de Adiestramiento Lechero de la UASD, en Engombe,  haciendo allí una labor loable con todos los queseros del país.

En el área de los alimentos, donde quiera que iba y decía mi apellido, la gente me preguntaba si era familia del Dr. Mueses, siempre me sentí orgullosa de decir que era su sobrina y nunca encontré a nadie que hablara mal de él todos lo recordaban por su alegría, su sinvergüencerías y por ser un excelente profesional, “si eres sobrina de Mueses, debes ser muy buena”. Me tocaba entonces ponerme las pilas para no hacerlo quedar mal.

Cuando iba a terminar mi carrera y me llegó el momento de hacer mi tesis, Tío René me entusiasmó para que hiciéramos una tesis sobre quesos, y mi mejor amiga y yo nos vimos envueltas en aquel mundo de los alimentos, que terminó siendo mi pasión y me llevó a decidirme por hacer una maestría en alimentos.

Hacer la tesis con él , no fue fácil, mas bien fue un calvario, porque era muy exigente. En aquella época en la que no había computadoras, después de pasar el texto a maquinillas y llevárselo para que nos lo revisara lo devolvía todo rallado con lapicero rojo, y yo me enojaba muchísimo y le decía que porque no podía ser mas benevolente corrigiendo, pero él quería sacar lo mejor de mi. Hicimos un excelente trabajo, pero los examinadores de la tesis, fueron unos profesores que no tenían idea de lo que estábamos haciendo. Cuando él vio que el promedio de las notas fue un 85, entró echo una fiera donde el comité evaluador y les dijo: “que eso le pasaba a él por haberle echado margaritas a los cerdos”.  Mi amiga y yo casi gritábamos: Hurra!!! Para nuestro tío que nos defendió con uñas y dientes. Ese era Tío René.

Me fui a hacer mi maestría y el día que se enteró que había regresado después de dos años fuera del país, fue a casa y me dijo que me fuera a trabajar con él, “mientras encontraba que hacer”, sabía lo difícil que era volver a insertarse en el mercado laborar después de tanto tiempo fuera.

Él ya tenia LADILAC, y muchos proyectos en la cabeza para mi. Aún recuerdo con el cariño que me llamaba: “Caroca!!!”, el olor de su colonia eterna, sus abrazos cariñosos, su sonrisa  escandalosa y su hablar enredado que aprendí a querer y a aceptar. Estuve trabajando 1 año y meses con él, pero los proyectos no cuajaban con la velocidad que yo quería, además soy hija de mi padre y el orden era fundamental para mi existencia, y convivir con Tío era vivir en el caos y no estaba preparada para eso.

Un día entré a su oficina y le dije: “te quiero demasiado y no quiero perder al  tío maravilloso que he descubierto, prefiero perder un jefe, no puedo trabajar contigo, antes que terminemos peleados me voy de aquí” y así mi vida laborar tomó un rumbo distinto, nunca me guardó rencor, y seguimos teniendo una relación hermosa de tio-sobrina.

En todos estos día he pensado tanto en él y en todas las cosas que compartimos. Me hizo leer un libro en italiano con un diccionario para buscar material para la tesis; recuerdo cuando llegábamos a Rica, con el cariño que todos lo trataban; y en Emgombe cuando entrabamos en el carro, se paraba cada esquina a saludar a alguien o hablar con alguien, llegar a la oficina era eterno porque era un hombre lleno de carisma.

Hoy en la mañana se nos fue tío René. Sin temor a que nadie se ofenda, puedo decir que era el tío mas querido para mi, y me siento triste por su partida. Solo me conforta saber que está con Dios, que ya descansó y que un día podré volver a encontrarme con él. Te quiero mucho Tío René.

Don Ernesto y doña María

Posted: 23 marzo 2012 in Mis escritos
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Hace años que ruedan por mi casa, son dos viejos de cerámica que encontré en una tienda de antigüedades. Cuando los vi pensé que de viejita quería ser como ellos y sin pensarlo dos veces los compré.

Un día se me ocurrió ponerles nombre: Doña María es una viejita coqueta, gordita con un sombrero de esos de puntitos que solía usar mi abuelita. Está  bordando un calcetín con su pequeño gato sobre el regazo. Al lado de ella, está Don Ernesto, su esposo, con sus lentes de leer, usa una bata de esas ceremoniosas que usan los viejos ricos y sus pantuflas, solo tiene un penacho de cabellos en la coronilla y el resto de la cabeza es calvo, al final una chiva en su barbilla. Don Ernesto tiene en sus piernas un pequeño perrito Poodle. Ambos están sentados en una mecedora.

Día 1.

Me senté en el sillón que está al lado de la mesa donde están los viejos, estoy triste, terminé con una relación de varios años, tenía la ilusión vivir para toda la vida con mi compañero de vida y terminar mis días como ellos: en una mecedora al lado de mi viejo. Los miro y pienso que la vida da muchas vueltas. Me detengo a observarlos con detalle. No me había fijado que colores tan hermosos tiene la pijama del viejo, sus pantalones son de un color naranja que hace juego con su camisa y ahora es que caigo en la cuenta que tiene una pipa en la mano. La falda de doña María es de un rosa intenso y todo el borde está lleno de encajes. Hoy tuve la sensación de que me acompañaban, como si quisieran consolar mi pena.

Día 2.

Llegué a casa y no se porqué sentí la tentación de sentarme al lado de los viejos. Ayer me dio la impresión de que los viejos se mecían solos. Como estaba triste y tenía lagrimas en los ojos, pensé que era mi imaginación. Hoy me senté con un libro en la mano, simulaba que leía, y de reojo los miraba y efectivamente, se mecen solos. ¿Me estaré volviendo loca?

Día 3.

No puedo resistirlo, volví a sentarme al lado de los viejos, esta vez descubrí a  doña María tejiendo el calcetín, mueve su agujeta y parece contar pasadas además tuve la impresión de que el calcetín está mas grande que ayer. ¿Será que esos viejos tienen algo de magia?

Día 4.

Salí de la oficina disparada para la casa, solo pensaba en llegar y descubrir que nuevo secreto me traerían los viejos en el día de hoy. Me senté a observarlos y nada, ni se movían. ¿Habré imaginado todo? Entonces reflexioné que de repente solo lo hacían cuando ellos pensaban que no los estaba observando, me puse a leer y por encima del libro miraba de vez en cuando, pero nada. Creo que esto de estar sola me está afectando mas de la cuenta.

Día 7.

Han pasado varios días desde que creí  descubrir que los viejos se movían. Hoy ya casi ni lo recordaba.  Volvía a sentarme en el sillón. De repente por el borde del libro vi una columna de humo que subía, al mirar furtivamente observé que el humo salía de la pipa de don Ernesto, fumaba mientras acariciaba el perrito que lleva sobre las piernas. Lo miré perpleja y se sonrió abiertamente. Abrí la boca sin creer lo que estaba viendo.

Día 8.

Me dispongo a leer nuevamente, me siento en mi sillón preferido al lado de los viejos y esta vez es doña María  a quien veo  acomodarse los lentes para poder ver mejor su tejido. No hay dudas ¡estos viejos se mueven!, el calcetín casi le llega a los pies de la mecedora, me mira con su mirada tierna que me recuerda a mi abuelita. El gato parece maullar sobre sus piernas como pidiéndole que le acaricie, ella le hace caso, lo mima y luego continua con su labor.

Día 12.

Es increíble como me ha cambiado la vida desde que descubrí el secreto de mis viejos, pensar que tenía tantos años con ellos y no había descubierto el encantamiento que esconden. Hace días que no he vuelto a sentir tristeza, ni soledad, percibo que ellos me acompañan y que puedo compartirle mis penas o mis alegrías, cuando llego les hablo, los saludo y me sonríen, se mecen tranquilos como si pasaran el día esperando mi regreso.

Día 25.

Conocí un hombre maravilloso que me presentó una amiga, estuvimos conversando como si nos conociéramos de toda la vida. Llegué a casa contentísima a contarle a los viejos lo que me había ocurrido. Ellos se miraban entusiasmados con la historia. Don Ernesto parpadeaba y se subía las gafas, fumaba su pipa. Doña María comenzaba el segundo calcetín mientras el gato parecía divertirse. ¡Que maravilloso es poder llegar a casa y tener a quien contarle mis alegrías!

Día 35.

Hoy en la mañana le dije a mis viejos que esta noche traería de visita a Francisco, se miraron un poco contrariados, como cuando le dices a tus padres que vas a traer el primer novio a la casa. Me pareció divertida su actitud. Luego pasé todo el día un poco confundida. No sabía si estaba preparada para compartir el secreto de la magia de mis viejos con nadie, así que estuve todo el día preocupada pensando, ¿qué pasaría si a los viejos les daba por comenzar a fumar o a mecerse, o a tejer en medio de la visita de Francisco? ¿Cómo él reaccionaría? Y yo ¿Qué diría entonces? ¿Tendría que actuar con naturalidad y simplemente decir: “si son los viejos que me acompañan siempre, llevo años de compartir con ellos”? Al final no ocurrió nada, los viejos se comportaron como dos piezas de cerámica común y corriente. No dijeron “ni esta boca es mía”.

Día 45

Mis viejos no han vuelto a hacer nada. Cada noche recibo la visita de Francisco. Nos compenetramos perfectamente y estamos pensando que podemos tener una relación. Nos sentamos en un sillón de dos que está al frente de la mesa en la que están los viejos.  Mientras conversamos a veces los miro de reojo y echo de menos su compañía, su movimiento cadencioso de la mecedora, el humo de la pipa de don Ernesto y el maullar del gato de doña María. Estoy contenta porque creo que he encontrado un compañero y vuelvo a tener la ilusión de que tal vez al final si pueda terminar mis días como ellos, sentada en una mecedora, con mi gato en el regazo y tejiendo calcetines para los nietos. En todos estos días hasta había tenido la duda de si todo esto no habrá sido una ilusión mía, pero mientras escribía estas líneas de repente vi a Don Ernesto picarme un ojo.

Escribiendo y buceando por la web hace un tiempo me encontré con Victoria Vazquez una escritora joven que escribía y lo hacía muy bien. Cuando la conocí estaba escribiendo un libro. Victoria finalmente terminó su libro y lo publicó:  WHITE CREEK MANOR y yo decidí comprarlo, lo mandé a pedir a España por Amazon y me lo leí completo. Me gustó tanto que al final cuando me faltaba como la cuarta parte del libro, me senté como a las 7 de la noche y terminé a las 2 de la mañana porque no pude soltarlo mas.

Victoria hace unos meses me invitó a participar en su grupo de Facebook: Noveles y Soñadores. Es un grupo en el cual nos la pasamos, soñando y escribiendo aquello que nos sale del corazón.

Estefanía (Fani, cariñosamente) le hizo una entrevista a Victoria y ofreció rifar un libro autografiado. Solo tienen que entrar al blog  Once upon a time . Yo quisiera ganarmelo porque me muero por tener el libro autografiado por la autora, pero como ya lo tengo, también le daré chance a los que no lo tienen.

Asi que ya saben, se pasan por el blog de Estefanía.

Escribir un Guión: El viaje a la playa

Posted: 10 marzo 2012 in Mis escritos
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En una de mis tareas de la “Escuela de Escritores” me pidieron escribir un guión. No pensaba subirlo al Blog. Pero una amiga le pidieron una tarea parecida, así que decidí subirla al blog para mostrarsela. Buena suerte…

[Alex entra en la habitación de su madre que está arreglando unas cosas en la gaveta. Se sienta en una silla en la habitación y se dirige a su madre con una voz decidida]

Alex: Mamá, quiero que volvamos sobre nuestra conversación de ayer. Necesito que me des una respuesta, porque debo confirmar en el día de hoy  mi participación en la actividad de la playa.

Madre: Te dije ayer que no quiero hablar más de eso. No vas a ir a la playa con ningún grupo del colegio. No sé que más quieres discutir. Ese no es un viaje oficial del colegio, es algo organizado por ustedes y no voy a ceder a tus presiones.

Alex: Es que no puedo aceptar que seas tan intransigente.  ¡A todos los muchachos y muchachas del colegio le dieron permiso, a mi es la única que me han dicho que no!

Madre: Alex eso no es cierto, te aseguro que si me pongo a averiguar más de una madre consciente le habrá negado el permiso a su hijo. No puedo creer que en ese colegio todas las madres sean unas locas liberales. Y te advierto algo: ¡Deja de decirme intransigente! ¡Desde ayer me lo estás diciendo y mi paciencia se va a colmar! [Agregó la madre con un gran grito]

Alex:  ¡Madres liberales! Pero… ¿De qué hablas mamá?… hablas como que  vamos a ir a hacer desastres o a fumar droga, es a la playa que vamos ¡A bañarnos!.

Madre: Si, de un día para otro… a una casa, donde hay habitaciones y camas, y van chicas y chicos… y no va ni un papá o una mamá ó un profesor. ¡No digo yo fumar droga! ¡Pueden fumar y beber lo que se les venga en gana y hacer lo que se les ocurra allí solos!

Alex:  Bueno y si lo hiciéramos eso que importan. ¡Tengo 18 años, ya soy mayor de edad!

Madre:  ¡Ves! Estás confirmando lo que pienso. Además te diré algo: Acabas de salir del colegio, podrás ser muy mayor de edad, pero no puedes mantenerte. ¿Qué sabes hacer? Si ni siquiera sabes freír un huevo. Cuando te puedas mantener y valer por ti misma entonces decidirás a donde puedes ir y harás lo que quieras, mientras estés bajo mi tutela ¡harás lo que yo diga!

[Pensando que había metido la pata y buscando otra estrategia para convencer a su madre agregó:]

Alex: No entiendo. Pude haberte mentido y decirte que iba a dormir para casa de cualquiera de mis amigas  y luego irme a la playa. Ni siquiera te habrías enterado. Pero he sido honesta y sincera contigo.  Siempre te he dicho la verdad, pero eso nunca ha servido para nada, no me tienes confianza ¿Qué importa que los otros hagan cosa malas?¿De verdad crees que yo sería capaz de fumar droga o acostarme con alguno de los chicos del curso? Porque si de verdad crees eso entonces considérate que has fracasado como madre.

Madre: Alex eso que has dicho es un irrespeto. ¡No eres mas que una malcriada irrespetuosa!

Alex: No te estoy faltando el respeto, solo te estoy diciendo la verdad y la verdad a veces duele. Si crees que yo soy capaz de hacer todo eso que dices ¿Dónde están los valores que me enseñaste? ¿Alguna vez te he fallado?

Madre: No es eso Alex [Dijo suavizando un poco el tono de la voz]… lo que pasa es que yo también fui joven y sé que a veces cuando estamos en ciertos ambientes nos dejamos llevar por los demás y sucumbimos a las tentaciones.

Alex: Si pero tienes que darme la oportunidad de aprender a equivocarme, de enfrentarme a esas situaciones, de probarte que los valores que me has enseñado puedo ponerlos en práctica y que soy fuerte para no dejarme arrastrar por los que me rodean.

Madre: … además la playa y la carretera son peligrosas, vas con un grupo de muchachos que apenas han aprendido a conducir, si te pasara algo de verdad que no me lo perdonaría. No definitivamente no dejaré que vayas a ese viaje.

[Alex se levanta de la silla, se detiene en la puerta muy alterada. Viendo que todos sus argumentos se van agotando y no logra convencer a su madre. Se altera nuevamente:]

Alex: ¡Pero mamá tienes que dejarme vivir! tienes que dejar que tome riesgos, no vas a estar toda la vida cuidándome como si fuera una bebe. ¡No puedo creer que me no me vas a dejar ir! ¡Es más voy a hacer lo que me venga en gana, por arriba de tu cabeza voy a ir a ese viaje!

Madre: ¡Solo te digo una cosa Alexandra de la Altagracia! ¡Si te vas a ese viaje no vuelvas nunca a pisar esta casa! ¡Ya lo sabes, es mi última palabra!

[Alex sale de la habitación y su madre se queda muy contrariada con la reacción de su hija y la de ella misma] 

La Partida

Posted: 28 febrero 2012 in Mis escritos
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Él le había dicho que ese día se iría de la casa. Había decidido aceptar la decisión con dignidad y ayudarlo a marcharse.

Buscó la escalera de cuatro peldaños que tenía guardada en la despensa. Se dirigió a su habitación, cada paso que daba parecía pesarle como si tuviera una pesas en cada pierna. Entró en la habitación. Se dirigió al closet y abrió la escalera. Se subió a la escalera hasta el tercer peldaño y buscó la maleta que estaba en el último tramo del closet. Con dificultad logró bajarla y colocarla sobre la cama. La abrió y se dirigió nuevamente al closet. Abrió todos los cajones y comenzó a extraer de ellos la ropa de él, colocándola sobre la cama alrededor de la maleta. Comenzó primero por la ropa interior: los calzoncillos, las medias, la franelas blancas.  Luego sacó la ropa mas grande: los pantalones y las camisas. Fue doblándolos uno a uno cuidadosamente. Le doblaba las mangas hacia dentro y luego, las doblaba a la mitad, alisándolas para que quedaran como si estuvieran planchadas y  no se estrujaran cuando las colocara en la maleta. Una vez dobló toda la ropa pulcramente comenzó a colocarla dentro de la maleta. Colocó debajo la ropa interior y sobre esta  fue poniendo los pantalones y luego las camisas. Regresó al closet y fue sacando uno a uno los trajes. Los dobló al revés. En ese punto las lágrimas comenzaron a asomar a sus ojos. Se dirigió al baño, trajo una caja de pañuelos desechables y la colocó sobre la mesita de noches. Extrajo un par y se secó las lagrimas que ya rodaban por la mejillas.

Siguió con su tarea de organizar la maleta y terminó de colocar los trajes arriba de toda la ropa. Se dirigió nuevamente al closet, fue trayendo los zapatos uno a uno: ocho en total. Salió de la habitación y buscó en la despensa ocho bolsas plásticas, las fue sacando una a una y las fue contando. Regresó a la habitación y fue colocando cada zapato en una bolsa y las amarró cuidadosamente sin apretarle el nudo, para que luego pudiera soltarlo fácilmente. Volvió al closet y esta vez regresó con un bulto mas pequeño y colocó allí los zapatos. Los entró lentamente, uno a uno. Midió el espacio que quedaba.

Se dirigió al baño y comenzó a recolectar los objetos que le pertenecían a él: la pasta dental, el cepillo de dientes, todas sus cremas, la afeitadora, el cepillo y el peine. Buscó el neceser en el closet y colocó todo lo que había recolectado en el baño, lo puso en el espacio que había hecho dentro del bulto. Miró la maleta y el bulto abierto. Mas lágrimas asomaron a sus ojos. Tomó nuevamente los pañuelos desechables, se secó las lagrimas y se sacudió la nariz.

Se sentó en la mecedora que estaba al lado de la cama. Puso su cabeza entre las manos y esta vez soltó un grito amargo y estalló en un llanto lastimero. Dejó sus lágrimas correr sin secarlas esta vez. Entonces oyó el sonido de un auto afuera. El auto se detuvo. Escuchó que abrían y cerraban la puerta del auto. Y luego escuchó el cerrojo de la casa.

Se levantó rápidamente y fue al baño. Cerró la puerta tras de sí y puso seguro. Se lavó la cara. Levantó la cabeza y se miró la cara mojada en el espejo. Tenía la nariz roja y los ojos hinchados de llorar. Tomó la toalla y se secó la cara. Escuchó cuando él entró a la habitación y luego el silencio, los pasos de él caminando en la habitación. Cuando se hubo serenado y ya no lloraba entonces abrió la puerta y se encontró de frente con él.

Lo miró tristemente, sus ojos volvieron a aguarse, pero aguantó las lagrimas para que no salieran y volteó la cara hacia otro lado.

Lo vio recoger las cosas que tenía sobre el escritorio y colocarlas una por una con cuidado dentro de una caja que había traído. Ella se había sentado de nuevo en la mecedora, se mecía en silencio, solo se escuchaba el rechinar de la mecedora y el movimiento que él hacía con los objetos sobre el escritorio. Cuando terminó de colocar todo en la caja la cerró.

Se dirigió entonces a la cama, cerró la maleta y el bulto. Ella seguía en la mecedora mirándolo, ahora volvía a llorar. Dejaba que sus lagrimas rodaran por las mejillas, pero sin hacer ruido y sin secarlas. El tomó la maleta grande, la bajó de la cama y la sacó rodando de la habitación. Escuchó como abría de nuevo la puerta, el baúl del auto y colocaba la maleta. Lo sintió entrar de nuevo en la casa y cerrar la puerta. Volvió a la habitación, se detuvo frente a la puerta y la miró con tristeza. Respiró profundamente y se dirigió al escritorio. Tomó la caja y luego fue a la cama y agarró el bulto.

Él salió nuevamente de la habitación,y cuando entró por tercera vez a la casa se detuvo delante de la puerta de la habitación. No se decidía a irse o a despedirse. Ella lo miraba llorando. Él se acercó a la mecedora, se arrodilló a su lado, la abrazó. Ella se dejó sin responderle el abrazó. Él le dio un beso en la mejilla sin decir ninguna palabra. Se levantó. Dio la espalda. Salió de la habitación y se marchó.

Escuchó cuando él cerró la puerta por última vez. Aún lloraba y estuvo llorando sin poder contener las lágrimas hasta que ya todo estuvo oscuro. De repente se quedó dormida.

Al abrir los ojos vio como la luz del sol se filtraba entre las cortinas de la ventana. Miró la cama vacía, arreglada, ahora sin la ropa y las maletas que había contenido la noche anterior. Se levantó de la mecedora, estiró su cuerpo y sintió que le dolía por pasar la noche en la misma posición. Fue al baño y se miró al espejo. Unas bolsas negras resaltaban debajo de los ojos y los tenía rojos e hinchados.

Se quitó la ropa y se metió en la ducha. Estuvo largo rato con los ojos cerrados debajo del chorro de agua, dejando que el agua rodara por su cuerpo. Cerró la llave. Salió de la bañera. Se secó y se dirigió al closet en busca de ropa. Al entrar vio los cajones aun abiertos y vacíos. Los cerró uno a uno. Tomó unos pantalones jeans y una blusa blanca. Se puso la ropa y salió del closet.

Fue al escritorio y se sentó. Tomó un papel y escribió: “Hoy comienza una nueva etapa de mi vida…”