Un Padre Ejemplar.

Posted: 25 enero 2012 in Mis escritos
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Los Martínez eran unos buenos vecinos, las casas del barrio se comunicaban por el patio, no había ninguna pared que las separara y por eso  se conocía muy bien la vida de aquella casa y las cosas de Don José Martínez, un gran hombre cuyo único propósito en su vida era sacar a la familia de la miseria en la que se encontraba. Era muy ingenioso y ese habilidad lo había llevado al fracaso y al éxito en una proporción equiparable de veces.

Pasaban penurias y muchos días en su casa faltaba el pan para comer, tenía 5 hijos y no podía mandarlos  al colegio porque no tenía como comprarle los libros y útiles escolares, eso lo hacía sentir como un hombre fracasado. Su esposa doña María era un alma buena, que lo había acompañado como mandaba Dios: en las buenas, que no eran tantas, pero sobre todo en las malas.  A pesar de las necesidades era un hombre que estaba sonriente todo el día incluso en los velorios su mujer tenía que andar controlándolo porque no paraba de hacer chistes, era bromista y lo hacía con gracias, así que se tomaba la vida con mucha filosofía, pero siempre vivía soñando con hacer algún negocio que lo ayudara a progresar y salir de aquella vida de miseria que le había tocado.

Su frase famosa, a la que todos en la familia temían era cuando llegaba y le decía a su mujer: “María acabo de hacer el negocio de mi vida!!!”. Ella lo miraba con admiración y un poco de miedo de descubrir cual sería la última locura. Como aquel día que llegó con 50 yardas de tela de poliéster verde, diciendo que el señor de la tienda estaba haciendo un remate y la había dado la tela por centavos, había hecho el negocio del año. Al final cuando no pudo hacer nada con la tela porque era verde perico y nadie se la quería comprar, comenzó a hacerle ropas a toda la familia, y en unas semanas vimos a los cinco hijos con ropa interior, blusas, camisas, pantalones, hasta medias verdes, los pobres chicos no querían asomarse ni a la ventana porque se convirtieron en el hazme reír de todo el barrio, la pobre Doña María se compadeció y fue regalando toda la ropa hasta que logró desaparecerla.

Don José tenía un carro y vivía de hacer transporte hacía otros pueblos. El carro tenía unos 50 años, lo había comprado de segunda mano y estaba ya muy viejo.  Después de cada viaje debía pasarse un día reparándolo pero eso le permitía hacer sus viajes para ganar los chelitos de mantener a la familia. Un día venía por la carretera de hacer un servicio, cuando una vaca se le atravesó, chocó contra ella y la mató, el campesino dueño de la vaca, que no tenía como pagar el descuido del animal suelto, le pagó regalándole la vaca. Así que esa noche Don José llegó a la casa con el auto destrozado y una vaca entera muerta en el baúl. La carne tuvieron que salarla para que no se dañara. Repartieron carne a todo el vecindario y estuvieron comiendo carne de desayuno, almuerzo y cena durante una semana.

Don José tomó el asunto del accidente con la parsimonia que le caracterizaba, el choque había dejado el vehículo prácticamente inservible.  Estuvo tranquilo en la casa hasta que se  acabó la carne y solo entonces comenzó a pensar que tendría que hacer algo para resolver el problema del vehículo, que al final era el único sustento que tenía para su familia.

Durante unos cuantos días estuvo yendo y viniendo a la casa y cada día llegaba con sus negocios espectaculares, siempre con la misma frase: “acabo de hacer el mejor negocio de mi vida!!!”, en esos días las locuras de negocios parecían sacadas de cuentos: Un hombre que vendió un agua milagrosa que quitaba los paños y empeines de la piel, luego resultó que era simplemente agua sucia; Un día llegó un saco de yuca que se la había vendido regalada según él, la vendería al doble de lo que le había costado, pero cuando su mujer puso a ablandar la yuca, resultó que toda estaba dañada y no se cocía y tuvo que tirarla; Otro día llegó con una paca de ropa que le había vendido a precio de ganga para re-venderla, al abrir la paca que venía cerrada se dio cuenta de que solo había unas cuantas piezas y que el resto era retazos de tela que no tenían ningún uso.

En cada una de esas situaciones, Don José terminaba con una historia, una excusa, una dispensa para el que lo había engañado, pero nunca tomaba ninguna represalia contra nadie. Pasaba unas horas cabizbajo, y después como por arte de magia volvía a su jocosidad habitual bromeando con sus hijos y con el que estuviera por los alrededores, olvidando por completo el incidente y rápidamente comenzaba a buscar o a inventar posibilidades de negocios que hacer. Solo su esposa doña María sabía los sentimientos que el fondo el albergaba, en la noche, en su habitación, solo a ella le decia su sentimiento de frustración de no poder sacar sus hijos adelante, para que estudiaran y fueran hombres y mujeres de bien y no un pobre miserable como él.

Finalmente, unos meses después del accidente, un día llegó Don José con un carro. Doña María, sus cinco hijos y todos los vecinos del lugar salieron a ver el nuevo carro de Don José, era un carro usado, pero que parecía estar en excelente condiciones. Cuando todos estuvieron rodeando el carro, el con su alegría habitual, dejó escapar su famosa frase: “Hoy si mujer acabo de hacer el negocio de mi vida”. No se sabe con que argumentos, Don José había convencido al dueño de un negocio de venta de autos, que le diera el carro, con la promesa de comenzar a pagar las cuotas en dos meses. El había sacado la cuenta y como el carro estaba en buenas condiciones podría hacer un viaje diario y a vuelta de dos meses podría tener el dinero para comenzar a pagar. Doña María miro con cierto recelo y asombro el vehículo, pero por primera vez pensó que tal vez esta vez si había logrado hacer un “buen negocio”.

A partir de ese día todas las mañanas se veía salir a Don José en su flamante carro, todos los vecinos comenzaron a ayudarlo, corriendo la voz sobre servicio de transporte que él ofrecía. Si algo lo caracterizaba era ese sentido de la responsabilidad. Siempre estaba a la hora acordada y sabía calcular los tiempos de los viajes, así que los pasajeros se sentían seguros y confiados viajando con Don José. Cada día al regresar a la casa, sacaba una parte del dinero y se lo entregaba a su mujer para los gastos del día y la otra parte la guardaba en una lata para ir reuniendo el dinero de pagar la primera cuota del vehículo. Los chicos pudieron comenzar a asistir al colegio, porque poco a poco pudo ir reuniendo el dinero de los útiles, y los fue mandando desde el más grande hasta el mas pequeño. La alegría que había caracterizado siempre a Don José de destacó mas y en las noches se volvió costumbre pasar por su casa donde se le encontraba haciendo bromas y chistes y haciendo reír a todos.

Una noche le dijo a su mujer que pensaba que finalmente había logrado su sueño de hacer el negocio de su vida, lo único que quería era poder darle a sus hijos educación y lo que él no tuvo, no quería riquezas sino vivir de una forma digna.

Don José continuaba con sus viajes y la vida parece que iba marchando bien en aquel hogar. Aquel fin de semana había decidido ir con sus chicos y su mujer a pasar un día en familia a un rio cercano. Los chicos se levantaron todas excitados por la expectativa de hacer algo distinto. Los planes eran irse el domingo desde temprano, habían preparado comida, jugos y agua para llevar. Estuvieron un buen rato en los afanes de subir las cosa al vehículo y acomodarlas, no olvidar los trajes de baño y las toallas, y finalmente cuando estuvieron seguros de que no habían olvidado nada partieron hacia el rio.

En el camino, Don José iba con su alegría y jocosidad habitual, haciendo chistes y cuentos, mientras sus hijos y su mujer no paraban de reír. Llegaron al rio alrededor de las diez de la mañana y pasaron el día entre chapoteos, juegos, canciones y bailes. Al medio día se sentaron a comer a la orilla del rio, el día estaba hermoso, el sol estaba radiante, la brisa refrescaba el ambiente y movía los arboles, y todo parecía conjugarse para hacer de aquel el día perfecto. Como a las cuatro de la tarde Doña María comenzó a llamar a los chicos para ir recogiendo la cosas e iniciar el regreso a la casa. El camino de regreso lo hicieron callados, estaban cansados del ajetreo del día, y aunque Don José trató de hacer algunos chistes, los chicos estaban dormidos en el asiento trasero y terminaron por quedar en silencio y así hicieron el trayecto de vuelta.

Al llegar a la casa era de noche y estaba algo oscuro, la primera en bajar del auto y entrar fue doña María quien seguido se dio cuenta de que algo no andaba bien en la casa. Al abrir y ver la casa toda desordenada deshizo sus pasos y detuvo a uno de los chicos que ya corría hacia el interior. Don José que estaba bajando las cosas del vehículo vio la palidez de su esposa y corrió hacia la puerta, ella le dijo que alguien había entrado a la casa porque todo estaba desordenado.  Sin pensar lo que hacía le dijo a su mujer y a los chicos que se quedaran allí, y el se apresuró a entrar a la casa, vio todo el desorden que había como si alguien hubiera estado buscando algo, entonces recordó la lata donde tenía el dinero de sus ahorros y corrió a la habitación

Justo en el momento que entró en la habitación vio a un hombre que trataba de abrir la ventana para escaparse. Don José corrió hacia la ventana y comenzó a forcejar con el ladrón. Lo golpeó fuertemente en la cara mientras el hombre se resistía y le devolvía los golpes  y lo empujaba y trataba nuevamente de abrir la ventana. En una de las ocasione en que cayó vio tirada la lata de sus ahorros vacía, y una rabia interna le recorrió todo el cuerpo. Se levantó del piso, agarró un palo de la escoba divisó detrás de la puerta y comenzó a golpear al hombre en la cabeza. Entonces el  comenzó a gritar le pedía que se detuviera, que no lo golpeara más, pero el seguía golpeándolo fuertemente, lleno de rabia, de una ira que nunca imaginó tener. El hombre estaba en el suelo con la cabeza llena de sangre y el seguía golpeándolo, hasta que de pronto se dió cuenta que su mujer y sus hijos estaban parados en la puerta observándolo y su mujer le gritaba que parara, que ya estaba bien que no lo golpeara mas, entonces en ese momento volvió en si.

Percatándose de lo que había hecho, soltó repentinamente el palo, y miró asustado a su mujer y a sus hijos. Se levantó y con sus ojos llenos de lagrimas pidió a su mujer que revisara si el ladrón estaba vivo, ella rápidamente se arrodilló delante del hombre, le busco una de las venas y grito: “está vivo aún”. Rápidamente entre los dos y algunos de los hijos más grande levantaron el ladrón, doña María buscó rápidamente una toalla y la colocó en la cabeza para evitar que siguiera botando sangre lo subieron al carro y Don José salió hacia el hospital.

Esa noche Don José no regresó a su casa, después de llevar el hombre al hospital, estuvo allí hasta que le dijeron que podía irse a su casa porque no había nada que hacer más que esperar, el hombre estaba inconsciente, en estado grave. Fue entonces al destacamento de policía e hizo la declaración de lo que había ocurrido. En el destacamento todos lo conocían como un hombre pacifico, se asombraron un poco de la situación, pero comprendieron que lo que había ocurrido era en defensa propia y finalmente el hombre no era más que un ladrón, a menos que el hombre muriera, podía quedarse tranquilo a su casa, ellos se encargarían del asunto.

Después de salir del destacamento vago mucho rato por la ciudad en su carro. No entendía porque habían ocurrido las cosas de esa manera, el lo único que quería era sacar a sus hijos adelante, se sentía triste y frustrado, si el hombre moría ¿cómo podría vivir cargando con un muerto sobre su conciencia? Decidió regresar al hospital y allí amaneció en la silla de la sala de espera.

Cuando dieron las nueve de la mañana, esperó al médico de turno y allí le dieron la noticia de que el ladrón había muerto en la madrugada. Tenían que avisar a la policía así que le recomendaban que se fuera a su casa y se quedara allí tranquilo esperando. Con una gran tristeza apretándole el corazón tomó su carro y se dirigió a la casa. Allí le esperaba su esposa y sus hijos. La casa había vuelto a su organización habitual, pero nada volvería a ser igual, sus hijos lo miraban algo asustados, el recuerdo de su padre golpeando con rabia aquel hombre había quedado grabada en sus memorias.

Ese día tomó el dinero que había sacado de los bolsillos del ladrón, fue donde el hombre que le había vendido el carro, le pagó el dinero prometido y le devolvió el vehículo, le dijo que no podía seguir pagando las cuotas que faltaban así que prefería devolver el carro para no quedarle mal. En la tarde la policía fue a buscarlo a la casa, estaba sentado en una mecedora esperándolos. Su mirada estaba perdida en el horizonte y su habitual sonrisa se había convertido en una horrible mueca en su cara. No había vuelto a decir una palabra en todo el día. Le explicaron que debían llevarlo preso por algunos días hasta que se aclarara el asunto. La policía trató de tranquilizarlo diciéndole que todos sabían que el era un hombre pacífico que no se preocupara, que los vecinos y la familia darían declaraciones de que había sido en defensa propia. Cuando se celebró el juicio, le sentenciaron tres meses de prisión.

Don José tenía dos semanas en la cárcel cuando un día llamaron a su mujer para decirle que lo habían encontrado ahorcado en la celda. Le entregaron una carta que él le había dejado:

“Querida María:

Espero que me perdones por esto que he hecho. Pero no puedo borrar de mi mente la imagen de aquel pobre hombre que maté con mis propias manos y la expresión de terror de mis hijos al ver a su padre cometiendo tal atrocidad. No he dejado de pensar que tal vez no era más que un pobre hombre desesperado por conseguir comida y sustento para sus hijos, sé que eso no justifica su actuación pero tampoco justifica la mía. No puedo vivir cargando sobre mis hombros ese asesinato.

Por favor cuida a mis hijos, que fueron la razón de mi vida, cuando sean grandes dale a leer esta carta y dile que me perdonen. Dile que me recuerden siempre como el padre alegre que fui, no como la última imagen que vieron de su padre. Espero que puedas sacar a camino a mis hijos, y que puedan convertirse en hombres y mujeres de bien.

Tuyo siempre José.

 

Sale a hacer su caminata matutina. Son las 5:30 de la mañana, se encontraba distraída buscando una canción en su ipod y cuando levantó la cabeza se da un susto mayúsculo al encontrarse de frente con aquel hombre: más bien bajo, bien vestido pero algo desgarbado, y que le sonreía.

Ella da unos pasos hacia atrás y hace un gesto de haberse asustado. Entonces el comienza a hablarle en algún idioma que no logra entender en principio, luego se da cuenta de que es portugués:

—   Perdoe, não entre em pânico. Eu só sou um cidadão português perdido. Eu estava com una chica num motel e ela roubar-me minha carteira e deixe-me no motel. Eu tenho que ir para meu hotel. Eu estou no hotel Santo Domingo, pode-me dizer como eu posso chegar? A que distancia esta?

Aun no se repone del susto y apenas puede contestar, no entiende bien lo que esta diciendo y lo escucha agregar:

—   Por favor ayude-me

Trata de calmarse y lo mira dudosa, tiene un fuerte olor a alcohol, por lo que asume que está bebido, Lo escucha explicarle nuevamente su situación esta vez tratando de intercalar palabras en español, pero el estado de embriaguez que tienen solo le permite hablar en su idioma. Entonces decide responderle.

—   Mire el hotel esta como a cuatro cuadras.

—   Quatro que? eu não compreendo o que e “cuadras”. Pode-me dizer milhas?

—   No sé  — le contesto y trato de pensar en cuantos kilómetros son, pero no me animo a decir un número y entonces se me ocurre decirle el tiempo — mire son como 15 a 20 min de aquí.

—   Que!!! — exclama sorprendido, algo desesperado — quinze minutos, o meu deus, quinze minutos.

—   Lo siento — le responde y se aleja rápido.

Al alejarse piensa en muchas cosas, en muchas realidades: prostitución… extranjeros buscando aventuras… necesidades… miedo… asaltos… rateros… Realidades que están tan lejos de ella, pero al mismo tiempo tan cerca.

Mi padre tenía un trabajo itinerante, parecíamos gitanos. Cada cierto tiempo lo trasladaban de un pueblo a otro. Creo que para no provocarnos el trauma de las despedidas y los llantos de no querer partir optó por no avisarnos cuando era trasladado. Así que simplemente un día llegábamos a la casa del colegio y nos encontrábamos con la noticia de que nos marchábamos, no teníamos tiempo de establecernos en ningún lugar.

Ese día llegué a casa del colegio y encontré toda la casa recogida y las maletas hechas y mis padres anunciaban que nos mudábamos a otro lugar. Igual que siempre, no tuve tiempo ni de despedirme de los amigos y dos días mas tardes llegamos al pueblo de Hidalgo. Recuerdo este pueblo en particular porque fue uno de los lugares donde permanecimos mas tiempo y por las cosas que allí ocurrieron.

Estábamos a mitad del año escolar, pero siendo un pueblo pequeño no costó nada que nos recibieran en la escuela. Unos días después me encontraba en un aula con un grupo de muchachos de pueblo con una mentalidad muy distinta a lo que estaba acostumbrada, pero un alma noble como nunca había visto.

Como muchacho al fin y ya acostumbrado a ese ir y venir,  a los pocos días ya me había olvidado porque desafortunada suerte estaba allí y me dedique a conocer el lugar donde el destino me había llevado. Juan un amigo nuevo de la escuela  se conocía cada rincón del pueblo y me fue enseñando y contando los secretos, historias y leyendas.

Recorriéndolo de tarde en tarde llegué a conocer el pueblo como si hubiera vivido allí toda la vida. Mi lugar preferido era un campo común que estaba ubicado en el lado sur. Después de haber dejado las últimas casuchas se encontraba un terreno de gran extensión, que se alargaba al borde de la carretera, que llevaba al siguiente pueblo. El campo estaba bordeado por una alta pared recubierta completamente de musgo verde y sobresalían por encima de ella unos perales inmensos que tenían la particularidad de parir peras que parecían papayas. La gente del lugar decían que las frutas estaban malditas, pero los chicos hacíamos caso omiso de las advertencias de los mayores y nos deleitábamos con ellas, que además de grandes tenían la particularidad de ser deliciosas, tal vez por el abono a la habían sido sometidas con los años.

Me contó mi amigo Juan que el lugar había sido un cementerio privado de una de las familias ricas del pueblo, lo llamaban el cementerio de San Miguel. La familia Mues había llegado de las Canarias en una de las grandes migraciones de españoles que llegaron a la isla, eran dos hermanos que se habían asentado uno en la capital y otro en el pueblo de Hidalgo. El que se había asentado en Hidalgo tuvo una familia muy numerosa, fue gente de trabajo con ganado lechero y fincas de cacao. En una epidemia de cólera fueron muriendo uno por uno. Los fueron enterrando en el cementerio. El único sobreviviente después de enterrar al último de la familia decidió que ese pueblo estaba maldito y no quiso quedarse a correr la misma suerte del resto, dejando abandonada la casa y el cementerio.

El cementerio se había cubierto a lo largo de los años de una vegetación copiosa, al parecer el abono de los muertos había sido alimento nutritivo para la diversidad de arboles y plantas que allí crecieron. En los meses de lluvia por encima de la pared se divisaban una maraña de verdes en todas las tonalidades inimaginables.

Después de desaparecido el último de los Mues el terreno había quedado abandonado. El abuelo de Juan le había contado que en algún momento llegaron algunas personas interesadas en comprar el terreno y la casa, pero la historia que rondaba alrededor del lugar hizo que más de uno se arrepintiera del negocio. Estuvo llegando el mismo vendedor por muchos años, pero de repente no volvió mas, tal vez se cansó de no encontrar comprador y el dueño terminó olvidando su deseo de venderlo.

Por el frente se erguía majestuosa e imponente la entrada del cementerio, era un arco con ángeles en un estilo mas bien barroco. Pero a lo largo de la pared lateral había una pequeña puerta que se sospechaba que había sido la entrada del enterrador. La pequeña puerta era justa al tamaño de los chicos, que éramos los únicos que nos animábamos a entrar al lugar.

Aunque para los mayores  el lugar guardaba cierto misterio, a pesar de los años que habían transcurrido, para nosotros era el mejor lugar para pasar las tardes; sin embargo, nunca nos habíamos animado a ir de noche, y en nuestras excursiones al cementerio mientras comíamos peras, nos habíamos preguntado cómo sería aquel lugar en la oscuridad de la noche.

Ya tenía un tiempo viviendo en el pueblo y Juan y yo nos habíamos hecho verdaderos amigos, estábamos en la adolescencia, esa edad donde lo prohibido es deseado y donde uno piensa que se puede llevar el mundo por delante, así que un día se nos ocurrió que había llegado el momento de explorar el cementerio de noche. Comenzamos a planificar nuestra aventura y le pusimos fecha. El día elegido era el 24 de enero, se celebraba la fiesta de la virgen de la Altagracia. Eran las fiestas patronales del pueblo, todo el mundo estaría en la fiesta del parque del pueblo y nadie estaría pendiente de lo que harían los chicos.

La idea que teníamos Juan y yo era llegar hasta el lugar y encender una fogata. Estaríamos allí hasta cerca de las 12 de la noche, hora en la que calculábamos que nuestros padres estarían regresando a la casa después de terminada la fiesta. De día elegimos el lugar donde encenderíamos la fogata. Fuimos recolectando pedazos de ramas y leños que dejamos perfectamente apiladas al lado de uno de los perales mas grandes del lugar, bastante cerca de la puerta. La noche acordada cuando mis padres partieron para la fiesta yo me dispuse a salir por la puerta del patio hacía mi aventura. Juan y yo habíamos quedado de encontrarnos donde comenzaba la pared del cementerio a las 8:00 de la noche.

Juan era un chico alto y muy delgado, de piel morena, que me llevaba casi una cabeza. Era mas bien tímido, y aunque yo era muy extrovertido habíamos hecho liga rápidamente. Me gustaba estar con él porque se conocía todo el lugar y su abuelo le había contado mil historias y leyendas que repetía con una memoria asombrosa. Era un chico valiente, muchas veces había intimidado a otros de los compañeros de la escuela y ya nadie se metía con él. Yo llegué 5 minutos antes de la hora y al poco rato vi asomarse la alta figura de mi amigo.

Esa noche la luna estaba en cuarto creciente e iluminaba un poco la noche, aunque algunas nubes se asomaban en el cielo. Comenzamos a caminar hacia la entrada lateral. Al asomar la cabeza nos dimos cuenta de que en la noche el cementerio era muy distinto. El lugar se sentía vacío, profundo, semejante a un gran agujero negro. Al atravesar la puerta vislumbramos a lo lejos el resplandor agonizante de una hoguera y vimos desaparecer entre los arboles sombras silenciosas en la oscuridad. Aquello resultaba siniestro, de repente no podíamos ubicar el lugar que de día conocíamos como la palma de la mano, nos quedamos paralizados sin saber hacia donde dirigirnos. Juan y yo nos miramos, con la tenue luz de la luna ahora oculta entre algunas nubes, solo pudimos observar el blanco de los ojos de cada uno. Sentíamos como el miedo se iba metiendo por debajo de nuestra piel. Apenas con la mirada, en una conversación sin palabras, estuvimos de acuerdo que había sido una mala idea ir a aquel lugar en la noche.

Instintivamente ambos dimos marcha atrás pero nuestra sorpresa fue angustiante al descubrir que la puerta que apenas acabábamos de atravesar había desaparecido. Ambos comenzamos a tocar a tientas la pared en busca de la puerta, pero en la oscuridad de la noche solo sentíamos el muro sólido lleno de musgo húmedo. Decidimos entonces seguir adelante y avanzar por el sendero. El plan era buscar la leña acumulada para hacer la fogata, sabíamos que estaba cerca de la entrada. Habíamos traído fósforos y algo de combustible para encenderla mas pronto. Nos tomamos de la mano para evitar perdernos en la oscuridad y fuimos avanzando lentamente.

No habíamos previsto que la noche sería tan oscura y no tomamos la precaución de traer una linterna. Otro nuevo contratiempo se presentaba: por mas que avanzábamos en el sendero no podíamos encontrar la leña que habíamos dejado. Ya estábamos entrando en pánico cuando de repente divisamos entre los matorrales una luz como de una fogata y nos dirigimos hacia ese punto. Escondidos entre los matorrales vimos entonces algo que parecía un sueño.

En un claro del lugar había cuatro casas rodantes llenas de un grupo de personas que parecían gitanos, hombres con rasgos feroces, mujeres enjuta y un montón de chiquillos revolcándose por el suelo y jugando a la luz de una enorme fogata. Estaban preparando comida. Aquello parecía  como otro pueblo se escuchaba el bullicio de la gente, disputas y gritos de los chiquitos. Mi amigo y yo nos mirábamos sorprendidos sin comprender como esta gente se había instalado tan rápido y con tantas cosas, porque esa misma mañana habíamos estado en el lugar planificando nuestra aventura y no había allí nada de aquello.

No nos atrevimos a hablar, ni a movernos del lugar y estuvimos largo rato ensimismados observando aquella aparición. Entonces Juan me hizo seña para que volviéramos  y tratáramos de nuevo de encontrar la leña. Teníamos que tratar de salir del lugar, no sabíamos bien que tipo de gente era esta y que reacción podían tener si nos encontraban observándolos.

Con los ojos mas acostumbrados ahora a la oscuridad volvimos por el camino y de repente al lado del peral mas grande, tal y como la habíamos dejado en la tarde, encontramos el montón de leña. Nos miramos sorprendidos. Estábamos seguros de que ese era el mismo camino que habíamos recorrido para llegar donde estaban los gitanos. No era el momento de preguntarse nada, estábamos ya bastante nerviosos con la situación y la posibilidad de que nuestros padres regresaran de la fiesta y no nos encontraran en la casa.

Sacamos los fósforos y el combustible y prendimos uno de los leños. Comenzamos a avanzar de nuevo por el sendero, ahora iluminado por el leño, hacia donde suponíamos que estaba la salida. Y de repente allí estaba, abierta tal y como creíamos haberla dejado cuando entramos. Cuando nos dimos la vuelta para observar por última vez el cementerio, nos encontramos con aquel hombre de pelo largo, rostro horrible, pantalones de lona, camisa a cuadros y botas, que se dirigía corriendo hacia nosotros con una laya en la mano. El corazón me dio un gran vuelco y por un momento mis pies se paralizaron, entonces sentí la mano de Juan que me halaba con fuerza hacia fuera. Corrimos desesperadamente, sin parar ni mirar hacía atrás. Nos alejamos de la pared del cementerio y sin decir palabras o dejar de correr nos separamos en la esquina dirigiéndonos ambos a nuestras respectivas casas.

Apenas había colocado la cabeza sobre la almohada, sentí a mis padres entrar por la puerta. Había tenido el tiempo justo para regresar a casa y no llevarme un castigo, esperaba que a Juan le hubiera ocurrido igual. En la soledad de mi habitación, comencé a recordar las imágenes del lugar, seguía sin comprender como esa gente pudo haberse instalado tan rápido. Era extraño, porque en el tiempo que teníamos visitando el cementerio casi a diario, nunca nos habíamos topado con otras personas allí dentro. La excitación no me dejaba conciliar el sueño, por un lado el miedo al recordar la angustia de no encontrar la puerta, el rostro que aquel hombre que se abalanzaba sobre nosotros, y por otro lado el deseo de que llegara la mañana para ir, nuevamente, a ver aquella gente. Finalmente de tanto pensar me quedé dormido.

Al otro día me levanté tarde, felizmente era sábado y no teníamos que ir a la escuela. En cuanto abrí los ojos recordé de repente lo que había ocurrido la noche anterior y llegué incluso a pensar que había sido un sueño. Me puse rápido la ropa, salí de la casa sin desayunar y corrí a casa de mi amigo. Lo encontré sentado en la mecedora de su casa, me estaba esperando. Sin comentar mucho lo ocurrido en la noche anterior ni perder tiempo ambos coincidimos en que debíamos ir al cementerio.

Caminamos a lo largo de la pared del cementerio llegamos a la puerta y allí encontramos tirado el leño que habíamos encendido la noche anterior. La alegría vino a nuestros rostros, porque en nuestro interior dudábamos un poco lo que habíamos vivido y aquello venía a confirmar que efectivamente habíamos estado en aquel lugar, abrimos la puerta, recorrimos el sendero que era tan familiar para nosotros de día, encontramos el montón de leña apilada, el fósforo quemado y el frascos de combustible que habíamos dejado olvidado. Haciendo un esfuerzo por recordar el camino que habíamos seguido la noche anterior, distinguimos entonces los arbustos detrás de los cuales nos habíamos ocultado y corrimos hacia allá, nuestra sorpresa fue mayúscula al comprobar que no había nadie en el lugar donde habíamos visto a los gitanos. Nos miramos interrogativamente y nos acercamos al claro, no había señas de que hubieran estado las casas rodantes ni la fogata que estaba encendida, que observamos la noche anterior.

Juan y yo no podíamos comprender que estaba sucediendo recorrimos todo el lugar sin encontrar nada que confirmara lo que habíamos visto en la noche. Los arboles, únicos testigos silentes, nos miraban inmóviles, ignorantes y ajenos de lo que sentíamos. Cansados de dar vueltas por el lugar decidimos regresar a nuestras casas. Cuando nos disponíamos a salir, Juan divisó un brillo entre los matorrales que se encontraban al lado de la puerta, se acercó y entonces encontró, allí tirada, la laya que le habíamos visto al hombre la noche anterior.

Salimos del lugar y prometimos no contarle nada a nadie, lo único que haríamos sería meternos en un problema y en realidad analizamos que nadie nos creería y podrían tomarnos por locos.

Regresé a mi casa y pasé el resto del fin de semana en la habitación.  En el fondo, tenía temor a salir y no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido. Así llegó el lunes.

Ese día al regresar del colegio volví a encontrarme con todo recogido en la casa, maletas hechas nuevamente y el anunció de que nos mudábamos. De nuevo habían trasladado a mi padre a otro pueblo, había sido a estadía mas larga que habíamos tenido en esa vida itinerante que nos tocaba. Igual que siempre no me dio tiempo de despedirme de mi amigo Juan.

Muchas veces vuelvo a pensar en todo lo que pasó esa noche, a veces creo que simplemente fue un sueño. Al recordar a mi amigo Juan me siento triste, pienso que debe haber quedado traumatizado, el hecho de que yo desapareciera también lo debe haber dejado con la sensación de que tal vez yo tampoco era real.

Hace apenas unos días que comenzó el nuevo año, siempre me gusta llenarme de deseos y propósitos a principios de año, me hace comenzar el año con optimismo.

El sábado y el domingo, primero y último día del año, me la pasé planificando mi año 2012. El domingo me llamó un amigo y cuando me preguntó que estaba haciendo, le dije que no le diría porque se iba a burlar de mi. En algunas ocasiones he comentado a algunas personas lo que hago a principio de cada año y me dicen que no pueden llevar una vida tan planificada. Pues yo si!! Escribir lo que quiero hacer, poner en un papel metas medibles con sus plazos me hace sentir después durante el año que realmente “si he hecho algo” y que avanzo.

¿Por qué hago esto? Nos llega un año, en esta ocasión con 366 días por delante (me corrigió mi amigo que es bisiesto) . No sé porque razón los humanos olvidamos muy rápido las alegrías y recordamos tanto las tristezas y decepciones. Así que por ahí por junio, cuando se nos ocurre evaluar como va el año, decimos: “uf!!! Este es un año pésimo”, porque solo nos acordamos de todo el trabajo que hemos pasado y ya hemos olvidado todas las bendiciones que hemos tenido cada día.

Yo, por mi parte, cada semana me siento en mi escritorio, reviso mis metas y voy evaluando cuales he cumplido y en cuales he fallado. Y comienzo el lunes siguiente con el propósito de hacer bien las cosas y no flaquear. En mi caso cuando llega junio, en lugar de dejarle la evaluación a la memoria, saco mi libreta (ahora hasta encontré una aplicación del iphone) y puedo “ver” el porcentaje cumplido. Entonces, con orgullo y alegría me doy cuenta de que muchas de mis metas las he cumplido tal vez no todas en un 100%, pero muchas en 80, 90 y 95%. Por supuesto hay algunas que me han pasado por debajo de la mesa, pero entonces digo: o “esto no es posible” y la borro de mi lista de objetivos o bien, “aún necesito cumplir esto” y me propongo nuevamente hacer un mayor esfuerzo. Entonces me avalancho hacia mi segundo semestre con nuevos bríos y la satisfacción de que las cosas van marchando y que voy por el camino correcto.

A este punto podrán pensar, esta tipa definitivamente esta loca, pues lo estoy!! por la organización, es lo que ha centrado y le ha dado coherencia, sentido y dirección a mi vida y me ha permitido llegar donde estoy. Es mi experiencia y por eso la cuento, tal vez le sirva a alguien de incentivo.

Finalmente esta mañana una reflexión de la lectura tenía una frase que me ha dejado pensando y quiero agregara a mis objetivos de este año: “renovar la pasión” creo que todo lo que hacemos en la vida debemos hacerlo con pasión, el trabajo, escribir, el amor, la amistad. La pasión es: arrebato, delirio, entusiasmo, frenesí, vehemencia, arranque y cualquier cosa que emprendamos con pasión tiene mas probabilidades de tener éxito.

La reflexión terminaba “pidiéndole al creador que me mostrara qué necesito para renovar la pasión, a fin de recuperar la esperanza y el sentido”  Me parece un lema excelente para este año: Encontrar en mi vida la forma de renovar la pasión para recuperar la esperanza y el sentido.

Unas vacaciones inolvidables

Posted: 28 diciembre 2011 in Mis escritos
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Los viajes a Don Juan eran lo mejor de las vacaciones. Después que terminaban las clases esperábamos con gran expectación esa semana en que nos íbamos a la finca de los abuelos.

Los preparativos duraban varios días, aunque en la finca no faltaba la comida muchas de las cosas a las que estábamos acostumbrados en la ciudad no se encontraban en los negocios del lugar. Uno de los productos obligados eran las tablas de chocolate amargo, el aroma del chocolate caliente preparado con leche recién ordeñada y hervida me hacían levantar de la cama, imaginaba que era como llegar a las puertas del paraíso.

Tenía unos 15 años y ese verano fue el mas memorable de mi vida por la forma en la que terminó. Partimos a las cinco de la mañana, en medio de la oscuridad. El viaje eran aproximadamente dos horas de camino por carreteras infernales, en las que no era posible esquivar los hoyos. Si estaba lloviendo, como era el caso de esa mañana, resultaba todavía peor, había que ir con las manos firmes a los asientos para no pegarse la cabeza contra el techo del auto. Era como andar en un safari en medio de África, sin carreteras andando a campo traviesa. Salimos bajo un gran aguacero y dos horas y medias después cuando llegamos al lugar no había dejado de caer ni una gota de agua ni un solo instante.

Como pudimos, fuimos bajando las cosas del vehículo con ayuda de varios paraguas que fueron apareciendo de las mujeres que trabajaban en la finca. Terminamos todos ensopados y llenos de lodo desde los zapatos hasta la ropa. Luego de descargar todo cerraron todas las puertas de la casa para evitar que el agua entrara, y parecía que eran las ocho de la noche aunque apenas eran las nueve de la mañana.  Y así comenzaron nuestras vacaciones, con no muy buenos augurios.

La casa de Don Juan tenía una gran sala con cuatro mecedoras y una mesita pequeña en el medio donde se encontraba un florero con flores de plástico, a cada lado de las mecedoras había un revistero y en el se podían encontrar los libros de lectura que se usaban en las escuelas en esa época, la razón era que la Tia Carmita, la tía abuela, era la alfabetizadora oficial del lugar. Desde que los chicos tenían edad de aprender a leer eran enviados a la Gran Casa, ella tenía una pizarra que abarcaba toda una pared de la cocina, y en medio de los fogones y la leña, los calderos negros de hollín, los pilones de arroz y cacao iba impartiendo sus clases y enseñando a leer a los chicos. Hacía su labor de profesora mientras cocinaba y hacía los diversos oficios de la casa. La tiza se mezclaba con la ceniza de los carbones.

La Tía Carmita era la matrona de la casa, una mujer bajita, con una joroba pequeña que la hacía ver mas baja aún de lo que era. Aunque no era tan vieja, tenía la cara llena de arrugas que parecían los surcos trazador por el arado de un buey en la tierra. De estar tanto parada en la cocina y haciendo oficios e impartiendo clases, tenía las piernas llenas de gruesas varices que cubría con unas medias de nylon, pero que se brotaban por encima de las mismas. Era una mujer enojona, que se pasaba el día peleando por todo, con la misma mano que te pegaba un coscorrón en la cabeza o te daba un jalón fuerte de orejas, en segundos sin uno esperarlo te pegaba unos tremendos abrazos tan fuertes que parecía que nos faltaba el aire. A pesar de su carácter fuerte todos en la finca la adoraban porque había sido la educadora de cientos de chiquillos que vivían por los alrededores.

Ese domingo pasamos todo el día encerrados en la casa continuaba lloviendo a torrenciales. Lo único alegre del día fue cuando llegó la hora de bañarnos porque mi madre nos dio permiso para hacerlo bajo la lluvia, todos nos pusimos los trajes de baños y salimos a correr por la inmensa plazoleta de grama que estaba en el frente e la casa. La lluvia había hecho charcos inmensos y comenzamos a saltar de un charco a otro.  El techo de la casa era de zinc y del mismo caían unos caños de agua con tal fuerza que parecían una ducha a presión y nos turnábamos para colocarnos debajo de ellos.  Después de dos horas de corretear por la plazoleta y cuando nuestros dedos ya estaban morados y arrugados del frio recibimos la orden de la Tia Carmita de entrar a la casa a cambiarnos, a regañadientes sin atrevernos a contradecir la orden regresamos al aburrimiento de la casa.

Esa noche nos fuimos todos a la cocina a calentarnos con el calor de los fogones de leña. Las mujeres asaron mazorcas de maíz. Estábamos todos en silencio, solo se escuchaba la lluvia caer golpeando fuertemente el techo de zinc mientras los leños estallaban bajo el fuego. En eso llegó uno de los trabajadores de la finca al cual teníamos mucho aprecio: Julito, era un señor muy feo, negro retinto, con unos labios gruesos y una nariz ancha, era extremadamente bajito y tenía los brazos cortos, como si de pequeño hubiera sufrido alguna enfermedad y no se le hubieran desarrollado completamente. Al mirarle a los ojos el blanco de los mismos, en contraste con su piel tan negra, parecía mas blanco de lo normal.

Julito era famoso por sus cuentos de terror en medio de las noches, tenía dos personajes que eran los protagonistas  de sus historias que se llamaban Juan Bobo y Pedro Animal. Los chicos pidieron a Julito que nos hiciera uno de sus cuentos pero a mi la idea no me agradó nada. La lluvia a torrenciales que había caído todo el día me había dejado una sensación extraña, tal vez había leído últimamente muchos libros de aventura, pero todo de repente me hacía pensar que el verano no sería tan divertido como lo había deseado y una sensación de aprensión comenzó a instalarse dentro de mi. La historia de miedo de Julito me iba poniendo cada vez mas nerviosa y terriblemente asustada así que decidí dar las buenas noches e irme a la cama.

Llovió toda la noche, asustada por las historias de terror que escuché antes, cada ruido que sentía en la casa me hacía saltar de la cama. De repente comenzaron a caer truenos y relámpagos, parecía que el cielo se desarmaba y que las piezas caían sobre el techo de zinc, haciendo ruidos ensordecedores. Me arropé hasta la cabeza y apreté los ojos tan fuerte que me dolían, poco a poco los truenos y relámpagos comenzaron a disminuir y solo sentí la lluvia que amainó como un arrullo que me fue dejando dormida.

Cuando desperté aún continuaba lloviendo, y al salir de la habitación encontré a los mayores con sus ceños arrugados y con cara de pocos amigos muy preocupados por la situación.  Habían encendido la radio para escuchar las noticias y se enteraron de que se aproximaba un huracán a la isla.

Escuchábamos a los mayores dilucidar sobre el asunto, y tomar una decisión sobre lo que se debía hacer. Los pequeños ya sospechábamos que las vacaciones tan ansiadas habían llegado a su fin y que tendríamos que regresar a casa. No imaginábamos que las cosas se pondrían aún peor. Fue entonces cuando vimos llegar a Julito, el trabajador de la casa. Se asomó por el umbral de una de las puertas con sus ropas todo mojado, pero lo que mas nos impactó era que venía completamente cubierto de sangre. Todos corrieron a su encuentro, pero a mi las tripas se me revoltearon ante la visión y me quedé clavada en el piso sin poder gesticular una palabra. Sentía que me venían las nauseas y la vista se me fue nublando, mientras el tropel de voces se confundían todos preguntando al mismo tiempo que había ocurrido o intentando descubrir donde era la herida que había provocado tal cantidad de sangre.

Finalmente logré tomar asiento en una de las mecedoras de la casa y escuché como un trueno la voz de mi padre que se impuso para hacer callar a todos y tratar de escuchar la historia o entender que había ocurrido. Desde mi asiento escuché la historia de Julito. En realidad él estaba sano y salvo y la sangre provenía de otro obrero que se había dado un machetazo mientras se encontraban cortando cacao en la montaña. Había tratado de bajarlo cargado,  pero era un hombre pequeño y el compañero era muy pesado para él, después de muchos intensos había tenido que dejarlo a mitad del camino debido a la lluvia y el lodo. Habían decidido que él continuara solo y bajara a pedir ayuda.

En segundos mi padre tomó la decisión de que un equipo de cinco hombres, los mas fuertes, subieran de nuevo a la montaña y trajeran al hombre herido. No había tiempo que perder, el obrero se desangraba y había que actuar rápido.  Según lo que había dicho Julito era una herida tan profunda que casi le había cortado la pierna en dos. La tía Carmita mandó a uno de los niños a avisarle a la mujer para que estuviera en la casa cuando llegaran con el herido, también que trajeran ropa limpia porque probablemente tendrían que ir hacía el pueblo mas cerca a algún hospital.

A partir de ese momento la situación que había en la casa era una mezcla de sensaciones: frustración, rabia, preocupación y tristeza. Los chiquitos habíamos pasado todo el año escolar soñando con las anheladas vacaciones: correr por la plazoleta, ir al rio a bañarnos, subir a la montaña a ver las mazorcas de cacao, levantarnos temprano a ver ordeñar a las vacas, subirnos a los árboles a tumbar mangos y chinolas, todo vilmente arruinado, primero por una lluvia incontrolable que no había cesado ni un segundo y ahora con esa tragedia que se vislumbraba en el horizonte. Los grandes estaban preocupados por la situación del huracán y la suerte que corría el obrero herido. La mujer había llegado hace un rato y lloraba en silencio en una ventana donde esperaba que llegaran los hombres trayendo a su marido herido, su mirada se perdía hacía la montaña y el camino entre la cortina de lluvia. No teníamos deseos ni de mirarnos las caras, mi hermana terminó llorando a mares porque una gallina le había pisado un pie. Mis hermanos se pelaron porque el grande estaba mirando mal al pequeño. Yo me sentía con fiebre y el estómago aún revuelto, y ni siquiera el aroma del delicioso chocolate caliente que preparó la tía Carmita, que era el manjar mas preciado de las visitas a la finca, lograron reanimarnos.

Pasadas algunas horas, durante las cuales la lluvia no cesó ni un segundo, el aburrimiento se encontraba en su máxima expresión, habíamos repasado todos los juegos de palabras imaginados, mi hermano se había ensayado con adivinanzas y sus cuentos que al principio nos hicieron reír, pero luego nos provocaban largos bostezos y por mas que le rogábamos que se callara se esmeraba en continuar repitiéndolos, habíamos explorado todos los escondites posibles de la casa, habían pasado dos tandas mas de chocolate y meriendas.  Desde la cocina un grupo de mujeres se afanaban en los quehaceres de la comida y comenzaban a llegar el aroma inconfundible de las carnes sazonadas y víveres hervidos que anunciaban la preparación del tradicional sancocho, propio de los días de lluvia y propicio para alimentar la gran multitud de personas que se habían acercado a la gran casa.

El incidente de la montaña había corrido de boca en boca por todas las casas de los alrededores y todos los vecinos y curiosos se iban acercando en busca de noticias. En la finca la vida normalmente transcurría tranquila, ocurrían pocos incidentes o actividades, así que cualquier cosa, aunque oliera a tragedia, era motivo de excitación entre la gente de la vecindad.  Por otro lado la posibilidad de un plato caliente de comida en medio de la pobreza que normalmente abundaba en el lugar hizo que la gente se fuera agolpando en los alrededores, a pesar de la lluvia.

Finalmente alguien grito que se acercaban los hombres. Al asomarnos por la ventana los vimos rodeados del tumulto de gente, venían completamente mojados y con el hombre a cuestas. De repente un silencio de sepulcro se hizo en la gran casa como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo para callar al mismo tiempo. El miedo que había sentido la noche anterior volvió a instalarse en mi pecho, el mareo y las nauseas volvieron a mi estómago y entonces vi las caras de los cinco hombres y supe que había ocurrido lo peor.

Colocaron el cuerpo del obrero en el suelo, y desde donde me encontraba pude ver la mujer, se había quedado con la espalda pegada en la ventana donde había estado esperando toda la mañana, sus ojos miraban desde lejos a su marido, las lagrimas no paraban de rodar por su rostro, en silencio sin sollozo. Aunque todos la mirábamos nadie se atrevía a acercársele, a abrazarla o a consolarla, como si esperáramos a que estallase en llantos de un momento a otro, para entonces justificar el consuelo.

De repente se separó de la ventana, y el gentío le fue abriendo paso hasta que llegó al cuerpo, se arrodilló a su lado, le acarició la cara y siguió llorando, sin que nadie se atreviera a hablar o a consolarla.

Después de ese momento, todo transcurrió tan rápido que apenas logro recordar el hilo de cómo ocurrieron las cosas. Sé que de repente la Tia Carmita comenzó a recoger a todos los chicos y a quitarnos del medio, nos llevó a su cuarto y allí permanecimos hasta que se llevaron el cuerpo y la casa estuvo en orden de nuevo. Casi al mismo tiempo nos dimos cuenta de que las cosas ya estaban instaladas en el vehículo y bajo la lluvia partimos hacia la ciudad. Nunca pasó el huracán por la isla, pero estuvo lloviendo una semana más, se desbordaron los ríos y hubo derrumbes, deslizamientos de tierras y personas que se quedaron sin casa. Pero en mi mente el final de esas vacaciones se terminó ante la imagen desgarradora de aquella mujer que lloraba en silencio arrodillada frente a su marido. Fueron unas vacaciones que nunca en mi larga vida podré olvidar.

Navidad: un mensaje de Esperanza

Posted: 24 diciembre 2011 in Reflexiones
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Para los que creemos el año comienza con el adviento, nos preparamos durante cuatro semanas para la llegada de Jesús.  Durante estas semanas he pensado un poco en esto de prepararnos, el nacimiento de Jesús es un símbolo de esperanzas y uno piensa ¿cómo tenerla en medio de tantos problemas y  contratiempos que nos trae la vida?

Pero que sería de nuestra vida si no tuviéramos esperanza, viviríamos llevados por el viento sin dirección o sin sentido, que sería de nosotros si no creemos que mas adelante la vida puede ser mejor, que podemos trabajar para eso, que tenemos la capacidad y el talento para hacer la cosas distintas y cambiar, que siempre hay una segunda oportunidad no importan los años que tengamos en nuestra vida, para mi todo eso es tener esperanza.

Esa esperanza  hoy viene representada en Jesús que simplemente fue un hombre igual que nosotros que vino a darnos el ejemplo de que se puede, que las cosas se puede hacer de una manera distinta, que podemos romper los esquemas de todos y ser felices y triunfar en la vida, porque al final Jesús triunfó, la prueba de ello es que 2011 años después ha permanecido en el tiempo y seguimos celebrando su nacimiento que es símbolo de esperanza.

Esta semana recibi un correo de un Sr. Venezolano con el que estuve trabajando, hace unos meses me enteré de que tiene un cáncer terminal, pero sus palabras llegaron llenas de esperanzas y quiero tomarlas prestadas esta noche. El decía:

“Me he dado cuenta del grande e inmenso cariño de familia, amigos y compañeros y sobretodo lo invaluable de tener una compañera que con su cariño y amor es el pilar que refuerza tu estructura.

Me doy cuenta de que lo que he hecho en mis años de carrera tiene un significado.

He confirmado que disfrutar de la vida es disfrutar de las cosas más sencillas, y que no es necesario el dinero para comprarlas: Un cielo azul brillante y sin nubes cerca de una montaña, el aroma de mil flores en el campo, la belleza de las frutas en el mercado, el golpe de las olas en la orilla de la playa, la delicia de comer con hambre, de beber con sed, de dormir cuando se tiene sueño, y de amar cuando se debe.

He descubierto un sinfín de otras cosas, pero lo más importante que he confirmado es que no se puede ganar sin luchar y que una actitud positiva y optimista es la mejor medicina para todo lo que nos pasa en nuestra vida”

Quiero desearles a todos una Feliz Navidad y pedirle a Dios que en este año 2012 nos llene de fuerzas para luchar, nos permita tener una aptitud positiva y optimista y nos llene de Esperanza.

Visita a la Abuela

Posted: 21 diciembre 2011 in Mis escritos
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Finalmente llegué abuela, pensé que no lo lograría, pero es que solo a mi se me ocurre venir a visitarla en un día como hoy, sabiendo como se pone este lugar los primeros de noviembre. Aunque también, las cosas que usted me hace, y yo que me pongo de bocona a prometerle que sí, que por encima de la cabeza de cualquiera cumpliría mi promesa, que no importaba que me fuera a vivir a otro país, aquí estaría visitándola cada año.

Hoy abuela tengo que decirle muchas cosas. De verdad que no ha sido un año fácil para mí, ¡esté año ha sido de muerte!, Jesús, María y José, perdón se me olvidó que eso aquí no se puede mencionar. Pero como le iba diciendo ha sido un año difícil y no sabe la falta que usted me ha hecho, no sabe como extraño nuestras conversaciones todas las tardes, como extraño sus historias y chismes de todos los vecinos y familia. Sabrá que ahora ni me entero de lo que pasa con el resto de la familia, porque usted era que me lo contaba todo. Supongo que así le contaría mis cosas a todo el mundo. No, no se enoje, esta bien yo sé que conmigo era distinto, porque yo era la nieta preferida. Sé, que lo que  yo le contaba lo mantenía en secreto, que siempre me prometió que mis andanzas se las llevaría hasta la tumba. Aunque debo confesarle que hubiera preferido que se las contara a todo el mundo y no que me guardara el secreto de esa forma.

Verá abuela que ya no he vuelto a comer arroz con plátano y huevo. Ese plato gourmet que solo me permitía en su casa los sábados, cuando llegaba a las cuatro de la tarde a escuchar el tocadiscos que usted  tenía. ¡Como le gustaba a usted verme sentada cambiando los discos que de tanto escuchar terminé por aprendérmelos! ¿Se acuerda abuela que no me dejaba que me los llevara para mi casa? Yo sé porque no quería que me los llevara, porque a usted lo que le gustaba era que yo fuera a su casa a escucharlos, para tenerme allí sentada, brindarme café y guardarme ese menjurje de cena. Siempre me decía que cuando ya no estuviera, el tocadiscos sería mi herencia, ¡si usted supiera que eso ya ni se usa! ahora lo que existen son unos famosos aparatitos que se llaman ipods donde uno puede tener toda la música que a uno se le ocurra, tanta que ni tiempo tiene de escucharla toda ¡Cuánto extraño esas tardes!

Abuela, ¿sabe lo qué mas extraño de que ya no esté? las reuniones de la familia.  Usted abuela era la matrona alrededor de la cual nos reuníamos, recuerdo que todos los sábados desde que daban las cuatro comenzábamos a llegar a su casa, como nosotros era los que vivíamos mas cerca éramos los primeros en llegar. Y usted se ponía entonces a preparar cena para ¡toda esa gente!, la verdad abuela que a usted le gustaba el can, porque mire que preparar cena para ese batallón. Pero eso la hacía feliz ¡como se enojaba cuando hacía muchos días que no llegábamos! Sabíamos que nos esperaba nuestra merecida reprimenda porque “¡Hace dos sábados que no vienes!” Yo sé que todos los nietos por no escucharla peleando tratábamos de visitarla en algún momento del día y usted abuela, llevaba la contabilidad de los que pasaban.

Cuando se acerca el fin de año es cuando mas la extraño, y ¿Sabe porqué abuela? Porque siempre me acuerdo que a usted le encantaba que le pusiera el arbolito de navidad y el nacimiento. Desde que terminaba noviembre me andaba llamando para que fuéramos a comprar las cosas del arbolito, para que fuera a probar si las luces servían “porque sino, había que comprar nuevas”, para que fuéramos a comprar adornos diferentes “los del año pasado ya están muy feos” siempre me decía. Y yo salía a buscar el papel para hacerle una montaña debajo del arbolito, y ponerle el nacimiento y los reyes magos llegando y compraba pintura marrón, porque no le gustaba que las montañas fueran blancas, “aquí no cae nieve mijita” decía, “para que le va a poner eso blanco, aquí las montañas son marrones, eso es pa’ lo países que cae nieve” y yo me reía abuela, y en realidad le daba la razón y le ponía sus montañas marrones. No me salían tan lindas como lo del primo mayor, porque él era arquitecto y sabía de eso, yo trataba de imitarlo, pero nunca lo conseguí, pero eso a usted no le importaba mucho, con que le pusieran su arbolito sé que se conformaba. Todavía el último diciembre cuando estaba ahí tirada en esa cama, me mandó a buscar para que le pusiera las luces “al menos en el frente de la casa” no sabe como lamenté no haberlas puesto, fue su última navidad.

¿Y ese regalo de cumpleaños? ese nunca faltaba, todos los años sabía que tenía esos zapatos seguro. Usted lo mandaba a comprar con doña Manuela, que los traía de los países, y yo siempre me enteraba del regalo antes de tiempo, porque usted me mandaba a llamar para que me los probara. Usted sabía el número que yo calzaba, pero yo creo, abuela, que a usted lo que le gustaba era que yo supiera que me iba a regalar los zapatos, y entonces me decía: “¿tu te lo quieres llevar desde ahora?”, “pero ya tu sabes que ese es tu regalo de cumpleaños”… y entonces el día del cumpleaños le encantaba anunciar, para que todo el mundo lo supiera: “¡yo mi regalo ya se lo di hace días!”. ¡Abuela pícara! yo creo que eso era lo que pasaba, que quería siempre ser la primera

Lo otro me gustaba abuela, era ese afán suyo por comprarle regalos a los nietos. Se pasaba todo el año juntando esos chelitos para comprar esos reyes, porque le gustaba que el día seis de enero fuéramos llegando uno por uno a buscar el regalo.  Luego, cuando crecimos, entonces le comprabas regalos a los biznietos.  Entonces yo me convertí en su compañera de compras, le acompañaba a comprarlos y después tenía que envolverlos y ponerle los nombres,  y usted andaba siempre con tu lista “para que no se le olvidara ninguno”.

Como le decía al principio, entre las cosas difíciles que ocurrieron este año, una de ellas es que se nos fue la tía Meca. Yo sé que usted sabe, usted ahora está contenta porque la tiene allá con usted, pero a nosotros, le confieso, que nos dejó un poco tristes, no sólo a sus hijos, creo que a todos. Siempre pensé que la Tía Meca era la mujer mas buena de esta tierra. Bueno, bueno si, yo sé que usted también era buena, no se me enoje, pero lo que pasa es que ella salió a usted, creo que toda la bondad que hay regada en la familia la sacamos de usted, porque viera abuela que eso se hereda, aunque usted no lo crea.

Aunque  tengo que decirle que también su mal genio anda regado por todos lados, Jesús, María y José, ¡esos son unos malos genios! nada mas le digo que el chiquito mío, se le meten unos humores que hay que tenerlo controladito. Si, yo sé abuela que en sus tiempos eso se arreglaba con un chancletazo, pero ahora viera no se le puede dar a los muchachos, si a uno se le ocurre, hasta una demanda le ponen.

Bueno abuela, ya tengo que ir recogiendo, que se hace de noche y no tiene ninguna gracia que me encuentre la luna aquí en medio de este cementerio, va y a ustedes les da por querer salir. Pero antes de marcharme hay algo especial que le quería contar, le tengo una buena noticia, este año para honrar su memoria hemos decidido reunirnos en casa de Tio Micho. No podremos juntarnos todos porque faltan muchos que se han ido a vivir afuera, pero trataremos los que estamos aquí, espero podamos recordar esos tiempos cuando nos reuníamos cada sábado en su casa.

Esta bien, esta bien, le prometo que les contaré a todos que estuve por aquí visitándola, que le traje flores y que la actualicé con las novedades de la familia. si, si también les diré a todos que los quiere mucho y que recuerden que la familia es la único y lo mas importante que puede haber en la vida.

¿Sabe que abuela?, no sabe cuanto la quiero solo hay una cosa de la que me alegro en esta vida y es de haberle dado en vida todo el cariño que pude. Si, le prometo que el próximo año vuelvo, pero ¿Porqué mejor no otro día? Este día de los muertos este cementerio se pone insoportable.  Esta bien, esta bien, el primero de noviembre como cada año, mire abuela que usted es una mujer terca.

Este post quiero dedicarlo a mi abuelita María, mañana 22 de diciembre cumple aniversario de muerta. Era una GRAN ABUELA.

Hoy quiero escribir algo muy personal. Y pedirle algo a aquellos que lean este post. Pero primero les haré una historia, de mi vida, muy real por cierto.

Mi hijo Guillermo tiene 18 años, en junio se graduó del bachillerato y terminó esa etapa de su vida. Durante meses estuvimos discutiendo que iba a hacer cuando terminara, y el tenía claro que quería estudiar animación. Para los que no saben lo que es eso, son las personas que animan las películas tipo Disney. Por supuesto animación no se estudia en República Dominicana y enviarlo a los Estados Unidos a estudiar en este momento no estaba dentro de mis posibilidades, así que él y yo  decidimos un opción que pudiéramos pagar y se inscribió en un programa On line que se llama Animation Mentor.

En este programa tiene que estar 1 año y medio, pero ambos decidimos que cuando termine vamos a hacer todo lo posible porque se vaya a estudiar, ahora tiene dos opciones irse a Francia o a California, no importa cual sea su decisión haremos todo lo posible por cumplir su ilusión.

Hace dos meses un día llegué a casa y él me dijo: “mami, ya sé de donde voy a sacar el dinero para pagar la universidad”, yo me sonreí, lo mire luego muy seria y le dije: “a ver, ¿de donde?” y el me respondió: “voy a hacer una película y participar en un concurso de Amazon y me voy a ganar el premio”, luego pasó a detallarme la estrategia y como lo haría y yo, que me caracterizo por ser tan realista que llego al pesimismo, no quise desilusionarlo y lo animé a que hiciera su proyecto, yo estaba dispuesta a apoyarlo en lo que fuera necesario.

Hace dos meses que ese chico esta encerrado en su habitación, haciendo dibujos con un amigo y haciendo una película, no salía a ninguna parte y discutimos repetidamente porque hubo días que se le olvidó que tenía que comer. La semana pasada después de 5 noches corridas sin dormir terminó.

Ese día en que él terminó su película pensé que el mundo es solo de los soñadores, los realistas no vamos a ninguna parte. Esa noche me vino a la cabeza la famosa canción Imagine de John Lenon: “Podrán decir que soy un soñador, pero no soy el único, espero que un día se unan a nosotros (You may say  I’m a dreamer, but I’m not the only one I hope some day you’ll join us. And the world will be as one)

No sé si Guillermo gane el premio de Amazon, eso no es tan importante, pero hoy me siento orgullosa porque sé firmemente que llegará a donde él quiera ir. El mundo es solo de los Soñadores… hoy tengo deseos de unirme a ellos.

Esa es mi historia… ahora mi petición: Solo quiero que entren a ver la pelicula de Guillermo y que si pueden la divulguen, la twitteen, la pongan en Facebook, porque en verdad quisiera que tuviera una oportunidad para que él sienta que lo que haga fue fruto de su esfuerzo. Solo tiene que entrar y verla, aquí les dejo el link: The Nevsky Prospect

Estos meses del año son meses de planificación en el trabajo. Nos toca preparar presupuesto y hacer el plan operativo del próximo año. Pasar balance de lo que ha sido, de lo que no ha estado tan bien y podemos mejorar.

Hoy conversaba con una persona a quien tengo mucho aprecio y hablábamos de los empleados y el ambiente de trabajo en la oficina, a veces como gerentes nos toca ser “el malo de la película” porque tenemos que estar pendientes de lo que hacen los empleados y cuando las cosas no se mueven hacia la dirección que quiere la empresa tenemos que llamar la atención y eso no nos hace  ser personas agradables.

Como está este mundo de complicado y las necesidades en la calle: la falta de trabajo y personas desempleadas, los que tienen un empleo deberían cuidarlo. Pero siento que las personas mientras están desempleadas son los mejores empleados del mundo, pero cuando consiguen un empleo se les olvida el “trabajo” que han pasado para conseguirlo y se duermen en sus laureles.

En la sabiduría de mi papá recuerdo que él siempre me decía: “hazte útil” y creo que en todos los sitios por donde he pasado como empleada en mi vida he tratado de “hacerme útil” y que mis empleadores sientan que hago un buen trabajo y que soy imprescindible.

Mi primer trabajo lo conseguí como bibliotecaria en la oficina donde trabajaba mi papá. Un día escuché que buscaban una persona para arreglar la biblioteca,  así que yo pregunté si podía tomar el trabajo y el dueño de la oficina me dijo que sí. Pasé tres meses organizando los libros de la oficina, Don Víctor me pagó un curso de bibliotecología en la universidad para que aprendiera a identificar y clasificar los libros. En esa época estaba en la facultad de química en la universidad y mi trabajo no tenía nada que ver con lo que estaba estudiando, pero me lo tomé muy en serio.

Cuando terminé de organizar los libros tuve que irme a casa de nuevo. Extrañaba estar en la oficina metida entre los libros. Pero un mes después llegó mi papá a decirme que Don Víctor me pedía que volviera porque el personal de la oficina le estaba sacando los libros y dejándolos en cualquier lado y estaba desorganizando el trabajo que yo había hecho.

Regresé a la oficina permanecí allí tres 3 años, en el intervalo me pasaron al departamento de fotocopias y mi día transcurría entre sacar copias y atender la biblioteca. Cuando me fui para trabajar en la universidad como monitora Don Víctor siempre me dijo que me echaría de menos. Cada vez que me lo encontraba me decía ¿porque no vuelves a trabajar conmigo? Yo me reía, pensaba que lo decía para halagarme, pero con el pasar de los años creo que realmente valoró el trabajo que hice durante ese tiempo.

Quisiera poder transmitirle a algunos de  los chicos que trabajan conmigo ese sentido del compromiso, de que valoren su trabajo, de que hagan de su trabajo algo imprescindible, que yo sintiera que solo cada uno de ellos puede hacer el trabajo que hacen porque fuera un trabajo excelente, no espero perfección porque sé que eso es imposible, espero compromiso, que de verdad sintieran que ABT depende de ellos y ellos de ABT. Debo confesar que algunos días como hoy me siento frustrada.

Don Augusto y su padre

Posted: 20 noviembre 2011 in Mis escritos
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Don Augusto era un hombre de un carácter fuerte. Siempre mantenía la calma y no era fácil hacerle perder la paciencia. Tenía un temperamento frío como un tempano de hielo.

Era periodista, trabajaba en el diario mas prestigioso de la ciudad y escribía artículos de opinión. No le gustaba salir a la calle porque pensaba que ser periodista era estar en un escritorio dándole a las teclas de la maquinilla y no perdiendo el tiempo en la calle buscando noticias sensacionalistas . Tenía una columna fija en el periódico y dedicaba el resto de su tiempo a revisar los textos que escribían los demás, porque redactaba de forma excelente y conocía la ortografía a la perfección.

Lo conocí cuando era estudiante de comunicación. Había conseguido un trabajo de pasante en el periódico y desde el principio le caí bien, porque decía que no tenía que revisar mucho los textos que yo escribía. Tres veces por semana iba a su casa a almorzar al medio día y algunas veces cuando se acercaba el fin de mes y sabía que  yo no tenía dinero para comer me invitaba a ir a su casa. Por eso llegué a conocer también a su familia.

Tenía cuatro hijos pequeños, con diferencias de edades entre los 14 a los 5 años que lo trataban con mucho respeto. Cuando llegaba a la casa, uno a uno iban desfilando a pedirle la bendición y él con su carácter agrio le iba respondiendo, diciéndole su respectiva reprimenda por cualquier motivo. Yo siempre pensaba que lo hacía solo para hacer sentir su autoridad.

Después del almuerzo y mientras él se echaba una siesta antes de regresar a la oficina, yo le ayudaba a su esposa a lavar los trastes y entonces conversábamos, siempre ella hablaba de él. Me contaba las historias de cómo lo había conocido, en principio estaba muy enamorada, era un hombre muy galán y educado, pero luego que se casaron salió a relucir ese temperamento tan rígido, que no aceptaba bajo ninguna circunstancia que nadie se desviara de las reglas que él imponía en la casa. No era un hombre cariñoso, mas bien tosco en sus formas y ella echaba de menos esos gestos de ternura que tanto había soñado alguna vez.

Un día llegué al periódico y me enteré que había muerto el padre de Don Augusto. Decidí pasar por la funeraria a darle mis condolencias y lo encontré con su traje negro y corbata, inalterable como siempre. Se observaban en la sala las mujeres llorando a moco tendido cada vez que se acercaba un nuevo amigo o familiar, él simplemente se mantenía serio y aceptaba las condolencias sin decir una palabra. Durante todo el rato que estuve allí no lo vi ni un momento perder la compostura.  En el momento en que terminó todo y se dispusieron a llevar el féretro al cementerio, nuevamente los llantos no se hicieron esperar pero Don Augusto mantuvo la calma completamente.

Un mes después se celebraba el día de los padres y decidí comprarle un obsequio y llevárselo a su casa. Me sentía muy agradecida con él por la forma deferente en que me trataba. Pasé temprano porque tenía que viajar al interior a pasar el día con mi padre. Ya me disponía a partir cuando de repente salió una de sus hijas que se acababa de levantar y le entregó una cajita de regalo a don Augusto. Al abrirla, miró unos pañuelos que la niña le había bordado con una A grande en punto de cruz y en ese momento un llanto desgarrador salió desde lo mas profundo de su ser. Nunca antes en mi vida había escuchado a un hombre llorar de esa forma. De ese llanto brotó todo el sentimiento reprimido y todo el amor que una persona puede tener hacia un padre, sentí al escuchar sus lamentos lo que significa extrañar a alguien, no poder hablarle, sus lagrimas al brotar parecía decir “te quiero papa” y expresaban ese deseo de llegar a lo mas profundo de su tumba en aquel día de los padres.

Don Augusto lloró durante unos minutos que parecieron eternos, todos lo mirábamos sin saber como consolarlo, yo pensaba que debía marcharme, pero mis pies se negaban a moverse. Los hijos lo miraban con llanto en los ojos, con mirada acusadora  hacia la hermana por haber desatado esos sentimientos profundos y con la impotencia de ver un hombre fuerte, que no se doblaba ante nada, llorando de esa forma. Al final se secó las lagrimas con uno de los pañuelos. Atrajo a la niña hacia sí en un abrazo fuerte, se levantó de la silla lentamente y se marchó. En ese momento mis pies al fin respondieron y me despedí rápidamente de la señora y los chicos.

Estuve trabajando unos meses más en el periódico, Don Augusto nunca volvió a invitarme a su casa a almorzar. Aunque me saludaba y nos tratábamos, a partir de ese día fue indiferente conmigo, creo que no me perdonó  que fuera testigo de sus sentimientos y que descubriera que debajo de ese traje de frialdad que siempre llevaba puesto, había un hombre de carne y hueso capaz de conmoverse hasta el llanto al recordar a su padre muerto.